Zoraida y Reinaldo

Crónicas cotidianas

Zoraida pensó que esa ansiada búsqueda por encontrar un compañero, la llevaría a dar con el hogar estable que siempre anheló. En esa búsqueda, varios maridos pasaron por su cama. Algunos se comportaron como compañeros, hicieron el mercado, ayudaron con los chamos que no les pertenecían, pusieron algún tubo para que el agua llegara a duras penas hasta la poceta en el baño de un rancho alquilado, y también dejaron una nueva cría en la camada.

A cinco llegó la producción cuando finalmente terminó sola, sin hogar, sin recursos y tratando de encontrar lo más elemental para los chamos: la comida, o en todo caso, el paquete de harina para las arepas y la lata de sardina para acompañarlas. Finalmente entendió que cinco bocas pequeñas necesitaban más que un paquete de harina y decidió asumir la limpieza diaria de casas por una paga, 150 bolívares que hace diez años eran suficientes para cubrir al menos la comida de los hijos. “También en algunas casas me regalaban la comida que se quedaba del almuerzo. Había una señora que ya murió que me daba ropa usada de los hijos pero buena que yo lavaba bien y se la ponía a mis hijos. Ella una vez me dio para pagar el alquiler del rancho que eran 100 bolívares”.

Parafraseando a García Márquez, muchos años después, con Reinaldo de 15 y los otros, zagaletones ya, en  plena “revolución”, en pleno bum de construir casas para los pobres, los vecinos de Zoraida la entusiasmaron para invadir un terreno en plena avenida Sesquicentenaria en el sur de Valencia. Allí llegaron como 500 entre mujeres, hombres y niños a construir ranchos y robarse la luz; y además, enfrentarse a los vecinos ya establecidos en esa urbanización de Las Palmas quienes se negaban a que “esa chusma” fuera a construir ranchos allí. Pero luchadores sociales intervinieron y les hicieron ver que era gente con necesidad, sana y trabajadora que como todos querían una oportunidad. En medio de todas esas dificultades nació Villas de Rosa Inés, gente que fue construyendo sus viviendas poco a poco, entre ellos Zoraida, quien de madrugada partía para El Trigal, al norte de la ciudad, a limpiar las casas por lo que le daban el sustento para los hijos. Regresaba de noche, con pocas ganas de nada, a ver si los hijos habían ido a la escuela y si Reinaldo, el mayor, había cocinado para sus hermanos. Pero Reinaldo tenía poco interés en atender a sus hermanos, ni en ir a la escuela, mucho menos en ayudar a su madre. Las malas juntas lo llevaron a las drogas, y las drogas lo llevaron al robo de sus propios vecinos. Así que por las noches, nomás llegar Zoraida solo recibía un rosario de quejas de los vecinos por las fechorías cometidas por su hijo quien había desarrollado un particular comportamiento violento, una agresión que llegaba hasta la propia Zoraida.

Las juntas de Reinaldo lo alejaron cada vez más de la posibilidad de encontrar sanos caminos y las relaciones con su madre se fueron agriando cada vez más. Zoraida iba de organismo en organismo en busca de una asistencia, de alguna voz que le dijera qué hacer con su hijo ya un connotado malandro, guapetón de barrio, jefe de una banda de bandidos como él, entre los 14 y los 20, dedicados al robo, la amenaza, el chantaje, la violación, hasta que hace tres años, a los 17, cometió su primer asesinato, que generó la desesperación de la madre y la angustia por ya no saber qué hacer con él. “Yo pensaba en los otros dos varones y la hembra que no quiero que se me dañen como él”, decía.

Un año después cometió su segundo asesinato. Hace seis meses mató a machetazos a su tercera víctima. Hace dos semanas dejó inválido a un estudiante de 14 años cuando le metió un tiro por la espalda y uno por el cuello que se le alojó en el cráneo. Ahora Gensel está en silla de rueda.

A sus 20 años, Reinaldo está solicitado por el Cicpc. Sus vecinos lo consideran un ser despreciable. Amigos de la madre, evangélicos, están pidiendo su muerte. Todo el mundo le teme. Mientras tanto, Zoraida cavila, a decir de Rubén Blades, en la quietud del desesperado. Piensa si estuvo bien lo que dijo cuando la citaron a la policía, si es de cristianos decir eso, si Dios algún día la perdonará. “Yo no sé qué hacer. Tengo mucho miedo con mis otros hijos. Yo quiero que lo maten para poder descansar y será que Dios algún día me perdone”.



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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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