Poesía y revolución

Antes de empezar, quiero hacerles una confesión. Siempre me pregunté: ¿qué nos quiso decir el viejo Carlos Marx cuando afirmó: "Los poetas son tipos raros con los que hay que ser tolerantes". Mi reciente investigación en torno a la poesía latinoamericana y venezolana, y su relación con la construcción de la revolución, de la lucha colectiva, me está brindando una primera respuesta a esta incógnita. Es verdad, los poetas somos a veces gente rara, no pocas veces excéntrica. Pero, en tanto que socialistas, al menos según Marx: “en el trato con los poetas hay que ser tolerantes".

Pero, ¿qué significa ser tolerantes con los poetas? Y ¿por qué debemos ser tolerantes con ellos? Según el diccionario ser tolerante es ser indulgente, ser paciente, ser considerado. Pero esta es la primera acepción del término. La segunda acepción nos indica que ser tolerante es sobre todo, ser abierto, ser flexible, ser comprensivo.

Se sabe que Marx hablaba muchas veces en clave. En clave de (y para) edificar futuro. Creo que Marx aludía a ambos sentidos de la expresión. Según me parece, Marx nos quería decir que, tal como lo vio el teórico ruso Mihail Bajtin, los poetas tienen un plus de comprensión de lo real que “hay que” tolerar, que “hay que desentrañar, que “hay que incorporar a la retorta marxista a efecto de construir un socialismo verdadero, un socialismo científico, un socialismo dialéctico”.

De estar en lo cierto, la poesía haría también parte de este gran motor de la historia, de este grande motor impulsado por el proletariado, por los condenados de la tierra, por los despojados de siempre.

Pero, preguntémonos: ¿cómo es que la poesía puede llegar a ser un discurso socialista en el sentido fuerte, materialista, científico, transformador? ¿Cómo podría contribuir la palabra poética con la edificación de un mundo verdaderamente humano, un mundo no enajenado, no fetichista, no hiper-individualista, no racista, no sexista, no mercantilista; un mundo despojado de la explotación inmisericorde de una clase a manos de otra?

Y en la respuesta de estas preguntas es donde creo que la poesía nos tiene algunos regalos. Veamos qué apuesta a la utopía y la lucha nos hace, por ejemplo, el poeta de Martinica, Aimé Cesaire, (1913-2008) en su libro: Lejos de los días extranjeros. El poeta caribeño sueña, y al soñarlo lo funda, un tiempo realmente propio, un tiempo no extranjero, esto es no alienado, un tiempo colectivo en que podamos retoñar nuestra propia cabeza, nuestro propio pensamiento. Cesaire nombra en su poema nada menos que la praxis liberadora, la praxis creativa. Una praxis que nos retoñe una cabeza bien nuestra sobre nuestras propias espaldas. Las espaldas de nuestro trabajo como socialistas por logra ser una clase para si, una clase como parte de una historia, de una gesta que está siempre en estado potencial, siempre a la espera, siempre en tensión por cuajar en nuestro destino:

Pueblo mío

cuando del otro lado de los días extranjeros

retoñes tú una cabeza bien tuya sobre tus espaldas

Precisamente por eso en Latinoamérica siempre ha sido problemático, y hasta peligroso afirmar que la política pueda ser enunciada como poética. Particularmente en América Latina y en el mal llamado “Tercer Mundo” a la poesía siempre se la quiso conducir y ordenar (disciplinar diría Foucault) por los pulcros y ya resueltos territorios del orden y el recato ornamental. Se nos vendió una poesía (y una comprensión de la poesía) pero siempre desde cánones de aceptación extranjeros. Y se encargó a unos señores supuestos profesores o críticos literarios a objeto de amparar —bajo cánones y preceptos— qué debía y qué no debía ser la belleza, la existencia, el verdadero y más sublime extracto de lo humano.

Ellos, los colonialistas crearon así la poesía como un orden para enajenarnos, como un mecanismo de opresión, un dispositivo de habla rota, de disciplinamiento. “Y así, al definir y delimitar la escritura por antonomasia de la belleza como mimesis o simple remedo de una producción previamente originada en Europa, la validez estética nuestra, es decir, la posibilidad de imaginar un movimiento de vanguardia latinoamericano o “tercermundista” nuestro, esto es anticolonial, contra-hegemónico, participativo, protagónico, un gesto al margen de los cánones de validación y celebración euro-centrista quedaron a priori interceptados. O se estaba muy actualizado —pero perpetuamente a la zaga estética de Europa—, o se estaba “out”, fuera de moda, en los lodazales del galimatías artístico.

