Aportes de Lenin

Enfocando la coyuntura electoral en Venezuela

“La verdad es siempre revolucionaria”. Trabajar, ahondar, profundizar en la verdad es por tanto, ahondar las condiciones que permitirían alcanzar la revolución.

Lenin

Entre 1901 y 1902 Vladimir Ilich Lenin, una de las figuras más brillantes y controversiales del convulsionado siglo XX publicó en Rusia un curioso y descuadernado texto de juventud titulado: ¿Qué hacer?

Pese a su carácter básicamente oral y descuadernado, poco tiempo pasó hasta que este texto se convirtiera en una referencia obligada y una especie de brújula desde donde comenzar a madurar un cambio radical del sistema económico-político y cultural prevaleciente por su época.

Así las cosas, ¿Qué hacer? ha sido visto como un dispositivo teórico desde donde activar un nuevo modelo de sociedad, y sobre todo, como una bitácora desde la cual edificar un partido en tanto que movimiento político genuina y dialécticamente revolucionario.

Aun a la distancia de más de un siglo de la publicación de este ensayo y de la triste historia de aparatoso fracaso del ensayo socialista del campo soviético, se me hace que la relectura de este texto en ligazón con otras categorías acuñadas por Lenin en obras y momentos políticos ulteriores podría tal vez ayudarnos a repensar mejor nuestra coyuntura venezolana de elecciones a gobernadores, alcaldes y consejos legislativos. Y acaso contribuir re-armar algunas líneas y agendas políticas presentes y futuras de acción con mayor juicio y puntería. Veamos:

¿Qué hacer? relataba básicamente qué debería ser una revolución. Trataba cómo debería construirse un partido de masas a la altura de esta metamorfosis. Y, más importante aun, reflexionaba sobre las condiciones que debería protagonizar un movimiento político revolucionario con vocación y capacidad para transfigurar el Estado y a la sociedad rusa en su conjunto en una experiencia de inclusión y bienestar sin precedentes hasta entonces en la toda historia de la humanidad.

Como precondición a esta aventura revolucionaria, Lenin insistía en la necesidad de ir protagonizando una lucha popular participativa, con conciencia de clases, al interior del nuevo partido. Recalco este enunciado: Lenin elabora una ecuación, una ecuación de poder cuyos términos convendría someramente desmenuzar: a) “necesidad”, es decir un factor ineludible, forzoso, vital para alcanzar el fin; b) “ir”, esto es, noción de proceso, camino, dialéctica, progresismo; c) cultura de protagonismo, es decir, un proceso complejo, sinérgico, educativo, sostenido, de largo plazo, que requiere mucho más que verticalismo, voluntarismo, convocatoria emocional, promoción o inversión publicitaria; d) “lucha popular” esto es, desarrollo de claridad táctica y estratégica de todo el pueblo para conocer palpablemente por qué y cómo se debe luchar en cada momento y en un punto por qué se debería ofrecer la vida en cada batalla estratégica específica; e) “con conciencia de clase” lo que implica capacidad de una clase de ser consciente de las relaciones de clase antagónicas, y de actuar ante ellas para beneficio de sus intereses; “nuevo partido” lo que supone una arriesgada reingeniería en 180 grados de las artilugios, desviaciones y vicios clásicos del partido verticalista de aparato.

Para Lenin concretar esto era la precondición ineludible para ayudar luego a introducir esta nueva conciencia y esta renovada praxis de lucha de clases al interior del Estado y, concomitantemente, en la sociedad en su conjunto. “Dadnos una organización de revolucionarios, y removeremos a Rusia hasta sus cimentos” —es una frase que gustaba remachar.

Para Lenin hacer revolución exigía pasar abruptamente de las trilladas prácticas semi-feudales o de mero desarrollismo distributivo —que como horizonte ideal caracterizaban a ciertas experiencias social-democráticas europeas de su tiempo— a una modalidad societaria económica, ética y cultural radicalmente diferente: el orden socialista.

Asumiendo la tesis marxista de la lucha de clases como motor de la historia, Lenin especulaba un orden social no ya protagonizado por pro-hombres o semi-héroes de la historia, cuanto por los mismos colectivos históricamente relegados, gradualmente cada vez más y más productiva e ideológicamente formados y conscientes.

