Escribir en Aporrea ¿brota de tener tiempo desocupado?

Una camarada hace días me comentó de pasada que un colega mutuo “parece que no está muy ocupado en sus responsabilidades como funcionario público pues cada semana escribe y publica al menos un artículo en Aporrea”.

Relato esta anécdota pues creo que germina una tesis más irradiada y preocupante de lo que ordinariamente admitimos.

Pregunto: ¿es viable asumir con decoro una responsabilidad alta o mediana de gobierno al interno de un proyecto socialista, esto es, de transformación radical de la sociedad sin mojarse en los laberintos de un proceso de lectura, escritura, estudio y discusión?

¿Puede tal alcanzarse eludiendo hacer frente a la diatriba teórico-crítica en torno al horizonte alternativo hacia el que como colectivo nos dirigimos?

Como mi respuesta a esta pregunta es claramente negativa, estimo vital invitar a recapacitar sobre la compleja pero vital relación entre A) activismo político emancipador neo-socialista bolivariano e indo-afro-mestizo-americano, B) responsabilidad de auto-formación (auto-elevación de la conciencia de cada sujeto y cada colectivo) y C) esfuerzo de socialización de cada experiencia/ aprendizaje.

PRÁCTICAS TEÓRICO - CRÍTICAS EMANCIPATORIAS

Nuestra reflexión en torno a la práctica emancipatoria me parece se torna particularmente crucial de cara a la más artera, bestial y rapaz contra-ofensiva imperial jamás desplegada, principiando por los inusitadamente creativos laboratorios de falsa conciencia y terrorismo simbólico que han venido a exaltarse bajo el mote de guerra de IV generación.

Pero iniciemos con una respuesta lo más elegante posible a nuestra camarada.

Es de Perogrullo: para “discurrir sobre política” es menester disponer de tiempo para ello.

Lo mismo, sin embargo, podría mascullarse en torno al vivir o el trabajar. Para vivir o trabajar es preciso aplicar las variable tiempo y esfuerzo. Pero es justo dichas actividades elementales las que por cierto escasean en el capitalismo.

El capitalismo nos arrebata (Marx diría privatiza) el tiempo que deberíamos tener para desplegar las prácticas sociales del pensar, sentir, crecer, relacionarnos, compartir, ayudar, divertirnos, trabajar, dejar un legado, en definitiva para vivir de forma humana, esto es, digna, ecológica y solidariamente.

Y es precisamente, creo, justo estas actividades las que debemos recuperar, remozar y defender.

Pero como no estamos precisamente solos en el tablero de ajedrez de los intereses, conseguir hacerlo presume aplicar tiempo y energías para combatir en una “guerra total” que apela —hoy más y mejor que nunca— a las variables militar, de inteligencia, económica, político-institucional, a más de la ofensiva ideológico-simbólica para impedir que alcancemos algún día nuestra merecida soberanía.

Es precisamente debido a la naturaleza ordenada, global y mutante de la batalla que pone en juego el sistema capitalista mundial que se torna tan particularmente crucial estudiar y reflexionar, imaginar y trabajar, reunirnos y crear, compartir y socializar prácticas, teorías y experiencias además de bienes.

No será pues con voluntarismo, piadosas intenciones ni con recetas oxidadas por el tiempo que ganaremos una batalla de tal escala.

Nos referimos a  un esfuerzo encaminado a construir colectivamente un mundo humano que merezca tal nombre. Esto es, digno, ético, estético, de la “cayapa” como decimos en Venezuela al esfuerzo mancomunado, y crecientemente enriquecedor para tod@s.

Es claro que no extraeremos horizontalismo de programas verticales, compromiso y sinergias de memorandos amenazantes ni originalidad de recetas. Menos alcanzaremos “acumulación originaria de poder popular” (como veía Trotsky) de comisarías a puertas cerradas. El desafío así no sólo pasa por optimar la gestión pública cuanto por reinventar nuevos modos de producción de servicios, mercancías y sentidos producto de un profundo y rico proceso de diálogo.

