Mis lentes; una tragedia en cinco actos

El día 30-j bien temprano abandoné mi hogar, junto con mi esposa, con la satisfacción de plantarle cara a la MUD y de retar a los "cruzados de la basura" de las guarimbas, en su afán de impedir que los residentes de la clase media cumplieran con el derecho de sufragar para elegir la ANC. En un principio todo se desenvolvió sin sorpresa dado que nos trasladamos desde El Cafetal hasta Chacaíto en una camioneta. Mi alegría se desbordó cuando al ingresar a los vagones del metro, en la zona de transferencia, observé una multitud quienes, al igual que yo y mi esposa, nos dirigíamos al Poliedro. Al bajarnos del vagón mi contento se rebasó al atisbar el coso y sus alrededores completamente lleno de electores, quienes queríamos demostrarles a los dirigentes de la oposición que ellos no eran nadie para conculcarle el derecho de los venezolanos de vivir en paz.

Todo ocurrió sin problemas y pude introducir mi voto después de seis horas de apacible espera, al lado de otros que teníamos un interés común. El problema se suscitó al ingresar al vagón atestado de buena gente y de mala gente entremezcladas. Como en el trascurso de la mañana el archiduque Fredy Guevara decretó un trancazo tardío, dado que ya la mayoría de la gente había cumplido con su derecho, me vi obligado a regresar caminando desde Chacaíto hasta mi apartamento ubicado en Santa Paula.

Al llegar a mi hogar, después de descansar registré mi bolsillo. Al buscar mis lentes para realizar mis lecturas diarias me percaté que los malandros que operan en los vagones del metro me los habían robado. Fue en este momento y en este día de regocijo cuando comenzó mi tragedia en cinco actos.

Primer acto: soy docente universitario jubilado de la tercera edad sin más recursos económicos que mi jubilación, dado que mis fuentes de ingresos como autor de libro han mermado hasta la nulidad debido a la crisis económica. Quiere decir que no dispongo de Bs. 600 mil para mandar hacer unos lentes y por lo tanto me dirigí al CDI Salvador Allende situado en Chuao.

Conocedor de las experiencias ajenas decidí levantarme muy temprano el día lunes 31-j, aún bajo los efectos de la alegría del triunfo de la elección de la ANC. Arribé al CDI a la 6:10 am y por fortuna me tocó el número 12 para ser auscultado por la doctora encargada del examen de la vista. No puedo negar que la atención fue de primera y la oftalmóloga me hizo el examen correspondiente. Una vez con la fórmula de los lentes en la mano me remitió a una óptica de barrio adentro situada en La Candelaria.

Segundo acto: Acudí el día jueves 2-j a la óptica de Barrio Adentro situada en La Candelaria y con mi fórmula en la mano pretendí solicitar mis lentes. Mi sorpresa no se dejó esperar al referirme el encargado que los médicos no asistieron debido a los trancazos y a las marchas de la oposición que siempre tienen un lúgubre desenlace. De mismo modo, el personaje me recomendó que llegara el lunes 7-j lo más temprano posible para ser atendido sin problemas.

Tercer acto: el lunes 7-j salí de mi apartamento a las 5:30 a.m. desafiando la oscuridad y los peligros que esta encierra, consecuencia de los problemas de inseguridad de la zona. Bajé hasta el Boulevard de El Cafetal y tuve la suerte de subir una camioneta que me condujo hasta la Av. Bolívar y de allí me dirigí hacia la Candelaria. Arribé a la óptica de Barrio Adentro de La Candelaria a eso de 6:15 de la mañana. Ya a esta hora se encontraban numerosos usuarios, en su mayoría personas de la tercera edad provenientes de las zonas populares. A pesar de madrugar me correspondió el número 38. Mientras permanecía en la fila advertí que algunos usuarios abandonaban la cola de la óptica para asistir a otra para comprar pan, algo más económico que la panadería de Santa Paula donde una "pan de flauta (canilla)" cuesta Bs. 3.5000. A las 8.00 a.m. llegó el funcionario que trabaja en la óptica y de nuevo los asistentes nos organizamos. En este nuevo intento me contenté porque muchos de los asistentes se encontraban comprando pan y me correspondió el número 31. Una vez que el funcionario recogió las cédulas de identidad, al llegar a la persona que estaba delante de mí gritó: "30, hasta aquí se atiende. No hay más cupo". Mi incredibilidad y me asombro se mezclaron con un estoicismo insólito y no me quedó más remedio de prepararme para el próximo intento.

Cuarto acto: cambié de estrategia, debía madrugar para luchar contra el infortunio y como el servicio del Metro comienza a la 5:30 a.m. le pedí a mi esposa que me llevara a salida del metro de Los Ruices con la certeza que llegaría más temprano a la óptica de Barrio Adentro. Al llegar a lugar se repitió la misma historia que el día anterior. Numerosas personas anotándose en una lista; me tocó el número 32. Miré los rostros de los madrugadores y como siempre los personajes eran en su mayoría de la tercera edad provenientes de zonas populares de las barriadas caraqueñas y de las zonas aledañas. Hasta una señora vecina de los Valles del Tuy nos acompañó en esta aventura. De nuevo la colas del pan, las quejas de las personas quienes como yo no habían logrado el objetivo de salir sonriente con un par de lentes. El funcionario se hizo presente, nos acomodamos y cuando llegó al número 20 exclamó: "Hoy atenderemos solo veinte personas". Me puse a pensar en los empleados que dirigen estas misiones, yo les pediría que se pusieran en los zapatos de los más de 80 usuarios que nos encontrábamos en ese lugar. Recordé al comandante que les exigía a sus funcionarios eficiencia y el buen trato para la gente que solicita algún servicio. Pensé en los millones de pobres y en las personas de la tercera edad que me acompañaban y comprendí que a la revolución bolivariana le falta mucho por hacer; se evoluciona sobre los errores pero hay que corregirlos. En verdad se trabaja, pero el trabajo hay que hacerlo bien y con eficacia. Me propuse otro desafío.

