Rememorando nuestra Historia

La Historia de Venezuela, y en particular la tradicional, ha sido escrita en función política. De ahí las frecuentes lagunas e incoherencias que encontramos a cada paso. La Política es el equilibrio del poder; la Historia es la búsqueda de la verdad. La primera es una ilusión o se vale de ella; la otra, es la presentación pura y simple de los hechos.

Por allí aún pululan historiadores “dicen ser revolucionarios”; pero todavía están con el cuento de que el Libertador era vasco, y que el General en Jefe Carlos Manuel Piar era hijo de una mulata curazoleña. El origen de los Bolívar es Almería, el primer Bolívar que emigró a América, en el año de 1534, en la expedición al mando del alemán Nicolás de Federman, según consta en la Casa de la Contratación de Sevilla, era natural de Almería provincia de Andalucía. Los ancestros del Libertador partieron de esa parte del sur de España. Todavía la historiografía oficial nos cuenta que Bolívar era blanco (olvidan que los árabes invadieron a España por Andalucía y la dominaron por 730 años) de ojos azules, obvian a la Marín de Narváez (afro-descendiente) y a Beatriz de Rojas (con sangre indígena) nieta de Ana Rojas Gómez de Ampuero la de Margarita. Sólo les falta a estos sinvergüenzas que nos digan que Bolívar era Gringo.

El apellido Bolívar que hoy existe en Venezuela son descendientes de Boves, habidos con su mujer valenciana, la mulata María Natividad Bolívar, asesinada por el mantuanaje en 1814.

La verdad puede falsificarse por acción y por omisión. Nuestra historia rebosa de omisiones que muchas veces se vuelven contra nosotros, como ocurre con la fábula de que Venezuela fue liberada en 1813 por un ejército, que el Congreso de Colombia (antes Nueva Granada) puso bajo las órdenes del Libertador. La Nueva Granada, como la totalidad de los países independizados por Bolívar, carecía de militares con experiencia, fogueados en el combate y con suficientes conocimientos en el arte de la guerra.

Antes de la llegada de Bolívar y Rivas a Cartagena en 1812, los patriotas de la Nueva Granada a falta de algo mejor servían bajo las órdenes de aventureros inescrupulosos como el capitán Labatut y el mismo Serviez. Tal era la incapacidad de Labatut, que el Libertador decidió desconocerlo y ganó una acción defensiva contra los españoles. Fue tan fructífera aquella rebelión de Bolívar, que a pesar de las acusaciones de Labatut, el Congreso lo ascendió a general de brigada, confiándole un cuerpo de ejército de 500 hombres para que liberase a Cúcuta.

La mitad de ese ejército estaba compuesto de venezolanos. El Libertador pensaba, desde el comienzo, invadir Venezuela y liberarla. Ni el Congreso de la Nueva Granada, ni los oficiales colombianos querían sin embargo que fuese más allá de la frontera. El Congreso accedió finalmente a las exigencias del Padre de la Patria y a regañadientes obedecieron los oficiales.

El Libertador invadió a Venezuela, y apenas cruzó la frontera creció bruscamente su ejército con gente de nuestro país.

El Libertador llegó con su ejército a la Grita. Los oficiales neogranadinos no ocultaban su disgusto.

Colombiano: Yo no estoy dispuesto a seguir adelante, ya estoy harto del tal Bolívar; ni yo ni mis hombres estamos dispuestos a seguir adelante.

Urdaneta: ¿Cómo se atreve, jovencito, a hablarle así al General?

Bolívar: ¡Cállese, Urdaneta, que esto es asunto mío. Óigame bien jovencito, o usted me mata o yo lo mato, y ahora mismo.

¡Obedezca mis órdenes!

Colombiano: (cagado) Sí, mi general. Con su permiso, mi General. Permiso para retirarme mi General…

Bolívar: ¿Quién es el carricito ése, tan loco y falto de respeto?

Urdaneta: Es un joven neogranadino que estudiaba leyes en Bogotá. Tiene apenas veintiún años.

