Marx, Engels, Luxemburgo Y Gramsci contra Berstein, Kaustky y Lenin por La autonomía de la clase trabajadora

Considerando la importancia del debate teórico vinculado a la praxis revolucionaria de las clases trabajadoras, exponemos a continuación un resumen de las polémicas que a fines del siglo XIX y comienzos del XX sostuvieron los clásicos marxistas con relación al crucial tema de la autonomía de los trabajadores en sus luchas contra el capitalismo y en procura de la revolución socialista.

 

Aunque a algunos les parezca extraño, los autores “clásicos” del marxismo se ubicaron en dos posiciones diametralmente opuestas al momento de valorar la autonomía de la clase trabajadora en su lucha por liberarse de las cadenas de la explotación burguesa. En uno de esos bandos, defensor de la autonomía de clase (recurriendo a la célebre frase de Marx: “la liberación de la clase obrera sólo puede lograrse por la acción de la misma clase obrera, sin necesidad de dirigentes intelectuales de la pequeña burguesía”), con el cual nos identificamos, estaban los propios fundadores de la teoría marxista, Carlos Marx y Federico Engels, a los cuales se unieron en tiempos posteriores destacados líderes como Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci y Antón Pannekoek. En el bando de los sostenedores del papel de la “vanguardia dirigente” coincidieron los defensores del reformismo socialdemócrata como Eduard Berstein y Karl Kaustky, junto a revolucionarios como Vladimir Ilich Lenin.

 

Exponemos aquí cuáles fueron las ideas de ambos bandos, pues como tendencias se han prolongado en el tiempo histórico, y la realidad del proceso bolivariano colocan en primera línea del debate estas dos concepciones sobre cómo hacer la revolución socialista: ¿La revolución la ejecuta y dirige el propio pueblo trabajador? ¿O la revolución es obra de la acción de un partido de iluminados que en base a su sapiencia y preparación conduce el proceso hacia el socialismo?

 

LOS TRABAJADORES: CONDUCTORES DE SU LIBERACIÓN O TUTELADOS POR VANGUARDIAS. UNA POLÉMICA ENTRE MARXISTAS.

 

Los clásicos marxistas consideraron a la clase trabajadora como la que estaba destinada, por su condición mayoritaria, por su condición de clase explotada, y por ser la protagonista de un sistema productivo industrial que requería del trabajo de miles y miles de obreros, a conducir una revolución político-económica que acabaría con el capitalismo y conduciría al comunismo, del cual el llamado socialismo sería un período de transición. Al respecto decía Carlos Marx en el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores: “La conquista del poder político ha venido a ser, por lo tanto, el gran deber de la clase obrera” (Marx, 1951: 353).

 

Esta revolución política contra el capitalismo implicaba para Marx el papel protagónico de la clase trabajadora, sin que existieran de por medio “representantes de los trabajadores” provenientes de las clases medias o de la propia burguesía. En los Estatutos Generales de la Asociación Internacional de Trabajadores, creada con la participación determinante de Marx y Engels en Londres, 1864, ellos establecieron claramente “que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos” (Marx, 1951: 355).

 

En 1879, Marx y Engels polemizaron con parte de la dirección del Partido Socialdemócrata Alemán (PSDA), del cual ellos eran representantes en el extranjero, al cuestionar con firmeza sus intentos por colocar al frente del partido a representantes de “las capas altas de la sociedad”. Estos directivos del PSDA, C. Hochberg, Eduard Bernstein y C. Schramm, sostenían que era deseable y necesario que las credenciales para representar al partido en el Reichstag (parlamento alemán) fueran entregadas “a personas que tengan tiempo y posibilidades de estudiar a fondo los problemas. Los simples obreros y los pequeños artesanos … sólo muy excepcionalmente pueden disponer del ocio necesario” (citado por Marx-Engels, 1976: 92).

 

Marx y Engels, en una célebre carta de septiembre de 1879 dirigida a Augusto Bebel pero extensible a todo el resto de la directiva del PSDA, pusieron los puntos sobre las íes en cuanto a su concepción sobre el papel de los trabajadores en la lucha por alcanzar el socialismo.

 

Durante cerca de cuarenta años hemos venido destacando la lucha de clases como fuerza directamente propulsora de la historia, y particularmente la lucha de clases entre la burguesía y el proletariado como la gran palanca de la revolución social moderna … La emancipación de la clase obrera debe ser obra de los obreros mismos. No podemos, por consiguiente, marchar con unos hombres que declaran abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse ellos mismos, por lo que tienen que ser liberados desde arriba, por los filántropos de la gran burguesía y de la pequeña burguesía” (Marx-Engels, 1976: 97).

 

Esta polémica de finales del siglo XIX resume una cuestión que todavía se debate en el seno del movimiento de trabajadores, y que como veremos en el desarrollo del presente trabajo, constituye uno de los centros de la lucha política dentro del movimiento bolivariano de trabajadores durante el gobierno de Hugo Chávez. En el pasado reciente venezolano, autores como Pedro Bracho y Steve Ellner han incursionado sobre la disputa entre el Estado y los partidos hegemónicos por mantener bajo control y subordinación política al movimiento obrero, y los esfuerzos de éste por conservar su autonomía de clase (Bracho, 1992: 20) (Ellner, 1980: 98).

 

LA COMUNA[1] COMO INSTRUMENTO PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO.

 

Marx extrajo su concepción del Socialismo de la experiencia concreta que suministraba la lucha revolucionaria de los obreros europeos. Entendió al socialismo como un período de transición entre el capitalismo vencido, pero no aniquilado, y el comunismo ya nacido, pero muy débil aún. La forma concreta que adoptaba ese período de transición la denominaba Dictadura del Proletariado[2] (Marx, 1976: 23). Posteriormente, al acontecer la Comuna de París, en 1871, identificó a esa experiencia concreta con su propuesta de Dictadura del Proletariado, y así lo expuso en su obra “La Guerra Civil en Francia” (Marx, 1978: 18).

 

“Últimamente las palabras ´dictadura del proletariado´ han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber que faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡He ahí la dictadura del proletariado!”.

 

Federico Engels también consideró a la Comuna de París como una expresión política concreta de sus propuestas socialistas:

 

“Era una forma política perfectamente flexible, a diferencia de las formas anteriores de gobierno que habían sido todas fundamentalmente represivas. He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo, dentro de ella, la emancipación económica del trabajo” (Engels, 1978: 14).

 

Como resultado del análisis hecho sobre la experiencia particular de la Comuna de París[3], Marx expuso en la obra ya citada (La Guerra Civil en Francia) las bases fundamentales sobre las que debería erigirse la sociedad socialista (López, 2009: 10):

 

·      El antiguo Estado burgués centralizado debe dar paso a un régimen federativo basado en la autonomía local y regional. Este régimen, más que un Estado, venía siendo la negación del Estado, y preferían denominarlo comuna.

