La conspiración de los sifrinos

Marchas estudiantiles y estereotipos mediáticos

En la Venezuela de estos días, caracterizada por la fuerza y los avances de la revolución bolivariana, están teniendo lugar frecuentes marchas y movilizaciones estudiantiles, todas bien destacadas por los medios de comunicación privados del país y por la prensa y la televisión de todo el mundo.

I. MARCHAS ESTUDIANTILES

En un país como la Venezuela actual, en el que existe democracia plena, en el que no se reprime a nadie y en que se respetan y promueven los derechos y las libertades públicas, el que estudiasen marchasen no tendría nada de peculiar y no sería noticia salvo por tres cosas. La primera de ellas es que, aunque el gobierno bolivariano ha impulsado como ningún otro el desarrollo y difusión de la educación creando y beneficiando a escuelas, liceos y universidades, esas marchas y movilizaciones estudiantiles no son de respaldo al gobierno sino protestas abiertas contra él. La segunda, que esas marchas y manifestaciones son llevadas a cabo por estudiantes ricos de colegios, liceos y universidades privadas, en buena parte católicos o católicas, seguidos por pequeños grupos estudiantiles de universidades públicas en las que desde hace algo más de dos décadas se ha venido excluyendo a los jóvenes procedentes de las clases populares sin que el gobierno bolivariano, respetuoso de la autonomía de que disfrutan esas casas de estudio, haya hecho en estos últimos siete años otra cosa que crear universidades nuevas, bolivarianas, abiertas a los jóvenes de extracción popular. La tercera, que esos estudiantes no marchan ni manifiestan por sus reivindicaciones propias como estudiantes, ya que son ricos o de clase media alta y disfrutan de excelentes condiciones de vida, sino que lo hacen en defensa de un canal privado de televisión, al que el Estado, dueño del espacio radioeléctrico, decidió no renovarle una concesión de la que disfrutaba desde hace más de medio siglo y en uso de la cual, sobre todo en estos años, no sólo violó las leyes vigentes y continuó difundiendo su usual telebasura sino que estuvo implicado en intentos abiertos de derrocamiento violento del gobierno actual.

Es tomando en cuenta estos tres datos que se pueden comprender dos rasgos adicionales, añadidos a estas marchas. El primero es el interés de los medios de comunicación privados de Venezuela y del mundo, que son casi todos derechistas y por tanto enemigos abiertos del proceso bolivariano, en destacar y magnificar esas marchas modestas, que no pasan de unos pocos centenares de estudiantes, para convertirlas mediante los juegos de cámara y las manipulaciones mediáticas que tan bien manejan en multitudinarias marchas y pretender hacerlas pasar de ese modo por movilizaciones de todo el estudiantado del país (cuando en Venezuela, como producto de las misiones bolivarianas, de la apertura de nuevas universidades y del acceso masivo de gentes de edades variadas a la educación a todos los niveles, los estudiantes se cuentan hoy por millones, y en la sola Caracas se acercan al millón). El segundo, que esas marchas, que están dirigidas y financiadas desde afuera, desde los Estados Unidos, que repiten paso a paso las instrucciones de manuales conspirativos de la CIA, y cuyo verdadero objetivo, disfrazado de pacífico pero que se revela cada vez más violento, es el derrocamiento del gobierno, intentan renovarle la cara a una oposición desprestigiada y carente de masas y de líderes. Para ello se sirven del estudiantado rico, de derecha, no sólo para presentarlo como si se tratase de la totalidad del estudiantado y aprovecharse en beneficio de sus intereses reaccionarios y antinacionales del usual estereotipo mediático que asocia estudiante con joven y joven con revolucionario puro al que mueven sólo esperanzas e ilusiones, sino también para llenar las marchas de consignas en las que, al tiempo que se ataca en forma violenta a cuerpos policiales que en la Venezuela de hoy están desarmados y no matan estudiantes como en la época cuarto republicana en que los padres de estos jóvenes ricos gobernaban y eran dueños absolutos del país, se intenta vender al mundo la idea de que se lucha contra una feroz dictadura, y se reclama libertad de expresión y derecho a marchar, es decir, el ejercicio de los mismos derechos ciudadanos que se están ejerciendo a plenitud en esas marchas y que están garantizados por la Constitución bolivariana.

De estos estereotipos mediáticos asociados con la juventud y con los estudiantes quiero tratar en este artículo, porque ellos están tan difundidos y son tan compartidos de modo ingenuo por tanta gente que a las fuerzas reaccionarias y antinacionales que se mueven detrás de esas marchas y de esos jóvenes estudiantes se les facilita conseguir apoyo o al menos neutralidad para las mismas. Y también porque revolucionarios que no deberían dejarse manipular por esos estereotipos los comparten en buena medida y no se atreven a criticar abiertamente a quienes además de ser estudiantes son estudiantes ricos, de clase alta, enemigos del proceso de cambios democráticos que se vive en Venezuela e instrumentos concientes o inconcientes de una conspiración derechista financiada desde Estados Unidos para dar al traste con el gobierno bolivariano repitiendo con caras nuevas el modelo de golpe de estado fascista que condujo al 11 de abril de 2002.

Por ello es que quiero tratar de desmontar algunos de esos arraigados estereotipos que nos ha impuesto por décadas la televisión privada, estereotipos que buena parte del pueblo, incluidos sectores revolucionarios, acepta de manera acrítica, lo que les impide llegar al fondo de las cosas, es decir, de los intereses que se mueven tras estas caras sanas y juveniles, lo que les impide ver los intereses de clase y poder que se ocultan tras estos jóvenes, lo que les dificulta en pocas palabras distinguir entre estudiantes y estudiantes y entre jóvenes y jóvenes, de acuerdo con su origen clasista, con los intereses que defienden y con los fines ocultos que persiguen. Me referiré entonces a varios temas claves: 1. a los jóvenes y a la juventud; 2. a los estudiantes y las universidades; 3. a los intereses clasistas y políticos que se mueven tras estas marchas; y 4. a las relaciones entre estudiantes revolucionarios, clase media y movimiento popular.

