El socialismo del siglo XXI: una aproximación

Con el control del poder político – fase de transición revolucionaria - el próximo reto del bolivarianismo consiste en la “revolución cultural”, lo que entre otras cosas implica evitar que la “revolución” resulte colonizada por los aprovechados que la emplean sólo como medio para alcanzar una riqueza súbita y fácil.

Es un reto inmenso, que implica un cambio de valores en el nivel estructural de la conciencia y de la conducta de una gran mayoría de venezolanos. Y es un reto imprescindible no sólo para la “revolución” sino para cualquiera que intente transformar, acorde a diversos fines, la realidad social de un país.

Para transformar algo se requiere mucho más que una reforma jurídica. Las transformaciones sociales profundas y radicales sólo acontecen porque en el escenario aparece una nueva “formación social”. Así que no hay “transformación sin formación”.

Por “formación” cabe entender al menos dos cosas: 1) la aparición de una nueva agrupación portadora de nuevos valores y de un nuevo proceso; 2) la educación de esa formación para que se constituya en un buen guardián de sus propios intereses. Este segundo punto es de vital importancia para el bolivarianismo que va a lograr la reforma de la Constitución, que ya tiene el poder político y que es una nueva agrupación. Sin embargo, todavía no ha podido “formar a su propia formación”, esto es, educar bien para la “revolución”, si bien lo está haciendo a pasos de gigantes.

Recordemos que para que una transformación radical tenga éxito se requiere de un “compromiso ético con lo político” que sólo puede proceder de una cultura que, además de esgrimir los valores adecuados para tal fin, se entregue al trabajo ideológico, al estudio de las condiciones objetivas que la rodean y al estudio de sí misma. En otras palabras, sin una profunda convicción moral y un igualmente profundo amor por el estudio, por las ideas y su práctica, ninguna “auténtica revolución” se sostiene.

Como ha sido notado por muchos, el bolivarianismo ha llegado al poder de una forma inesperada (democráticamente), inclusive para sus propias expectativas. Es como si el poder se le hubiese caído encima, al derrumbarse el “antiguo régimen” puntofijista. El bolivarianismo no ha conquistado el poder – al menos en su fase inicial – mediante una “formación” educada en una ideología bien perfilada, y ahora necesita la organización de dicha “formación”. Tiene que organizar la militancia en cuadros directivos bien preparados, en cuadros directivos que conozcan la “génesis de los movimientos revolucionarios” para no repetir los fatales errores que han condenado experiencias similares al fracaso.

Habrá que recordarse, por ejemplo, que uno de mis compañeros de clases, definía la unidad de la teoría revolucionaria como teoría genética, en el sentido de que la representación de la continuidad de una “formación” no puede excluir de sus vicisitudes internas la continuidad que deriva desde su propia génesis. Para lograr este cometido la Revolución Bolivariana necesita, conforme a como lo decía Marx, “educar a sus educadores”. Necesita de intelectuales, en el sentido más amplio del término, que sean capaces de transmitir tal génesis aplicándola a la realidad local, específica venezolana, y por tanto de organizar la “formación”, acorde a las necesidades de la “revolución cultural”.

Estos intelectuales suelen aparecer antes de la “formación” (por eso se habla de “vanguardia” para referirse a ellos) y de la toma de poder. En cambio, el bolivarianismo los tiene que formar sobre la marcha sin que su enseñar produciendo se vuelva disfuncional respecto de la realidad local.

Para que esto no suceda, Chávez se apoya también (no sólo) en el saber revolucionario de la experiencia cubana, un saber marxista-leninista. Es decir, la doctrina oficial del estalinismo. Porque Lenin no se decía a sí mismo marxista-leninista; pero tampoco podía reconocerse sin más ni más como marxista, al romper con los textos de Marx y Engels en lo concerniente a la dictadura del proletariado.

Entonces cuando alguien afirma que es marxista-leninista está afirmando que es, en realidad, estalinista, (sería mejor decir un “seguidor de Stalin”), y el estalinismo es una de las peores versiones del comunismo real.