·      Las comunas locales, regionales y nacionales estarían conformadas por delegados electos por sufragio universal, responsables ante sus electores, revocables en todo momento, y obligados por el mandato imperativo de dichos electores.

·      Todos los que desempeñaran cargos públicos debían recibir salarios iguales a los salarios de los obreros.

·      La Comuna no era un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, con funciones ejecutivas y legislativas al mismo tiempo.

·      El ejército permanente y los cuerpos policiales eran sustituidos por el pueblo armado, por milicias populares organizadas en cada localidad.

·      Desaparecía el aparato burocrático estatal.

·      La producción en las fábricas se organizaba cooperativamente por los mismos obreros, sin necesidad de los patronos capitalistas, y las cooperativas unidas regularían la producción nacional mediante un plan común, que acabaría con la anarquía en la producción y con las crisis periódicas propias del capitalismo.

·      La Comuna, al destruir el poder del Estado, no destruía la unidad de la nación, sino que la organizaba mediante un poder popular basado en la autogestión local.

·      Todos los funcionarios públicos, incluso los jueces y los educadores, eran electos por sufragio universal.

·      Se establecía que con respecto al Estado, la religión era un asunto de incumbencia privada.

·      La educación se sustraía tanto del control de la iglesia como del control del Estado, quedando en manos de las comunidades organizadas (comunas).

·      La Comuna representaba el interés de los obreros, de los campesinos y demás capas sociales explotadas por el capitalismo. Igualmente representaba el interés de los pueblos del mundo que luchan contra la dominación del capital.

 

Marx entendía que las transformaciones políticas derivadas del poder de los obreros, lo que él llamó la reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil, debían servir para extirpar las bases de la explotación capitalista, expropiando a los expropiadores, eliminando la propiedad privada sobre los medios de producción.

 

LENIN: UNA VANGUARDIA QUE DIRIJA A LOS OBREROS.

 

Las ideas de Marx y Engels contrastaron posteriormente con lo desarrollado en Rusia bajo la conducción de Lenin. Los dirigentes del Partido Bolchevique, con Lenin a la cabeza, repitieron los mismos argumentos utilizados por los directivos del PSDA en 1879 para justificar que el partido estuviera dirigido o representado por integrantes de las “clases cultas” y no por simples obreros cuya característica principal, para ellos, era su ignorancia política y su escasa cultura.

 

Pero Marx nunca propuso un partido único, de “vanguardia”. Para Marx, el concepto de partido comunista se refería a todas las tendencias obreras que luchaban por emanciparse del capitalismo (fácilmente comprobable con una revisión de todos sus textos fundamentales). En una carta a Freiligrath, decía que “bajo el vocablo partido entiendo el gran sentido histórico”, es decir, la causa del conjunto del proletariado y no de una fracción particular de la clase (Bourdet, 1978: 46).

 

Desde 1848, en el famoso “Manifiesto del Partido Comunista”, Marx dejaba claro que “el movimiento proletario es un movimiento independiente de la inmensa mayoría en provecho de la inmensa mayoría” y que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses distintos de aquellos del proletariado en conjunto” (Marx-Engels, 1951: 32-34).

 

En 1866 Marx establecía que “la obra de la Asociación Internacional es la de generalizar y unificar los movimientos espontáneos de la clase obrera, pero no de prescribirles o imponerles un sistema doctrinario, cualquiera que sea” (Marx, 1973: 82). En 1868, decía que la Internacional “no es hija de una secta ni de una teoría, ella es el producto espontáneo del movimiento proletario” (Bourdet, 1978: 46). En 1871, luego de la Comuna de París, afirmaba que “la Internacional no es el gobierno de la clase obrera, es un lazo, no es el poder” (Bourdet, 1978: 46). En resumen, una serie de afirmaciones que aparecen a lo largo de su obra, que indican su defensa de una clase trabajadora que se auto-dirigiera, que conservara su autonomía de clase, y no se subordinara a una vanguardia de intelectuales iluminados.

 

Las ideas de Lenin, en cambio, terminaron justificando a un aparato de especialistas, el partido de vanguardia, que terminó sustituyendo a la clase en la lucha contra el capitalismo. Según la teoría leninista, la vanguardia del proletariado, el partido integrado por los especialistas poseedores de la teoría “científica”, eran quienes podían determinar el rumbo correcto de la lucha de clases. A partir de allí, la revolución ya no se construía en las calles, como hizo Marx cuando teorizó sobre la Comuna de París, sino que se elaboraba previamente en las oficinas del partido. Y los obreros quedaban reducidos a simples seguidores de las directrices del partido.

 

El socialismo que se consolidó en la URSS luego de la Revolución Bolchevique en 1917, incorporó elementos que no figuraban en el programa socialista propuesto por Marx en el siglo XIX, a la vez que excluyó aspectos vitales del mismo. Uno de esos aspectos “nuevos” fue el papel del Partido dentro del proceso revolucionario. Vladimir Ilich Lenin, teórico y líder fundamental de la revolución bolchevique, introdujo en el marxismo algunas tesis que no sólo no tenían ningún tipo de continuidad con el pensamiento de Marx, sino que se oponían directamente a los criterios marxistas relacionados con el desarrollo del movimiento obrero. Lenin pensaba que la conciencia socialista era introducida en el proletariado por la intelectualidad burguesa (concepción que expuso en su famosa obra “¿Qué Hacer?”, publicada en 1902):

 

“Hemos dicho que los obreros no podían tener conciencia socialdemócrata[4]. Esta sólo podía ser traída desde fuera. La historia de todos los países atestigua que por sus solas fuerzas la clase obrera no puede llegar más que a la conciencia tradeunionista[5], es decir, a la convicción de que hay que unirse en sindicatos, luchar contra los patronos, reclamar del gobierno tales leyes necesarias a los obreros, etc. En cuanto a la doctrina socialista, ha nacido de teorías filosóficas, históricas, económicas, elaboradas por los representantes cultivados de las clases pudientes, por los intelectuales. Los mismos fundadores del socialismo científico contemporáneo, Marx y Engels, son por su situación social intelectuales burgueses. También en Rusia la doctrina socialdemócrata surgió absolutamente independiente del crecimiento espontáneo del movimiento obrero, como el resultado natural del desarrollo del pensamiento entre los intelectuales revolucionarios socialistas” (Lenin, 1981: 35).

 

Téngase en cuenta que Lenin está utilizando los mismos argumentos ya criticados y rechazados por Marx y Engels en 1879 al responderles a los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán. Para justificar esa opinión, Lenin se apoyó en Carlos Kaustky, quien fuera posteriormente un célebre renegado de las ideas revolucionarias marxistas, cuestionado fuertemente por el mismo Lenin[6].:

 

“Pero el socialismo y la lucha de clases surgen juntos, aunque de premisas diferentes; no se derivan el uno del otro. La conciencia socialista moderna solo puede surgir de profundos conocimientos científicos ... Pero el portador de la ciencia no es el proletariado, sino la intelectualidad burguesa ... De modo que la conciencia socialista es algo introducido desde fuera en la lucha de clase del proletariado, y no algo que ha surgido dentro de ella espontáneamente”[7].