II. LA JUVENTUD Y LOS JOVENES

En sociedades remotas del pasado, en viejas sociedades agrarias o tradicionales, cuando el tiempo transcurría en forma más lenta y cuando los cambios eran muy poco perceptibles o sólo perceptibles en el largo plazo, cuando el saber acumulado lentamente por los viejos los convertía en maestros respetados, dueños del poder, en depositarios y transmisores de la sabiduría, hubo muchas culturas en las que era notoria la admiración y el respeto por los viejos y ancianos, símbolos de saber, y en las que los jóvenes solían ser meros aprendices respetuosos de la edad, que permitía a unos pocos de ellos alcanzar con la maduración ese saber y ese poder. Pero esos son tiempos idos. En nuestro mundo actual, tecnológico, urbano, industrial, de homogeneizadores alcances universales, mundo caracterizado por un ritmo temporal acelerado y lleno de cambios rápidos de todo tipo que hacen a menudo inútil buena parte del saber acumulado por generaciones más antiguas, es la juventud la que tiene el predominio, la que simboliza el cambio, la modernidad, el dinamismo y la innovación que son los íconos del mundo actual.

En este mundo nuestro, actual, la juventud es el modelo; y en su culto se cruza esa moderna simbología producto del mundo tecnológico industrial de cambio acelerado en que vivimos con el viejo romanticismo de siempre asociado a lo que no es sino una dimensión biológica y transitoria de la vida de todo ser humano, aquello que Rubén Darío llamara ‘juventud, divino tesoro’, esto es, juventud tiempo de la belleza, del vigor, de la alegría, del amor, de la esperanza, de los sueños, tiempo hermoso que no dura para siempre, ‘que se va para no volver’, y que como recuerda Góngora en uno de sus romances, dirigido en este caso a las muchachas, “¡Que se nos va la Pascua, mozas, que se nos va la Pascua!”, debe ser aprovechado a plenitud porque pronto se nos escapa irremediablemente de las manos, y porque es inútil lamentarse del tiempo ido cuando el otrora juvenil cabello de oro se ha convertido en canas de plata y cuando el último de unos dientes que parecieron en su tiempo perlas se desprende y se queda tristemente pegado de una torta al tratar de darle un ávido mordisco.

Así pues, todo ser humano tiene imágenes e ideas hermosas de la juventud y acerca de la juventud. Todo ser humano ama y admira la juventud, la propia y la de los otros. Y, por lo general, cuando siente que la propia se va alejando en el tiempo por obra de ese mismo tiempo, que alarga su vida y lo va envejeciendo en forma tan lenta como implacable, suele identificarse en forma nostálgica con la juventud de los otros, de hijos o de nietos, o de los camaradas y amigos de éstos. Asociamos juventud con alegría, con dinamismo, con fuerza, con salud y belleza, con esperanza e idealismo, con renovación, amor y vida. En general tenemos razón, porque en principio la juventud suele ser el tiempo o período más hermoso, feliz y esperanzador de nuestras vidas. Por eso nos identificamos con la juventud (de hecho ninguno de nosotros, sobre todo en el molde cultural de hoy, quiere ser viejo; y la cirugía estética es en la actualidad una de las ramas más prósperas de la medicina). Pero en esa abstracción se ocultan algunos clichés y hasta una trampa que nos impide distinguir entre jóvenes y juventudes. Y es a ello que quiero referirme.

1. La juventud ¿período más bello de la vida?

Comencemos por una primera pregunta, al parecer bastante tonta: la juventud ¿es en verdad el período mas bello de la vida? La respuesta parece obvia: en general, sí, sí lo es. Pero antes de responder con tal seguridad habría que precisar mejor las cosas y ver de qué jóvenes hablamos. De hecho la publicidad televisiva, la que nos crea estereotipos de todo, así nos lo muestra, al parecer de la forma más clara e inocente. Bastaría recordar la reiterada e impactante publicidad de Astor, el cigarrillo, publicidad que invadió en años recientes en Venezuela diarios, revistas y pantallas de televisión con sus seductoras imágenes de jóvenes playeros fotografiados desde todos los ángulos, todas rebosantes de vida y de color. Veíamos en esas imágenes a jóvenes modélicos, chicos en la playa, ellos atléticos, ellas sensuales y muy bellas, todos jugando, saltando y brincando, surfeando, nadando, irradiando por los poros dinamismo, alegría, felicidad. Cerca de los jóvenes la caja de cerveza y los inevitables paquetes de cigarrillos. Y algo más lejos la imponente camioneta 4x4, con superfaros, con mataburros y todo, reveladora de su nivel económico, de su clase social.

Sin que nos diéramos cuenta, esa impactante publicidad, y como ella, muchas otras, nos proponía de paso un modelo de joven, de juventud, que se convertía para todos, ricos y pobres, en paradigma de la misma. Esto es por lo demás lo que hace de ordinario la publicidad sin que nos demos cuenta: hacernos asimilar modelos o paradigmas de todo aquello que sus patrocinantes, tanto económicos como políticos e ideológicos, quieren que consumamos o asimilemos como propios, ya sean mercancías corrientes, actitudes políticas o estereotipos ideológicos. El joven que se nos propone y que asimilamos como modelo sin darnos cuenta de la ideología y los intereses que de mueven detrás de esas hermosas y frescas imágenes, es entonces un joven o una joven de clase media o clase media alta, blanco, que es puro músculo él, o puras curvas sensuales ella, pero que son cero cerebro, cero razonamiento, sólo risas para mostrar sus dientes, blancos, completos y cuidados.

