El Mercosur de las clases dominantes (parte 2)

La política del MERCOSUR

El perfil comercial de Sudamérica, la evolución del endeudamiento regional y el curso de las tratativas agrícolas también dependen de la capacidad que exhiban los gobiernos del MERCOSUR para asegurar la estabilidad política de la zona. Por eso las clases dominantes del Cono Sur ensayan una intervención directa y coordinada en la región. No solo hay cumbres presidenciales y declaraciones conjuntas. También se desarrollan acciones compartidas basadas en un principio de padrinazgo de los países grandes sobre los chicos.

Esta ingerencia es un resultado del propio curso de los negocios. Para garantizar las inversiones de las grandes empresas, el MERCOSUR se vio obligado a comprometerse desde principios de los 90 en las crisis institucionales que afectaron a varios países (1). Frente a estas conmociones, Argentina y Brasil actuaron en común buscando imponer cierto orden desde el exterior. Ambos países intervinieron coordinadamente primero en Paraguay (crisis del general Oviedo) y luego en Ecuador y Bolivia. La caída de varios presidentes bajo el impacto de grandes levantamientos populares los indujo a tomar medidas más contundentes para recomponer los sistemas políticos colapsados.

Esta intervención ha introducido un cambio en comparación a la época de la ALALC o la ALADI. En los últimos años se han incorporado al MERCOSUR “cláusulas democráticas” que legitiman esta interferencia. A través del “Grupo de Río” los ministros de la asociación discuten líneas de acción frente a cada crisis. También evalúan formar nuevas instituciones políticas zonales –como la Comunidad Sudamericana de Naciones- para otorgarle mayor legalidad a participación. Algunos presidentes tratan de crear una válvula de seguridad permanente, que permita una acción preventiva externa anticipada de las crisis e impida el estallido institucional que se ha observado en varias naciones.

Este tipo de acciones no representan actos de solidaridad con las luchas populares. Tampoco se traducen en socorros humanitarios significativos en las situaciones de emergencia. La principal función de estas intervenciones ha sido doblegar (o enfriar) las rebeliones sociales que desbordaron a las clases dominantes locales. Lo que moviliza a los jefes del MERCOSUR es la amenaza que perciben a la continuidad de sus negocios.

La prensa suele describir esta reconstrucción externa del poder político con fórmulas elegantes. Describe como se “contrarrestan la crisis”, se “estabilizan los sistemas políticos” y se “recomponen las instituciones”. Pero siempre oculta que la función de estas acciones es perpetuar la opresión social. Las clases dominantes de Sudamérica amplían su radio de acción para afirmar su poder. Su intervención auxilia a gobiernos frágiles y defiende los privilegios de las grandes empresas. Pero también apunta a otro objetivo: exhibir capacidad de acción política autónoma frente al gran patrón norteamericano.

Estados Unidos y Brasil

El gobierno de Bush mantiene una reacción contradictoria de incomodidad y satisfacción frente a las acciones políticas del MERCOSUR. Por un lado preferiría liderar directamente las operaciones en su patio trasero para recrear la vieja función virreinal de la embajada norteamericana. Pero por otra parte, la administración estadounidense ha perdido influencia directa y presencia inmediata en esta región y por eso aprueba el rol de estabilizador que cumplen otros estados.

En un momento de aislamiento diplomático, carencia de aliados y escasa capacidad de respuesta militar, Bush se congratula del papel sustituto que han asumido los principales gobiernos centroizquierdistas. Ha visto como las tropas de Argentina y Brasil sustituyeron en Haití a los marines en la custodia de un gobierno creado por la CIA. Y también observa como los presidentes del Cono Sur atemperaron la sublevación popular en Bolivia, morigeraron el colapso gubernamental de Ecuador e intentan moderar la radicalización de Chávez. El mantenimiento del status quo transita actualmente ese camino.