Si partimos del supuesto de que el poder popular radica en que las clases oprimidas ensayen, desarrollen y pongan a punto sus propios modos de resistencia, modalidades políticas, sociales, económicas, culturales y hasta militares, tendremos que asumir que el poder popular no sólo aspira a perpetuarse a la defensiva. Se plantea esparcir e imponer su contra-hegemonía (esta vez inclusiva, democrática y humana) sobre el conjunto de la sociedad e instituciones.

O para decirlo con palabras de Gramsci, la clase llamada a instaurar el nuevo sistema social debe llegar a ser portadora y expresar una corriente contra-hegemónica. Pero antes debe haber edificado una cultura, reglas y hasta un cierto “poder propio”. Factores todos portadores de utopías y valores que afecten al resto de las capas sociales al punto de afirmarlas en su propósito de hacer realizable el tránsito del estadio de una primigenia “clase en sí” de las mayorías hacia una “clase para sí”.

Mas, al contrario, a la fantasía basista —más alimentada de proclamas universitarias que de concreciones históricas— según la cual toda la transformación de la sociedad puede ser efectivamente alcanzada con prescindencia del Estado (incluso pese a sus lógicas y prácticas burocratizantes), la experiencia latinoamericana más reciente en especial la de Venezuela nos demuestra y llama a convenir que el Estado burgués realmente existente —como lo ha etiquetado incluso Chávez— es una herramienta demasiado poderosa como para ser dejada de lado. Ganar los soplos del Estado en favor de los nortes de impulso del poder popular no es asunto que deba subestimarse.

No por casualidad Gramsci re-formuló la noción de Estado en tanto que mero aparato burocrático/ militar para yuxtaponerle también las “instituciones privadas”. La reconfiguración gramsciana del concepto de Estado da una mejor cuenta de la complejidad y necesidad de la operación de construcción de una sólida y durable contra-hegemonía.

José Ignacio Cabrujas denunciaba una práctica alienante por décadas instalada en Venezuela. Exponía que los venezolanos vivíamos en “el país del disimulo”. Esto es en el país de la trastienda y la cautela, el facilismo y la hipocresía, la flojera y la sorna.

Poco resaltaba sin embargo nuestro afamado “intelectual-artista” productor de tele-culebras muy crítico de la política y de la venezolanidad pero por cierto muy silenciosito sobre el tema de las plantas privadas de televisión, radio, prensa y de sus intereses conexos, el lugar del disimulo del intelectual/ divo de los principales medios privados de comunicación con respecto de estos poderes reales y duraderos y sus complicidades con la persistencia de la política de propagación del disimulo en tanto falsa conciencia capitalista.

“El capitalismo es el genocida más respetado del mundo” gustaba repetir el Che Guevara. No sería abstracto decir de la misma forma que el segundo genocida más respetado del mundo es precisamente el intelectual/ vedette. Ese lumpen-danzarín puesto más clara o solapadamente al servicio de dicho Capital y el Imperio de turno a cambio de galardones, primas, viajes, publicaciones o caprichosos homenajes.

Por algo Benedetti decía que al imperialismo le preocupa la libertad del escritor ya que dicha “preocupación” le sale barata. Ni al capital ni a este tipo de escritores les preocupa mucho las clases proletarias porque sus dolientes son demasiados y porque no se puede comprar su mutismo con un plato de lentejas.

HORIZONTE SOCIALISTA Y TAREAS PARA IR DEL HOY AL MAÑANA

Socialismo es forjar creativamente un mundo de iguales, construido desde la pluralidad de voces y experiencias que nos lleven hacia una nueva cultura de y para crear, educarnos en la pedagogía de la liberación, producir e intercambiar bienes palpables y simbólicos, consumir y estar juntos respetuosa, ecológica, estética y fructuosamente.

Una nueva cultura participativa y protagónica de todo cuanto sea posible reinventar, sin miedos para soñar y para luchar (incluso desde dentro del seno del Estado o de los medios y modos de producción realmente existentes).

Pensamos así en una cultura de y para la concreción paulatina pero decidida de una sociedad nueva.

