¿Es el “poder popular” un espejismo, que opina usted?

En este artículo abordaré el tema del “poder popular”, un tema sin duda relevante en el ejercicio del poder de cualquier gobierno que se autocalifique de izquierda o progresista. Sin embargo, el mencionado “poder popular” muchas veces se ha convertido en un eslogan sin mayor contenido ni resultados en la práctica. Posiblemente, es en la revolución rusa donde encontramos la primera manifestación de ese poder popular, inmortalizado en la frase todo el poder para los soviets. Por desgracia, la historia de la Unión Soviética terminó relegando esa frase simplemente a la iconografía de la revolución sin ninguna trascendencia en la política de ese país. Siempre he manifestado mi profunda aversión por cualquier cosa que parezca un eslogan pues su finalidad no es otra que un recurso de la propaganda, y esta también ha terminado siendo una burda manipulación de las masas.

En primer lugar, habría que señalar que se considera pueblo. En este sentido, me parece oportuno la reflexión del filósofo chileno Mires cuando señala que un día cayó en cuenta del sin sentido de la frase coreada por toda la izquierda a nivel mundial “el pueblo unido jamás será vencido”. Por cierto, yo caminé muchos kilómetros en las manifestaciones que se dieron en el Santiago de Chile de los años 70 durante el gobierno de Allende gritando a todo pulmón la mencionada frase. Mires señala que resulta extraño que el grito se haga en tercera persona. También señala que le tocó presenciar la caída del muro de Berlín y le llamó la atención lo que gritaban los alemanes en esa oportunidad, el grito era “yo soy el pueblo”, en primera persona.

En el Chile de Allende gritar “el pueblo unido jamás vencido” era a todas luces una falsedad. Primeramente, porque quienes gritábamos esa consigna sólo considerábamos como pueblo a aquellos comprometidos con la causa del socialismo y la defensa del gobierno de Allende. Para los revolucionarios chilenos, aquellos que no comulgaban con el ideario socialista eran despojados de su condición de pueblo, eran contrarrevolucionarios, traidores, burgueses, o momios como se les decía coloquialmente, más o menos, lo mismo que lo que significa ser escuálido en la Venezuela de hoy. Muy a nuestro pesar, aquellos que no eran afectos a la revolución con vino tinto y empanadas, como se le decía a la experiencia chilena de tránsito al socialismo, eran la mayoría. Por lo tanto, no existía un solo pueblo y los dos pueblos que existían estaban totalmente desunidos.

Lo realmente importante a considerar es si es posible la unidad del pueblo. Un pueblo entendiendo por éste, a aquel que ocupa un territorio y comparte un lenguaje y unas costumbres y llega a tener algo así como una idiosincrasia que lo identifica, está compuesto por individuos, y los individuos son distintos por naturaleza. Además, los individuos que conforman un pueblo suelen tener intereses y se asocian con otros individuos en función de sus intereses, dando lugar a grupos que pueden convertirse en partidos políticos, gremiales, estudiantiles, etc. El problema es que estos grupos muchas vecen tienen intereses contrapuestos en determinados momentos y en otros pueden coincidir. Por lo tanto, no hay nada más utópico que un pueblo unido, e incluso que mundo tan fastidioso sería el que nos tocara vivir.

Ahora con referencia al poder, partiendo de la premisa que no existe un pueblo unido - y yo diría que me parece muy bien que así sea, pues lo contrario, y la experiencia histórica de crear artificialmente un “pueblo unido”, ha dado lugar al fascismo, el nazismo y el totalitarismo soviético, donde cualquiera que mostrara su desacuerdo con el pensamiento del pueblo encarnado en un gobierno era perseguido y exterminado - termina expresándose en cuotas de poder que obtienen los distintos grupos que conviven en una sociedad. De alguna manera, de eso se trata la democracia, la posibilidad que distintos grupos compartan el poder, y este compartir significa negociar civilizadamente dentro de unas reglas del juego. En una democracia, el poder está compartimentado en diferentes instituciones, el poder legislativo, el poder judicial y el poder ejecutivo fundamentalmente, y esto tiene que ver con el reconocimiento de que una sociedad es diversa y es plural y requiere de instituciones donde puedan expresarse.

