Daños colaterales

A la guerra económica, financiera, petrolera, naval que el gobierno de los Estados Unidos y sus cachorros mantienen contra el gobierno venezolano, han sido incorporados a la fuerza, sin su consentimiento y sin brindarles otra posibilidad millones de venezolanos, en especial niños, mujeres y ancianos; miles de los cuales han muerto producto de las carencias provocadas por las sanciones. Son víctimas que entran en los llamados daños colaterales, término acomodaticio de los halcones de la guerra para contabilizar a los pendejos que mueren en estos conflictos sin ser parte de ellos. El Presidente Encargando de Venezuela, eficiente promotor de las sanciones, considera que estas víctimas son el lamentable saldo de las medidas de presión contra la dictadura.

El incremento de las sanciones los últimos meses ha incrementado el número de víctimas de los daños colaterales. Se ha ampliado el ámbito socioeconómico de estos daños. Ya no son los pendejos que no consiguen medicamentos. Diríamos que los daños colaterales se han democratizado. Muchos de los que gritan ¡Maduro, vete ya¡, que aplaudieron a rabiar la autoproclamación de Juan Guaidó, que pusieron centavos en la gira del Presidente Encargado y movieron sus hilos para que Trump lo recibiera en su despacho, han pasado a formar parte de los daños colaterales. Son gente de bien, de progreso, creadores de riquezas y empleos, de páginas sociales, de lujosas mansiones. No son los malvivientes de los barrios. La mercancía que importan o exportan, mercancía que genera riquezas e incrementa patrimonios, luego de cumplir los trámites legales (los ilegales, también), se les queda varada en nuestros puertos o en los puertos de salida de otros países. No hay barco, buque o peñero que las movilice sobre las olas, pues nadie quiere arriesgarse a ser víctima de las sanciones gringas. Estos empresarios, muchos financistas del antichavismo, inclusive del malquerido Ramos Allup, y aplaudidores frenéticos de Juan Gerardo Antonio, deben sufrir callados, hasta sonriendo cada vez que les detienen un barco con mercancía ya pagada. No pueden ni ejercer el derecho a la mentada de madre a Trump; no porque sean decentes y bienhablados, sino porque el miedo es libre. Ellos no son creyentes de aquellas palabras de Mao: «el imperialismo es un tigre de papel».



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Pedro Salima


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