Muchos imaginamos esta sociedad apertrechada de nuevas y creativas formas de y para decir-nos, desdecirnos y reinventarnos una y otra vez. Y para tornar esta cultura realidad con prescindencia de las alcabalas y los temores distintivos de los sistemas políticos, sociales y laborales clásicos occidentales tan ordinariamente verticalistas y arbitrarios amén de a la postre social y económicamente ineficaces.

Al menos utópicamente, en nuestro caso, apuntamos hacia un horizonte de política nuestra, democrática, radical, libertaria y neo-bolivariana, una política anticolonial, antineoliberal y post-capitalista, una política solidaria (anti-burguesa), anti-imperialista y anti-consumista, una política socialista indo-afro-mestizo -nuestro-americana y por lo demás neo-socialista con articulación internacional de y para su reinvención comunitaria internacional en el siglo XXI.

¿A alguno se le ocurriría que tan complejo y vasto proceso de mutación social, económica, cultural y ecológica puede ser apropiado y mantenido con la sola o preponderante agudeza y arresto incluso de una pretendida vanguardia ilustrada, por lo demás impuesta de administrar e ir transfigurando el Estado burgués heredado y efectivamente existente?

MEDIACIONES PARA PASAR DEL CAPITALISMO AL SOCIALISMO

La sociedad capitalista, en cambio, puede ser (como de hecho lo es) el resultado del pensar y el accionar privilegiado de unos pocos pretendidos sujetos “iluminados” auto-comisionados para encaminar la sociedad hacia la utopía del “libre mercado” — refugiado en una supuesta competitividad— esto es hacia la práctica de engullir unos hombres y países auto postulados superiores (peces grandes y gordos) a otros hombres y países presupuestamente inferiores (peces flacos y chicos).

La sociedad socialista es —o al menos debería ser— al contrario. Es producto, y a la vez catalizadora de muy diversas y cambiantes modalidades y sensibilidades de y para armar la “lucha permanente de clases”.

Luchas de clases en las que, tal como lo vio Marx, la estructura de explotación dominante es puesta en estado persistente de tensión, interacción y transformación por una sociedad emergente socialista, comenzando por la mutación en la superestructura cultural. Superficie desde la cual los hombres y mujeres diariamente accionamos, reinventamos y re-encantamos nuestro mundo.

No por albur el viejo Marx emprendió la magna empresa de pensar y redactar su desafiante y monumental obra El Capital. Pues si la variable económica hubiese sido para Marx del todo o principalmente determinante para el cambio social revolucionario ¿para qué entonces iba a investigar incansablemente y durante décadas para luego discurrir durante miles de páginas sobre la naturaleza y modos de resistir al sistema capitalista?

“La política, apuntaba Antonio Cánovas del Castillo, es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible.” En eso estamos tirios y troyanos neo-socialistas en este “valle de lágrimas” tardo-capitalista: en identificar, crear y aprovechar de la mejor forma posible las oportunidades cotidianas (históricas) desde las cuales construir las mediaciones entre este mundo capitalista globalizado y la sociedad de iguales ante la ley y las oportunidades que queremos, impulsamos e interrogamos con angustia.

PERO: ¿QUÉ ES LO POSIBLE… Y DESDE DONDE HACER POSIBLE LO POSIBLE?

¿Cómo identificar en qué escaques se ubican sus límites, las coyunturas, atolladeros y ventanas de oportunidad a lo social y políticamente experimentable y realizable?

En este punto la relación dialéctica entre líder, vanguardias teórica y política y el sujeto/ pueblo asume un espesor y decisiva complejidad.

Y es precisamente el espacio en que no pocos burócratas —generalmente con caritativas intenciones— buscan remedar y fusilar (generalmente con pésimos resultados) la práctica intrépida de líderes como, por ejemplo, Chávez, Evo o Correa quienes de cara a determinadas coyunturas complejas y desafiantes accionan táctica y ágilmente sin hacer de la práctica de la consulta de todo un fetiche, mas invariablemente orientándose con el auxilio de la brújula del “mandar obedeciendo”.

Acaso por ello han llegado a tornarse y consolidarse como líderes populares ineludibles para los procesos de cambio des sus Pueblos e incluso, en el plano internacional. Porque se sirven de la dialéctica entre consulta estratégica y aprovechamiento táctico de las oportunidades de transformación, tomando el pulso del mejor momento para acelerar los cambios imprimiéndoles presteza y tino.

