Convencer a la clase media

Muy bien, hemos votado y hemos ganado bien. Más de un millón de votos nos separa de la masa de compatriotas que han votado NO.
Pero no es pequeña esa masa. Casi la mitad del electorado. Es un hecho que 5 millones de personas están en contra del presidente Chávez y de la propuesta de enmienda. Y no es posible, como dice Fidel, que todos  sean oligarcas. Cosa ya repetida hasta la saciedad. Por lo tanto una tarea indispensable e inmediata  para la revolución, es llevar a cabo un análisis cuidadoso y científico (en las vertientes de lo económico, lo sicológico, lo antropológico,  lo semiótico,  etc.) de quienes realmente integran a estos 5 millones.  Es urgente entonces identificar la naturaleza social, de clase, de esos opositores para poder diseñar la estrategia correspondiente en los terrenos político, educacional, comunicacional y económico.  
Vamos a atrevernos a una aproximación realista. En esos cinco millones está incorporada sin duda alguna la capa exigua pero potente de los oligarcas. Por supuesto,  es un sector social que no tiene arreglo, perfectamente identificado con gigantescos intereses, defendiendo con uñas y dientes sus privilegios. Con ello no hay puentes posibles, sino una férrea  vigilancia. Pero la masa principal está compuesta por la clase media, casi en su totalidad. Así pues los segmentos  que más gravitan en la masa opositora están constituidos por ciudadanos que no han sido afectados negativamente por la revolución en los aspectos materiales, pero que se creen vulnerados en los principios y creencias instalados e inculcados firmemente en su ideología por décadas de mala educación, por un trabajo capilar de desinformación y por los hábitos del consumismo pequeño- burgueses. Esa  parte, que está en contra, está convencida que ésta es una revolución comunista que le va a arrebatar sus niños junto con sus televisores.  Si nos preguntamos en cuales aspectos han sido dañados los intereses materiales de la clase  media, encontraremos que en nada. Por lo contrario, tan sólo el impresionante crecimiento de la venta de vehículos, meta preciada de la clase media, o en general el crecimiento del consumo, demuestran lo que afirmamos. Problemas como la inflación o la carencia de viviendas asequibles, (problemas endémicos) no son razones suficientes para justificar su oposición a la revolución bolivariana. La clase media venezolana, por su conformación y formación de gueto cultural, en su desconocimiento de la vida de las mayorías del país, incapaz de separarse de la observación de su ombligo, no percibe sino los detalles, lo que le queda al corto alcance de los chismes y de los cuentos. En su mapas no existen los intereses generales. Cuando la incomodidad de unos cambios que no comprenden y que no habían previsto, la afecta de cerca, revienta con todos los prejuicios que tenía escondidos baja la capa del buen gusto, de la educación y los buenos modales.  
Hay también, sin duda alguna es muy oportuno reconocerlo, un porcentaje importante de sectores pobres insatisfechos con los logros insuficientes de la revolución, las promesas aplazadas, el peso de la ineficiencia y la evidencia de la corrupción, o desencantados por varias razones circunstanciales. Estos sectores, mal llamados “marginales”, condenados a vivir por la oligarquía en un entorno físico feroz y agresivamente implacable, y que creen constatar que todo sigue igual que antes, exigen por supuesto respuestas inmediatas.  A todos estos sectores y clases juntos, les produce un impacto negativo observar, por ejemplo, las tremendas residencias de lujo que se mandan a construir, con toda arrogancia, destacados personeros del gobierno o cercanos a él. Símbolos de falta de ética y de coherencia política e indicios evidentes de un nuevorriquismo “bolivariano” realmente detestable.
Recordemos ahora que la revolución bolivariana, además de ser democrática y participativa, quiere ser programáticamente pacífica – a diferencia de lo que ha ocurrido hasta ahora con todas las revoluciones radicalmente progresistas de la historia – y que por lo tanto son los votos (los que se cuentan en las urnas) los que deciden su destino.
Detengámonos a considerar lo señalado. E intentemos definir medidas a tomar.
En primer lugar, con la masa de las clases medias, numéricamente de más peso, hay que diseñar la estrategia más oportuna para demostrar y convencer a su parte potencialmente sana, no irreductible,  de que  la revolución no es contraria a sus intereses. Hemos dicho que las razones de su oposición, visceral, irracional, odiosa, radican esencialmente en los niveles ideológicos, pero que se guían por las evidencias y los efectos emocionales que derivan del ambiente que la circunda.  Los tres gigantescos  problemas de la ineficiencia, la corrupción y la burocracia constituyen una tremenda debilidad de la revolución y son a la vez las referencias negativas más visibles y comprensibles para ella. Éste es el terreno en cual debemos y podemos reducir al mínimo su resistencia y es el campo donde debemos actuar con urgencia, antes de que los tres monstruos, que por otra parte pesan para todas las clases, terminen de hundir el barco de la revolución.
