Chávez: sueño y sentido

Si Chávez se ha convertido en un icono de la izquierda radical mundial y de los “no global”, esto se debe a una situación estructural y no coyuntural. Mucha gente en Venezuela no entiende esto. Piensan y se preguntan: “¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo puede Chávez ser parte de la historia? ¿Cómo los europeos no se dan cuenta de quién es Chávez?”

¿Quién es Chávez? Como si ellos lo supieran desde ya, mientras sólo el veredicto de los acontecimientos, diversos, contingentes, plurales, aleatorios, hasta caóticos, podrá arrojar luces sobre el comandante.

Pero, en un Occidente gastado por sus propias victorias, consumido por su restringido concepto de progreso, reducido, éste, a su vez, al simple progreso económico, cerca a los jóvenes occidentales que buscan en un incierto afuera un más allá improbable. El organizado mundo del bienestar genera amplios espacios de malestares. En la “jaula de hierro” de un mundo planificado y programado, pero desgastado en lo que se refiere al sentido vital, la vitalidad, el dinamismo del Otro, permiten avizorar a quienes no encajan en el sistema, condenados a una precariedad laboral, que el mercado llama “flexibilidad”, y que se transforma en una precariedad existencial, una fisura donde el sueño revolucionario puede introducirse.

Chávez encarna el sueño de los jóvenes occidentales de izquierda de encontrar razones y sentidos fuera de la economía. La Revolución Bolivariana se propone, en el imaginario, como lucha contra la pobreza de sentido que ha invadido Occidente, preso en su cultura tecno-científica.

Me decían por aquí, donde habito “mientras tanto”, que Occidente no puede proponer una cultura de la técnica y de la industrialización que devuelva el encanto a un mundo desencantado, que vive de ilusiones efímeras, mitos de cantantes rock, pop, estrellas de cine y de la pasarela, team manager, futbolistas famosos, y cuanto otro.

Por si fuera poco, la máquina que produce bienestar se ha parado, sus promesas de abundancia para todos chocan con la realidad de una globalización que aplasta y vuelve precario el trabajo y la vida. China e India se desarrollan con ritmos avasallantes, se exportan fábricas desde Europa, se pone a competir a todo el mundo, ese mundo donde pierden siempre los mismos.

Y Chávez sueña y pone un sentido. Y ese sueño contagia a quien no puede sino soñar. El fracaso de Occidente consiste en no haber sido capaz de reemplazar el sueño ya condenado a muerte del “american way of life”, con otro sueño. El imaginario reclama su parte. Occidente no se lo puede dar. Chávez sí. Los jóvenes europeos, excluidos del sistema del bienestar, necesitan identificarse en algo otro, donde este otro es el Otro del Occidente.

“Los foros sociales”, la gran asamblea popular de los “desheredados del sentido”, se desplaza de ciudad en ciudad, de este globo inflado que es la globalización, muy cercana, como globo que es, a desinflarse o a hacer “¡crack!”.

Y, mientras las tecnologías de avanzada seducen a los jóvenes de los países que no han alcanzado el bienestar del capitalismo industrial, ya no logra en Occidente sino repetir “ad nauseam”, nuevos – siempre nuevos – modelos de teléfonos celulares, móviles como los capitales portátiles, capaces de sacar fotos inútiles, de acontecimientos evanescentes y de recibir cientos de canales de televisión, y millones de mensajes y mensajitos que son como señales de SOS en botellas en un mar ancho y profundo, donde ninguna ola llevará la botella hacia algún puerto. Todo reposa en perfecta calma, mientras, en la superficie, todo se agita en un ajetreo y bullicio mundanos.

Chávez se eleva, como una torre en el mar de la desesperanza. Reemplaza, o continúa la tradición de los iconos latinoamericanos, Fidel Castro, el “Che” Guevara, aquel que muere en Bolivia y que ahora resurge.

El Occidente se devora a sí mismo. Habiendo renegado de su “alta cultura”, vive la cultura mediática dónde para escribir un libro hay que fijar la mente más en el lector que comprará que en la naturaleza del problema. Chávez propaganda la capacidad de resistencia de una sociedad diferente, la de los cerros y barrios que inunda la ciudad, cambiando su “urbanidad”, y en las que los jóvenes occidentales de izquierda, no quieren comprender nada, sino sólo ser comprendidos, como adolescentes que son. Y es adolescente todo aquel a quien se le niega un lugar en el mundo del trabajo útil, porque el trabajo socializa, y el desempleo mata, de hambre y mata, para los “más afortunados” (económicamente) las ganas de vivir con alegría una vida saturada y bloqueada, donde lo que queda es el esparcimiento. ¿Esparcirse de qué?, pregunto yo. Quien no trabaja no tiene tampoco tiempo libre, que este último sólo se da como forma alternativa a un trabajo socialmente útil.