La publicidad no promociona nunca al joven que estudia, al que lee, al estudiante. A menos que sea para venderle morrales o uniformes. No lo hace porque la televisión nos embrutece vendiendo entretenimiento, porque estudio suena a fastidio. Y menos aun nos muestra como modelo a un estudiante pobre, indio o negro, a un estudiante flaco, feo (es decir, que no corresponde a los patrones de belleza eurocentristas que promociona ese medio televisivo colonizado). Jamás nos muestra como modelo de joven a un muchacho o a una muchacha carente de algún diente. Y si la televisión comercial nos muestra en algún caso chicos pobres, morenos, mal vestidos o que no tienen la dentadura completa o en perfecto estado, lo hace tan sólo para ridiculizarlos. ¿O es que no recuerdan ustedes ‘Loco video, loco’, ese edificante programa cultural de la recién desaparecida RCTV, dirigido a burlarse de los pobres, de los débiles, de los feos, de los mal vestidos, de los negros, de los indios, de los que según ellos tenían pinta de chavistas, esto es, de pueblo, de pueblo venezolano?

Así que, cuando cualquier adulto venezolano, de cualquier clase social que sea, habla de jóvenes, sin razonar, sin darse cuenta, en realidad está pensando en un estereotipo de joven que le metieron en la cabeza por obra de la publicidad televisiva; en realidad está pensando en un modelo de joven occidental de clase media que ni siquiera se corresponde con lo que es la mayoría de la juventud venezolana, la juventud de su país. Ese adulto venezolano está pensando en un joven de familia media, o media alta, hijo de hogar estable, con padre y madre, blanco o mestizo de medio pelo, pero nunca negro o indio, está pensando en un joven que disfruta de una infancia feliz, que se alimenta bien, que está sano, con los dientes completos, que no tiene que trabajar, que tiene acceso pleno a salud y a educación, por lo general privada y a menudo religiosa, esto es costosa y elitesca, que llega a la Universidad (privada o pública y las públicas se han venido convirtiendo de hecho casi en privadas) para estudiar una carrera, preferiblemente técnica, y ser luego un profesional próspero y feliz.

Es decir, el modelo que esa mayoría de adultos venezolanos tiene en la cabeza no sólo es un modelo de joven que es extranjero, que es europeo o estadounidense, porque de Europa o Estados Unidos está calcado, sino que aplicado a nuestro país sólo corresponde a una minoría de jóvenes venezolanos, imitadores de ese modelo, y que ni siquiera se parece a sus propios hijos o nietos, al menos en la aplastante mayoría de los casos. El joven que la televisión colonizada, elitesca y racista que tenemos ha estado exhibiendo y promocionando por décadas es el que se parece a los chicos y chicas sifrinos de colegios católicos y Universidades privadas, los mismos que están en estos mismo días manifestando en las calles de Caracas por la libertad, por freedom, por una libertad que existe en Venezuela y que ellos confunden con la de una familia rica para vender basura por una televisión privada que en realidad no es de ella sino del Estado y que por más de medio siglo le ha sido dada en concesión, una concesión que ha caducado. Por eso es que a mucha gente del pueblo manipulada por la televisión y sus estereotipos le resulta fácil identificarse con ellos. Y eso es precisamente lo que buscan quienes desde dentro o desde fuera del país están tras bastidores promoviendo estas protestas confusas y elitescas.

Pero ocurre que no todas las juventudes son iguales ni son todas bellas ni felices. En este mundo de hoy, como en el de antes, hay millones y millones de adolescentes, de jóvenes, jóvenes que son la mayoría de los jóvenes del mundo, que llenan el mundo pobre, que constituyen las grandes mayorías de Asia, de Africa, de América latina, que no corresponden a ese modelo, a ese cliché que nos vende nuestra televisión privada y comercial, nuestra televisión colonizada. Esos millones y millones, cientos o miles de millones, son jóvenes pobres o miserables, jóvenes que viven en la miseria, que trabajan desde que tienen unos pocos años, que trabajan como esclavos, en los campos o en los barrios, o en las zonas pobres de ciudades de los continentes más pobres; jóvenes que siembran, que son pastores, que arrean burros, que cosen balones de fútbol (y que no pueden nunca jugar al fútbol), que tejen alfombras, que barren, cocinan, cortan leña, que pasan todo el día trabajando como animales, que no van a la escuela ni a la playa, ni tienen camionetas 4x4; jóvenes que son analfabetas, que se prostituyen para placer de turistas de países ricos, o que son sicarios o consumidores de drogas; que viven en fin como animales, y que en muchos casos mueren en plena juventud. Para ellos la juventud no es la etapa más feliz de la vida, y no lo es no sólo porque viven explotados y en la miseria sino porque no tienen esperanza; porque su vida, si es que llegan a rebasar la juventud, no es feliz nunca, porque esa vida suya será siempre una vida de hambre, de escasez, de dolor, de explotación y de miseria.