Y así como la escritura de la Historia en nuestros países deliberadamente se planificó y difundió para presentarnos nuestro pasado precolombino, colonial y hasta republicano como un dechado de barbaries, revueltas irracionales y sucesión de rufianes al frente del continente o el país en referencia, algo parecido se estiló (y se sigue estilando) para obstruir cualquier posible ejercicio de “comprensión otra” de nuestra elaboración simbólico-intelectual.

Para algo quedan (y se esgrimen) los motes de “folclórico”, “demodé”: para forzar una recepción de nuestra exuberancia y otredad imaginativa e identitaria popular pero a secas como industria de y para el extrañamiento, esto es, como empresa puramente administrativa o antropológica, a lo sumo.

Las prácticas de la negación de la especificidad y originalidad, y la auto-culpabilización no se ajustaron así a los demarcados terrenos de la economía o el orden social racializado. Pervivieron y siguen persistiendo en América Latina como espacios vigilados, espacios cercados, espacios ordenados. Lugares para perpetuar un orden y una topografía cultural estipulada por el enemigo de clase. Marx y Engels lo advirtieron: “Las ideas dominantes en toda época no han sido nunca más que las ideas de la clase dominante”. Cabría confirmar de igual forma que las poéticas dominantes han sido en toda época las poéticas funcionales a la clase dominante.

Pero si, como arguye Michel Foucault, el poder no anida en un espacio determinado cuanto en la dialéctica misma de la relación que se establece entre un poder que busca imponerse y un contra-poder que se le resiste y trabaja por su liberación, cabría esperar entonces que a unas “poéticas de la opresión” se le opongan otras: “poéticas de la resistencia o de la liberación”. Esto es precisamente lo que encuentro como investigador al revisar un conjunto de apuestas escriturales equívocamente rotuladas de “solitarias” y al experimentalismo de generaciones poéticas venezolanas, latinoamericanas y caribeñas moduladas durante las últimas décadas.

Del avasallamiento indígena en tiempos de la Conquista y la Colonia a la “derrota” de la izquierda en los años 60

A mi juicio, la poética de la opresión en Venezuela arranca con la tentativa de borramiento sistemático de buena parte del sustrato simbólico-religioso que florecía en estas tierras previa irrupción de Colón y la cristiandad a sangre y fuego mecanismos estilados desde las Cruzadas. Análoga operación se cumple en lo sucesivo durante los periodos de la Colonia, la Independencia y el rosario de guerras civiles que ensangrentaron a Venezuela hasta inicios del siglo XX. Durante todo este dilatado periodo, sin embargo, la resistencia simbólico-poética de culturas indígenas, culturas afro-descendientes y sus múltiples hibridaciones con sustratos de culturas populares europeas se mantiene siempre, aunque desde formas por lo general veladas, desde las fiestas y costumbres de religiosidad popular, muchas veces sobrepuestas sobre la cultura y la religión oficiales del conquistador.

No obstante, contamos hoy con evidencia empírica de que, ora mediante literatura oral, ora mediante prácticas religiosas secretas o por razón del enmascaramiento de elementos “paganos” en el tronco de la cultura cristiano-occidental, el sustrato de lo que llamamos aquí una poética de la resistencia pervivió a la espera de mejores contextos para emerger, madurar y re-articularse más eficazmente a la economía simbólica establecida.

Producto de la revolución educativa que se insinúa en Venezuela a partir 1936 y se consolida a partir de 1958 en adelante, especial prominencia de producción poética letrada (distinta pero en ningún caso superior a una poética oral, preformativa, dancístico-corporal, culinaria, musical, etc.), a mi juicio, se cumple en el país durante estos últimos tres periodos: A) durante mediados de siglo XX, lapso de establecimiento de un modelo de democracia restringida/ populista y tutelada desde los centros imperialistas. Una “democracia” cuyas elites no pocas veces se ufanaron de ser subsidiarias de la vanguardia esteticista europea; B) durante las décadas del 70, 80 y 90 del siglo XX, lapso de emergencia de la post-política a cargo de la mediocracia pequeño-burguesa cortejada por los neo-conversos de la izquierda y los Chicago Boys criollos, coyuntura en que se madura y se cumple la aplicación compulsiva y criminal del paquete económico neoliberal que derivó en la forzada réplica popular del 27 de febrero de 1989, conocida como Caracazo); y C) durante la primera década de este siglo XXI, contexto en que se cumple la gestación de una utopía épica proto-socialista nacional/ bolivariana pero por lo demás, de aspiración continental. Período a partir del cual se reconfiguran nuevas poéticas de y para la resistencia.