Pero las piezas del ajedrez geopolítico se están moviendo velozmente y Brasil intenta aprovechar la coyuntura para convertirse en el líder indiscutido del MERCOSUR. Busca manejar todas las cartas de la diplomacia regional, a través de la creación de la Comunidad Sudamericana de las Naciones. La clase dominante brasileña sabe que para ocupar un lugar en el Consejo de Seguridad de la ONU tiene que mostrar capacidad de control efectivo sobre alguna porción del planeta.

La ocupación de Haití constituye un test de este proyecto. Brasil comanda las tropas sudamericanas en la isla para demostrar que puede ejercer un mando militar en el cumplimiento de una “responsabilidad regional”. Qué este operativo se haya instrumentado con el aval de Estados Unidos y legitimando un golpe de estado, no constituye una gran preocupación para el gobierno de Lula. La supremacía de los capitalistas brasileños dentro del MERCOSUR exige no solo predominio comercial, habilidad financiera y preponderancia industrial. También requiere capacidad política, protagonismo político, presencia militar y peso estatal a escala regional. (2)

Otro ejemplo del liderazgo ambicionado por la clase dominante del principal país sudamericano se observó en el rol jugado por Brasil en las últimas reuniones de la OMC. Allí actúo como mediador de las presiones imperialistas sobre el conjunto de la periferia. El gobierno centroizquierdista de Lula profundiza en este terreno la orientación que han seguido todas las administraciones que lo precedieron. Esta estrategia apunta a lograr que el control brasileño del MERCOSUR facilite otro tipo de negociaciones del ALCA con Estados Unidos.

Algunos analistas estiman que la diplomacia brasileña reproduce en el Cono Sur el rol que juegan Sudáfrica y la India en sus respectivas regiones. Estiman que este predominio es factible porque el país reúne al 49% de la población sudamericana, la mitad de su PBI y mantiene un gasto militar equivalente al resto de la región. (3) Pero la proyección internacional de Brasil depende de la estabilización del MERCOSUR y esta consolidación a su vez requiere que las clases dominantes locales se afiancen frente a sus socios y rivales extranjeros.

Locales y trasnacionales

Un retrato de las 50 mayores compañías de Latinoamérica revela que los grandes grupos capitalistas de Latinoamérica buscan ocupar los nichos que dejan sus competidores del centro en el mercado internacional. Apuestan a la exportación y a contar con financiación metropolitana. Su objetivo es alcanzar el status de pequeñas o medianas multinacionales, adquiriendo empresas menores en su radio fronterizo. Las 20 compañías brasileñas de este ranking confirman este perfil. (4)

Las empresas argentinas se especializan enimentos, cereales, soja, tubos de acero, pero solo han logrado una penetración internacional significativa en pocos sectores. (5) En México han conformado multinacionales de tamaño medio adquiriendo pequeñas compañías de Centroamérica o hispanas de Estados Unidos y actúan en los pocos sectores que pueden afrontar la rivalidad global (bebidas, alimentos, farmacia). Aglutinan al segmento que sobrevivió a la crisis financiera de mitad de los 90 (“tequila”) y que han podido absorber el terrible impacto que produjo la apertura comercial que acompañó al NAFTA. (6)

Las empresas con inversiones regionales y orientación exportadora conforman los grupos hegemónicos de las clases dominantes latinoamericanas. Estos sectores constituyen burguesías locales, pero ya no nacionales en la acepción clásica del término. No privilegian la producción destinada al mercado doméstico, ni la acumulación endógena que predominó durante la posguerra en la periferia. Tampoco jerarquizan los negocios asociados a la mejora del poder adquisitivo de la población.