 

A partir de esta tesis kautskyana, Lenin desarrolló su concepción de “partido de vanguardia”, integrado por “revolucionarios profesionales”, predestinado a dirigir a los obreros y al pueblo en general durante el proceso revolucionario. Esta propuesta de Lenin no tenía relación alguna con lo planteado por Marx, quien, como ya dijimos antes, siempre dejó claro que la emancipación de la clase obrera sólo podía darse por obra de la propia clase obrera.

 

El mismo Federico Engels enfatizó en 1888 sobre la capacidad de los trabajadores por desarrollar una teoría propia destinada a orientar su lucha por la emancipación del capitalismo. Las palabras finales de su conocida obra “Ludwig Feuerbach” así lo demuestran:

 

“Los representantes oficiales de esta ciencia se han convertido en ideólogos descarados de la burguesía y del Estado existente … Sólo en la clase obrera perdura sin decaer el interés teórico alemán ... El movimiento obrero de Alemania es el heredero de la filosofía clásica alemana” (Marx-Engels, 1976: 395).

 

Para Engels los trabajadores no eran ignorantes consumados ni incapaces de alcanzar un pensamiento teórico. Por el contrario, considera a la clase obrera con plena capacidad de tener un pensamiento filosófico que le dé continuidad a los desarrollos intelectuales que la filosofía clásica alemana había tenido con teóricos como Hegel y Feuerbach. Para Carlos Marx y Federico Engels la clase trabajadora de la Europa que ellos vivieron era capaz de liberarse a sí misma mediante la lucha revolucionaria por alcanzar el poder político. Los obreros ni eran demasiado incultos ni era necesario que vinieran personajes ilustrados a dirigir sus organizaciones y representarlos en los parlamentos.

 

La liberación de la clase obrera sería obra de la propia clase obrera. Así nació la primera Asociación Internacional de Trabajadores, en 1864. Esa premisa constituyente del marxismo fue dejada de lado posteriormente por los revolucionarios bolcheviques, siendo sustituida por la propuesta leninista de construir un partido de revolucionarios profesionales, que en su mayoría provenían de clases medias y altas de la población, y que estaba destinado a dirigir tanto la lucha por alcanzar el poder político como el proceso posterior de construcción de una sociedad socialista.

 

ROSA LUXEMBURGO REIVINDICA EL PROTAGONISMO OBRERO Y EL ESPONTANEÍSMO EN LAS LUCHAS.

 

Esta concepción de los bolcheviques rusos fue enfrentada por Rosa Luxemburgo en fecha tan temprana como 1904, quien acusaba a Lenin de trasplantar los métodos de los conspiradores blanquistas[8] franceses del siglo XIX, al separar a los dirigentes de las masas trabajadoras y crear estructuras centralizadas que impedían que los obreros tomaran decisiones sobre la conducción de sus propias luchas:

 

“El establecimiento de la centralización en la Socialdemocracia sobre estos dos principios –sobre la ciega subordinación de todas las organizaciones de partido hasta los más mínimos detalles de su actividad a un poder central que piensa, crea y decide por todos, así como la drástica separación del núcleo organizado del partido del medio revolucionario que le rodea- tal como lo defiende Lenin, nos parece, por consiguiente, una trasposición mecánica de los principios de organización del movimiento blanquista de los círculos de conspiradores al movimiento socialdemócrata de las masas obreras … pero en realidad la socialdemocracia no está “ligada” a la organización de la clase obrera, sino que ella misma es el propio movimiento de la clase obrera” (Luxemburgo, 1977: 532).

 

En esa misma época, Rosa Luxemburgo se distanciaba de las ideas predominantes en los partidos socialdemócratas, al glorificar la huelga de masas como un mecanismo de lucha de las masas trabajadoras que podía conquistar tanto victorias económicas como políticas, de la misma forma en que hasta ese entonces lo había hecho la lucha parlamentaria.

 

Basándose en la experiencia histórica concreta de la revolución rusa de 1905, Luxemburgo enfatiza en el carácter relativamente espontáneo de las masivas oleadas de huelgas obreras en determinadas coyunturas de crisis, justificando esa espontaneidad como parte necesaria del proceso de educación política que las masas obreras deben atravesar en su lucha por avanzar hacia una revolución social:

 

“…el elemento espontáneo juega un papel tan predominante en las huelgas de masas … no porque el proletariado esté ‘insuficientemente educado’, sino porque las revoluciones no se enseñan ni se aprenden en ninguna escuela(Luxemburgo, 1977: 189)(negrillas nuestras).

 

Nuestra autora profundiza acerca del papel del Partido Socialdemócrata en estos procesos de lucha social. Considerando que los períodos de crisis no permiten planificar previamente las acciones de lucha, y descartando la posibilidad de que el partido y los sindicatos puedan planificar en frío una “huelga de masas demostrativa” del poder de los socialistas, insistía en la necesidad de enfrentar la realidad de un verdadero movimiento popular “surgido con fuerza debido a la agudización extrema de los antagonismos de clase y de la situación política”, es decir, la necesidad de asumir la dirección de huelgas masivas de carácter espontáneo, derivadas de profundas crisis políticas y económicas propias del sistema burgués imperante (Luxemburgo, 1977: 205).

 

Luxemburgo alerta ante los escenarios de burocratización que por fuerza de las circunstancias se van generando en las estructuras sindicales, enfatizando en la importancia de preservar la capacidad de decidir democráticamente por parte de las “masas proletarias”, por encima de las cúpulas de las direcciones de sindicatos y federaciones (Luxemburgo, 1977: 233). En todo momento esta autora toma partido por la concepción marxista ya expresada antes, de que los trabajadores deben ser los principales protagonistas de su lucha política y económica, en contraposición a los escenarios en los cuales la dirigencia, tanto del partido como de los sindicatos, terminan sustituyendo a la clase. Su destino vital la condujo a estar al frente de las luchas de los trabajadores alemanes que enfrentaban la derechización de la dirigencia socialdemócrata (que había respaldado la guerra en 1914) y pugnaban por abrirle paso a la revolución socialista (Luxemburgo, 1971: 75).

 

“Ya es hora de que las masas obreras socialdemócratas aprendan a manifestar su capacidad de discernimiento y su capacidad de acción, demostrando así su madurez para afrontar épocas de grandes luchas y de grandes tareas, en las que ellas, las masas, serán el sujeto activo y la dirección no recaerá tan sólo en las ‘personas que hablan’, en los intérpretes de la voluntad de las masas … el movimiento sindical no es lo que se refleja en las ilusiones …  de una minoría de dirigentes, sino lo que está vivo en la consciencia de las grandes masas de proletarios ganados para la lucha de clases” (Luxemburgo, 1977: 234).