Imaginaba una sociedad con clases no sólo en sí, es decir, conscientes de su lugar en la estructura social; sino una clase proletaria/ revolucionaria con aptitud para transmutar permanentemente cada nuevo estado de conciencia en una novedosa praxis revolucionaria radicalmente trasformativa. Esto es, una praxis de clase para sí. O dicho de otra forma: un poder para activar y empujar una lucha coherente, estratégica y organizada en favor de los intereses de clase, en abierta confrontación contra los subterfugios que le permitieron validar y perpetuar el imperio de sus intereses y discursos legitimadores a las clases oligárquicas y burocrático-burguesas dominantes.

Para figurarnos un poco mejor la radicalidad de la apuesta que Lenin imaginaba, basta rastrear algunas de sus cartas y documentos. El 3 de julio de 1917, por ejemplo, a comienzos de revolución, Lenin se refiere a las clases dominantes cuya hegemonía prevé desplazar en los siguientes términos: "¡Si no nos fusilan ahora, es que son unos imbéciles! La radicalidad de la transformación imaginada no era cuento.

La revolución para Lenin planteaba la necesidad de que los políticos revolucionarios logren producir y sembrar, junto con, es decir en debate constante con los proletarios, una teoría revolucionaria radical, al tiempo que se apuntaba a profundizar y aprovechar las condiciones objetivas y contradicciones sociales e históricas que posibilitaran introducir y apuntalar transformaciones de fondo. Mutaciones e irreversibles en el seno de esa misma sociedad.

Para alcanzar este “punto de no retorno” en la nueva sociedad, Lenin llama a acoplar claridad ideológica de clase y congruencia en el accionar práctico. Forjar socialismo suponía para Lenin fundar una nueva praxis que articulara y compactara los planos económico, social y cultural.

Lenin hablaba de una praxis colectiva, geográfica e históricamente localizada. Realizar esta praxis requería, sobre todo, construir e imprimir en mentes, brazos y almas una nueva ética revolucionaria. Una ética-evento, sin precedentes. Todo para compactar una nueva praxis ideológico/ organizativa al interno de las relaciones de producción y de convivencia de la sociedad en su conjunto.

"La revolución —gustaba de repetir— no se hace: se organiza". Una revolución no se factura, se acompaña. No se fabrica, se cataliza. O, a lo sumo, se ayuda a fermentar. Una revolución no sería así un objeto que alguien pueda tomar para imprimirle un ritmo radicalmente diferente del que ella misma ha alcanzado. Una revolución sería, más bien un carro cuyos motores a transportar están adentro del mismo automóvil que estos van desplazando. En cuyo caso, por ello, una revolución no sería algo que pueda decretar, empujar convencionalmente.

Más que objeto, dato o ensayo jurídico una revolución debía ser, e idealmente construirse por y desde un dialógico protagonismo organizativo y productivo hijo de una excepcional apuesta colectiva.

Y así, para devenir genuina revolución y soldar en esa lucha a los proletarios y campesinos desamparados, la revolución debía ser antes que todo, una revolución de sistemas humanos. Una revolución humana. Hecha de lazo social, de solidaridad. De ética. De ascenso social pero no como resentimiento consumista cuanto que como precondición de la realización humana. Y por ello, antes que todo, una revolución humana debía llegar a ser una revolución organizativa. Es claro que un fermento utópico debía ser el combustible para mover todo este gran aparataje organizativo. Pero, asimismo, que toda exuberancia de utopía desprovista de sistemas organizativos bien diseñados, motivados y aceitados, podría peligrosamente resultar en una revolución frustrada. O, peor aun, en una revolución de papel.

Como Marx, Lenin cree que la revolución hace parte de un veloz y dialéctico movimiento de acompañamiento del grado de conciencia y de intención de hombres y mujeres concretos, y en particular los más desheredados, en su movimiento hacia su propia metamorfosis personal y colectiva. La cuestión es dialéctica. Para alcanzar la ansiada realización personal cada cuadro debía apoyar y apoyarse en el protagonismo colectivo. Pero, también, inversamente, para alcanzar el supremo objetivo colectivo, cada cuadro debía realizarse en cuanto que persona individual, potencia insustituible y única, en aquello a que estaba proyectado a convertirse, a devenir.

“Marx —cita Lenin— concibe el movimiento social como un proceso natural regido por leyes que no sólo son independientes de la voluntad, la conciencia y la intención de los hombres, sino que determinan, además, su voluntad, su conciencia y sus intenciones”. Porque para Marx la claridad ideológica de un sujeto no determina su estatus social. Al contrario, es la condición económica de un sujeto lo que condiciona e incluso determina su manera de pensar y de actuar.

