Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos

La crisis hospitalaria en Venezuela

Hay muchísimas y están por todas partes. A todos les causa asco su presencia, pero nadie es capaz de pisarlas, matarlas y botarlas. Se reproducen como una verdadera plaga en todos los hospitales de Venezuela. En los baños, en los pasillos, en la cocina, en las paredes, en las camillas y hasta en el quirófano, se observa de sol a sombra el caminar, el correr, y el volar de las cucarachas.

Nunca pensé que una simple clase de Práctica Profesional en un soleado viernes universitario, se convertiría en una gran luz de sabiduría taciturna, que me abrió el iris de los ojos al compás de una triste realidad, que se recrudece a cada instante en los hospitales de Venezuela.

Una y otra vez tuve que verlos llorar de dolor, tuve que verlos golpearse sus cabezas contra la pared, tuve que verlos partirse el alma de madrugada, y tuve que verlos resignarse a la muerte, para finalmente entender el significado holístico de la vida.

Viendo el baile de las cucarachas para distraer mi atención, pude comprender la asquerosísima impunidad, injusticia y desesperación que se vive todos los días en los hospitales de Venezuela, por culpa de la maldita miseria espiritual de los cobardes sifrinos analfabetos, que viven comiendo mentiras y huyéndole a la verdad.

Vemos que la impotencia, la frustración y la desesperanza, se apodera de la gente humilde venezolana que no tiene el dinero, la plata y los cobres, para olvidar la impotencia, la frustración y la desesperanza, que se produce tras ver en vivo y directo el fallecimiento de un ser querido, por la inconciencia de las cucarachas que simbolizan a los sifrinos analfabetos venezolanos.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que son capaces de gastar una millonada de bolívares fuertes por un viaje de placer a Panamá, Aruba y Miami, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen agua potable para bañar al abuelo, y no tienen plata para comprarse una almohada en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que se gastan una millonada de bolívares fuertes para comprarse el nuevo Playstation, Xbox y Wii, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen comida para alimentar al niño enfermo, y no tienen plata para comprarse una jeringa en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que son capaces de gastar una millonada de bolívares fuertes para comprarse una Hummer, un Aveo, un Spark y un Getz, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen oxígeno en la bombona de gas, y no tienen plata para comprarse una medicina en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que son capaces de gastar una millonada de bolívares fuertes para comprarse una camisa TommyHilfiger, unos lentes Ray-Ban y un Reloj Rolex, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen algodón para limpiarse las heridas, y no tienen plata para comprarse un perrito Beagle en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que son capaces de gastar una millonada de bolívares fuertes para masturbarse con el nuevo androide del Iphone, del Galaxy y del Xperia, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen un yesquero para terminar con el suicidio asistido, y no tienen plata para comprarse un fósforo en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que viven comiendo la basura vomitada en Lapatilla, en DolarToday, en Globovisión, en Telemundo y en CNN, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen una tableta para rompérsela a los parásitos descerebrados, y no tienen plata para comprarse un ablandador de heces fecales en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que gastan una millonada de bolívares fuertes comprando grasa fecal en el Sambil, en Farmatodo, en Traki y en McDonalds, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen un cortaúñas para remover la mugre de las uñas, y no tienen sal para limarse las cicatrices ensangrentadas del hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos que se quejan por la hiperinflación, por el criminal dólar paralelo y por los reducidos cupos Cadivi, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen plata para comprarse un celular, no tienen un perfil para quejarse en las redes sociales, no tienen tiempo para quejarse en el WhatsApp, y no tienen señal para quejarse con la red Wifi.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que viven comprando la mala suerte del cáncer en Amazon, en MercadoLibre y en Ebay, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen un cuchillo para decapitar cabezas huecas, y no tienen plata para comprarse un colchón ortopédico en el hospital.

Cuando usted vea una cucaracha en cualquier hospital de Venezuela, piense en todos los malditos sifrinos venezolanos, que gozarán la Navidad con un gigantesco árbol de Santa Claus, con carísimos juguetes bélicos, y con el delicioso ponche crema servido en la mesa, mientras los pobres intelectuales venezolanos no tienen una chimenea para cantar villancicos de paz, y no tienen plata para comprarse una hallaca en el hospital.

Usted y yo conocemos profundamente a esas malnacidas cucarachas capitalistas, que representan el fervor patrio de los malditos sifrinos venezolanos. A esas cucarachas en dos patas no les importa el destino de la gente paralítica, ni de los sordomudos ni de los ciegos, porque esas cucarachas viven ciegas, sordas y mudas en el egoísmo, en la codicia y en la envidia.

Aunque nunca aprendieron a leer ni a escribir, esos malditos sifrinos analfabetos se burlan de los pobres, bajan la mirada por vergüenza ajena, jamás visualizan el costado izquierdo del retrovisor, nunca regalan una limosna en el semáforo de Diógenes, siempre prenden el hermético aire acondicionado, y por instinto de cobardía viven gritando ¡Fuck!