 

Estas diferencias de concepciones presentes entre los marxistas europeos al comienzo del siglo XX, que como ya dijimos repetían la polémica sostenida por  Marx y Engels con los dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán treinta años antes, se saldaron históricamente a favor de las tesis leninistas, respaldadas estas últimas por la fuerza arrolladora del triunfo revolucionario de los bolcheviques rusos en 1917. De esta forma la concepción profundamente democrática (en el sentido de democracia obrera o popular) implícita en las ideas de Carlos Marx sobre la revolución proletaria, quedó desplazada por las tesis de Lenin que postulaban la existencia de una vanguardia esclarecida que condujera a los obreros en la lucha, tanto antes como después de tomar el poder político.

 

A partir de la revolución rusa de 1917, se propagó por el mundo la supuesta concepción marxista del partido dirigente, que implicaba las siguientes premisas:

 

  1. Para que haya revolución es imprescindible la existencia de un partido.
  2. Ese partido debe dirigir todas las organizaciones obreras, tanto las de carácter reivindicativo como los sindicatos, así como las destinadas a ejercer el poder político territorial, como los consejos de trabajadores o soviets.
  3. También debe dirigir el partido todas las estructuras del estado socialista, cuando se haya tomado el poder.
  4. El partido a su vez se organiza en una estructura vertical, en cuya cúspide está el Comité Central, quien a su vez tiene un Buró Político y un Secretario General.
  5. Sobre la base del llamado “centralismo democrático”, la cúpula dirigente termina dominando todo el proceso de lucha “revolucionaria”.

 

La democracia socialista con la que soñó Marx terminó históricamente en su negación leninista divulgada e implementada por los revolucionarios rusos. Las deformaciones y aberraciones en el sistema político que se suscitaron en el llamado “Socialismo Real” en la Unión Soviética y los países de Europa Oriental fueron originadas por esa concepción leninista que desdeñaba la capacidad de las masas para decidir su propio destino y hacía énfasis en la necesidad de una vanguardia esclarecida, en los “revolucionarios profesionales”, como los que debían dirigir y tomar las sabias decisiones que conducirían el proceso socialista al comunismo.

 

GRAMSCI Y LOS CONSEJOS DE FÁBRICA.

 

Ya durante el período de la revolución rusa, otros teóricos marxistas como Antonio Gramsci[9] introducen elementos para este debate, al catalogar a los Consejos de Fábrica como el fundamento del nuevo estado obrero que surgirá del período revolucionario (Gramsci, 1978-b: 79). Distanciándose de los partidos y sindicatos, a los cuales cataloga como organizaciones propias de la democracia burguesa, que en su accionar político no rebasan los límites del Estado burgués, Gramsci otorga su pleno respaldo a los Consejos de Fábrica como expresión de la conciencia alcanzada por la clase obrera en su lucha contra el capital, como nuevas organizaciones propias de esa lucha obrera por acabar con la explotación capitalista.

 

“El nacimiento de los consejos de fábrica representa el comienzo de una nueva era de la historia del género humano … la era de los estados obreros que confluirán en la formación de la sociedad comunista” (Gramsci, 1978-b: 80).

 

Para Gramsci el Consejo de Fábrica es la primera célula de un proceso histórico que tiene que culminar en la Internacional Comunista, entendida no sólo como una expresión política organizada del proletariado revolucionario, sino como una reorganización general de la economía mundial en nombre de la humanidad entera. Es decir, el consejo de fábrica no es simplemente una nueva forma de organización de los trabajadores, sino precisamente la forma de organización que sirve para que la clase trabajadora acabe con el sistema capitalista, expropie a los expropiadores, y construya el socialismo sobre la base de reorganizar la economía mundial.

 

Para ello, la relación entre el partido y los sindicatos con el Consejo de Fábrica no debe ser nunca de tutela o imposición, sino que deben actuar como agentes conscientes para propiciar el proceso de lucha revolucionaria obrera, en el marco del cual el surgimiento de los consejos de fábrica permitirá dar los pasos necesarios para comenzar a concretar la nueva sociedad socialista (Gramsci, 1978-b: 82).

 

Es de resaltar que estas posiciones teóricas de Gramsci respondieron a sus reflexiones sobre el período revolucionario vivido a partir de la crisis originada por la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Gramsci posteriormente dejó de enfatizar sobre la importancia de los Consejos de Fábrica (que prácticamente se disolvieron cuando sobrevino un período de reflujo o retroceso de la lucha obrera debido al ascenso del fascismo) y se concentró en valorar la función del partido revolucionario, apoyándose para ello en la consolidación del socialismo en la URSS y en la lectura que los teóricos bolcheviques (tanto Lenin como Stalin y Trotski) difundieran sobre su experiencia, colocando la existencia previa de un partido revolucionario como clave para el triunfo político de la clase trabajadora.

 

EL TRIUNFO SOCIALISTA EN LA URSS Y LA DEFORMACIÓN DEL MARXISMO.

 

El triunfo de los bolcheviques y la consolidación de la URSS como el primer Estado Socialista del mundo contemporáneo, permitió a Lenin y luego a Stalin[10] propagandizar sus ideas políticas a nivel mundial, dándoles la categoría de “teoría marxista de la revolución”, con el carácter de principios generales de la lucha revolucionaria del proletariado, aplicables en cualquier sitio y en toda circunstancia. Las ideas de Marx se transformaron de esta manera en una receta manualesca que no podía cumplir ninguna función efectiva en la orientación de la lucha de clases de los trabajadores en el mundo capitalista (López R., 2009: 17).

 

La mejor expresión de este marxismo de manual fue la obra “El Materialismo Histórico”, de F.V. Konstantinov, publicado por la Academia de Ciencias de la URSS. Este libro suplantaba el análisis riguroso de los procesos históricos específicos, por la instauración de un esquema de desarrollo predeterminado, inexorable, al cual se ajustaban todas las sociedades del mundo. En ese sentido, el marxismo soviético se emparentó directamente con el positivismo (Konstantinov, 1957).

 

Lenin y Stalin obviaron, muy probablemente en forma consciente, las características muy particulares que rodearon el proceso revolucionario ruso, características que lo diferenciaban totalmente de la lucha de clases que se suscitaba en los países capitalistas desarrollados (la Europa Occidental y los Estados Unidos de América). Mientras Rusia era un Imperio Zarista, con una economía feudal en el campo, en donde habían más de 100 millones de campesinos contra unos 8 millones de habitantes de las ciudades, donde nunca había existido un régimen republicano-parlamentario burgués (es decir, no había ocurrido la revolución burguesa), y donde la sociedad seguía siendo grandemente influida por la iglesia, en cambio los países del occidente de Europa y los Estados Unidos tenían un largo desarrollo capitalista y republicano que necesariamente obligaba a los revolucionarios a plantear la lucha por el socialismo desde otra perspectiva.