E incluso, sin ir tan lejos, en nuestros propios países, en nuestra actual América latina ¿es que todos los jóvenes nuestros son bellos, sanos y felices? No, claro que no. Los jóvenes pobres de nuestras barriadas, de nuestros campos y ciudades latinoamericanos, no son tan bellos ni tan sanos y felices como los de las minorías ricas o de clase media alta. Sus hogares no siempre son estables, a menudo carecen de padre o de madre, o de los dos. Se alimentan mal. Trabajan, o deben rebuscarse. No tienen los dientes completos (¿Se acuerdan de cuando en RCTV en forma despectiva los llamaban bidentes, es decir, seres de sólo dos dientes, a ellos o a sus padres y madres? ¿se acuerdan de aquel periodista miserable, también de RCTV, que le decía a su camarógrafo: ‘¡pónchame a la sin dientes!, para que mostrara hace unos pocos años a una mujer del pueblo chavista que manifestaba reclamando sus derechos, y para poder así burlarse de su pobreza, que le impedía a ella tener los recursos necesarios para arreglarse la dentadura?). Esos jóvenes además de pobres tienen la piel por lo general más obscura que los de clase media o clase media alta. Son mulatos o negros, o tienen rasgos indios, y forman como ayer la base de la pirámide social, mirados con desprecio por los mestizos o blancos de la minoría explotadora que los explota y desprecia desde hace siglos. Muchos de esos jóvenes pobres y de piel más obscura siguen siendo analfabetas, como lo son sus padres, como lo fueron sus abuelos. Los pocos que acceden a la educación no pasan por lo general de la primaria, o en el mejor de los casos quizá terminen el liceo. Y las sociedades clasistas y elitescas en que viven les cierran, por pobres, por carentes de recursos, el acceso a la Universidad. No, esos jóvenes no serán nunca prósperos profesionales. Ellos serán siempre empleados, obreros, choferes, buhoneros o sirvientes. O, peor aun, desempleados. O malandros, a los que las policías matan a diario. Para ellos tampoco la juventud es la etapa más feliz de la vida, ni la vida misma promete ser muy feliz, en caso de que sobrevivan.

Por suerte en Venezuela, en esta Venezuela chavista y bolivariana, las cosas han cambiado para ellos, para las mayorías pobres y excluidas. Ahora tienen acceso a la salud, ahora viven y se alimentan mejor, ahora pueden estudiar y hasta llegar a la Universidad, ya pueden tener todos sus dientes completos y cuidados, ya han conquistado el derecho a vivir y a ser tratados como seres humanos. Ahora tienen los mismos derechos que eran hasta hace poco monopolio exclusivo de las minorías ricas. Y es eso lo que molesta a otros jóvenes, de clase media y de clase media alta, que, igual que sus padres, no soportan que los pobres asciendan y se les acerquen o igualen. Pero ya hablaremos de esto luego.

2. ¿Hay mérito en ser joven?

La segunda cuestión que quiero tocar es esta: ¿tiene mérito ser joven? ¿es motivo de orgullo ser joven? Evidentemente no. Ser joven no tiene ningún mérito. Es una etapa normal de toda vida. Nacemos bebes, somos luego niños, en seguida jóvenes, más tarde adultos, y a continuación vamos madurando y envejeciendo hasta morir, si es que no nos morimos antes, en una de esas etapas de la vida. Ser joven es un período biológico por el que todos pasamos; y resulta absurdo pretender que esto sea algo meritorio. Lo que sí tiene mérito es ser un joven revolucionario, un joven con sentido de solidaridad, de justicia, dispuesto a luchar y a morir por cambiar el mundo, por identificarse con el pueblo, con los débiles y explotados, por enfrentar la injusticia, por construir un mundo mejor, más democrático y más justo. Pero es claro que no basta ser joven para desear eso, para luchar por eso. Es claro que no todos los jóvenes piensan de ese modo ni hacen eso. Es más, en realidad son pocos, a veces muy pocos, los que lo piensan y los que lo hacen. Son numerosos los jóvenes, sobre todo en este medio en el que nos movemos: un medio capitalista, consumista, manipulador, embrutecedor y disociador del pensamiento, que piensan mal y poco, que no leen, aun siendo estudiantes, que sólo viven de la televisión y el móvil, que dependen de las ideas y del discurso dominante, que sólo piensan en adaptarse y en medrar. O que, por pertenecer a sectores privilegiados, no luchan por otra cosa que por mantener sus privilegios, los que han heredado del status de sus padres. Porque si, en efecto, en la juventud hay descubrimiento y afirmación de personalidad, deseo de abrirse paso en el mundo, de criticar lo existente y cambiar cosas, eso no es necesariamente –ni en todos los casos– revolucionario. Muchas veces es mera pose, moda, o actitud que no se apoya en bases sólidas. Además, incluso cuando se asumen actitudes revolucionarias, eso suele durar poco, sobre todo en el caso de aquellos que se abren paso en la vida, que tienen éxito, que se acomodan o adaptan al mundo que encontraron, ya sea porque tuvieron más facilidades o habilidad para ascender, ya sea porque han dispuesto para ello de mayores ventajas sociales.

Es por eso que un viejo político pragmático y hasta reaccionario como Georges Clemenceau, ministro y Presidente de la Francia republicana de las primeras décadas del pasado siglo, dijo en una ocasión que un joven que no fuera revolucionario (es decir, critico) a los veinte años era un imbécil, pero que un hombre que a los cuarenta años siguiera siendo revolucionario era todavía más imbécil. Por cierto, muchos de nuestros intelectuales o profesores universitarios ex izquierdistas, hoy convertidos en fanáticos reaccionarios parecen haber creído, si es que la leyeron, en la veracidad de esta afirmación, aun cuando el salto de varios de ellos se produjo cuando ya rebasaban los cincuenta. Lo preocupante es que cínica frase de Clemenceau refleja de todos modos un hecho real: el de que la mayoría de los jóvenes, incluso de jóvenes revolucionarios, al ir saliendo de la juventud se van moderando, adaptando, aburguesando y derechizando; y que sólo muy pocos de ellos son consecuentes a lo largo de su vida con las ideas y luchas que alimentaron su juventud. Y a propósito de esto, aprovecho para decir algo. Porque es necesario señalar que lo que tiene todavía más mérito, mucho más mérito, que un joven o una joven revolucionarios, es un viejo revolucionario (o una vieja revolucionaria), esto es, alguien que ha logrado la hazaña de ser consecuente toda la vida, que ha luchado toda su vida por los ideales frescos de su juventud, y que es capaz de morir viejo, o anciano, firme, entero, como un viejo roble, arrugado por fuera pero lleno de savia por dentro, sin traicionar, sin venderse ni adaptarse al sistema, sin dar esas volteretas ideológicas tan a la moda, sin asumir posiciones ‘políticamente correctas’, luchando hasta el fin de sus días por las ideas de justicia y de solidaridad por las que se luchó en la juventud. Aprendiendo de la vida y de los golpes, pero sin abandonar esas ideas y ese espíritu revolucionario. Son ellos los que dan vida a los eternos versos de Bertold Brecht: ‘Hay hombres que luchan un día y son buenos/ hay otros que luchan un año y son mejores/ hay quienes luchan muchos años y son muy buenos/ pero los hay que luchan toda la vida/ esos son los imprescindibles’.

