Alquimia Política

Occidente y Oriente

Hace unos días, vía correo electrónico, me escribe uno de mis lectores consultándome: ¿qué expresión debía ser la correcta: historia universal o historia Occidental? La respuesta ha motivado el artículo de la semana, sobre todo por la importancia que reviste aclarar estos términos en un tiempo histórico que tiende a mostrar la realidad vivivencial y planetaria del ser humano, en un contexto cargado por la incertidumbre y el caos. Lo que se conoce como "Occidente", en el caso de Europa, como refiere Edgar Morin, se usaba para distinguir la oposición de los ciudadanos de la Europa católica, contra las culturas árabes, eslavas, africanas o asiáticas, que profetizaban el Islam como religión. De este modo, comenzó a establecerse esa división del mundo en dos hemisferios: el Occidental, bajo el mando europeo y el Oriental, caracterizado por pueblos asiáticos y del Medio Oriente; esta división del planeta civilizado se extendió luego a las colonias europeas y a las tierras del nuevo mundo amerindio conquistadas a partir de 1492. Una definición genérica de esta realidad sería que Occidente ha sido la manera más adecuada de centrar en una misma civilización la influencia de la filosofía Antigüedad Griega, la jurisprudencia en el Derecho del Imperio Romano, la tradición judeocristiana, la concepción artística del Renacimiento europeo y el pensamiento sociológico en la Ilustración francesa. Es decir, corresponde a una cara de lo que es la civilización moderna surgida a partir del la expansión europea con la conquista de la América Segunda en términos del filósofo José Manuel Briceño Guerrero.

Ahora bien, historia universal, o historia del mundo, para otros autores historia mundial o historia de la humanidad, corresponde a un conjunto de hechos y procesos que se han desarrollado en torno al ser humano, tomando como referencia la aparición del homo sapiens hasta la realidad actual. Si se califica a la figura cultural de Occidente como "historia Occidental", se estaría únicamente haciendo alusión a los "hechos y procesos que se han desarrollado en torno al ser humano que ha vivido influenciado por esa cultura Occidental"; en cambio al mencionar historia universal, se hace alusión a los "hechos y procesos que se han desarrollado en torno al ser humano en su existencia civilizatoria que incluye Occidente y Oriente, respectivamente. En concreto la historia Occidental es parcial y denota una temporalidad determinada; la historia universal es holística y abarca todos los hechos en donde el ser humano civilizado es protagonista principal de su propia historia.

Desde el punto de vista geográfico, actualizando el mapa al mundo moderno, los países que integran la cultura Occidental, por nombrar algunos, en el caso de Europa: Reino Unido, compuesto por Inglaterra, Irlanda del Norte, Escocia y Gales; Francia, España, Italia, Bélgica, Holanda, Portugal, Suiza, Austria, Alemania, Irlanda, Finlandia, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovaquia, Hungría, Eslovenia, Croacia, Grecia, Chipre, Malta, Rumanía, Bulgaria, el Vaticano y Luxemburgo; el continente Américano (norte-centro-sur), Estados Unidos de Norteamérica, México, Canadá, Colombia, Costa Rica, Guatemala, El Salvador, Panamá, Cuba, Venezuela, República Dominicana, Perú, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Ecuador, Puerto Rico, Bolivia, Belice, Nicaragua y Honduras; en el continente africano, la República de Sudáfrica; en el Medio Oriente, Israel; y en Oceanía, Australia y Nueva Zelanda.

En Occidente se va a dar la confluencia de tres grandes posturas religiosas: la católica, representada por la Iglesia Católica y su doctrina de fé; la protestante, que responde a los lineamientos de la reforma que introdujera Martín Lutero en el siglo XVI (acá cohabitan las Iglesias Luterana, Calvinista, Anglicana, Evangélica, entre otras); y el judaísmo, ligado a la tradición judía, el cual ha tenido buen anclaje en países latinoamericanos.

En cuanto a la organización política de la sociedad, las naciones occidentales tienen rasgos bien remarcados que muestran una herencia política y filosófica, muy particular: separación entre Estado y Religión; supremacía del Estado de Derecho que destaca el fundamento de que todos debemos ser iguales ante la ley; la sociedad de consumo; la orientación bajo el fundamento del consumista de una sociedad burguesa dinamizada e impulsada por la Revolución Industrial y la Revolución tecnológica en el siglo XX.

Con el ala Oriental, las diferencias con Occidente son de carácter filosófico, políticas y étnicas principalmente; la cultura Oriental tiene su existencia desde tiempos inmemoriales destacando que Occidente ha tenido una obsesión por la búsqueda de la razón y la verdad y Oriente por la búsqueda de la felicidad, destacándose su visión interior desde la práctica de la meditación, equilibrando su modo de ver y vivir la vida bajo la premisa de la armonía.

A grandes rasgos, el pragmatismo Occidental choca con el equilibrio del autoconocimiento y la meditación Oriental; se destaca un equilibrio entre lo masculino y lo femenino, ya que en Occidente ha tenido una tendencia a ser diferenciados y caracterizados por separado. En Oriente estos términos se complementan, allí no existe uno que sea superior o inferior, ambos producen los elementos vitales de la existencia.

Hoy día, en pleno siglo XXI, se menciona con insistencia el fin de la civilización humana, pero la realidad es que se hace mención al final del mundo Occidental, por ser el más cargado de superficialidad y vacío, en lo que a valores internos se refiere. Lo trágico es que el desarrollo armamentista de Occidente es capaz de arrastrar, como daño colateral, a la civilización Oriental, entonces ese caos sería total y habría muy pocas posibilidades para el ser humano de subsistir en un futuro bélico nuclear inmediato.

En concreto, en esta realidad planetaria del siglo XXI, cobra mayor importancia la frase "Homo homini lupus. Homo homini lupus", expresada por el filósofo político Thomas Hobbes, que significa "…el hombre es el lobo del hombre" o "el hombre es un lobo para el hombre"; ​ en su obra el "Leviatán", Hobbes asienta las bases que establecen que el hombre se vale del Estado para imponer sus deseos en la existencia civilizatoria, dado que esos hombres pugnan por honores y dignidad, enfrentados bajo un comportamiento de envidia y odio, que han desencadenado en las guerras de Occidente. Por ello, como sociedad política, Occidente busca mantener la supremacía de un Poder que se alcance mediante dos caminos: por la fuerza natural, sociedades que se sumisa para obtener resguardo y protección de otras; o por los actos de guerra, los cuales someten al enemigo a la voluntad del vencedor, concediéndoles la vida a cambio de aceptar ser sometidos dándole raíces a un Estado-institución al conformar su desenvolvimiento administrativo e ideológico, en razón de directrices legales que de no ser obedecidas trae consigo sanciones ejemplarizantes.

Occidente se debate entre el Imperio y las Guerras, aspectos nada cónsonos con el equilibrio necesario para volver a la esencia vital de la existencia, garantía de la felicidad como expresan los Orientales, pero eso no tendría tampoco importancia si Occidente explota con su carga más violenta porque esa explosión acabaría con los pocos vestigios de una civilización que no ha entendido que está para vivir y no para enaltecer la muerte.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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