Fruto, con el debido respeto, déjame explicarte

Fruto Vivas,  no se tiene absolutamente ninguna duda de que tu obra tiene un gran significado para la historia arquitectónica de este país nuestro. Tampoco se tiene ninguna duda de que los principios con los cuales has vivido y trabajado y que sustentan tus ideas y tus diseños, tienen una altísima vigencia. Te digo esto porque no quisiera que interpretes mal lo que sigue. Es justamente porque tu voz es importante que precisas detenerte y escuchar.

Algunas cosas, entre las tantas que ocurren en el país, tienen un peso y una trascendencia extraordinarias. Entre ellas, la formidable faena civilizatoria, de redención y emancipación, que es el eje y el sentido de la Gran Misión Vivienda Venezuela. Resumiendo: un hogar digno para cada familia venezolana. Convendrás conmigo que nunca en la historia de este país, nunca jamás se había expresado en estos términos la voluntad política de la dirigencia política en el gobierno. No hace falta que recordemos, una vez más, que esa voluntad fue la de ese líder excepcional que, por mala sombra, ya no está con nosotros.

El signo inicial, tu lo sabes, de la Gran Misión, fue la urgente necesidad de volver a darle vida a los miles de compatriotas que casi perdieron las suyas, junto con casas y corotos, corotos y casas de pobres pero ambos esenciales, con una acción inmediata de protección y de justo resarcimiento social. Miles de viviendas para miles de damnificados. ¿Dónde había que construir esas viviendas? Haber decidido proceder con la urgencia que exigían y siguen exigiendo las vidas atormentadas en las tablas de salvación que han constituido los refugios, haber decidido actuar con toda la osadía e intrepidez disponibles, no es sino un mérito y un honor que hay que reconocerles a los profesionales de diferentes disciplinas y tareas, que han sabido superar las innumerables dificultades que en un país como el nuestro se oponen a quienes aspiran a soluciones con prontitud. No se ha dudado en cortar los nudos gordianos de la burocracia y del legalismo allí donde correspondía, porque no se le pide previamente la cédula a quien hay que socorrer en una desgracia. Así se procedió. Y así se construyeron las viviendas necesarias. No todo fue perfecto, no todo respondió a un diseño impecable, no todo salió irreprochable. Pero se hizo. Y de inmediato. Frente a este hecho extraordinario, ¿quién se atrevería a reclamar perfecciones abstractas en una historia como la nuestra, marcada por la improvisación, lo imprevisible y la contingencia permanente?

Pero, tal vez lo más importante, Fruto, es el hecho contundente y definitorio de que las viviendas se han construido y se siguen construyendo en el casco de la ciudad, en su mero centro. En los espacios que la actividad privada descuidaba o dejaba para el engorde de los provechos mercantiles. Con ello, a los pobres se le ha devuelto el derecho a vivir donde abundan los servicios, se les devuelve el derecho a la democracia y a la igualdad espaciales y territoriales. Esto, Fruto, tu lo sabes ciertamente porque el reclamar ese derecho ha sido uno de los principios humanistas que tu siempre has defendido con tu prédica.

La ciudad compacta, la que se entiende como programa de trabajo detrás del slogan “en Caracas cabe otra Caracas”, es una tesis que ha sido elaborada a partir de una larga experiencia social y urbanística. Las últimas décadas, en especial, han confirmado el fracaso del proceso de crecimiento urbano que han seguido las ciudades modernas, por más “planificación” a que hayan sido sometidas. Las tres grandes crisis contemporáneas, la del clima, la de crecimiento demográfico, y, sobre todo, la de la energía, (el petróleo y el uranio son recursos finitos, se acaban) obligan a considerar como un factor importantísimo el desplazamiento de bienes y recursos. La ciudad compacta, sin llegar, por supuesto, a los excesos del tipo Hong Kong, postula un mejor aprovechamiento del terreno y un incremento de las densidades. Ello no significa que Caracas, por ejemplo, deba incrementar su cantidad de habitantes y pueda o deba doblar su población. Significa simplemente que hay que reconocer que buena parte de la ciudad no tiene un uso apropiado y que demuestra un muy bajo índice de densidad. Así la ciudad no crece, sino que su población se reacomoda racionalmente sin aumentar necesariamente su tamaño. Mayor densidad y baja altura, como un ejemplo, son una posibilidad que puede ser aprovechada inteligentemente.

Por lo tanto, perdóname Fruto, pero no te queda bien insistir, como lo hiciste, malhaya la hora, en una entrevista en Ultimas Noticias, que en Caracas no cabe ni un alma más, como si hacer crecer Caracas fuese un objetivo del gobierno. Aumentar la población no es un objetivo programático del gobierno, sino la redistribución internamente (una redistribución más democrática y justa) de la misma población que actualmente vive en ella. Un asunto bien distinto.

Y hablemos ahora de esa tesis tuya, justa en principio, de que un pobre sin trabajo que recibe una casa, sigue siendo casi tan pobre como antes cuando tenía un rancho o no tenía nada. De esto no hay dudas. Pero tu sabes muy bien que el desempleo en Venezuela, en cualquiera de sus modalidades, ha bajado como nunca. Que las estadísticas no mienten, que las dos pobrezas, la crítica y la otra, la que era “normal” en otros tiempos, han sido reducidas enormemente. Que esto es un logro indiscutible de esta revolución. Por lo tanto insistir tanto, como tu haces, en que “las casas no resuelven la pobreza” puede confundir las ideas, puede hacer creer que estamos igualitos como en la Cuarta y que la Gran Misión Vivienda es el fruto de una improvisación sin bases.

Ni te queda bien, Fruto, afirmar que tu evaluación de la Gran Misión, es “la peor”(¿comparada con qué?), porque construye “a lo macho” en cualquier parte. No te queda bien apreciar la “excelencia” de los apartamentos- tu debes saberlo pues vives en uno de ellos- para luego decir, contradiciéndote inmediatamente, que su calidad es “muy mala”. Así como no te queda bien reclamar por tu diseño del Parque Simón Bolívar en La Carlota, cuando el diseño que se está construyendo tiene elementos muy parecidos al tuyo. Con todo y peces y agua… La vida real tiene sus contradicciones y sus cuellos de botella. Y también hay que admitir que además de la de uno, siempre hay muchas otras soluciones de diseño para el mismo problema. En casos semejantes, los revolucionarios más bien nos sentimos complacidos, aun cuando nuestro ego no brille con tanto lustre como uno quisiera, o los beneficios económicos no sean tan ventajosos, porque el resultado para la vida humana es lo que realmente interesa. Reconociendo el inmenso esfuerzo, el reto extraordinario que representa el plan nacional de construir tres millones de viviendas, lo que cabe, Fruto, es participar  aportando mucho de las ideas y de la experiencia que tenemos, que tu tienes. Lo has hecho generosamente en otras oportunidades, nos consta a todos, pero mucho más hay que hacerlo ahora cuando es el propio gobierno revolucionario, con un notable gesto de tolerancia democrática, quien abre un momento de reflexión y pide críticas y autocríticas, recomendaciones, sugerencias por parte de todos, arquitectos y usuarios.

Esta participación tuya, mejor informada, más equilibrada, es precisamente la que deseamos, ya no desde lo que puede parecer a algunos recelo o descontento, o emoción sin fundamentos objetivos, sino desde lo que estamos seguros te acompaña como siempre, desde la firmeza de los principios.  



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Juan Pedro Posani

Arquitecto y artista plástico. Director General del Museo Nacional de Arquitectura de Venezuela.


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