III. LOS ESTUDIANTES. LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS

Pero volvamos a los jóvenes. Y el tema de los jóvenes nos lleva al de la Universidad, y al de los estudiantes, al de los estudiantes universitarios. Los jóvenes que protestan hoy en las calles de Caracas contra este proceso revolucionario, defendiendo un canal de televisión privado, pidiendo una libertad de expresión que tienen y exigiendo derecho a marchar mientras marchan, esos jóvenes son todos ellos estudiantes, algunos liceístas, la gran mayoría estudiantes universitarios, en este caso de Universidades privadas, incluida la Católica, y llevando a la cola a grupos de estudiantes derechistas de las Universidades públicas. Diré algo entonces acerca de la Universidad y de los estudiantes.

1. La universidad.

Empecemos por la universidad. La universidad no es revolucionaria. Ninguna universidad lo es. Y ni siquiera es democrática. Porque aunque de viejo origen medieval, la universidad, la universidad moderna, actual, es capitalista, y está al servicio del capitalismo. Y porque su estructura misma es elitesca y está dirigida a recibir y formar élites. No es revolucionaria ni siquiera después de la moderna Reforma de Córdoba y de la conquista de la autonomía. Porque, sea autónoma o no, la universidad es la institución por excelencia del sistema dominante, en este caso, del sistema capitalista; y su función es formar los cuadros, profesionales y dirigentes de ese sistema, la minoría que tendrá cargos dirigentes dentro de él. Como se sabe, de sus aulas salen los jóvenes profesionales y técnicos que pronto irán a asumir cargos dirigentes en el país, a ser los políticos, los científicos, los gerentes, los industriales, los ideólogos, que se encargarán no sólo de mantener en marcha el sistema social vigente sino también de formar como profesores en esas universidades a las futuras generaciones de cuadros y dirigentes del mismo. Y aunque también es cierto que dentro del marco democrático capitalista hay cierto espacio en ellas para la crítica del sistema, para que algunos profesores y estudiantes puedan cuestionarlo, lo cierto es que la función de la universidad es formar sus cuadros y dirigentes. (A menos que se trate de otro tipo de universidades: universidades obreras, populares, o escuelas formadoras de cuadros revolucionarios, que pueden conseguir también cierto espacio dentro del marco del capitalismo, pero que no tocan el poder ni afectan la esencia de la universidad oficial, ya que ésta sigue siendo la que otorga los diplomas que dan a sus egresados acceso al poder y al ascenso social). De modo que lo único que puede hacerse con la universidad para que sea revolucionaria es ponerla al servicio de otro tipo de sociedad que no sea capitalista y colonizada, esto es, de una sociedad revolucionaria, democrática, socialista, para lo cual hay que transformar a fondo la sociedad actual, hay que derrotar al capitalismo, logrando así que la universidad nueva esté al servicio de la formación de profesionales, de cuadros y técnicos nuevos, pero no porque haya cambiado su papel sino porque ha cambiado el sistema sociopolítico al que sirve.

Dos cosas más acerca de la universidad.

La primera es que dado que su función es formar élites, la universidad, aunque suele hablar de democracia y predicar y promover cátedras y libros acerca de ella, en realidad se niega de forma rotunda a aceptarla en su seno. Basta examinar su estructura interna. Y me refiero sólo a las autónomas, a las públicas; no a las privadas o comerciales, ni a las religiosas, como la católica, cuya situación es aun más distante de toda democracia, puesto que son meras empresas familiares, o monarquías absolutas e inquisitoriales. Las universidades autónomas venezolanas, igual que las de muchos otros países, son instituciones que, apoyándose en un discutible y mal manejado principio de excelencia y selección basada en el talento, han terminado convirtiéndose en reducto de minorías profesorales clientelares y mafiosas y en espacio al que acceden en forma determinante estudiantes procedentes de clase media y clase alta. Su estructura, como he señalado muchas veces, es propia del absolutismo del Antiguo Régimen, es previa a la división de poderes que caracteriza todo discurso y sistema democrático liberal luego de Locke y Montesquieu. No hay división de poderes en la universidad. El rector tiene poderes absolutos y el Consejo Universitario, formado por una minoría que se pretende cogobierno dirige en forma despótica a la mayoría, reuniendo en uno los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial, y siendo de paso tribunal de alzada y poder electoral. No es de extrañar que muchos de estos profesores universitarios hayan aclamado la dictadura absolutista de Carmona. Los profesores jubilados, aun los que tienen décadas alejados del recinto universitario, determinan las elecciones rectorales; y los equipos rectorales son cada vez más de derecha. Los profesores jóvenes, que son la mayoría, no votan. Los ascensos profesorales se manipulan o degradan con frecuencia. Los decanos, facultados para designar a dedo a los directores de Escuela, se reeligen y reeligen período tras período, eternizándose así en el poder y generando corrupción y clientelismo. Los empleados y obreros carecen de representación electoral y de hecho están excluidos por ley de la institución, la cual los trata como asalariados pero les exige actuar como universitarios; y el voto de los estudiantes es restringido al máximo. De modo que estas instituciones cerradas, decadentes, podridas y mafiosas son nuestra triste escuela de democracia, una democracia que ellas mismas rechazan en su conducta diaria.