Este tiempo, de libre se volvió vacío. Y en ese vacío se emplaza Chávez. “¡Ofréceme un sueño Comandante! No te pido mucho, pero es mucho. ¡Permíteme soñar entre tanta organización que me excluye, y tanta publicidad de cosas que jamás podré comprar, y que, si soy afortunado, compro sólo para mal usar, mal gastar, porque esta compra no me otorga el sentido que busco!” Chávez no es un ser, es un sentido.

Y según la lógica del sentido, y no la lógica del ser, es cómo hay que comprender porque Chávez seduce y se ha globalizado. Es inútil tratar de explicar a un joven italiano de los “Centros sociales”, a un “verde radical”, a un “anarco-insurrecionalista” que las cosas en Venezuela son más complejas de lo que aparecen en los medios de comunicación internacionales, porque a él no le interesa el “ser”, sino el “aparecer del sentido”. “Yo siento que con Chávez, Castro, Morales, vivo”. ¿Les parece poco, otorgar, aunque sea, un poco de vitalidad, insuflar vida dónde lo que se ve es un desierto sin fin?

No es con la vara de la economía y de sus logros como se juzga en Europa a Chávez desde la izquierda alternativa, la que se opone a la izquierda gubernamental, la que ha aceptado el sistema capitalista, que, cuando incluye enriquece monetariamente, y cuando excluye lo hace como la represión: un orden de desaparición. Los jóvenes radicales occidentales son unos “desaparecidos” simbólicos.

Ciertamente, diría “mi” vecino, el del “aquí no pasa nada”, es mejor desaparecer simbólicamente que físicamente. Puedo estar de acuerdo, pero también me luce que su alma se la llevó alguien, que no es el diablo precisamente (con él uno se divierte siempre), un alguien anónimo, que carcome lentamente la vitalidad.

Chávez significa, del otro lado del “charco”: “Yo también quiero vivir, y quiero hacerlo plenamente”. Para la derecha conservadora, que cifra todo su ser en la economía, estos jóvenes “no saben lo que quieren. Lo tienen todo. Son malcriados. Hay que reprimirlos”, como si ya no lo fueran, sin necesidad de sacar un fúsil, si no muy de vez en cuando. La derecha conservadora, moderna todo lo que se quiera, tampoco entiende que ella no sueña ni produce sueños. Es más, se jacta de no hacerlo, de ser eficiente, organizada, realista. Y lo es, no lo voy a negar. Pero la realidad no está hecha sólo de realidad. La realidad social no es una cosa, es una dinámica, un movimiento: ese movimiento que ella no otorga, se la otorga Chávez.

Yo también necesito una revolución. Pero estoy muy viejo para quererla. Entonces, me repliego en la educación que he recibido, la que me permite evadir el mundo, el mundo que no he podido transformar – que ya no creo que se pueda transformar. Leo mis autores preferidos. Me retiro en los predios de la “alta cultura”, la que, pensándolo bien, se está transformando en un sueño. Porque la cultura tecno-científica y el mercado se lo tragan todo.

Escribía el 29 de diciembre de 2002: “Una de las debilidades del conjunto de los ‘proyectos modernos’ radica no sólo en que mediante la modernización económica, con su obsesión por el crecimiento de la riqueza, se está generando un número cada vez mayor de personas negadas por el sistema, sino en que la propia vertiente de la modernidad política, a saber, la búsqueda de la libertad y de la igualdad ante la ley, puede resultar desfasada respecto de muchos pueblos que tienen otra historia y otra identidad: pueblos diferentes.”

De hecho, para muchos el problema no se ubica ni en la libertad ni en la igualdad, sino en el reconocimiento, de su clase o nación, color o raza, inclusive de su forma de vida, como fuente independiente de actividad humana. Se trata de una lucha por el “status” en donde la libertad y la igualdad pasan a un segundo plano. ¿Podrá el socialismo del siglo XXI lograrlo? Si lo hace tendrá toda mi simpatía. Personalmente me he vuelto escéptico. He visto a finales de los años setenta primeros de los ochenta desvanecer el sueño y el sentido de una izquierda europea que realmente transformara el mundo. En los actuales momentos me conformo que el mundo no me cambie a mí demasiado. Tal vez es vejez precoz, no lo discutiría más de la cuenta. Pero yo no importo. Lo que importa son esos jóvenes, los “no global”. ¿Lograrán ellos como la Revolución Bolivariana no caer en la trampa del consumismo? En las próximas entregas compartiré lo que he podido, hasta la fecha, entender – si es que lo entendido – el problema.


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