Crónicas cotidianas

Ni siquiera siento ganas de llorar

El viernes hablé con Marthina. Estaba feliz porque su papá mostraba signos de recuperación y ella había conseguido un riñón para su trasplante. Se extrañaba de su papá siempre fue un hombre sano y de buenas a primera, comenzó a orinar sangre. Narra que vino a darse cuenta como un mes después, que la poceta no bajó completo y vio el agua con sangre. Cuando le preguntó, su papá le echó el cuento. “Y como tu me has dicho que los riñones son los órganos más delicados del cuerpo, me moví de inmediato. Al principio pensé que era la próstata, pero le dije a mis hermanos que tenían que colaborar para hacerle exámenes más profundos. En la próstata no había nada, pero los riñones no estaban funcionando. Y lo peor es que los médicos no encontraban una respuesta. Así que le empezamos su tratamiento y las hierbas que tú le mandabas. Coño Rafael parece mentiras, pero pasé dos semanas sin hacerle los montes porque estaba demasiado complicada con los carajitos y un hermano que se metió en un peo. Así que solo le daba su tratamiento de pastillas. En esas dos semanas, se le volvió mierda un riñón y el otro comenzó un rápido deterioro. Más exámenes y los médicos no sabían qué coño era lo que le jodía el riñón. Por fin encontraron un medicamento que detuvo el avance del mal y los médicos me dijeron que buscáramos un riñón. Ocho meses nos tiramos en eso, mi papá comía todo pesado en gramos, hasta que un primo de nosotros tuvo un accidente y se mató y mi tía nos dijo que agarráramos el riñón que necesitábamos para hacer los estudios y el trasplante. Todo resultó perfecto”.

Una semana antes habíamos hablado. Estaba muy delgada. Tenía una relación especial con su padre, porque lo acompañaba hasta tarde de la noche en sus tiempos de chofer de autobús. Entonces ella lo acompañaba y llevaba sus libros para ir haciendo sus tareas. Cuenta que su papá había comprado un carrito y que estacionaba el autobús a las 8 de la noche por los lados de La Candelaria y que de allí se venía en el carro. “No siempre lo podía acompañar. Por ejemplo, cuando me venía el periodo, que eran cinco días fatales para mi por los dolores de vientre y por el sangrado, y tenía que estarme cambiando a cada rato. Era muy desagradable. Pero toda la vida me acostumbré a andar con mi papá para arriba y para abajo, hasta que me gradué en Educación en la Carabobo. Mi papá no era un hombre letrado, pero tenía un nivel de comprensión por encima del promedio. Se solidarizó conmigo cuando me divorcié, mientras que mi mamá decía que no podía ser. Era un tipo que entendía tantas cosas”.

Por esa razón cuidaba del padre con tanto esmero, desde que su mamá murió cuatro años atrás. Cuando hablamos hace una semana, me comento que estaba tranquila porque con el riñón donado por la familia de su primo, y que las pruebas sanguíneas coincidieran, el trasplante sería un éxito. Estaba en trámites para conseguir la operación. Este sábado hablé con ella en la mañana y estaba feliz porque un médico papá de un alumno de ella se ofreció para operar. Ayer, Día del padre en la madrugada, me llamó para decirme que su papá había muerto a la una de la mañana del sábado. “Ni siquiera lo pude felicitar, mi Rafa, solo se me fue mi viejito y no me dio tiempo de nada. El médico que lo iba a operar, lo revisó y me dijo que probablemente hubiera sufrido un infarto renal agudo. Murió casi de inmediato al dolor que le dio. Pobrecito mi viejo. Ni siquiera siento ganas de llorar, mi Rafa”.



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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

 rafaelolmos101@gmail.com      @aureliano2327

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