La segunda es que esas instituciones no son solamente reaccionarias en su estructura y excluyentes en su admisión de estudiantes sino también difusoras de una mentalidad colonizada que contribuye a forjar cuadros y técnicos antinacionales sin identidad ni sentido de pertenencia a su país, sin compromiso con la construcción para éste de un futuro democrático y al servicio de las mayorías. Esa universidad, repetidora servil y colonizada del modelo educativo, elitesco y neoliberal de los países del norte, del centro del mundo, reproduce en el sur, en la periferia de ese mundo, es decir, en nuestros países, lo que no podía ser sino una caricatura de ese modelo. En efecto, las universidades europeas y estadounidenses forman sus cuadros, sus profesionales y técnicos, todos dirigidos a mantener en beneficio de la élite de la que forman parte el sistema de dominio mundial capitalista sobre nuestros países y en que los suyos tienen influencia y obtienen beneficios. Las universidades nuestras en cambio, colonizadas y serviles como son, no pueden formar profesionales y técnicos al servicio de nuestro desarrollo y nuestra autonomía, al servicio del progreso de nuestras clases populares, y lo que hacen es formar profesionales, cuadros y técnicos al servicio de ese mismo modelo de dominación foránea, esto es, en beneficio del capital extranjero y de las minorías ricas que al servicio de ese capital y de esos intereses explotan a nuestros pueblos y reciben como subordinados las migajas correspondientes. Formar minorías de profesionales y técnicos egoístas, individualistas, partícipes de un saber colonizado y fragmentado, y sin noción de pertenencia a su propio país; formar profesionales como los mal llamados meritócratas petroleros y como los técnicos e ingenieros de INTESA, que vendieron el cerebro de PDVSA al imperio estadounidense y que luego lo sabotearon al ver perdido el criminal paro petrolero con el que intentaban destruir la economía de su país para sacar a Chávez; formar profesionales que sólo tienen por meta enriquecerse o irse a trabajar en los países ricos es la triste tarea que cumplen nuestras universidades, incluidas las públicas y autónomas, pagadas con dineros del Estado para beneficiar a mafias profesorales cada vez más reaccionarias y antinacionales y a una mayoría de estudiantes de alto ingreso procedentes de las clases medias y altas.

Por cierto, resulta claro que esos estudiantes, hijos de la burguesía, de las clases altas o medias que ansían ascender y distinguirse del pueblo bajo, son los llamados, como nuevos profesionales, a reemplazar a sus padres asumiendo las riendas del sistema capitalista, a ser los nuevos gerentes y cuadros, los próximos dirigentes políticos, económicos y mediáticos, y que el Estado se ocupa de formarlos a ellos de manera gratuita con los dineros públicos, que son de todo el pueblo. Y hay más, incluso, porque el sistema neoliberal que domina en nuestras universidades tanto en las públicas como en las privadas, obligado a conservar cierta apariencia democrática e interesado en asimilar para el capitalismo colonizado a los más capaces y prometedores jóvenes de las clases pobres, les abre cierto espacio de acceso mediante becas y ayudas, con las que disfrazan de interés social lo que no es otra cosa que su mezquino objetivo de despojar a los sectores populares de sus mejores jóvenes tratando de que se integren al sistema y se olviden con su ascenso personal, si es que lo logran, de sus orígenes humildes y de su obligación de servir a esos sectores pobres y mayoritarios de los que proceden. Y a menudo el triste resultado de esa asimilación ideológica es que muchos de esos profesionales de origen humilde y de piel más obscura resultan los peores en su trato despectivo con el pueblo, porque una vez que se asimilan a la clase dominante, que por lo general tiene la piel más clara que ellos, lo único que los distingue de la masa del pueblo de que vienen son los signos exteriores del nuevo estatus próspero que han adquirido al convertirse en técnicos o en profesionales, que ocultan tras esos signos su origen humilde y hasta su endorracismo.

2. Los estudiantes. Jóvenes y estudiantes.

Pero volvamos al tema de la juventud y los estudiantes. Hablemos de los estudiantes ¿es que son sinónimos joven y estudiante? ¿es que todos los jóvenes son estudiantes, como mucha gente cree? No, es claro que no. Es claro que en nuestras sociedades capitalistas no sólo es que no todos los jóvenes son estudiantes sino que la mayoría de ellos no lo son, o apenas lo son en forma parcial, o por muy poco tiempo, cursando apenas la primaria. La mayor parte de los jóvenes, y de los niños, en los países pobres, o en las capas más pobres dentro de los países ricos, no son estudiantes ni estudian. Son trabajadores y trabajan, y a menudo, aprovechándose de su condición de niños o de jóvenes, se los explota de la manera más inmisericorde. De modo que si nos atenemos al cuadro dominante dentro del conjunto de la humanidad actual y no sólo de los países ricos o desarrollados el estudiante es una minoría dentro de la juventud, y el estudiante universitario es una élite dentro de esa minoría que estudia. Y esto es algo que no se debe olvidar cuando se habla de jóvenes y de estudiantes, y cuando por facilismo o comodidad, o por condicionamientos mediáticos, se tiende a identificar joven y estudiante. Y otra cosa que no se debe olvidar es que el estudiante, como el joven, está en período de transición, biológica la suya, profesional en cambio la del otro. Porque así como el joven pasa en unos años a ser adulto, así también el estudiante (salvo algunos parásitos derechistas que se hacen pasar por líderes estudiantiles eternizándose como estudiantes), al cabo de unos años, recibe su grado y se convierte en egresado o diplomado universitario. Y aquí se cruzan y refuerzan ambos procesos, el biológico y el profesional, para presionar al joven que madura y que cambia de status a fin de integrarlo al sistema, a fin de moderarlo, de aburguesarlo, sobre todo en el caso del estudiante de izquierda, porque el de derecha ya suele estar integrado al sistema e identificado con sus valores e intereses. Es por eso que vemos a tantos estudiantes revolucionarios o de izquierda convertidos poco después de graduados en profesionales de derecha, integrados en forma progresiva al sistema, y cada vez más distantes de sus ideales de joven o estudiante.