 

Todas las revoluciones que a lo largo del siglo XX se denominaron socialistas se realizaron en países en los cuales el campesinado era la mayoría de la población, con una economía agraria predominante, en los cuales no existía ni un proceso de industrialización capitalista desarrollado (salvo en algunas ciudades rusas) ni un régimen parlamentario burgués. Tal fue el caso de las revoluciones en Rusia, China, Vietnam, Yugoeslavia, Albania y Cuba. En todas ellas la revolución cumplió básicamente tareas democrático-burguesas, fueron dirigidas por partidos integrados por intelectuales de la clase media que se hacían llamar Partidos Comunistas, que utilizaban un discurso de ropaje marxista, y en los que la fuerza social fundamental fueron los campesinos. Todavía no se ha presenciado una revolución socialista triunfante en los países capitalistas de mayor desarrollo, como pensó Marx que ocurriría.

               

Un ejemplo del oportunismo político practicado por Lenin se observa al analizar su obra “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, del año 1920 (Lenin, 1971-b: 349). Dicha obra sirvió a Lenin para teorizar sobre la necesidad de la participación de los comunistas en los parlamentos y sindicatos burgueses de la Europa occidental, basándose en argumentos extraídos de la experiencia de los bolcheviques en Rusia. Pero sucede que lo que en la Rusia Zarista constituía una novedad -los sindicatos y el parlamento-, en la Europa Occidental constituían por el contrario unas instituciones bastante experimentadas en el mantenimiento del orden burgués.

 

La gran enseñanza surgida de la revolución rusa no era la necesidad de participar en los parlamentos y los sindicatos burgueses. El surgimiento de los Soviets o Consejos Obreros como forma de organización autónoma de la clase obrera, que permitía hacer realidad el poder de los trabajadores en la revolución, era la gran enseñanza del triunfo de los bolcheviques, sobre la que era necesario profundizar en lo teórico para asimilar esa experiencia y transmitirla al movimiento revolucionario mundial (algo que intentó hacer Gramsci, como dijimos antes, y también Lukács, como expresaremos más adelante).

 

Pero extrañamente, Lenin no realizó ningún escrito de importancia que teorizara sobre los Soviets. Se limitó a utilizarlos como medio práctico para que su partido se hiciera con el poder, y una vez en el poder, se ocupó de quitarle el poder a estos soviets y trasladárselo al partido. Lenin obvió a los soviets, y se puso a teorizar sobre las instituciones burguesas, que de paso ya habían sido derrocadas en la propia URSS. Esto se puede considerar un intento oportunista por congraciarse con la burguesía europea, con el fin de permitir la consolidación del gobierno bolchevique en Rusia.

 

El momento político que se vivía en Europa cuando es publicado el libro “La enfermedad infantil” era de efervescencia revolucionaria, como lo atestiguaban el poder de los Consejos Obreros en varias ciudades de Alemania en el año 1919, la revolución en Hungría encabezada por Bela Kun ese mismo año, y el surgimiento de consejos obreros en otros países como Italia y Polonia.

 

El hacer caso omiso de la experiencia de los Consejos Obreros, y el recomendar a los comunistas europeos la participación en los parlamentos y sindicatos burgueses, en momentos en que el movimiento obrero europeo se organizaba autónomamente en consejos con el fin de llevar adelante el derrocamiento de la burguesía y ejecutar la revolución socialista, en momentos en que la propia burguesía utilizaba a sus parlamentos y sindicatos para oponerlos al poder de los consejos, se puede considerar como un acto de inconsecuencia política para con el movimiento obrero europeo.

 

Stalin fue sencillamente un seguidor consecuente de las ideas de Lenin; en todo caso, llevó algunas de las ideas de Lenin a ciertas aplicaciones extremas, pero sin abandonar nunca las ideas básicas del leninismo. Las aberrantes purgas realizadas por Stalin, que llevaron a una verdadera cacería de brujas y al asesinato de miles de dirigentes comunistas, cuyo único delito fue el de discrepar de la opinión oficial del partido, tuvieron su embrión en las purgas que el propio Lenin encabezó a comienzos de los años 20, con el visto bueno de Trotsky[11].

 

Los bolcheviques  concibieron desde un comienzo a los sindicatos como organizaciones en las cuales debía influir el partido con su propaganda y su labor de formación (Plejanov, 1968: 105), pero no consideraron que los sindicatos pudieran expresar niveles de autonomía de clase. La tendencia conocida como la “Oposición Obrera”, surgida dentro del Partido Bolchevique y encabezada por Alejandra Kolontai, S. Medvédiev y A. Shliápnikov, que planteaba que los sindicatos de producción –el Congreso de Productores de Rusia- debían dirigir la economía soviética, fue despiadadamente combatida por Lenin, y aplastada en el X y el XI Congreso del Partido Bolchevique (realizados en 1921 y 1922, respectivamente). Esta tendencia fue completamente desmantelada, sus dirigentes excluidos de todo cargo de dirección en el partido y en el estado, y nunca volvieron a figurar sus nombres en los registros soviéticos (salvo la Kolontai, que por su gran renombre no pudieron desaparecerla, pero siempre se mantuvo aislada del poder).

 

Basta con revisar las actas de esos congresos, para conocer la fiereza de Lenin al atacar las discrepancias de sus propios camaradas de partido. Lenin enfatiza en todo momento en la necesidad de “la cohesión del partido, la inadmisibilidad de una oposición en su seno”. Las discrepancias dentro del partido las conceptualiza Lenin como una enfermedad. Esa enfermedad era propia de la “ideología pequeñoburguesa”, del “desclasamiento del proletariado”. Repetía que “la dictadura del proletariado sólo es posible a través del Partido Comunista”, para rechazar la propuesta de que los sindicatos jugaran un papel dirigente. Y finalmente, llamaba no tan veladamente a fusilar a quienes discrepan:

 

“hemos invertido bastante tiempo en discusiones, y debo decir que ahora es mucho mejor ‘discutir con los fusiles’ que con las tesis presentadas por la oposición. ¡Ahora no hacen falta oposiciones, camaradas, no es el momento¡ O aquí o allí, con el fusil, pero no con la oposición. … Creo que el Congreso del partido deberá llegar a esta conclusión, deberá decidir que le ha llegado su fin a la oposición, que esto se acabó, ¡que basta ya de oposiciones¡”.

 

Expulsión, extrañamiento a provincias remotas, o fusilamiento, esas fueron las alternativas formuladas por Lenin durante sus intervenciones en el X Congreso del Partido Bolchevique para resolver las discrepancias con la tendencia de la Oposición Obrera:

 

“Si siguen jugando a la oposición, el partido deberá expulsarlos de su seno … A quienes hacen acusaciones de esa índole se les expulsa del partido o se les dice: te mandamos a recoger patatas a la provincia tal; ya veremos si se te pudren menos que en las provincias que dirigía Tsiurupa” (Lenin, 1976: 229)[12].