En Sudamérica los grupos capitalistas locales mantienen su vieja asociación con las corporaciones transnacionales instaladas en la zona. Ambos sectores se han intercalado en la hegemonía del MERCOSUR y expandieron conjuntamente su influencia durante el proceso de fusiones y adquisiciones que se registró entre 1990 y 1998. (7)

Los capitalistas locales juegan un rol clave en el MERCOSUR a partir de la alianza estratégica que han forjado con sus socios extranjeros. Esta asociación guarda cierta semejanza con el acuerdo estratégico que mantuvieron los terratenientes latinoamericanos y las empresas foráneas hasta la primera mitad del siglo XX.

Este enlace asume rasgos complementarios o contradictorios en cada coyuntura, porque la desnacionalización de activos y la gravitación de las burguesías locales suscitan coincidencias en ciertos períodos y fuertes choque en otras circunstancias. Los dos procesos se afirmaron en la última década. Por un lado la participación de los capitales extranjeros en las 500 mayores empresas de la región pasó de 31,8% (1990-92) a 46,6% (1998-2000), pero por otra parte también se elevó la presencia de los grupos privados nacionales de 52,8% a 55,8%. Ambos avances se produjeron a costa de la retracción del peso de las firmas estatales, que cayeron de 17,4% a 7,6%. (8) Estos porcentajes confirman que junto a la extranjerización aumentó la influencia de los grandes grupos capitalistas locales. Lo que decreció fue la presencia del sector público.

La asociación del capital local y extranjero ha signado tanto la historia latinoamericana como la rivalidad entre ambos grupos. Estos conflictos se han expresado en la vigencia de períodos de mayor y menor regulación estatal de la inversión foránea. Estas fases siempre coincidieron con actitudes de reserva y entusiasmo hacia el rol de las corporaciones multinacionales. Un termómetro de esta ambivalencia han sido las cambiantes posturas de la CEPAL. (9)

Este vaivén no ha desaparecido, porque a pesar de su creciente enlace con el capital extranjero, las clases dominantes nativas mantienen intereses específicos y diferenciados de las compañías foráneas. Por eso el término “transnacionalización” debe utilizarse con cuidado para describir los cambios registrados en las burguesías locales.

Estos sectores no se han disuelto en negocios globales. Continúan operando desde sus países de origen y conforman un segmento distinto y rival de las compañías metropolitanas. Han profundizado su asociación con el capital extranjero, pero sin perder sus viejos cimientos territoriales. De esta localización depende una parte significativa de sus beneficios y también los subsidios que reciben los estados. Extraen privilegios de la influencia que ejercen sobre el poder político de cada país y que no comparten con las empresas metropolitanas. El avance de la mundialización no ha extinguido a las clases dominantes de la periferia. Solo ha modificado el perfil y las prioridades de este sector.

Las tensiones en la cúspide

El MERCOSUR es un instrumento de las clases capitalistas de Sudamérica para expandir su gravitación económica, su peso político y su influencia social. Estos grupos encaran una nueva etapa del tratado luego del ensayo de apertura y desregulación neoliberal que promovieron durante los 90. Esta frustración ha inducido a una revalorización de la industrialización desarrollista precedente. Nadie reivindica el modelo de protección aduanera y producción centrada en el mercado interno, pero se habla de reindustrializar los países, recrear el empresariado nacional y forjar el capitalismo regional.

Muchos promotores del MERCOSUR suponen que estos objetivos pueden alcanzarse si las fuerzas políticas y los funcionarios estatales disciplinan a las clases capitalistas y las involucran en un proyecto de crecimiento sostenido y redistributivo. Pero olvidan que esta misma política ya se ensayó en el pasado. Lo que demolió el modelo desarrollista no fue sólo el espontáneo avance de la mundialización, ni la marea destructiva del neoliberalismo. Estos procesos solo destruyeron un esquema que ya naufragaba, por la resistencia de las burguesías nacionales a aceptar –en las condiciones de acumulación de esa época- las demandas de expansión productiva y mejora del poder adquisitivo que planteaba el poder político.