Ese campo tiene una dimensión práctica. La eficacia y la honestidad deben demostrarse en las “cosas pequeñas”, porque en las grandes hay una conducción política que se mueve a otro nivel, mucho más general y donde gravitan circunstancias de otro tenor. ¿Cuáles son las “cosas grandes”? Pues, por ejemplo, la integración de América Latina, las previsiones para ir deprendiéndonos del petróleo para pasar a otras energías alternativas; la organización territorial de la producción; el sistema nacional de transporte; el desarrollo de la capacidad científica y tecnológica, etc.  Las “cosas pequeñas”, en cambio, son las que están al alcance inmediato de todos y que tienen efectos igualmente inmediatos en las condiciones de vida de los individuos y de las familias: la escuela a la vuelta de la esquina, para que los muchachos puedan ir a pié; el médico cercano y siempre presente; los hospitales públicos mejores que las clínicas privadas; las medicinas accesibles y gratis; la vivienda barata con todos los servicios; el autobús limpio y moderno con ruta clara y puntualidad; la calle sin huecos y la avenida, la plaza y el parque seguras para los peatones y para su disfrute;  la basura recogida meticulosamente; la naturalidad de andar por la ciudad sin tener que estar temiendo ser secuestrado o asaltado; el policía amable y servicial al cual acudir con la confianza de encontrarnos con un protector y no un asaltante; el empleado público eficiente, atento y servicial y no engreído y despectivo; sistemas de correo que funcionen; oficinas de identificación y cedulación al servicio de la gente y no de los gestores;  un sistema judicial con credibilidad, honesto, eficiente y que no ampare la impunidad; un sistema carcelario que no sea un sistema de vejación y de entrenamiento para el crimen… Millones de cosas que estructuran para bien o para mal la vida de la gente. Son las cosas que definen el sesgo del comportamiento social, y por supuesto de la orientación del voto. Constituyen el horizonte de las grandes mayorías, especialmente cuando el espesor de la conciencia política no es muy grande. En todo caso en ese marco es donde el ser humano se debate diariamente, en un proceso infinito de angustias y de alegrías, en el corto recorrido de la vida humana. Ese acontecer, su calidad en logros y esperanzas, es en definitiva el que tiene sentido humano, y para ello es que se desarrolló históricamente la política.
Eficiencia y honestidad en la “pequeñas cosas”, pues. Pero no debe olvidarse ni por un momento que es  mediante  la acción política que pueden realizarse cambios importantes y significativos. La eficacia no es una entidad neutra, técnicamente objetiva e independiente de su contenido social. Estará inevitablemente insertada en una perspectiva, en un programa, en un diagrama de fuerzas, con una orientación, un sentido, una posición política. Se es eficientes para algo. Y ese algo es un objetivo político. En el caso de nuestra revolución, ese sentido es el de la participación popular como aval de su esencia democrática, de su coherencia con la consigna del poder popular, de las decisiones tomadas desde abajo, del empoderamiento del pueblo. Así pues la única garantía de victoria en la eterna batalla contra el veneno de la corrupción y por la búsqueda de eficiencia,  estriba en la constante presencia de la participación popular honesta y transparente, con el peso, la enseñanza y el dinamismo de la vigilancia, del control y de la supervisión desde la base, única garantía, repetimos, de que el socialismo del  siglo XXI no termine imitando la lamentable deriva del socialismo real del siglo XX.
Del éxito de esta batalla contra los tres monstruos depende que se pueda ir reduciendo la oposición localizada en las clases medias. No son monstruos nuevos. Habitan con nosotros desde hace Cristóbal Colón. Pero su evidente y contundente presencia actual le ayuda a afirmar, ciega como está, que nada nuevo ha pasado y que esta revolución lo único que ha hecho es quitarle las prerrogativa de tener acceso al poder, cuando se digne y le convenga a la oligarquía, como siempre había ocurrido.
No es pequeña tarea. Porque implica también un dedicación enorme de energías en informar y comunicar adecuadamente. Pero es una tarea imprescindible.



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Juan Pedro Posani

Arquitecto y artista plástico. Director General del Museo Nacional de Arquitectura de Venezuela.


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