IV. ESTUDIANTES, CLASES SOCIALES Y LUCHA DE CLASES

En el fondo de todo esto se encuentra el problema central, el que he querido dejar para el final: el problema de clase, de la estructura de clases, sin cuya comprensión no es posible entender nada de lo que ocurre, sobre todo en el plano político, en nuestras sociedades; y más aun en una como la venezolana de hoy, en la que aunque de manera curiosa se suele eludir toda referencia a clases sociales y a lucha de clases, vivimos una aguda lucha de clases, propia de todo intento revolucionario de cambiar las relaciones de poder, de reducir el dominio de las minorías y de ampliar el acceso de las mayorías explotadas del pueblo a derechos que hasta hace poco le han sido negados por las clases dominantes que controlaron el poder hasta 1998.

Parecería tonto recordar esto, pero los venezolanos de hoy, como los habitantes de cualquier país capitalista, viven en una sociedad de clases, y pertenecen a grupos sociales distintos, a diferentes clases, clases que tienen y defienden intereses distintos, en ciertos casos opuestos o antagónicos. Por ellos es que el concepto abstracto de joven o de joven estudiante, el que se usa con ligereza a cada paso, es manipulador. Y es manipulador porque al sacarlo de su contexto y de su marco clasista o social, el que le da sentido y el que permite entender las posturas políticas que asume o los intereses que defiende, ese concepto, igual que cualquier otro cuando se hace lo mismo con él, permite hacer pasar la parte por el todo, es decir, mostrar como expresión exclusiva o modelo de joven o de estudiante a quienes no son sino una parte de estos, y no precisamente la mayor o la más representativa. Así se encubre el hecho de que esos jóvenes elitescos, hijos de ricos, no son sino un grupo de representantes de esa élite, de esa oligarquía, que encubre tras su juventud y tras los clichés usualmente asociados a ésta y a la misma condición estudiantil, los intereses de las clases dominantes, los mismos que hacen que esos jóvenes derechistas se opongan a este proceso de cambio popular. Así se logra que parte de la población pobre se identifique con estos jóvenes derechistas enemigos del proceso que ha dado a esa población pobre las ventajas sociales que esos jóvenes, sus padres y sus mentores políticos quieren quitarle para volver al régimen oligárquico y excluyente del pasado. Así se logra incluso ocultar las diferencias de clase que impiden justamente a buena parte de los jóvenes, a los jóvenes pobres, convertirse en estudiantes, como ocurría hasta hace poco en Venezuela, y como volvería a ocurrir en Venezuela si la conspiración derechista de la que esos jóvenes bien presentables son la cara simpática y renovada llegase a derrocar, como pretende, al gobierno bolivariano.

En pocas palabras y aunque son muchos los que, por manipulados, lo olvidan, lo que esto significa es que no todos los jóvenes son iguales, que ni siquiera todos los jóvenes son estudiantes, y que no todos los estudiantes son iguales ni defienden los mismos intereses, ni luchan por los mismos objetivos. Y que ocurre y ha ocurrido muchas veces que grupos de jóvenes y de estudiantes, por sus ideas, por su origen de clase, por sus objetivos de lucha y por los intereses que defienden, han sido enemigos del pueblo y de sus luchas y que es necesario que el pueblo no se deje manipular por ideas e imágenes estereotipadas acerca de que todos los jóvenes y los estudiantes representan la frescura, la ilusión, la esperanza y el futuro. Hay jóvenes de izquierda y estudiantes de izquierda, que son revolucionarios, que están al lado del pueblo, que luchan por objetivos y causas populares. Y no son precisamente esos los que nos ofrece la televisión comercial y colonizada como modelos a admirar. Pero así como hay jóvenes y estudiantes que son revolucionarios, los hay también, y es éste el caso de los que hoy marchan y protestan contra este gobierno popular y democrático, que nada tienen que ver con democracia, ni con revolución ni con luchas populares. Esos jóvenes, elitescos, estudiantes de universidades privadas o católicas, hijos de ricos sólo defienden los intereses de sus clases, de las minorías elitescas, explotadoras y antinacionales a las que pertenecen, ellos como sus padres.

Y aquí quiero analizar dos cosas más, para concluir este artículo.

La primera para terminar de desmontar el difundido e interesado estereotipo que asocia a todo joven y a todo estudiante con esperanza, con revolución, con lucha revolucionaria. La segunda para mostrar, en términos más precisos, el interés concreto que mueve a muchos de estos jóvenes estudiantes derechistas en las luchas que hoy libran en la calles de Caracas.

