Las cartas que matan

De Farruco Sesto a la fabada de Ibsen Martínez

En estos días leí un artículo del flamante escritor, el grandilocuente Ibsen Martínez, quien fue conocido por el populacho, (en cual me incluyo) por escribir el libreto de la que fue una afamada telenovela; “Por estas Calles”, (1992-1994). Era la época de los culebrones que competían más que por calidad o contenido por el raiting. Esa telenovela en particular hizo historia gracias al ingenio y pluma de Martínez, sin duda, quien dejó la novela rosa atrás y presentó la novela denuncia.

La trama de Por estas Calles se ocupó de revelar la realidad del país en esos años, desmenuzando las condiciones en que vivían las distintas clases sociales; pobre media y alta, adosada con subtramas como el tráfico de drogas, la corrupción pública, privada y otras aristas. Los roles estelares estuvieron a cargo de María Alejandra Martín, Franklin Virguez y Gledys Ibarra y muchos otros.

En ese entonces Martínez hizo alarde de su cordura cuando renunció a Rctv, para no seguir escribiendo el libreto. Consideraba, seguramente, que hasta allí estaba redondito ese cuento, para pasar a la gloria histórica de las telenovelas venezolanas. No se equivocó. Luego, esa novela se convirtió en un sancocho. Se mantuvo en el aire con más de 200 capítulos y dos años y medio de transmisión. En la segunda etapa los libretos fueron escritos por; Leonardo Padrón y Kiko Olivieri, dirección de Renato Gutiérrez y producción de Alberto Guiarroco.

Martínez quien es un prolífico escritor, articulista y novelista, de ganada consideración, tiene como casi todos los intelectuales un toque de ese lenguaje fatuo, que a veces se escaramuza entre las palabras y frases rimbombantes. Pero más allá se destaca su satírica intencionalidad, la que utiliza ingeniosamente para descalificar a su oponente o quien en ese momento es víctima de su pluma. Ello hace que su verbo a veces imberbe facilite esa intención premeditada, la de exponer al desprecio público a quien él juzga en ese momento. Menos mal no estoy en la puntería de esa cacería porque no tengo abolengo intelectual, pero como periodista me gusta expresar lo que siento, veo y creo.

Lo anterior lo digo por su artículo, “Farruco y su rumba Flamenca”, que escribe para expresar su animadversión al ministro de la Cultura Francisco Sesto, y como me pareció un escrito insulso, despreciativo y hasta racista, discriminatorio, me animó a hacer este comentario.

Ibsen señala que la palabra Farruco (yo diría el nombre), “le resulta sumamente dificultoso pensar en un ministro de la cultura”.

Dice: “La voz Farruco invariablemente suscita en mi mente la imagen de una tapa de callos con garbanzos servida en una tasca cutre de La Candelaria. Oigo decir Farruco y pienso de inmediato en el guitarrista flamenco de un tablao sevillano para turistas”.

Y también, el nombre Farruco, señala, le evoca a Manuel Fraga Iribarne, quien fue en su época “el ministro de información y turismo del franquismo agonizante".

Aquí hay varios elementos que resaltan; la xenofobia y la calumnia burlesca. La primera, hace gala de una vulgar, despreciativa y bufona comparación del origen de nacimiento de un ciudadano, que en el caso de Farruco ha debido mejor compararlo con un pabellón criollo, porque él es un venezolano a carta cabal y haber nacido en otras tierras no le anula su ciudadanía y menos su trabajo político, profesional e intelectual y consagrada vida familiar. Y digo Calumnia, porque Ibsen lo compara con un fulano Manuel Fraga, (del gobierno de Franco en España), para apoyar esa matriz mediática, que es un ministro dictador, la misma que casi siempre manejan los adversarios al gobierno nacional. Una sentencia casi pueril.

Voy a recrear la fabada de Martínez, que para él es lo mismo que decir Farruco: El actual ministro de la cultura llegó al entonces Conac, un pequeño organismo que operaba en varios pisos del Centro Simón Bolívar, (un edificio que se caía de lo viejo y malholiente, con un personal casi inoperante por muchas razones). Desde allí se manejaba todo el sector cultural nacional y gerenciaba y subsidiaba una veintena o más de entes adscritos a ese despacho, tan diversos y dispersos como dormidos en el silencio.