Las clases capitalistas de los países periféricos medianos lucraron con los subsidios estatales y la protección aduanera, pero rechazaron cualquier recorte de sus beneficios e impidieron el control de sus inversiones. Utilizaron el esquema desarrollista para socializar pérdidas y apropiarse de altas ganancias y por eso el modelo colapsó, en un marco de agudos desequilibrios internos y baja competitividad internacional.

El déficit fiscal, el endeudamiento externo y el desbalance comercial sepultaron este esquema. Pero lo importante es observar que el modelo desarrollista no se desplomó por exclusiva culpa de los funcionarios del estado y las elites políticas. Los principales responsables de este fracaso fueron los exponentes de la burguesía nacional. (10)

Es probable que el esquema industrialista actual en el MERCOSUR repita la misma tensión entre elites, funcionarios y clases capitalistas, que frustró el antecedente nacional de los años 50 y 60. La mayor asociación internacional de las clases dominantes refuerza esta inestabilidad porque torna más difícil el disciplinamiento estatal de los capitalistas, mientras no se logre forjar una autoridad supranacional. (11)

¿Un MERCOSUR social?

La mayor parte de las discusiones sobre el MERCOSUR gira en torno a la viabilidad de esta asociación. Pocas veces se debate su conveniencia, a pesar de la mayor relevancia que tiene este segundo problema. La factibilidad futura del tratado es un tema abierto y como todo pronóstico admite muchas opiniones valederas. Pero esta ambigüedad es inaceptable al momento de caracterizar si el proyecto es o no favorable a los intereses populares.

El MERCOSUR es el programa de clases dominantes y plantea un programa adverso para las clases oprimidas. Una alternativa de integración favorable a los intereses populares requiere concebir otro modelo de convergencia zonal.

Existe la errónea creencia que el desarrollo de la región necesariamente presupone la consolidación de los grupos capitalistas que promueven el convenio. (12) Esta visión se basa en la errónea identificación del bienestar de los pueblos con la prosperidad de las clases dominantes, como si los beneficios de este sector no derivaran de la explotación de los trabajadores. Este enfoque oculta que el MERCOSUR es un mecanismo de reforzamiento de esta opresión.

Las normas de librecomercio regional que introduce el tratado multiplican el empobrecimiento y la desigualdad social. Las reglas financieras del convenio favorecen a las grandes empresas en desmedro de los campesinos y la pequeña producción. Los subsidios que contempla el acuerdo aumentan las subvenciones a los capitalistas que ya controlan el poder económico de Sudamérica.

El MERCOSUR no es un proyecto para revertir la explosión de pobreza, miseria y precarización laboral que generó el neoliberalismo. Al contrario, permite convalidar estos atropellos y facilita el aprovechamiento patronal de las condiciones de explotación que ha legado la década del 90. Los capitalistas lucran con la extensión de la miseria absoluta, que ya no afecta sólo a los campesinos expulsados de sus tierras. Este padecimiento se ha extendido a los obreros descalificados y los jóvenes desocupados. El MERCOSUR legitima la tragedia social de Sudamérica y por eso omite la incorporación de los derechos laborales que atenúen la opresión de los excluidos y la explotación de los incluidos.

Los salarios mínimos han caído drásticamente en todos los países de la región y los costos salariales han quedado reducidos a un sexto u octavo de sus equivalentes en las naciones desarrollados. La informalidad laboral se ha generalizado y el desempleo afecta a más personas durante períodos más prolongados. Por eso la desigualdad social alcanza en la región proporciones superiores a otras zonas del planeta. La pobreza se expandió durante los períodos depresivos y la inequidad se afianzó en las fases de estabilización del MERCOSUR.

Es cierto que las propias clases dominantes están descontentas con los resultados económicos del neoliberalismo y que ensayan un replanteo de la asociación. El declive de los mercados internos, el dualismo económico y la segmentación social desestabilizan el proceso de acumulación y afectan sus beneficios.

