Universidades del estado burgués y categorías escalafonarias

Las universidades en sus inicios comunidades de maestros y estudiantes. En la Edad Media europea, la palabra universidad (universitas) designaba un gremio corporativo, que podía ser la universidad de zapateros o tapiceros. Eran el maestro y sus discípulos en el acto del saber de un oficio o arte.

En el medievo el saber estaba en manos de la Iglesia y el conocimiento provenía de Dios y al servicio de las monarquías porque solo los reyes tenían contacto con él. Las universidades cambiaron su noción al ser asumidas por los monjes y la nobleza, cambiando su estructura, de donde nacen las categorías que aún conocemos en estas universidades verticales, al servicio del Estado burgués.

La universidad pasó a ser, entonces, un conglomerado formado por la facultad de artes (filosofía), la facultad de derecho (canónico y civil), la facultad de medicina y la facultad de teología.

La categoría académica era concebida con respecto a la posesión del saber y la verdad de fe, solo en manos de los "Iluminatti", una élite que más tarde se convirtió en secta. De allí que sólo el profesor titular, como noble que era, por excelencia, podía pontificar y su sabiduría no era cuestionada. Desde los instructores hasta los agregados eran simples auxiliares sin autonomía de pensamiento y acción, cuya finalidad era ayudar en la cátedra que dictaba el Iluminatti o Titular, por ser poseedor de la verdad, gracia solo concedida a los nobles.

Posteriormente, en el Renacimiento, finales del siglo XVI y durante el siglo XVII, se secularizó el pensamiento y las universidades colocaron al ser humano como centro del saber y la verdad. Junto con estos cambios empezaron a surgir los estados nacionales y con el fin de las monarquías en el siglo XIX , los nuevos sistemas económicos y políticos consiguieron en las viejas estructuras académicas la mejor forma de reproducir su ideología y de formar fuerza de trabajo explotador en las nuevas relaciones sociales de producción de ese entonces y esas son las que aún perviven en las actuales universidades, en su mayoría, entre las que cuentan las venezolanas. Hoy, esas vetustas categorías académicas solo sirven para preservar un nivel de rastacuerismo jerárquico, en el que un profesor instructor no se mete en vainas porque sabe que así no legitimaría la ignorancia aprendida y podría ser botado o jamás llegará a titular, porque así es como se legitiman las nociones del saber y la verdad, sobre la base de la estupidez aprendida, a partir de la microfísica del poder, en el que a cada escalafón alcanzado, mayor es la capacidad de aplastar y domeñar, sin la ayuda de la moyerita. También y, sobre todo, el escalafón pesa más para ganar un poco más de dinero y ocupar algún cargo burocrático dentro de la universidad, que para hacer ciencia, tecnología o innovación.

Urge entonces, transformar la universidad venezolana y rehacer los escalafones o la condición del personal académico, con una nueva deontología que nos deslastre de tan banales atavíos disfrazados de ciencia y de verdad. Pocos se atreven a reconocer que en un Estado revolucionario necesitamos otra universidad, la del Estado Comunal. Los únicos que tienen conqué y saben “cuántas divisiones tiene el Papa”, son los jóvenes, las comunas y los colectivos. También, podemos contar con uno que otro profesor o profesora por ahí.



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Luis Alexander Pino Araque


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