Si los sifrinos analfabetos venezolanos, asistieran a los colegios privados con la misión de estudiar, y NO a embarazarse de Sida en el recreo, Venezuela sería un mejor país. Si los sifrinos analfabetos venezolanos, primero aprendieran a conjugar los verbos en español, antes de realizar los famosos cursos intensivos de inglés, Venezuela sería un mejor país. Si los sifrinos analfabetos venezolanos, asistieran los domingos a misa para rezar el Padre Nuestro, y NO para sacarse la culpa por tantos ratones morales, Venezuela sería un mejor país.

¡Qué ratas son los sifrinos analfabetos venezolanos! Viven robándole el pan a los pobres, pero cuando se enferman y van a los hospitales, pretenden que los pobres vestidos de blanco se encarguen de alimentarlos, vestirlos, asearlos y tratarlos como reyes. Pero cuando recobran la salud y salen de nuevo a las calles venezolanas, son incapaces de brindar una mano amiga a esos pobres vestidos de blanco, que ayer salvaron sus maltrechas vidas.

Una y otra vez tuve que tocar fondo en una buseta de smog, tuve que refugiarme en el tejado de amigos imaginarios, tuve que congelar las lágrimas en un aula de clases, y tuve que escribir la trágica noticia en una hoja de Práctica Profesional, para que el iris de mis ojos ya no sintiera miedo de enfrentar la realidad contemplada.

Viendo el baile de las cucarachas para concentrar mi atención, pude escribir un artículo de opinión que reflejó la exagerada disonancia socio-económica, que se vive los 365 días del año en Venezuela. Como periodista, estoy seguro que la pobreza espiritual de los sifrinos analfabetos, es muchísimo mayor que la riqueza cultural de los pobres intelectuales.

Tuve que caminar, llorar y sudar muchísimo para llegar hasta aquí. No fue fácil dormir despierto en la calle, luego de sufrir tanta negatividad en esas calles. Literalmente me rompí las rodillas, me quebré el alma y me fulminé el corazón. Cuando caminas como un loco sin rumbo por la vida, puedes darle las gracias a Dios por estar vivo, o puedes darle las gracias al Universo por existir. Después de ver tantas cucarachas en los hospitales de Venezuela, yo elegí darle las gracias al Universo por existir.

A partir de hoy, cada vez que usted vea una cucaracha en un hospital de Venezuela, piense en todos los compatriotas venezolanos que se compran y se venden con tarjetas de crédito y con tarjetas de débito, dentro de un vacío Mundo lleno de frivolidad, apatía y borreguismo.

Seamos sinceros, puede haber un millón de insumos médicos en los estantes de cada hospital venezolano, pero mientras los viejos corruptos y analfabetos sigan siendo los dueños de las clínicas, de las empresas, de los bancos, de las universidades, y del aparato productivo nacional, pues se seguirá agudizando el colapso hospitalario, por el crecimiento del asfixiante y sobresaturado antagonismo social.

Por culpa de los sifrinos analfabetos, hay una verdadera crisis hospitalaria en Venezuela, porque son incapaces de ser hospitalarios por voluntad propia, y porque para erradicar la tremenda crisis hospitalaria, primero hay que erradicar la tremenda crisis humanitaria. Las cucarachas capitalistas venezolanas, solo piensan en menearle la cola a Don Regalón, y viven extrapolando sus clásicos antivalores de vida.

No dude en pisar, matar y tirar en el pipote de la basura, a toda cucaracha que se cruce frente a sus ojos. Es allí donde deben nacer, crecer, reproducirse y morir. Puedes rociarles un potente insecticida, puedes dispararles con una pistola nueve milímetros, o puedes estrangularlas a sangre fría. No debe temblarte el pulso ni debes ponerte nervioso, al momento de aniquilar a esas cucarachas transculturizadas, que por desgracia coexisten a nuestro alrededor.

A mi también me gustaba escuchar Black Hole Sun de Soundgarden, pero mi sangre es 100% venezolana en pensamiento, palabra y obra. Por eso, debemos recuperar el sentido de pertenencia, la idiosincrasia y el patriotismo. Resaltemos la solidaridad, la empatía y la HOSPITALIDAD entre hermanos bolivarianos, olvidando los prejuicios de la raza, del credo y del ceño. No esperemos que la agresiva cuerda revolucionaria, se rompa con el silencio de los más inocentes.

El artículo publicado se lo dedico a todas las personas de infinita nobleza, que lloraron el duelo junto a la soledad de un espejo roto, y salieron a la calle con los ojos del corazón.


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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso, LUZ. Ekologia.com.ve es su cibermedio ecológico en la Web.

 carlosfermin123@hotmail.com      @ecocidios

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