Pero las burguesías locales no se disponen a revertir estas pérdidas con mejoras del ingreso popular. Su proyecto es preservar las contrarreformas sociales que perpetró el neoliberalismo para relanzar un modelo de crecimiento exportador asentado en los bajos salarios. Todos los capitalistas promueven este perfil opresivo de la integración regional y ni siquiera las vertientes burguesas más críticas del MERCOSUR neoliberal contemplan un giro hacia la redistribución del ingresos.

Este diagnóstico no se discute con nitidez en la actualidad. En los movimientos sociales sólo existe la decisión de rechazar el ALCA y sus variantes bilaterales, pero los cuestionamientos al MERCOSUR son excepcionales.

Algunos militantes propugnan gestar un “MERCOSUR de contenido social”, pero no aclaran el significado de este concepto. El tratado vigente en Sudamérica tiene un basamento capitalista y este cimiento no cambiará incorporando algunos derechos populares al convenio.

El ALCA es el proyecto del imperialismo y el MERCOSUR es el programa de las clases dominantes del Cono Sur. No se puede mejorar el primer proyecto mediante negociaciones y no se puede transformar al segundo a través de la mera presión popular.

El MERCOSUR carece de legitimidad social. Ningún sector popular lo percibe genuinamente como una institución favorable a sus intereses. En el mejor de los casos es visto como una abstracción lejana o como una preocupación de funcionarios y empresarios. La unificación desde abajo en Sudamérica exige construir otra integración, con otro programa. Esta es la alternativa que analizamos en nuestro estudio sobre el ALBA.

Notas:
1) Guerrero Modesto Emilio. El MERCOSUR, Vadell Editores, Caracas, 2005.
2) Camargo Sonia de. “Area de Livre Comercio das Américas: o labirinto latino-americano”. América Latina y el (des) orden neoliberal, FLACSO 2004.
3) López Belloso Roberto. “Haití: contradicciones del lejano y del cercano norte”. Brecha, 10-206, Montevideo.
4) La Nación 11-9-05. Ver también. Ceriotto Luis. “Multilatinas, un club en el que mandan Brasil y México”. Clarín, 26-3-06.
5) Describimos este comportamiento en: Katz Claudio. “Capitalismo imaginario, negocios reales”. Enfoques Críticos, año 1, n 1, noviembre-diciembre 2005, Buenos Aires.
6) Garrido Celso. “Los nuevos desafíos”. Ramírez Tamayo Zacarías. “El exportador de capitales”. El Semanario, 29-9-05, México.
7) Las empresas de propiedad local capturaron el 57% de estas operaciones. Cimadamore Alberto. “Crisis e instituciones: hacia el MERCOSUR del siglo XXI”. Los rostros del MERCOSUR, Clacso 2001.
8) Moro Alfonso. “Los intereses de las transnacionales europeas en América Latina”. Cuadernos del Sur 38-39, mayo 2005, Buenos Aires.
9) Un retrato de estas actitudes puede rastrearse en: Kerner Daniel. “La Cepal, las empresas transnacionales y la búsqueda de una estrategia de desarrollo latinoamericana”. Revista de la CEPAL 79, abril 2003.
10) Un análisis de las conductas de las burguesías nacionales presenta: Chibber Vivek. “¿Reviviendo el estado desarrollista? El mito de la burguesía nacional El imperio recargado, FLACSO, 2005.
11) Además, a diferencia de lo ocurrido en el sudeste asiático durante los 80, el viraje hacia el modelo exportador se ensaya al cabo de un largo y fracasado proceso de industrialización interna.
12) Por ejemplo Schvarzer Jorge. “El MERCOSUR, un bloque económico con objetivos a precisar”. Los rostros del MERCOSUR, Clacso 2001


* Claudio Katz es economista, investigador del Conicet y profesor de la UBA. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).


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Claudio Katz*

Economista, Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, CONICET (Argentina), Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).

Sitio web personal: www.lahaine.org/katz


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