El burocratismo se carcomía todo y el Conac en el año 2001 sólo era importante cuándo daba cuenta de las contribuciones que anualmente aportaba a unos cuantos artistas y fundaciones privadas (que en la época de la IV República muchas fueron fantasmas y enriquecieron a particulares y políticos de turno). Algo conocido y denunciado por opositores de aquellos años. Eran recursos que avalaba el extinto Congreso Nacional (guiso por todos lados).

Los parlamentarios decidían a quién o no se daban los reales de la cultura. Es decir, que el Conac era para unos cuantos avispaditos y una elite intelectual, amigos de los congresistas, que mantenía sus museos, fundaciones, casas culturales, salas de cine, teatros, ateneos, publicaciones, eventos, etc. El disfrute cultural estaba secuestrado.

De manera que reactivar, dinamizar, adecentar, ampliar, modernizar, incluir, inventar y reinventar, crear, construir sobre los escombros y anular los privilegios de unos pocos, para intentar distribuir en forma más equitativa e incluyente los reales de la cultura era el gran reto. Esa fue la dura tarea en el comienzo de la gestión de Farruco Sesto, al menos la que viene a mi memoria.

Es cierto que sacar la gerencia cultural del ámbito citadino y extenderla a todas las regiones es todavía una tarea en proceso, así como la aprobación de una Ley Orgánica de la Cultura y quizás muchas otras necesidades. Dejar que ésta se exprese sin contaminarse sigue siendo el gran desafío.

Sin embargo, había que empezar a desmontar ese elefante blanco que era el mentado Conac, en añejos tiempos el Inciba. En mi opinión el mayor mérito ha sido superar la desconfianza y subestimación que se tenía a la gestión cultural. Un sector de una complejidad inmensa y en donde, por cierto, redunda la competencia mal sana, la cuchillada espaldera, que muchas veces abona a la esterilidad del trabajo e incluso del profesionalismo y del mismo hecho o manifestación cultural.

De allí que hacerse ver y valer ha sido un logro importante en la gestión de Farruco, quien hizo entender al gobierno nacional que la cultura es una prioridad para el desarrollo e identidad de su pueblo. Alcanzar el merito para dar paso a un ministerio no fue una fabada de la Candelaria. A estas alturas hay una tarea hecha y si hay contrastes en las decisiones, aciertos o desaciertos, eso es natural, porque es un proceso en desarrollo, que en el caso de la cultura, nunca se detiene por ser genuina y versátil.

Crear una armazón en donde se exprese la cultura que se manifiesta en cada rincón del país, que nace y renace de cada venezolano, individual o grupal, por generaciones, es parte de la riqueza patrimonial y fundamental para consolidar una identidad natural. Y creo, que con sus aciertos o desaciertos, el actual ministerio avanza, al promover áreas como el cine, las artes, letras, plástica, música, danzas, redes culturales, comunitarias y muchas otras disciplinas. Que no estemos a la altura del viejo continente quiere decir que vamos por buen camino, porque es nuestro propio sendero. Por eso reitero que es fatuo entablar una lucha verbal bajo el velo de la temeridad, colocándose como víctimas de una gestión en la que ni siquiera los contestones de Farruco desean participar y si lo hacen igualmente patean.

Con el surgimiento del Ministerio de la Cultura se produjo el terremoto que hacia falta, para emprender al menos una tarea que abriera el abanico de opciones y diera cuenta de muchas de las manifestaciones culturales ignoradas, no tomadas en cuenta, porque el sistema inoperante impedía respaldar la cultura, sus manifestaciones, al ritmo de los nuevos tiempos. Y si bien queda mucho por hacer, sobre todo en las regiones, hay los logros palpables del actual ministerio, aunque a Ibsen Martínez le sepa a fabada.

En su catarsis el articulista dice: ¡Eso es!: Farruco Sesto es nuestro Manuel Fraga, aunque un Fraga más bien desleído e inane: tiene la misma arrogancia gubernamental y la misma frágil epidermis ante la crítica y la disidencia que hizo famoso al longevo antiguo funcionario franquista, pero el nuestro no le iguala en talento para operar políticamente”.

Con esa sentencia entendí que el ministro es casi un ignorante, un desleído. Seguramente el dramaturgo desconoce su trayectoria política, que la tiene y también su relación con la docencia, las artes y las letras. Llegué a la conclusión que lo que más le molesta son las cartas abiertas que escribe Farruco. Y esa sí es una postura extremista, porque cualquier ciudadano tiene el derecho constitucional a expresar sus opiniones y a defenderse de ofensas o calumnias que profesan en su contra.