“Los experimentos en política —profesaba Benjamin Disraeli— es lo que llamamos revoluciones”. En nuestro caso durante poco más de una década en Venezuela  hemos sido testigos de “experimentos” en los más variados contornos de la acción política, social, militar y cultural. Tanto en las retículas mismas del manejo burocrático del Estado como en el de las dinámicas empoderadoras de “poder popular” desde la trinchera de medios alternativos, comunas, instituciones educativas, movimientos sociales, ejercito bolivariano de reserva, partidos y mil y un formas inéditas de y para la divulgación, discusión, difusión, y concreción de ideas y proyectos.

La hicimos, —decía Lenin refiriéndose a la revolución bolchevique— porque no sabíamos que era imposible”. En diferentes partes de América Latina, comenzando por Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, pero también a su modo y su ritmo en Brasil, Argentina, México, Colombia, Honduras y Uruguay, por citar sólo los procesos de cambio desde abajo más notorios, el trabajo de refundación de Estado y del poder popular alternativo se ha nutrido de la certeza no sólo de que el poder es algo más complejo que “una cosa que yace en un lugar”.

El poder socialista es capacidad efectiva no para asaltar y colonizar las estructuras estatales sino poder para propiciar el cambio en las clases y fragmentos de clases refractarias al cambio, incluyendo a los presuntos sujetos “apolíticos”, “meritocráticos”, “institucionales” o “lumpen-partidistas” que aun mustiamente repueblan todavía los Estados-Nación, incluyendo algunos de aquellos embarcados en procesos de tránsito hacia el socialismo durante años.

Presentémoslo más claro: si como activistas e incluso como “burócratas circunstancialmente en ejercicio” no nos imponemos y forzamos —con, desde y junto con el pueblo— a experimentar y aprender, esto es, accionar y reflexionar permanentemente y desde nuevas y propias categorías sobre lo real dado como hecho fáctico y lo real que cotidianamente reproducimos o inventamos, la mayor parte de lo que forjemos tristemente podrá despenarse hacia la serenada política del acatar instrucciones como evasiva burocrática (pseudo-biblia alimentada de una militancia ayuna de utopías o porqués).

EL LEGADO DE PAULO FREIRE

Para entender la diferencia entre hacer una política (como calco y copia de las experiencias realmente existentes) y hacer nueva política radical democrático/ socialista juzgo prudente asomarnos, entre otras, a la categoría “politicidad” de Paulo Freire.

Para el padre de La Pedagogía del Oprimido, La Pedagogía de la esperanza y La Pedagogía del Compromiso, entre otras, hacer política progresista conjetura siempre enseñar. Y viceversa. Ensenar, presume y exige hacer política. Esto es, no reproducir sino reinventar, remozar la política como práctica social y participativa en horizonte de un destino común.

El mundo como elemento histórico no acabado cuanto que constantemente siendo, mutando, alterándose producto de la acción (conciente o no) de los hombres y mujeres; sólo llega a ser cuando alcanza hacerse sustrato ético, estético y cultural. Una sociedad, por ende, cruzada por múltiples contradicciones y desigualdades que comprometen la igualdad de oportunidades, la dignidad y hasta la vida misma de vastos contingentes humanos.

Vivir en este mundo desde una perspectiva socialista requiere entonces no sólo la reflexión y denuncia constante del estado (injusto, perverso, criminal) de la sociedad en que vivimos sino afilar el compromiso cotidiano por cambiarlo y en especial las herramientas para transformarlo (cambiándonos y transformándonos también a nosotros mismos).

Cómo se alcanza esto: con el ingrediente del estudio, el diálogo profundo, la organización y profundización de las agendas que experimentan o formulan los actores precisamente más golpeados por la maquinaria de vejamen y exclusión capitalista.