 

Los bolcheviques, entre ellos Lenin y Stalin, impusieron un modelo de sociedad donde el partido era el grupo dirigente, y el Estado era el que controlaba todos los procesos económicos, políticos y socioculturales. Ese modelo aplicado en la URSS y en el resto de países socialistas fue el que colapsó entre 1989 y 1992. A este respecto resulta importante valorar la opinión de Carlos Lanz:

 

En el marxismo soviético existió un esfuerzo teórico por justificar la existencia de la división social del trabajo, dándole una carta de ‘naturalidad’, de ‘normalidad’. De tal manera que las consecuencias de esta relación de producción tuvieron que racionalizarse en nombre de la especialización, del avance de las ciencias, es decir, en nombre de la ‘realidad objetiva’ se impuso la hegemonía de los técnicos, gerentes y especialistas. En síntesis, se aplicó un modo de producción de conocimiento que calca todos los aspectos básicos del Paradigma Positivista, que está en correspondencia con el modo de vida capitalista, que refuerza su lógica. … la división social del trabajo es una de las raíces histórico-sociales de la alienación, de las clases y sus luchas. En tal sentido, en el socialismo real nunca se atacó este aspecto definitorio del capitalismo, sino como ya dijimos se modificaron algunos aspectos que tienen que ver con las relaciones de propiedad desde un punto de vista jurídico (nacionalización, estatización) … Por ello cuando examinamos la preeminencia de los ‘jefes’, especialistas y caudillos, o cuando condenamos los crímenes de la burocracia, la pedagogía paternalista, la manipulación informativa, hay que romper la tradición acomodaticia de culpar de ello a Stalin u otro personaje, y no ubica que se trata del conjunto de relaciones sociales…” (Lanz, 1992: 3).

 

LA REIVINDICACIÓN DEL PROTAGONISMO OBRERO.

 

Varios teóricos marxistas que fueron críticos ante la experiencia rusa, además de los ya mencionados Luxemburgo y Gramsci, como Antón Pannekoek[13], Herman Gorter[14], Karl Korsch[15] y Paul Mattick[16], entre otros, defendieron la acción autónoma de la clase obrera, oponiéndose a las tesis que subordinaban a los trabajadores a la dirección de una elite que controlaría todo el proceso de cambio social. Para ellos, la verdadera lucha de los trabajadores por su emancipación del capital aún no había comenzado. Las revoluciones campesinas[17] del siglo XX sólo fueron “escaramuzas precursoras”, como dijo Pannekoek hace unos 50 años.

 

Cuando se habla de fracaso de la clase obrera, se habla de un fracaso ligado a unos objetivos demasiado restringidos. La verdadera lucha para la emancipación todavía no ha empezado... Lo que se ha convenido en llamar movimiento obrero de estos últimos cien años, no ha sido más que una sucesión de escaramuzas precursoras” (Bricianer, 1976: 376).

 

Uno de los puntos centrales de discrepancia con los bolcheviques fue la concepción leninista del partido, así como la tesis de la construcción del socialismo en un solo país (Korsch, 1979: 27). La corriente denominada “consejista” reivindicó las experiencias de los consejos obreros durante el período revolucionario sucedido en Europa al término de la primera guerra mundial. Pero el fracaso histórico de esas experiencias revolucionarias europeas, y la consolidación del socialismo soviético como único estado socialista del mundo, debilitó y sumió en el olvido las ideas de estos teóricos (que además de teóricos eran inicialmente dirigentes de los partidos comunistas europeos, de los cuales fueron expulsados por sus discrepancias con la política soviética).

 

La reivindicación de la autonomía de clase y de las formas de organización consejistas cobraron auge luego del “Mayo Francés” de 1968. Algunos autores hacían énfasis en la importancia de trascender los “mecanismos de integración del capital”, es decir, el Estado, los partidos “obreros”, los sindicatos, la democracia representativa e incluso las llamadas “democracias populares” existentes en el bloque soviético, para que el movimiento obrero construyera sus “propios organismos de lucha” como las asambleas y los consejos, ya sea en los barrios o en las fábricas, en las cuales no existe delegación de poder ni representación “a plazo fijo”, sino permanentemente revocable (Del Val, 1977: 10).

 

A pesar de su ataque hacia la democracia representativa, aclaraban que el sistema expresado en La Comuna de París y luego en los soviets y consejos de fábrica no anulaba el principio del sufragio universal ni el de la democracia representativa en beneficio exclusivo de una democracia directa. Para estos teóricos, los consejos obreros implican un nuevo uso del sufragio universal y una nueva red de instituciones representativas que realizan, de un modo distinto al parlamentarismo burgués, el principio de la representación política (Gerratana, 1972: 9).

 

Le salían al paso a las críticas que provenientes de la jerarquía partidista tanto de la URSS como de los partidos comunistas de Europa occidental se le hacían al modelo consejista. Estas críticas se pueden resumir en que la experiencias de los soviets y consejos de fábrica era una experiencia histórica “perimida” que “no se había podido adaptar a una sociedad compleja como la occidental”, que además al negar las alianzas de clase y la acción política en las instituciones del Estado conducía fatalmente a la derrota, y que finalmente, de concretarse como opción de poder, el consejimo tendía a imponer un modelo de dominación autoritario y represivo, traicionando los objetivos de liberación obrera hacia los cuales iba dirigido (Magri, 1972: 16).

 

Los partidarios del consejismo formulaban su propuesta como una estrategia destinada a revitalizar la lucha por alcanzar el comunismo ante la evidente “postergación” reformista que ocurría en la práctica de los partidos europeos occidentales. Insistían en que la opción consejista no se oponía al sufragio universal sino que se diferenciaba en las formas de aplicación de ese sufragio universal, en el tipo de organismos a elegir y en los mecanismos para controlar la acción de dichas organizaciones (Magri, 1972: 34).

 

Dado que el objetivo de los trabajadores no era el de afirmar su dominio sino el de suprimir toda forma de dominio, mal podía acusarse al consejismo de querer imponer una dictadura sobre el resto de la sociedad.

 

Algunos autores enfatizaban en el carácter “transitorio” de los consejos obreros. La consolidación de un congreso de consejos obreros en el poder “tendería a estabilizar el carácter de clase del proletariado”, y con ello de una nueva forma de dominación,  cuando el objetivo de la revolución socialista es más bien la desaparición de la sociedad de clases y, por consiguiente, la supresión del proletariado (Adler, 1972: 56). Los consejos obreros no debían considerarse como un mero cambio de papeles en la organización de la producción, sino como un mecanismo de lucha contra las formas de opresión del capital.

 

La estrategia de los consejistas de los años 70 no negaba tajantemente a los partidos y sindicatos. En todo caso recomendaban la necesidad de crear nuevas estructuras y de adecuar estas organizaciones a la visión de lucha por una democracia más participativa, basada en colectivos de base, en el control real de las decisiones, y en el carácter anticapitalista de los consejos (como embriones de nuevas relaciones de producción).

 

Pannekoek asignaba tareas diferentes y complementarias a los consejos obreros y a los partidos. Para él, los consejos obreros son los órganos de acción práctica y de lucha de la clase obrera. Los partidos, en cambio, tienen la misión de elaborar su poder espiritual, de estudiar, discutir y difundir las ideas sociales entre los trabajadores por medio de la propaganda (Bricianer, 1976: 346).