Y lo creo porque sobre las cartas de Farruco el dramaturgo dice que el ministro “presume de escritor”, cuando le escribe a Joan Manuel Serrat y a Joaquín Sabina. Insisto, como ciudadano puede escribir una carta a quien le venga en gana y más si esta misiva sirve para aclarar que tan falso fue decir que Alejandro Sanz estaba vetado por el Gobierno o mejor dicho por el Presidente. ¿Qué carajo le importa a Chávez si este artista canta o no en el país?. Me quedó con Pablo Milanes o Dale pa que la Maten.

También dice Ibsen, que Farruco “tiene todavía gente respondona, actrices y directores de teatro, de artistas plásticos, escritores, críticos y fomentadores del quehacer cultural; en fin, de gente individualista, difícil e insumisa”. Pero también apela a la acusación cuando inquiere: “… ¿verdad, señor ministro?, para sacarnos a todos de circulación con sólo una llamada a la Disip”.

Con estas aseveraciones Ibsen me enredó. Se contradice porque al comparar a Farruco con el franquista Manuel Fraga, a la vez reconoce que todavía hay “respondones”, lo que quiere decir que cualquier artista puede expresar su disidencia, entonces ¿de qué dictador habla?. Y si fuera acierto que el ministro tiene a su mando este grupo de la policía nacional, (Disip), según, para amedrentar a los artistas que no lo apoyan, entonces el ministro Ramón Rodríguez Chacín debe ser un titiritero.

Aunque Ibsen en su escrito se ufana de su intelectualismo europeo, paradójicamente denigra de La Casa de las Américas, del premio Rómulo Gallegos, de escritores de izquierda y a la vez intenta ilustrarnos con su sapiencia literaria y filosófica, pero con comentarios tan profundos que dudo podamos comprenderlo, en especial los ignorantes y no intelectuales. Creo que contradice su carácter de escritor universal y por eso, de esa otra cera, prefiero a Mario vargas Llosa.

A Ibsen le incomoda, además de las cartas de Farruco, su temperamento, su raza y hasta su edad. Será que estas cartas están tan mal escritas o peor inspiradas que cuando el dramaturgo las lee se atraganta con la fabada, el queso manchego y el jabugo.

Actual y mundialmente se reconoce, se estudia y da apoyo permanente a la diversidad cultural. Este es el tema. Y en ese sentido, en el país se ha construido un movimiento importante, que con sus bemoles, ha trascendido. Cuestionar una gestión por discrepar en las ideas, aunque sea por lo más trivial, es valorable, pero es poco ético e impractico utilizar la burla, descalificación y exageración, para llamar la atención. Ello abre una mayor brecha a la discriminación, la confrontación infértil y a la división. Es como abonar a lo culturoso o lo no culturoso. Se cae en el vacío de las palabras y en detrimento de un verdadero pensamiento crítico, con objeciones o propuestas inteligentes, porque los lectores merecemos compartir ese conocimiento de nuestros intelectuales, para poder poner en la balanza un juicio propio y dudo que el insulto y la ofensa contribuyan.

Voy a tomar el final de su cita, la que hace sobre el escritor madrileño Javier Marías (a quien por supuesto no conocemos) y creo es un comentario que a Ibsen le calza a la perfección: “…El insulto debe ofender, y si no lo hace acaba congelándose en la boca de quien lo profiere".

Eso suena a disculpa, prefiero otro alegato. Y debo decir, en mi libre opinión aquí expuesta, que la misma no se motiva sólo para reconocer la labor de un ministro sino para animar a intelectuales, que como los de la talla de Ibsen, deberían sacar lo mejor de su materia gris y hacer honor a gran maestro, el dramaturgo José Ignacio Cabrujas, cuyo tino al escribir, sin dejar a un lado su punzante ironía, lo hicieron tan respetado.

Deja que Farruco escriba sus cartas a quien y como quiera. ¡Ala, Ibsen, venga!…que estamos en Venezuela y aquí, a Dios gracias, hay libertad de expresión.

Leonjudi@gmail.com
Yumar81@hotmail.com


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Judith León

Periodista e internacionalista.

 Leonjudith@gmail.com

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