Bolívar: ¿Cómo se llama?

Urdaneta: Se llama, Francisco de Paula Santander…

De esta forma se conocieron Bolívar y el que con el tiempo sería su más enconado enemigo. Santander fue enviado a la retaguardia y Bolívar siguió adelante.

Los venezolanos salían a su encuentro, y cuando entró triunfante a Valencia, lo seguía un ejército de 2.500 hombres, en su casi totalidad venezolanos.

No fue, pues, con neogranadinos o colombianos que el Libertador liberó a Venezuela del yugo español. Fue con venezolanos y cuando Bolívar cruzó los Andes para liberar a la Nueva Granada también lo hizo con nuestros compatriotas.

Por obra de esa proeza, Venezuela quedó despoblada y en la miseria más absoluta. Mientras las naciones hermanas apenas sufrieron mengua de su población y riqueza. Lo hicimos con mucho gusto, y lo volveríamos a hacer, pero nos disgusta que nos igualen en sacrificio. El dolor fue nuestro. Y también la gloria.

Un gobernador de Maracaibo escribía así al Ministro del Interior: “El espíritu del mal, el causante de todas las desgracias, el opresor de la patria ha muerto”.

La estremecedora epístola se refería nada menos que al Libertador… Traía fecha del 21 de enero de 1831. Es decir, treinta y seis días después de haber muerto en Santa Marta el Padre de la Patria… Lo que en correo de postas, dada la importancia de la noticia, no tenía por qué tardar más de cinco días… ¿Era realmente importante la noticia? Bolívar murió odiado por buena parte de los venezolanos.

Hasta 1842 sus familiares no se atrevieron a trasladar sus restos a Caracas, y hasta el advenimiento de Guzmán Blanco en 1871 el culto a Bolívar, aunque se practicaba oficialmente, estaba mediatizado por el resentimiento.

El corazón de Bolívar, que había sido enterrado en una pequeña urna en Santa Marta, había desaparecido cuando a principios del siglo pasado la buscaron los historiadores.

Bolívar fue víctima de toda la demagogia viciosa que imperaba en Venezuela. La Asamblea Nacional intentó incluso despojarlo de sus bienes y en ella se le vituperaba y calumniaba abiertamente.

Desde que abandonó Bogotá camino de su última morada fue víctima de toda clase de vejámenes, incluso por parte de hombres que hasta hacía poco le expresaban profundo respeto y admiración. Cuenta el historiador Gerhard Masur que ya en diciembre de 1830, cuando faltaban pocos días para su muerte se encontraba rodeado en su hamaca por un grupo de amigos. Uno de ellos, haciendo caso omiso de la repulsión que el Padre de la Patria sentía por el tabaco se atrevió a encender su pipa desquitándose quizá de oscuros resentimientos. El Libertador que ya se había envuelto por una compasiva resignación se atrevió a indicarle con voz cansada: General, por favor, fume usted un poco más allá.

El General: Le molesta mi tabaco, pero nada le decía a Manuelita cuando fumaba en su presencia. ¿Qué sentiría el Libertador ante la desfachatez del hasta hacía poco postrado cortesano? ¿Pensaría en Manuelita Sáenz su adorable loca y en los años dichosos que compartieron, o le aplicaría al general fumón lo que una vez dijese refiriéndose al venezolano: “Se humilla ante las cadenas y es soberbio ante la libertad.”?

Los pueblos en evolución, al igual que los adolescentes, son más impredecibles en su futuro que aquellos que arribaron a su madurez.

Cita de Mario Briceño: “En la escuela se sustituyó la cultura de las virtudes ciudadanas por la permanencia de un rito fúnebre. Y los delitos contra los vivos se expiaron por medio de homenajes a los muertos”.

¡Pa’lante Comandante, estamos contigo! Lucharemos. Viviremos y Venceremos.

Hasta la victoria siempre y Patria Socialista.

¡Gringos Go Home! ¡Libertad para los cinco héroes de la Humanidad!

manueltaibo1936@gmail.com


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Manuel Taibo


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