Diáspora no, es expatriación lo que está ocurriendo con los venezolanos

La única vez en la historia de nuestro país que un buen número de venezolanos salió de nuestro territorio fue en la segunda década del siglo XIX, en ocasión de las guerras de independencia, cuando, integrando las tropas del Ejército Libertador, se fueron muchos detrás de Simón Bolívar a llenarse de gloria en la campaña libertadora que éste comandó por el sur del continente americano. En esta oportunidad una causa noble motivaba a estos venezolanos. No huían de la guerra, sino que Iban a liberar de la dominación colonial a los pueblos hermanos de la Nueva Granada, Ecuador, Perú y Bolivia. Ofrecían sus vidas a cambio de la gloria que los triunfos en las batallas proporcionaba. Ningún beneficio material movía a estos venezolanos, su vida la arriesgaban para obtener la dicha de haber contribuido a conseguir la libertad de pueblos afines. Acompañar al Gran Caraqueño en su empresa libertadora era un buen motivo para dejar atrás familia, amistades y terruño nativo. La gloria del triunfo pesaba más que la posibilidad de la muerte en batalla.

En los días de finales de junio de 1819, exactamente hace doscientos años, iniciaron estos hombres y mujeres venezolanos el paso de la cordillera de los andes, rumbo a Bogotá. Eran unas tres mil personas las que acompañaban a Bolívar en esa cruzada. Iban allí llaneros, caraqueños, cumaneses, guayaneses, margariteños, andinos y zulianos. Toda la variopinta gama de venezolanos componía aquel ejército, todos orgullosos de ser comandados por El Libertador y de seguir una causa justiciera internacional. Después de remontar la cresta de las montañas andinas, a cuatro mil metros de altitud, descendieron y vencieron a las tropas realistas en Pantano de Vargas (25-07), y pocos días después (07-08), obtuvieron otra victoria en el Puente de Boyacá. A partir de este momento siguieron un recorrido triunfal que los llevó a transitar miles de kilómetros a través de numerosos pueblos y ciudades latinoamericanas. A pie o montados en burros, mulas o caballos siguieron la ruta que los llevó, victoria tras victoria, a Bogotá, Quito, Guayaquil, Lima, Chuquisaca, hasta llegar a Potosí. Aquí se detuvieron. No avanzaron hasta Santiago de Chile porque esta ciudad y el resto de ese país había conseguido su libertad, gracias al esfuerzo del General San Martín. Entre 1819 y 1828, estuvieron esos venezolanos guerreando en tierras extrañas, ofreciendo sus servicios de soldados o como funcionarios de las diferentes repúblicas erigidas en estos territorios luego de haber culminado las batallas libertadoras. Retornaron algunos a Venezuela cuando Bolívar también lo hizo en 1827. Otros se vinieron con El Mariscal Sucre después que éste renunciara a la presidencia de Bolivia. Algunos pocos se quedaron allende en aquellas tierras donde formaron familia.

En aquella oportunidad, cuando Venezuela tenía poco menos del millón de habitantes y se desarrollaba una cruenta guerra civil, esas tres mil personas constituían un número minúsculo respecto a la totalidad de la población. De manera que no se puede calificar tal migración como una diáspora nacional. Además, tales personas no escapaban del suelo patrio. Un motivo por demás noble era la causa de su desplazamiento. Nada que ver con escape, fuga, huida.

Muy diferente es ahora, año 2019, dos siglos después, cuando unos 4 millones de venezolanos han tenido que abandonar nuestro territorio en muy corto tiempo, un fenómeno que por su número constituye el éxodo más numeroso acaecido en cualquier parte del mundo, en estos tiempos del siglo XXI. Es una tragedia de proporciones mayúsculas, ocurrida en un país donde no existe confrontación bélica. Esta inmensa cantidad de personas escapan, ahora si es verdad, huyen de Venezuela, se fugan del país en búsqueda de lo que aquí este nefasto gobierno presidido por Nicolás Maduro les niega. Van los venezolanos a conseguir en lejanas tierras lo que las tropas de Bolívar llevaron a esos mismos países en el siglo XIX, esto es: derechos y libertades. Van en búsqueda de comida, medicina, empleo, vivienda, educación, seguridad social y ciudadana, distracciones sanas, escuelas y universidades para sus hijos; procuran encontrar en países gobernados por gente civilizada lo que aquí nos ha arrebatado ese emplasto indigesto mentado Revolución Bolivariana, cuyos instigadores dicen ser socialistas.

Los compatriotas que conforman esta marcha se van en cualquier dirección, pero en número mayoritario, lo hacen siguiendo la misma ruta trajinada por el Ejército Libertador hace doscientos años. Usan todo medio de transporte, pero muchos cubren la ruta a pie, soportando penurias, calamidades, riesgos. Prefieren sufrirlas antes que quedarse en esta calamitosa Venezuela, donde este desgobierno les garantiza, eso sí: mucha hambre, demasiadas carencias, infinitos contratiempos, enfermedades incurables y también la posibilidad de la muerte. En verdad esta vez esos venezolanos han sido expulsados del territorio nacional, son los desplazados del gobierno actual, son las víctimas de la autocracia gubernamental. Cuatro millones de venezolanos obligados a abandonar su suelo nativo, a dejar atrás vivienda, amigos, familiares. Un hecho cargado de la máxima crueldad que solo practican las dictaduras más atroces.

Es una escapatoria justificable pues no es nada fácil soportar el sinnúmero de calamidades que se han abatido sobre el suelo nacional. Huyen los paisanos hacia otros lugares buscando en estos, oportunidades para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales. Se van para poder vivir a entera satisfacción ya que en nuestro país este gobierno ha destruido las bases materiales de nuestra economía, ha arruinado hospitales, escuelas y universidades, ha desmantelado el sistema de transporte público y privado, ha estropeado los servicios de electricidad, gas y agua, ha despedazado carreteras, calles y avenidas; ha pulverizado las instituciones republicanas; ha cerrado periódicos, revistas, emisoras de radio, plantas televisoras, programas de opinión, ha quebrado PDVSA, la fuente principal de riquezas para nuestro país; todo lo cual se ha traducido en la ruina de la nación y empobrecimiento material y espiritual de sus habitantes. A lo interno queda aquí una gran cantidad de población, muchos casi en la indigencia, hambrientos, famélicos, desahuciados, población sufriente. Es que Venezuela ha dejado de existir como República, ha muerto nuestra patria, la misma que dio vida a otras hace doscientos años. Se encargaron de tal parricidio los miembros de la clase política enquistada en Miraflores. Son tales, las cabezas visibles de la Tiranía Interna tan aborrecida por nuestro Libertador y tan repudiada hoy por la mayoría de los venezolanos.

No es una simple diáspora este fenómeno venezolano denunciado aquí, es, más bien, expulsión, desalojo, destierro, despido colectivo, EXPATRIACIÓN. Así debe ser llamado este desplazamiento de millones de venezolanos fuera del territorio nacional. Así lo llamaremos para que los responsables directos de tal crimen sean plenamente identificados a partir de hoy, y, más adelante, cuando la República de Venezuela sea erigida nuevamente, les pasen correspondiente factura.



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Sigfrido Lanz Delgado


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