 

Pero el papel de las organizaciones tradicionales como los partidos y sindicatos que concebían los consejistas no era posible si estos no se modificaban radicalmente. El viejo movimiento obrero se encontraba totalmente integrado al sistema capitalista, y no podía hacer otra cosa que declinar junto al capitalismo mismo. Un renacimiento del movimiento obrero debía desarrollarse como “una rebelión de las masas contra sus organizaciones” (Mattick, 1978: 129). Por tanto, los partidos y sindicatos que jugaran un papel en esta rebelión debían concebirse de manera radicalmente distinta al modelo que antes había predominado (el vanguardismo-leninismo, en lo que respecta al partido, y el reformismo justificador del capitalismo en lo que toca a los sindicatos).

 

La estrategia consejista se resumía en la necesidad de darle un carácter permanente a los grandes movimientos de masas que habían surgido espontáneamente. La organización consejista debía extenderse a otros sectores de la sociedad y construir sus propias instancias de unidad y coordinación, creciendo como una alternativa social al sistema.

 

Diferenciándose de quienes aprovechaban el distanciamiento abierto entre los movimientos sociales por un lado y los partidos y sindicatos por el otro, para simplemente proceder a constituir nuevos sindicatos y nuevos partidos, los partidarios de la autonomía de clase insistían en la necesidad de construir en las fábricas consejos obreros que asumieran tareas sindicales y políticas a la vez, y que conservaran su autonomía con respecto a los sindicatos y los partidos (Magri, 1972: 36). Los consejos, en resumen, se concebían como órganos de un nuevo estado en formación.

 

Los consejistas no llegaron a trascender completamente la visión de una estrategia concebida exclusivamente para la clase obrera industrial, aunque atisbaron en la necesidad de vincular los consejos obreros con formas similares de organización social en las comunidades. El hecho de que la experiencia de los consejos obreros no se haya podido desarrollar como práctica política dominante entre los movimientos de trabajadores del mundo occidental no deslegitima sus aportes como formas de organización alternativas a los partidos y los sindicatos (que no eran considerados necesariamente como antagónicos). El colapso posterior de la URSS y el decaimiento general de la influencia política tanto de los partidos comunistas y socialdemócratas como de los sindicatos, ha colocado de nuevo en el siglo XXI el debate en torno a las formas de organización consejista, sobre todo a la luz de la crisis económica que sacude al capitalismo global y la aplicación de medidas que suprimen los derechos históricos conquistados por esos partidos y sindicatos a lo largo del siglo XX.

 

La reivindicación de la autogestión de los trabajadores en la actividad productiva también fue reivindicada por el gobierno de Yugoeslavia a partir de su ruptura con el estalinismo en 1948. Desarrollando un tipo particular de comunismo, al que denominaron de “autogestión”, los dirigentes de Yugoeslavia, encabezados por su presidente Josip Broz Tito, implementaron mecanismos de participación democrática de los trabajadores que incluían la existencia de consejos obreros en las fábricas y unidades de producción. Si bien partían de cuestionar el papel dirigente del partido (o de los partidos), defendiendo un “pluralismo autogestor” que permitiera la manifestación de los intereses de las comunidades (Kardelj, 1978: 33), en la práctica la autogestión yugoeslava no fue más allá de las formas de “cogestión”obrera ensayadas en la misma época en el capitalismo occidental.


ESTADO DE LA CUESTIÓN LUEGO DE LA DESAPARICIÓN DE LA URSS.

 

Es imprescindible hacer aquí un recuento teórico sobre las diferentes concepciones que en el seno del marxismo se han desarrollado con relación al papel de la clase trabajadora en el proceso de lucha de clases en procura de alcanzar la revolución socialista:

 

·         Carlos Marx y Federico Engels, de cuya obra se desprende lo fundamental de la teoría marxista y de la teoría general relacionada con la lucha de la clase trabajadora en procura de liberarse de la explotación capitalista, sostuvieron siempre que la liberación de la clase obrera sería obra de ella misma, sin necesidad de subordinarse o ser dirigida por grandes o pequeños burgueses, intelectuales, personajes ilustrados, etc.

·         En oposición a estas ideas de Marx-Engels, los líderes del Partido Socialdemócrata Alemán defendieron, a fines del siglo XIX, que los obreros debían ser representados por integrantes de las clases cultas, que tuvieran tiempo y recursos para formarse intelectualmente.

·         Este debate se repitió luego, a comienzos del siglo XX cuando Lenin, dirigente del partido bolchevique ruso y posterior líder de la Revolución Soviética en 1917, asume las mismas tesis “dirigentistas” o “vanguardistas” de los socialdemócratas alemanes, exponiendo su concepción sobre lo que debería ser el partido proletario, integrado por revolucionarios profesionales provenientes en su mayoría de las clases burguesas y pequeñoburguesas.

·         La concepción de Lenin va a ser enfrentada por diferentes teóricos marxistas, como Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci y Anton Pannekoek, que defendían la acción autónoma de la clase obrera y se negaron a aceptar que tuviera que existir un partido “dirigente” que sustituyera el poder de decisión de la clase obrera en el proceso revolucionario. Estas ideas permanecerán en expresiones muy minoritarias dentro de las organizaciones obreras en todo el mundo.

·         El modelo leninista terminará imponiéndose finalmente a nivel mundial, impulsado por el prestigio de la URSS como experiencia socialista triunfante y exitosa durante más de medio siglo.

·         El derrumbe del socialismo en la URSS en 1991, unido a la previa degeneración burocrática de esa experiencia histórica durante las décadas inmediatamente anteriores, implicó el surgimiento de posiciones críticas que teorizaron sobre los errores del leninismo y volvieron a reivindicar las ideas originarias de Marx sobre la revolución concebida como un acto democrático de la clase trabajadora, tomando colectivamente sus decisiones y políticas en procura de expropiar a los expropiadores y alcanzar el socialismo.

 

Esta última consideración se desarrolla en el marco de una hegemonía absoluta del capitalismo neoliberal globalizado, y en un contexto socioeconómico que ha modificado la composición misma de las clases sociales, en donde el proletariado industrial ya no figura como la clase mayoritaria oprimida y explotada por el capital.

 

Grandes movimientos sociales urbanos y rurales, distintos a la tradicional lucha de clases entre obreros y burgueses que caracterizó a las sociedades industrializadas durante el siglo XIX y la primera mitad del XX, insurgieron arrolladoramente desde la década de 1960 y configuraron una realidad algo distinta a la que tuvo por objeto de análisis la teoría marxista de los clásicos. Dado que la lucha de clases en el capitalismo globalizado se ha manifestado en las últimas décadas principalmente a través de las acciones de estos movimientos sociales, es imprescindible conceptualizarlos teóricamente, lo que haremos en un próximo escrito.



[1]El concepto de comuna es análogo al de soviet o consejo.