En mi rastreo/ investigación, más que un ejercicio crítico de los distintos campos aglutinadores de cada uno de estos momentos que veo como condensación de una emancipación ético-estética, intento dar la palabra a los hombres y mujeres, autores y autoras, quienes, de cara a diversas situaciones concretas de la historia que atravesaron como sujetos individuales y colectivos, atinaron a articular una respuesta desde distintas coloraturas de militancia en la poesía y en la construcción simbólico/ política de un nuevo sujeto/ pueblo rebelde. Unas y otras son enzimas de una superestructura socio-política que precisaba ser remozada.

Un ejemplo de tesitura formal petrificada en franqueza poética nos entrega Dionisio Aymará en su libro: Aprendizaje de la muerte (1978), en que redacta una suerte de manifiesto ético/ existencial que llama a asumir, a tensarse verticalmente en y desde una praxis que deviene poética de una ética en resistencia.

23

No

te conformes con ser lo que eres,

con lo que has sido a través de los años,

los siglos que has vivido en tan poco tiempo..

No

no te conformes con la mínima ración de esperanza

que te dejan para tenerte adormecido.

Nada de sumisión:

sólo tu único designio,

tu obstinada manera de atravesar el la estación calurosa,

el invierno, tu propia desolación frente al destino,

tú mismo.

No,

no te conformes con lo que tenías

que haber sido,

no aceptes otra luz que la tuya.

Hacia atrás, nada: ni un solo paso

y si no tienes luz,

preferible tu propia tiniebla,

Preferible tu cólera, tu sola desgarradura,

tu alarido final a dos pasos más allá del abismo,

todo

antes que pasar como ciertas alburas

semejantes al algodón de los corderos,

todo

antes que vivir sin dignidad,

todo,

inclusive la muerte

Y no nos parece entonces casual que, con una entonación entre ética y épica, y una fraseología muy parecida a la de Aymará iniciara su discurso el sub-comandante Marcos cuando tomó El Zócalo en el año 2000: “Nos dijeron que nunca llegaríamos hasta aquí. Pero, aunque nos cueste la vida, si es preciso, haremos la revolución”.

“No venimos a decirte qué hacer, ni a guiarte a ningún lado. Venimos a pedirte humildemente, respetuosamente, que nos ayudes. Que no permitas que vuelva a amanecer sin que esa bandera tenga un lugar digno para nosotros, los que somos el color de la tierra”.

La poesía en Venezuela y en América Latina siempre ha sido (y cada vez es más) un repudio tenaz, cotidiana, de aquella infeliz frase de Margaret Thatcher según la cual, para nosotros, para los proletarios, para los relegados, para los indígenas, para las mujeres y los niños, para los homosexuales, para los creedores, en fin, para los que somos el color de la tierra: “There is not alternative”.

Recordemos así dos fragmentos que nos hablan sobre cómo alcanzar el socialismo.

La primera desde un trabajo de crítica y transformación del burocratismo que formula Elmer Szabó en su poema: Tema afín a la transparencia:

“Mientras se licita el contrato para recoger al perro muerto ese mismo perro se pudre en la plaza y las moscas disfrutan”.

Y la segunda desde una apuesta/ invitación que formula Oscar Fernández en favor de reconocer/ ejercer una libertad expresiva/ auto-transformativa de cada sujeto (individual y colectivo) ineludible para devenir protagonista de sí mismo y de su historia:

“Desde el virus hasta la ballena, desde el micro-hongo hasta el árbol, todos tenemos algo que decir”.

Ensayemos decir entonces cada cual su/ nuestra propia palabra, su/ nuestra propia experiencia, su/ nuestra propia crítica, su/ nuestra propia poesía, no desde el “extrañamiento de los días extranjeros” sino “desde nuestra propia cabeza” y experiencia histórica, “bien retoñadas” sobre nuestras espaldas.

Tarea bien distinta de la de ese conocido hábito de cortar y pegar (cut and paste) de algunos… no precisamente poetas, por cierto.

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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