Esencia y fenómeno

La integración de América del Norte

En la semana que pasó (20-25/8/07) se celebró la cumbre anual de la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN), también conocida como TLCAN (+), establecida en marzo del 2005 mediante una declaración conjunta de los gobiernos de Canadá, México y los EEUU. Ha sido hasta ahora solamente un área de libre comercio, pero tiende, según la propuesta del 2001 del Secretario General del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Luis E. Derbez, a la formación de un bloque regional que permita enfrentar a los competidores de esta asociación en Asia y otras regiones, entre las cuales indudablemente esta la región geoestratégica del continente Sur de América. Ciertamente la continuación de este proceso implica el reconocimiento por parte de los EEUU de su fracaso en imponerle a la humanidad el imperio virtual de los oligopolios transnacionalizados que dominan el mercado internacional, y de su intento de integrar los continentes del norte y del sur de América, y el istmo centroamericano y El Caribe, en una panregión bajo la égida administrativa del gobierno de Washington. Efectivamente es una tentativa para asegurarle a las transnacionales globalizadas un espacio bajo su control político en el cual puedan sobrevivir frente a sus competidores actuales y potenciales de Asia, Europa, el Medio Oriente y Sur América, especialmente en el campo energético. No por azar el primer acuerdo logrado entre México y Washington, en los prolegómenos del proceso el año 2001, fue uno en materia de seguridad energética. Y del éxito de todo ese proceso depende largamente la posibilidad de la sociedad blanca, anglosajona protestante norteamericana, de seguir actuando como un polo de poder en la configuración del orden internacional.

Pero ese fenómeno ocurrido en el sociosistema universal tiene un significado adicional: el definitivo fin de la guerra fría no concluida con el derrumbe del llamado bloque soviético. Positivamente esto representa el fin de una estrategia iniciada en 1947 con la conformación de la CIA y simultáneamente la organización de las llamadas “fuerzas especiales”, sustentada en operaciones clandestinas destinadas a la creación de conflictos regionales que contribuyeran, junto con el desgaste de la URSS por la carrera armamentista, a contener los procesos de liberación de los pueblos sometidos al neocolianismo. Fue una estrategia que continuó con la llamada “guerra al terrorismo”. Un enemigo universal mitológico construido mediaticamente a través de la creación de la imagen de un mundo organizado por el odio y la revancha violenta, donde la masacre de personas y pueblos completos ocurre a un paso acelerado. Lo legendario de este adversario radica tanto en el carácter global que se le adjudica como en el uso desproporcionado de la violencia con efectos psicológicos extremos en las poblaciones. Pero realmente no son universales los movimientos así calificados, como los casos de las FARC o del ETA, ni es más desproporcionada la violencia que utilizan, que la empleada por el poder establecido a escala mundial. Alguien podría decir ¿qué no fue tan desproporcionada la violencia empleada contra el barrio “Miraflores”, hoy conocido como “Hiroshimita”, durante la invasión a Panamá (1989), con más de 3.000 víctimas, como la ejercida por Al Qaeda sobre las Torres Gemelas de NY (2001), con un número equivalente de inmolados? Todos saben que en la guerra “la mano del adversario forza la propia”

Pero lo importante para Sur América y el sociosistema de este cuadro es la declaración tácita de este continente como un área estratégica con influencia en el ordenamiento político de la humanidad. Esto apunta hacia el fortalecimiento de la pluripolaridad que limitaría las aspiraciones hegemónicas de cualquier sociedad organizada espacial o funcionalmente. Pero para el caso suramericano tiene una importancia particular. El intento de acelerar la integración del bloque norteamericano, prácticamente materializado mediante el apoyo militar de los EEUU a México, implica la confesión del fracaso del Plan Colombia y el traspaso del papel de esquirol que ha jugado Bogotá en el proceso de unificación de los pueblos suramericanos. Este rol se le pasa ahora al gobierno azteca, que tratará de potenciar su acción en el istmo centroamericano con el fortalecimiento operacional del Plan Puebla-Panamá. Ya lo empezó a jugar Vicente Fox en la Cumbre de las Américas de Río de la Plata (2005) Así, la grave situación interna de Colombia, que afecta la paz en la región, deberá ser resuelta por esa comunidad política con la cooperación de sus pares suramericanos, y el apoyo de los centros de poder de la poliarquía mundial que resisten a las fuerzas transnacionalizadas que propenden al dominio del planeta. Una tendencia que parece confirmarse con la aceptación del gobierno de Venezuela como mediador en el proceso de intercambio de rehenes y prisioneros que hoy es impulsado con fuerza por la sociedad colombiana.


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Alberto Müller Rojas


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