Estado de hambre (insaciable) y estado de liberación

Repasemos un tanto qué espumaron algunos(as) sobre la relación dialéctica entre estado de necesidad y praxis de liberación.

Para San Agustín “la necesidad no conoce leyes”. Uno de los padres capitales del cristianismo latino subrayaba así que frente a un hombre (o una sociedad) puestos ante una situación de necesidad imperiosa, todo le(s) parece válido, incluso devenir lobo de otro(s) hombre(s) como luego ultimara Hobbes.

Arthur Miller confirma esta debilidad: “ningún hombre necesita poco”.

Y el poeta germano Emanuel Geibel describe esta naturaleza secuestrada por la avidez de tener ¿acumular? al aclararse: “¿Necesidad? Palabra cómoda con que el culpable se quita de encima toda culpa”.

Pero ya lo veía claro Sócrates 400 años antes de Cristo cuando gravemente se preguntaba: “¿Quién capitulará más pronto: el que necesita las cosas más costosas y difíciles o quien se sirve de lo que buenamente pueda hallar?”

Epicuro de Samos, pocos años luego de Sócrates despejaba la ecuación bajo la forma de la posibilidad y beneficio de elegir la costosa pero ineludible libertad individual y social por sobre el siempre miope interés personal y de tribu: “La necesidad es de suyo un mal, no hay necesidad de vivir siempre bajo el imperio de la necesidad”.

La economista y humanista Barbara Ward enfocaba al asunto en términos más visiblemente humanista / socialista cuando problematiza: “¿Acaso soy libre si mi hermano se encuentra todavía encadenado a la pobreza?”

Traigo a refrigerio este espinoso dualismo entre necesidad de satisfacción pequeño burguesa y movimiento de liberación individual y colectiva movido en parte por una situación personal de la que definitivamente hoy me cuesta evadirme.

Mas también por resonar aquel imborrable arresto de franqueza que me descubría una maestra de escuela básica en el barrio La Bombilla de Petare cuando fui a dictar esta charla: “Estrategias de supervivencia en la escuela básica”; allá por los años del 90, los mismitos rotulados por la CEPAL como “década perdida”.

Liquidada la palabrería una maestra humilde, enjuta y como de 35 años, entre apenada y resuelta me descubrió:

—“Profesor, disculpe, pero de verdad yo no creo que yo pueda repetir su charla sobre estrategias de supervivencia a los alumnos de mi clase… (PAUSA) pues yo misma vivo en una sola estrategia de supervivencia, de peladera y de rebusque para sacar adelante cada día a mi propia familia.”

¡Balde de agua fría!

Me di exacta cuenta en ese momento de mi desconexión — mas bien corto-circuito de clase—frente a las condiciones objetivas y el contexto de acorralamiento personal, familiar y comunitario de estas humildes maestras de primaria, trabajadoras de uno de los más hostigados barrios de nuestra capital… en plenos años de neo-liberalismo puro y duro.

Corroboro, no obstante, que parecido paradigma o imaginario pequeño burgués continúa “vivito y coleando” incluso entre algunos “líderes” y prominentes funcionarios que hoy el Estado sirve de buenos salarios amén de comodidades y prerrogativas para ellos y sus familias pero que se excusan a la hora de ayudar a empoderar económica, organizativa o ideológicamente a cuadros, organizaciones o comunidades necesitadas.

¿”Qué hacer”? se preguntaría de seguro ante dicho ataja-perros el camarada Lenin.

José Martí respondería seguramente a la disyuntiva entre estado de hambre y praxis de liberación en estos términos: “Como el hueso al cuerpo humano, y el eje a una rueda, y el ala a un pájaro, y el aire al ala, así es la libertad la esencia de la vida. Cuanto sin ella se hace es imperfecto”. Pues para Martí, libertad es libertad de compasión para, por y junto con el otro; libertad en alteridad; libertad para concienciar, potenciar y socializar.

Y el Che Guevara, siempre perspicaz y directo, nos recordaría: “No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse por la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad”.

“To be, or not to be: that is the question: Whether 'tis nobler in the mind to suffer” repetía un tal Shakespeare.

Que traducido al cristiano nuestro se conjuga: “O chicha o limonada, pues su revoltijo sabe a ruibarbo con trementina”.

El problema no es personal.

Apunta a un agudo y generalizado déficit de conciencia de clase en sí y para sí que muestra la grave internalización incluso en lo que debería ser cierta vanguardia, del american way of life y de un cierto neo-darwinismo social travestido de épica de rebusque de bonanza familiar.

¿Quién le pone el cascabel a este menino para liderar un quiebre drástico de paradigma que cuando menos re-signifique y re-sitúe los términos y límites permisibles, entre otros, de fenómenos como el compadrazgo, el neo-tribalismo y el nepotismo?

¿Es posible seguir avanzando con peso muerto en los talones (por no decir el cuello) de la revolución?

Y aclaro que coincido con Alejandro Moreno Olmedo en su tesis de que sin familia no hubo, no hay y no habrá Venezuela.

Mas, dialécticamente, asimismo, sin una Venezuela radicalmente socialista, esto es pro-igualitaria, eco-política, libertaria y profundamente crítica del poder corrosivo de las neo-tribus y el corporativismo centrado en la identificación étnica, de clanes o familias, tampoco habrá institución familiar.

Si alguna duda cabe, allí están los casos nefastos de la Unión Soviética o Irak.

El Estado ha cumplido sus fines —sentaba Kant—

cuando ha asegurado la libertad de todos.

Pero para no pecar de quijotes idealistas diremos: el Estado ha cumplido sus fines cuando viabiliza que todos nos demos las libertades y garantías sociales, económicas, ecológicas, culturales y políticas indispensables que en cada contexto sea viable. Y que en primer lugar garanticen el efectivo ejercicio de los derechos fundamentales de quienes históricamente menos han gozado de ellos.

Esto para evitar —a todo trance— que la máquina/ Estado pueda encallar en su propia lógica Estado-céntrica y al final derivar en arma de alienación y represión de una clase (o fragmento de clase) sobre otra, como temió Lenin.

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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