No hay que sostener, como cierta clase de izquierda quiere dar a entender, que la verdadera alternativa a Stalin no fue el marxismo, ni Trotsky, ni Bujarin, sino Lenin. Por el contrario, Lenin fue la premisa y la condición de Stalin, y cuando el eurocomunismo en la década de los ochenta comienza la crítica del segundo, olvida por completo criticar al primero como el gran desertor del texto marxista. En palabras de otro amigo, puedo decir que por esta razón, el marxismo oficial sigue siendo lo que es desde cuando se casó con el leninismo: un obstáculo casi impenetrable para la investigación histórica y política.

Hay que llevar a cabo una crítica del leninismo precisamente para romper el guión que permite la fusión marxismo-leninismo, efectuada por el leninismo-estalinismo, como si se tratara de un mismo curso. Si bien esta crítica fue llevada a cabo por Rosa Luxemburg, también es cierto que no se trató de una crítica radical, pues aceptaba la revolución bolchevique mientras reivindicaba su opuesto, es decir, aquella democracia que la revolución de Lenin había inevitablemente aniquilado.

Recuerdo todo esto, porque si Venezuela tiene que inventar el socialismo del siglo XXI, como Chávez pretende, sería bueno que explícitamente se dijera que esta nueva búsqueda nada quiere ni tiene que ver con el marxismo-leninismo. Ni con Lenin, ni con Stalin ni con cualquier otro gobernante en el mundo que los haya reivindicado o los use como fuente permanente de inspiración. Porque Lenin y Stalin rechazaron la democracia, mientras Marx no lo hizo.

Insisto en recordar que el leninismo nació como oposición cada vez más clara e irreconciliable contra el movimiento socialdemócrata y marxista ruso de cuyo seno salió para reconocerse como “bolchevique” en oposición a “menchevique”.

La diferencia entre Marx y Lenin se reduce, para el formato de esta entrega como sigue:

Para Marx el sujeto revolucionario se apropia del Estado para democratizarlo de punta a punta y, al así hacerlo, lo transforma de aparato de represión en dispositivo de liberación. Pero esto significa que no es suficiente apropiarse del Estado y ponerlo a andar, sino que hay que construir un nuevo Estado que “quiebre la estructura burocrática-policial-militar a favor de la autogestión del pueblo”.

Como puede verse, para Marx Estado militar y autogestión no pueden ir juntos. Para Lenin sí. A tal punto que Lenin se apoderó del Estado pero no lo transformó. El Estado siguió siendo esa estructura “burocrática-policial-militar” que al final terminó en manos de Stalin, quebrando la autogestión y traicionando la Revolución.

En palabras más sencillas: mientras el marxismo no es sinónimo de dictadura, el leninismo sí lo es. Y todavía más lo es el marxismo-leninismo de Stalin, donde el “guión es abusivo”.

Uno se preguntará porqué el leninismo y el marxismo-leninismo han tenido tanta suerte, mientras el marxismo de Marx se quedó en letra muerta. La respuesta es, si se quiere, bastante sencilla: el discurso del segundo no sirve para el poder a secas, mientras que el primero funciona de maravilla para cuanta voluntad de poder absoluto ande por ahí. El poder algunas veces requiere de su vestimenta. Para algunas cosas es pudoroso como una virgen.

Resumiendo tenemos entonces para la Venezuela actual tres opciones: 1) la democracia representativa liberal burguesa; 2) la democracia radical marxista; 3) la dictadura marxista-leninista. Si Venezuela parece haber descartado la primera opción, tiene que elegir entre 2 o 3. Si elige la democracia radical marxista, la de Marx, es bueno recordar que quien guía la suerte del país cambia periódicamente. Si elige el marxismo-leninismo, el líder no cambia nunca. Pero en ese caso no se habrá inventado nada nuevo en lo fundamental. Se inventa, en cambio, la manera de lograr el punto 3 legalmente, conforme a las nuevas exigencias de la globalización.

De momentos, quiero señalar que para la situación venezolana, el gran obstáculo que enfrenta la Revolución Bolivariana consiste en el “comunismo de consumo”. Esta expresión fue empleada por J. Martov en una obra titulada “Bolchevismo mundial”, escrita en 1919, en la que diferenciaba al marxismo del leninismo, criticando a este último. Martov pertenecía a los mencheviques, los socialistas marxistas rusos cuyo exponente más destacado fue Plejanov, quienes veían en el bolchevismo la traición de gran parte – la parte más importante – de la doctrina de Marx y Engels.