Quinto acto: en vista de mi infortunio le solicité el miércoles 8-j a mi señora que me condujera hacia La Candelaria, saliendo de mi casa a la 4:00 a.m. de la madrugada, un desafío casi suicida, arriesgando la vida de mi cónyuge y la mía. Conduciendo en la madrugada en una zona donde la oscuridad y la inseguridad reinan una vez que el Sol deja de cumplir sus funciones; sin tomar en cuenta el peligro de superar los abundantes huecos que la alcaldía de Baruta se niega a tapar y la basura que pulula en la zona, herencia de los "guerreros de la resistencia". Dos valientes salieron de su hogar plantándole la cara a los escollos que aparecieran en el derrotero que nos conduciría La Candelaria. Por fortuna llegamos a la 4:30 a.m. con la certeza que sería el primer madrugador. Craso error delante de mi había seis personas. Me complací tenía la certeza que esta vez saldría con mis lentes, parte de mi instrumento de trabajo para escribir estos artículos. Asumí mi papel de anfitrión y yo mismo me encargué de anotar a las personas que llegaban desde diversas zonas de la ciudad. Todos comentaban el riesgo de salir de sus casas a horas de la madrugada, primero porque no hay servicio de camionetas, ni de metro a tempranas horas antes del alba. Y segundo, esperaban el comienzo del bullicio de la ciudad para sentirse seguros. Ese día anoté 80 madrugadores ante la expectativa de que su vista mejorara, un servicio que ofrece y presta la Revolución Boliviana.

Conversé con algunos compañeros de la cola. Miraba con ciertas reservas la alegría dibujada en el rostro de algunos que regresaban con una bolsa de pan después de hacer una larga cola, para luego incorporarse a la de los cegatos. Todo se repetía de forma exacta a los días anteriores hasta llegar el funcionario de la óptica. El referido comenzó a nombrar y nos comunicó que lamentablemente iba llamar quince personas dado que no había material para 30, que este llegaría al final del mes o al principio del otro. Me dio lástima por mis compañeros de cola, pero el optimismo me arropó con la certeza que saldría con mis lentes o por lo menos con una orden para retirarlos al otro día. Entré a la óptica a las 8:00 am. y las médicas encargadas llegaron unos 45 minutos después. Una vez que comenzaron a llamar nos comunicaron que solo nos iban hacer el examen dado que no había material. Yo, que tenía en mi mano la fórmula de las antiparras me derrumbé. ¿Qué les puedo decir a los lectores? Tengo la certeza que ningún alto funcionario del gobierno experimentará el sentimiento que yo abrigué cuando la oculista nos comunicó tan desafortunada información. Me parecía increíble que todos mis desafíos y mis retos fueran vanos. Alguien debe ser responsable de tal ignominia y agravios a los que se somete a la gente más necesitada y a las personas de tercera edad. Esto no era lo que pregonaba mi comandante. Algo funciona mal. No es posible que no exista un mecanismo que impida que una persona con su fórmula en la mano tenga de deambular por Caracas para obtener unos lentes.

Antes del salir el funcionario me alentó y me comunicó que previo a la solicitud de los lentes debía venir a la óptica para asegurarme si había material (sexto acto) y en caso positivo, debía venir hacer la cola de nuevo (séptimo y último acto).

Me retiré del lugar vencido y derrotado con la certeza de la imposibilidad de obtener los lentes que nos ofrece unas de las misiones instauradas por los comandantes Chávez. No voy a responsabilizar a nadie en particular, tengo la certeza que se avanza sobre los errores, pero estos hay que corregirlo para que la revolución prospere. Abandoné la plaza de La Candelaria y no me quedó más remedio que comprar unos lentes mostrados en el puesto de un buhonero para paliar mi pobreza de visión. Caminé por las calles de La Candelaria y mientras hacía el recorrido cavilaba en la desgracia de los pobres y de las personas de la tercera edad. Me vino a mi memoria mis necesidades, un frasco de aceite de comer a Bs. 19.000; un par de lentes Bs. 600.000; un celular dado que las teclas de mi viejo pote están desgastadas en más de Bs. 200.000; unos de zapatos para correr en Bs. 500.000; un libro que me interesó en Bs, 24.000 y un mercado semanal de más de Bs. 150.000. Especulé en un cataclismo y la desgracia en la que nos sumió el imperio, una oposición alocada y apátrida; el dólar today; las guarimbas; los desfalcos y corrupción de ciertos funcionarios, las traiciones y los males acumulado de un rentismo cómodo para algunos y miserable para otros. Merecemos un país mejor, donde reine la paz, la concordia y que el trabajo productivo sea la bandera de los venezolanos. Lee que algo queda.



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Enoc Sánchez


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