Lenin solía insistir en que una revolución no se hace… una revolución se organiza. Edificar, es decir organizar este mundo socialista exige pues traducir este clima propositivo subalterno en término de políticas, planes y simultáneamente en trabajar no sólo sobre los “cómos” cuanto sobre los “por qués”, los “a qué velocidades”, y sobre los “con quiénes” en cada coyuntura especifica.

De cara a los determinismos autosuficientes hijos del “pensamiento único” nacidos del catecismo neo-liberal, esta “pedagogía del compromiso social” enfatiza y privilegia la duda y la imaginación, la discusión y la sana puesta en cuestión de todo. Marca la diferencia entre un robot o un mero bracero de gobierno de turno y un militante consciente, efectivamente en camino hacia devenir pedagogo de sí, de grupos o multitudes portavoces de una agenda poblada por múltiples emancipaciones.

Aprender a dudar, a cuestionar y a preguntar se hace así más crucial para la construcción de una sociedad genuinamente socialista que a secas someter o someterse a instrucciones. Por más “acertadas” que luzcan o “científicas” que se presenten tales providencias lanzadas desde lo alto.

Apostar a la problematización y al diálogo constante de saberes plantea además asumir “la duda” y “el no saber” como categorías, condición misma y fase precedente de toda re-hechura de lo humano en el horizonte de una nueva sociedad. Tal operación es anterior a toda tarea de transformación que se plantee ser cuando menos medianamente perdurable.

Sólo desde la investigación/ acción, esto es consultando y dialogando, escribiendo y discutiendo, contraponiendo y ventilando respetuosamente nuestras dudas, temores y certidumbres, o sea, construyendo mancomunadamente cada verdad desde el escaño de la espinosa escalera que nos lleva o separa de cada fase en camino al socialismo puede cada paso hacia el “paraíso socialista” realmente alcanzado ser orgullo (y sobre todo ser comprensible) por quienes ayudamos (más o menos concientemente) a  edificarlo.

APORTES SOCIALISTAS DESDE DONDE POCO NOS LO ESPERÁBAMOS

Para decirlo, por ejemplo, con palabras que quiero ahora tomar prestadas de ese por muchos querido filósofo popular latinoamericano mejor conocido como Cantinflas, el socialismo requiere al menos de tres reflexiones/ acciones en y sobre el mundo.

1. La reflexión/ acción de auto-proporcionarnos y de exportar felicidad.

2. La reflexión/ acción de llevar a la realidad el verbo amar.

3. La reflexión/ acción de deponer —y obligar a deponer— las armas con que nos amenazamos y solemos matamos unos a otros y frecuentamos atrevernos a realizar por vez primera en la historia un mundo no a la altura de la codicia a las diversas modalidades de sujeción, alineación o sumisión o esclavismo cuanto de una efectiva dignidad humana.

Cantinflas formuló estas tres tesis en los siguientes términos:

"La primera obligación de todo ser humano es ser feliz, la segunda es hacer feliz a los demás."

"Yo amo, tú amas, él ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. Ojalá no fuese conjugación sino realidad"

"Si tan solo rigiéramos nuestras vidas por las sublimes palabras que hace 2.000 años dijo aquel humilde carpintero de Galilea, sencillo, descalzo, sin frak ni condecoraciones: 'amaos, amaos los unos a los otros'. Pero, desgraciadamente, ustedes entendieron mal y confundieron los términos. ¿Y qué es lo que han hecho? ¿Qué es lo que hacen? Armaos los unos contra los otros. He dicho".

Podríamos responder menos diagonalmente a la presunción potencialmente arrogante, pragmática y antiintelectualista de la camarada que hizo de musa de estas líneas.

Por caballerosidad preferimos más bien intercalar esta suerte de contestaciones de maestros a las conjeturas de esta dama en torno a esas prácticas sociales que son el pensar, el aprender y el actuar:

“Pensar no es pensar lo pensado. Pensar es pensar lo que hasta ahora no ha sido pensado” (Antonio Gramsci).

“Aprender sin pensar es tiempo perdido; pensar sin aprender es peligroso”. (Confucio).

La mitad de los hombres actúan sin pensar, la otra mitad piensan sin actuar. (Niccoló Ugo Foscolo).

delgadoluiss@gmail.com


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Luis Delgado Arria


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