En particular, le reprochaban al leninismo su carácter “militarista” y “dictatorial” en contra de la radicalización de la democracia que Marx había propuesto como camino y meta de la revolución proletaria. En manos de Vládimir (Nicolaj, pseudónimo usado por Lenin), “la dictadura del proletariado”, concebida en su interioridad como democracia radical, se había transformado en “dictadura sobre el proletariado” por parte del partido y de su líder; una “lógica” que Stalin llevó a sus últimas consecuencias.

Mi interés no es reproducir la historia completa de esa discusión – que sin embargo podría resultar de gran actualidad e interés para la Venezuela actual - sino concentrarme en la expresión de Martov – “comunismo de consumo” – por considerarla atinente a un escenario muy probable entre los que ya se vislumbran en nuestra cotidianidad.

Martov solía decir: “El predominio del ‘comunismo de consumo’ sobre las razones de la organización de la producción realizada sobre las bases colectivas, es decir, el desprecio hacia la exigencia de sostener y asegurar el desarrollo de las fuerzas productivas, se observa hoy por doquier entre las masas proletarias”.

Martov consideraba que el desinterés por lograr el desarrollo de la producción, con su consecuente incremento de la riqueza, se había dado en el proletariado a causa de la primera guerra mundial. Los obreros, enviados al frente de batalla, se habían olvidado de su oficio y de su conciencia de clase, basados ambos en su “ser de productores”, para transformarse en soldados acostumbrados a destruir más bien que a producir.

Según Martov, la “gran guerra” (1914-1918) había bajado el nivel del proletariado a tal punto que el bolchevismo era visto como el atajo de una clase revolucionaria devuelta a su inicial inmadurez. El deseo de esta clase “obrero-guerrera” se expresaba mediante el empeño de obtener “máximos resultados inmediatos en la realización de las mejoras sociales, omitiendo las condiciones objetivas”, lo que implica una buena dosis de ingenuo optimismo acrítico.

Ahora bien, Venezuela no ha pasado por los estragos de una guerra mundial que colocara al “sujeto revolucionario” en las condiciones descritas por Martov. Pero sí ha pasado y sigue haciéndolo por los “estragos del petróleo”, del “capitalismo rentista”. La clase revolucionaria venezolana sufre, en parte, del mismo mal señalado por Martov, porque se concentra más en la “lógica del consumo” que en la “lógica de la producción”. La renta petrolera es “como” la guerra mundial: inhibe el desarrollo de la conciencia social y de la educación política de los grandes sectores de la población.

El socialismo del siglo XXI que hay que inventar según Chávez, debería tener en cuenta este pequeño detalle: nuestra renta se apoya en la producción petrolera cuya especificidad, en lo que concierne a lo social, consiste en que no difunde una “cultura del trabajo y del sacrificio” que están a la base de la “lógica de la producción”. La producción petrolera es una “condición objetiva” para que se presente el fenómeno del “comunismo de consumo”.

No debe, por lo demás, extrañar que así sea, cuando también gran parte de los sectores medios y altos de la población venezolana padecen del mismo mal: concentrarse en la lógica del consumo en lugar de las condiciones para la producción. El propio Martov en 1919 escribía: “¿Hay que maravillarse acaso si las masas populares, privadas durante cuatro años (los años de la primera guerra mundial) de toda posibilidad de educación política, cuando son llamadas a crear la historia de manera autónoma, comiencen a partir del punto en el cual se pararon las clases dominantes?”

Pregunto yo: ¿Hay que maravillarse si las masas populares (no auténticamente revolucionarias) venezolanas, privadas de educación política durante cuarenta, cincuenta, cien años, (los historiadores dirán, pero seguramente son más de cuatro años) se disponen a “inventar” lo que ya se dio: a saber, el “comunismo de consumo” cuyo sueño fue interrumpido por el bolchevismo leninista y, finalmente, por el estalinismo


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