Pequeña y mediana industria reto de la educación técnica

La Revolución Bolivariana debería distinguirse notablemente de otros procesos humanos, en los cuales se ha enunciado un fin idealista, como el rompimiento de utopías, y luego se trabaja con las mismas limitaciones sicológicas del pasado, para culminar en una caricatura que medra bajo la burla de los poderes de siempre. Darle un vistazo a la era “adeca”, nos permite comparar aquellas masas que se agolpaban en El Silencio vitoreando a Rómulo Betancourt y los aullidos de Carlos Andrés, montado en el Cerro Bolívar disfrazado de “El Libertador”; con la bombita del “Viernes Negro” que le dejaron en papel de regalo a Luis Herrera, el “paquetico Rodríguez” y los mil y un cursos de “Ideas Gringas de Gerencia”, que se multiplicaban en los ministerios, para convertir a nuestros burócratas en soberbios “Piti-yankees de patio Trasero”; lo que significó la caída estruendosa y el cierre definitivo de esa era.

La era adeca, a pesar de haber decretado Zonas Industriales en casi todas las ciudades importantes, terminó remarcándonos nuestros potenciales no industriales, o pseudos-industriales, para convertirnos en pasibles captadores de “Turismo Natural” (de mochileros), administradores de “La Nada” y buhoneros.

El gran salto que hay que dar, para colocarnos en vías sólidas de independencia y dignidad, tiene que estar fundamentado en cambiarle las bases al concepto de riqueza; desprendiéndonos de la idea egoísta sujeta al hecho de comprar y vender con individualismo, habilidades especulativas y viveza; es decir, la mal llamada “vista para los negocios”, por una visión de riqueza colectiva, basada en la transformación de materia prima tangible, mediante procedimientos de modificación física, aplicada sistemáticamente hasta obtener productos que sirvan al individuo y al colectivo, para su bienestar y felicidad. La riqueza del país que fabrica su bienestar llena el estómago, el bolsillo y el orgullo.

Cuando un individuo piensa en riqueza y toma una herramienta para transformar su entorno, es un revolucionario; cuando solo piensa en vender por dos bolívares lo que le costó uno, es un habitante del limbo, lo que ofrece ya estaba hecho; pero si además está atado de manos y solo puede soñar un “quien pudiera”, es un habitante del infierno que solo puede terminar en la mendicidad. ¿No es entonces, la educación, y especialmente la Educación Técnica, la verdadera “Cuna de la Revolución”?. Para que los hombres y mujeres que piensen en un futuro mejor, piensen en herramientas y procesos tecnológicos, tiene que haber crecido entre yunques y fraguas, máquinas procesadoras y materiales dóciles al sueño del artesano; tienen que haber sentido la transformación de la materia prima en sus manos, tienen que haber aprendido a valorar sus logros por encima de los ajenos. La vida no se puede limitar a ver el juego de la sabiduría de nuestra civilización en el estadio de “Discóvery”, desde las gradas; tenemos que bajar al campo y poner nuestro cuerpo y nuestro ingenio en el juego.

La Revolución Bolivariana ha puesto en la calle la idea de constituir diversas formas de organización productiva y hay bastantes recursos para su financiamiento; sin embargo, el “Ratón” ideológico que nos ha dejado la cuarta república, no nos deja ver más allá de las empresas o cooperativas de servicio; mucho papel y poco movimiento. Es allí donde se ve la necesidad de superar esa intoxicación de la idiosincrasia, desde las aulas de escuelas artesanales, industriales y tecnológicas, a todos los niveles, inspiradas por el pensamiento Robinsoniano y en las cuales se aúpe a la juventud a tomar las herramientas como armas de guerra contra nuestra propia improductividad y se empiecen a crear contingentes patriotas, valientes y decididos, dispuestos a sembrar nuestros campos industriales de fábricas de todo cuanto puedan, haciendo de la bandera tricolor “Hecho en Venezuela” un estandarte triunfador que nos llene de orgullo permanentemente y nos haga cada vez más independientes. “Patria y Fábrica, venceremos”.

joseclaudiolaya@hotmail.com


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José Claudio Laya Mimó

Profesor Universitario

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