La real misión del liderazgo político no está llamada, así, según Lenin, a convertirse en el caballo que moviliza la pesada carga del déficit de consciencia social y de clase de las bases campesino-proletarias. Por el contrario, la revolución debe ser una carreta a ser empujada por el nivel de conciencia de clase, y de disposición de sacrificio alcanzado por todo un pueblo o por una parte decisiva, no provisoriamente mayoritaria de él. Y, en especial, por el nivel de conciencia de clase y la capacidad de sacrificio del proletariado y el campesinado, convencidos de que es deseable, posible y real alcanzar mejores y superiores condiciones para su propia vida, así como mejores contextos para hacer exigibles sus reclamaciones históricas. Para sí mismos. Y para las generaciones que los siguen.

El problema central que advierte y afronta Lenin es que una organización revolucionaria de este cuño no había existido nunca en Rusia. Y percibió que no iba a ser precisamente fácil ni grato instaurarla. Esto es, constituir y poner en marcha una maquinaria de y para crear consciencia de clase a modo de motor para construir una historia de la conquista de derechos, bienes y medios de producción diferentes. Una historia humana más participativa, más igualitaria, más justa tenía no tanto los enemigos jurados de clase cuanto que los enemigos endógenos, resultantes de las mismas clases que estaban llamadas a emanciparse.

Pero, con todo, esta es la pieza “bonita” del llamado filantrópico a forjar una revolución socialista. Pero la revolución no sólo es lucha meramente teórica, académica, de limbo discursivo. En tanto que disputa entre clases, la revolución es careo, reyerta, en defensa de intereses y, por ende, de maneras antagónicas de comprender su lugar en el mundo. "La revolución —escribía Lenin— es guerra, (aunque) la única guerra en verdad legítima, justa y grande, entre cuantas ha conocido la historia”. Y en 1905 sentenciaba: “En Rusia, esta guerra ha sido declarada, y ha comenzado".

Así, muy a pesar de que las condiciones socio-económicas estuvieran notoriamente dadas en la Rusia de comienzos de siglo XX, resulta claro que nadie iba a proveer graciosamente a la sociedad rusa de esta curiosa, innovadora, inquebrantable máquina para la “organización de revolucionarios”. Lenin está claro en que la revolución no será bonita. Los poderosos no se dejarán arrebatar el poder sin apelar a todo el arsenal de su ofensiva discursiva, mediática, económica, diplomática, policial y militar. Y habrá violencia. Y correrá sangre. Por eso mismo, en diciembre de 1907 Lenin describe la aguda situación de confrontación que protagonizará la reacción: “Se ha abierto una era de contrarrevolución, y durará unos veinte años… a menos que el zarismo sea, en ese intervalo, quebrantado por una guerra importante".

Es historia: el zarismo fue destronado de Rusia por la Revolución de febrero y sucedido luego por la creación del primer Estado Comunista del mundo con la Revolución de Octubre. No obstante hoy resulta poco menos que escandaloso ver cómo la Revolución bolchevique fue traicionada y sistemáticamente desertada hasta transformarla en una de los ensayos atravesados por prácticas neo-capitalistas más violento y pragmático del planeta.

Lenin gustaba definir a un capitalista como alguien que devora a muchos otros. Parafraseando su sentencia, algo que nos lega la historia es que algunos sujetos, grupos y gobiernos real o potencialmente socialistas han estilado caer también en parecidas prácticas caníbales. Cuidarse de no caer en reyertas y debates por el poder que hagan irreconciliables las más varias posiciones progresistas y de izquierda es por tanto, una herramienta clave para dar visibilidad a una proyecto que no puede ser sino de largo aliento.

Particularmente producto de las propias contradicciones, incoherencias y debilidades internas inherentes a la mayoría de los grupos pro-socialistas. Sembrar debilidades internas o dejar que prosperen es cosechar tempestades innecesarias frente al enemigo. En particular frente a un estado de sitio con que el neo-capitalismo, por diversas trochas, suele embestir contra todo proceso en curso o embrión eventualmente revolucionario.

Los montajes de que Venezuela es paraíso de la droga, del terrorismo internacional o, ahora, autor del maletín, no son sino los más recientes ejemplos.

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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