Kyoto, Copenhague, Cancún y Durban, el capital decide por todos

Otra vez llovió sobre mojado. Como se había pronosticado para las reuniones precedentes, también en la de Durban fracasaron quienes defienden la vida y el ambiente. Y así seguirá siendo hasta la enésima COP (Conferencia de las Partes) de la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, cuando el propio planeta le ponga límite a la insensatez “humana”, a menos que los pueblos de todo el mundo se levanten a tiempo y le echen un parao al consumismo, al despilfarro energético y a la fatuidad como modo de vida.

Porque aunque muchos lo tienen claro, pocos lo asumen, quizás conscientes de que la fuerza está del lado contrario. Los problemas ambientales que nacieron con la revolución industrial y que se han venido acumulando siglo tras siglo, tienen una raíz política que reiterada y expresamente se soslaya. Quienes representan al poder verdadero, es decir a las grandes empresas transnacionales militares, farmacéuticas, de alimentos, de la comunicación, del transporte y de la energía, inventan de tiempo en tiempo sofismas que no son más que una tramoya para engañar incautos. Señuelos como la “producción limpia”, por ejemplo, son instrumentos para hacerle creer a la mayoría que se está haciendo algo por mejorar la contradictoria relación entre capital y naturaleza, cuando la realidad es otra. El discurso de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas” se ha vuelto un cliché, y el principio de aplicación de las “mejores técnicas disponibles y mejores prácticas medioambientales” queda en el vacío, cuando sólo unos pocos países tienen acceso a las primeras, mientras la mayoría sufre la presión de un modelo de desarrollo que ignora la ecología.

La práctica de los centros de poder mundial, de dejar los problemas ambientales exclusivamente en manos de los técnicos, forma parte esencial de una estrategia que les brinda pingües beneficios, porque mientras se mantenga ese enfoque, las empresas fabricantes de paliativos para contrarrestar los efectos del cambio climático planetario, tienen su futuro asegurado, al tiempo que se garantiza la selección a favor de quienes puedan costear las nuevas tecnologías. Casi un continente completo como es África, estaría excluido, pero sus recursos podrían ser aprovechados por otros más adelante. Sin duda la derecha mundial no improvisa. Hace sus cálculos al mediano y largo plazo.

Otras estrategias de distracción son la negación y la resignación. La primera la defienden científicos y/o tecnócratas, quienes asiéndose a un purismo ciego, afirman que no existe recalentamiento atmosférico alguno, simplemente porque no tenemos datos suficientes para comprobarlo. En la segunda, sus defensores ofrecen argumentos para evadir responsabilidades: “…si hubiese algún cambio de la temperatura planetaria, se trataría de un fenómeno natural, como lo indican registros paleoclimáticos de las glaciaciones y épocas precedentes, etc., etc”, así que nadie tiene la culpa. Ambas posiciones nos hacen recordar que la ciencia no es imparcial, y que casi como en el deporte rentado, muchos científicos y tecnólogos responden a quienes financian sus proyectos.

Y aunque Kyoto no sólo llegó con retraso, sino que además ha sido burlado por quienes más deberían respetarlo, quizás una muestra del cinismo mejor elaborado, es el empeño de los países desarrollados y de aquellos que siguen su misma ruta, de desembarazarse de Kyoto pero defendiendo el negocio de los bonos de carbono, impuesto en el protocolo. Lo peor es que varios países subdesarrollados, pobres en capital pero ricos en biodiversidad, se prestan al juego con tal de lograr algunos ingresos por la vía de asumir la responsabilidad de otros. Ciertamente ahí, en ese comercio, sí cabe la noción de “servicio ambiental”, que han puesto de moda los ideólogos neoliberales del ambientalismo, para referirse a las funciones de los ecosistemas.

Menos mal que nuestros países de la ALBA, defendieron en Durban una posición que rebasa los intereses monetarios, porque se trata de principios y porque lo que está en juego no es el planeta, sino la vida en el planeta.


(*) Profesor Titular UCV

Charifo1@yahoo.es


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Douglas Marín (*)


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