El socialismo del siglo XXI no puede cometer el error político del socialismo del siglo anterior de pretender que el Estado socialista representaba a todo el pueblo, viendo a éste como una masa uniforme y con un solo interés, y como era su fiel representante que conocía perfectamente que es lo que quería el pueblo, pues ya no tenía sentido ninguno consultarle. La idea de un pueblo uniformado llevó a la instauración del socialismo desde arriba. Todos sabemos el fin de la historia, mientras en la cúpula del poder se manejaban ciertas ideas, abajo, se manejaban otras, y ocurrió lo inesperado, el poder monolítico se resquebrajó y se derrumbó.

El socialismo del siglo XXI debe ser democrático en las formas y el fondo, y reconocer que el poder político debe responder no a un pueblo unido, sino que debe tratar de llenar las expectativas de los diversos grupos que conviven en la sociedad y fungir de mediador. Lo más probable es que el poder político no pueda llenar las expectativas de todos los grupos, entonces deberá favorecer el interés mayoritario con pleno respeto de las minorías, entendiendo que un interés mayoritario en un momento determinado no es algo inamovible.

Por otra parte, hay que entender que el poder popular, entendiendo éste como la expresión de un grupo en defensa de sus intereses, en muchos casos, se expresará de una forma contestaria al poder político establecido. Hoy vemos a diario grupos que reclaman sus derechos, básicamente de tipo económico, y lo hacen a través de paros, huelgas, manifestaciones, etc. Por lo general, los gobiernos de izquierda suelen creer que el poder popular será un aliado incondicional de éstos, pero eso no es más que un sueño, y deben confrontar la realidad de que el poder popular puede ponerlos en aprietos si no cumplen sus promesas, y por lo general será así, por la sencilla razón de que los gobiernos de izquierda tienen muchas cosas que prometer.

El poder popular visto como la expresión de la unidad de un pueblo bajo un mismo ideal está relacionado con la idea de la creación de un hombre nuevo, en definitiva, la creación de una sociedad de hombres semejantes guiados por un interés común, el cual está modelado y adecuado a los intereses del Estado, el mundo feliz de Aldous Huxley. Esta visión para mí tiene un componente fascistoide enorme, crea en mi mente las escenas que todos hemos visto de hombres y mujeres jóvenes vestidos con uniformes pardos, marchando marcialmente y con la mano derecha en alto saludando al Führer.

Siempre me ha parecido muy difícil que entre el Estado y el “pueblo” haya una armonía perfecta, entendiendo que el Estado de cualquier signo es un ente más o menos represivo, no olvidemos que el comunismo, la utopía en su último grado, es el estadio de desarrollo de la sociedad en el cual el Estado debe desaparecer. Por otra parte, el mismo hecho de reconocer el poder popular significa reconocerlo como un contra poder del Estado, un poder popular alineado con aquel que ejerce el Estado no sería más que una extensión de éste último. No podemos olvidar por ejemplo, que en los países socialistas el poder sindical fue totalmente controlado por el Estado desvirtuando totalmente su misión.

Por último, creo contraproducente que cualquier cosa que se llame ”poder popular”, sea promovido desde el poder político constituido, cualquier manifestación de poder popular debe surgir desde abajo, de las bases de la forma más autónoma posible. El poder popular no es un fenómeno integrado y monolítico, el poder popular debe estar atomizado respondiendo a los intereses de los distintos grupos sociales que hacen vida en una sociedad, algunas veces enfrentados entre sí, algunas veces enfrentados al Estado, algunas veces unidos algunos contra otros, algunas veces unidos para enfrentar al Estado, a veces todos unidos para enfrentar una dictadura o una amenaza externa. El Estado está llamado a garantizar el derecho a la asociación libre de los individuos de acuerdo a sus preferencias e intereses, a mediar en algunos casos de conflicto y a negociar con los mismos. El socialismo del siglo XXI si ha de ser democrático debe crear las condiciones para que “los poderes populares” (en plural) puedan expresarse libremente y dentro de los límites que fija la Constitución y las leyes para la actuación de los individuos y los grupos.

htorresn@gmail.com


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Hernán Luis Torres Núñez


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