[2] Esta idea la expuso Marx por primera vez como resultado de su análisis de la revolución europea de 1848, particularmente del proceso francés, en sus obras “La lucha de clases en Francia: 1848-1850” y “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”.

[3] De marzo a mayo de 1871, los obreros de París asumieron el poder político por medio de La Comuna, en medio de una profunda crisis del poder burgués debido a la guerra franco-prusiana. A fines de mayo, la burguesía logró derrotar militarmente a los comuneros, y desató una brutal represión contra ellos, asesinando a miles de hombres y mujeres. La Comuna fue la primera experiencia en el mundo en la cual la clase obrera tomó el poder político (Lissagaray, 1971).

[4]En la época de Lenin, el movimiento comunista marxista se autodenominaba como socialdemocracia.

[5]Es decir, conciencia sindical o gremial.

[6]Al respecto consúltese la obra de Lenin “La revolución proletaria y el renegado Kautsky”.

[7] Estas afirmaciones de Carlos Kautsky fueron publicadas en la Revista “Neue Zeit”, 1901-1902, XX, I, p. 79. Según la cita que realiza Lenin en el ¿Qué Hacer? (Lenin, 1981: 45).

[8] Seguidores de Augusto Blanqui (1805-1881), revolucionario y socialista francés, promotor de acciones violentas para conquistar el poder, menospreciando la organización de las bases de los trabajadores y su lucha política cotidiana. Teniendo muchos seguidores entre los estudiantes e intelectuales, promovió siempre las acciones violentas como mecanismo de lucha para tomar el poder político, fracasando invariablemente en todas ellas.

[9] Antonio Gramsci (1891-1937).  Revolucionario italiano, fundador del Partido Comunista de Italia.

[10] Iosiv Vissariónovich Dzhugashvili (1879-1953), menor conocido por su pseudónimo Stalin, convirtió a la Unión Soviética en una potencia industrial y militar, victoriosa en la Segunda Guerra Mundial sobre el ejército alemán. Ha sido acusado de numerosos crímenes contra disidentes de su línea política.

[11] Liev Davidovich Bronstein (1879-1940), más conocido como León Trotski (pseudónimo de la lucha clandestina), destacado revolucionario y teórico ruso, fue protagonista principal durante la revolución soviética de 1917 y en los primeros años de la URSS. Posteriormente fue expulsado del país por Stalin, y murió en México asesinado por un fanático estalinista.

[12] Todas las citas son extraídas de los discursos de Lenin en el X Congreso del PC(b) de Rusia, celebrado del 8 al 16 de marzo de 1921.

[13] Consultar el texto de Serge Bricianer, “Anton Pannekoek y los consejos obreros”.

[14] Herman Gorter y V.I. Lenin. “Jefes, partido y masas”. N° 101 de la Colección 70. Grijalbo.

[15] Karl Korsch. “Teoría marxista y acción política”. Cuadernos de pasado y presente n° 84. Karl Korsch. “¿Qué es la socialización? Un programa de socialismo práctico. Cuadernos de pasado y presente n° 45.

[16] Paul Mattick. “Rebeldes y renegados. La función de los intelectuales y la crisis del movimiento obrero”.

[17] El historiador norteamericano Eric Wolf ha considerado a las revoluciones comunistas en Rusia, China, Vietnam y Cuba como parte integrante de las “luchas campesinas del siglo XX”, enfatizando en que fueron los campesinos la principal fuerza social de dichas revoluciones (Wolf, 1980).

 



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Roberto López Sánchez

Roberto López Sánchez (Caracas, 1958). Historiador. Profesor Titular de la Universidad del Zulia (1994-2019). Magister en Historia de Venezuela y Doctor en Ciencias Políticas. Luchador social, activista del movimiento estudiantil y profesoral, vinculado al trabajo obrero, campesino, ambientalista, indígena y cultural desde 1977. Participante de la lucha armada revolucionaria (1977-1988); miembro del Frente Guerrillero Américo Silva. Sometido a persecución política y juicio militar en 1982. Actividad revolucionaria clandestina durante 1982-1988. Fundador de la Unión Nacional de Trabajadores-Zulia y miembro de su comité ejecutivo (2004-2012). Integra el consejo consultivo de la Federación Bolivariana Socialista de Trabajadores del Zulia (organismo que sólo ha sido convocado en una oportunidad en cinco años). Ha sido director de las Divisiones de Extensión y de Formación General; Secretario Docente de EUS; Coordinador de la Unidad Académica de Antropología, del Diplomado en Consejos Comunales (cinco cohortes graduadas) y el Diplomado en Formación Sindical con (cinco cohortes graduadas) en la Facultad Experimental de Ciencias (FEC). También ha coordinado la Zona Zulia-Falcón del Ministerio del Trabajo (2004). Ha publicado: El movimiento de trabajadores en Venezuela durante la revolución bolivariana: 1999-2012 (2017); Movimiento estudiantil y proceso político venezolano (2007); El protagonismo popular en la historia de Venezuela (2008-2015); Los Consejos Comunales y el Socialismo del Siglo XXI (2009); y Venezuela ante la globalización, la crisis mundial y los retos de su desarrollo (2012), además de 5 capítulos de libros científicos, 45 artículos científicos y 50 ponencias en eventos nacionales e internacionales. Es miembro del Programa de Estímulo a la Investigación (PEII), nivel C. Egresó en pregrado con 19,41 puntos de promedio (LUZ, 1994). Ha dirigido 10 proyectos de investigación en la FEC-LUZ. Actualmente dicta semestralmente las materias de Historia de Venezuela, Historia de América, Intercambios económicos y simbólicos, y Poder y Movimientos Sociales, en la Licenciatura en Antropología de LUZ. Ha dictado los seminarios Lucha de clases en el siglo XXI. Movimientos sociales y formas de participación política; y El análisis marxista y la sociedad global del siglo XXI, en el programa de Doctorado en Ciencias para el Desarrollo Estratégico de la Universidad Bolivariana de Venezuela, en Maracaibo. En la División de Extensión de la FEC desarrolla anualmente seminarios sobre: Crisis política en Venezuela; Marxismo y Antropología; Movimientos Estudiantiles en Venezuela; Movimiento de Trabajadores en la Venezuela Contemporánea; Crisis Económica Mundial y su repercusión en la economía venezolana; Movimientos Sociales y Protagonismo Popular en la Historia de Venezuela (dictado también en el Centro Internacional Miranda -CIM- y en Fundacite-Mérida en 2016); y el seminario La Lucha Armada en el Oriente de Venezuela: 1965-1990, en el CIM (2017). Es coinvestigador en el Proyecto: “Historia de los frentes guerrilleros Antonio José de Sucre y Américo Silva: 1966-1990”, Centro Nacional de Historia (2016-2017). Investigador principal en el proyecto “Identidades en el estudiantado de la Universidad del Zulia” y del programa de investigación “Universidad del Zulia: comunidad, organizaciones e identidades” (2017-2019).

 @cruzcarrillo09

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