1. La derecha juvenil y estudiantil. Los jóvenes de la burguesía.

Si hiciéramos un recuento histórico acerca de las modernas luchas de jóvenes y de estudiantes, veríamos con claridad que así como jóvenes y estudiantes de izquierda, revolucionarios, a menudo procedentes de las clases populares, han librado combates heroicos por los intereses de sus pueblos y en los cuales muchos de ellos fueron encarcelados, torturados o asesinados, así también en muchas otras ocasiones, jóvenes y estudiantes, en estos casos de derecha, manipulados, o procedentes en su mayoría de las minorías elitescas y de las clases medias altas, han librado luchas a favor de la reacción, en contra de sus pueblos y en beneficio de las minorías de las que procedían y de los intereses foráneos, imperialistas o colonialistas, a los que por origen o por formación estaban estrechamente vinculados. No tengo tiempo ahora de hacer ese recuento, porque no quiero alargar más este ya largo análisis, pero sí mencionaré aquí algunos ejemplos ilustrativos de lo que vengo diciendo, aprovechando de entrada para precisar que otro estereotipo asociado a la idealización abstracta de toda juventud es el que pareciera hacernos creer que las derechas no sólo son siempre viejas en ideas sino también viejas en edad, cuando el hecho es que las derechas se renuevan generación tras generación y que, igual que en los movimientos populares y revolucionarios, también en todos los movimientos derechistas y fascistas, son siempre jóvenes los que combaten en las primeras filas. Y que en las guerras colonialistas e imperialistas los soldados, los que mueren o quedan mutilados en combate, son siempre jóvenes, en tanto los que se benefician de ellas, esto es, los ricos, los poderosos, que por lo general son viejos, se quedan al frente de sus negocios mientras envían a los jóvenes a defender y a matar o morir por sus intereses empresariales o políticos.

En la etapa final de la Revolución francesa, la del Directorio, que marcó el viraje hacia la derecha y hacia la expansión imperial napoleónica, los jóvenes ricos de entonces, la llamada ‘juventud dorada’, constituida por petimetres bien vestidos, nuevos ricos, hijos de los burgueses que se habían enriquecido con la revolución, se dedicaban no sólo a despreciar sino a agredir y a humillar en las calles a los hijos del pueblo que había hecho y defendido con su vida y su sangre la revolución, negociando con la cual sus padres se habían enriquecido y alcanzado el poder. En la guerra civil española fueron los jóvenes católicos y de derecha, hijos de la minoría rica amenazada por la revolución, los que formaron filas en las tropas carlistas, falangistas, franquistas y fascistas que se opusieron a la revolución y que al derrotarla hicieron posible la sanguinaria dictadura de Franco. Los grupos de choque, las milicias y las tropas fascistas o nazis de Mussolini y Hitler no estaban integrados por viejos decrépitos sino por jóvenes envenenados por el patrioterismo anticomunista mussoliniano y por la ideología racista hitleriana. Y ya más cerca, centrándonos en nuestra América latina, hay que recordar que en ella las universidades fueron por largo tiempo reductos oligárquicos y racistas, que sólo en tiempos recientes se abrieron en parte a los sectores populares, y que no han sido raros los casos en que sectores estudiantiles de derecha han estado a la vanguardia en la lucha contra gobiernos progresistas, populares y democráticos. En la Bolivia de 1946, cuyas universidades eran reductos abiertos sólo a los jóvenes ricos, los estudiantes bolivianos encabezaron la lucha de calle contra el gobierno progresista de Gilberto Villarroel y participaron activamente en el motín que lo derribó y mató, y que colgó su cadáver de un farol en la plaza Murillo de La Paz. En el Chile de 1970-1973, jóvenes de derecha y extrema derecha, hijos de la oligarquía chilena, envenenada de odio de clase y de anticomunismo, en especial los estudiantes de la Universidad Católica y los militantes del grupo fascista Patria y Libertad, tuvieron papel destacado en oponerse al gobierno socialista, popular y progresista de Salvador Allende y en contribuir a su derrocamiento y a la instauración de la sanguinaria dictadura de Pinochet, de la que muchos de ellos como profesionales fueron dirigentes destacados.

Tampoco es cierto, como creen muchos, que todos los jóvenes y estudiantes venezolanos de las décadas de los años 60 y 70 del siglo que acaba de terminar fueran revolucionarios. Ni todos eran revolucionarios ni todos fueron guerrilleros. Cierto que las clases medias de entonces, que estaban en ascenso, eran menos reaccionarias que las de ahora, y que muchos jóvenes procedentes de ellas, sobre todo de sus sectores más pobres, fueron revolucionarios, y algunos fueron guerrilleros. Pero al lado de ellos una parte importante de la juventud y los estudiantes universitarios era adeca o copeyana y asumía posiciones derechistas o reaccionarias, a menudo en forma violenta. Y en el caso actual, los jóvenes y estudiantes que marchan contra el gobierno son claramente de derecha, son hijos de la clase rica, hijos de derechistas, de guarimberos, de la televisión privada colonizada, del envenenamiento contra el gobierno bolivariano, del racismo contra los pobres, los indios y los negros, de la prédica antinacional, de la necesidad de renovarle y refrescarle las caras gastadas a la oposición y de reunir nuevas fuerzas para tratar de derrocar a Chávez y de acabar con el proceso bolivariano y con esta nueva Venezuela popular y democrática.

Lo que vemos hoy en Venezuela es eso: unos jóvenes y estudiantes de derecha que nada tienen que ver con el pueblo y sus luchas. Por cierto, como para que no quede duda de ello, de quiénes son y de cuál es el contenido de sus luchas, sus fotos mientras protestan aparecen ahora en las páginas sociales de los diarios de derecha. Y sería tonto no ver esto y seguir dejándose manipular por los estereotipos de la televisión.

Basta oírlos para darse cuenta además de que no tienen nada en la cabeza, sólo consignas vacías que les insuflan la televisión y quienes los manipulan y dirigen: RCTV, libertad, Freedom, libertad de expresión, derecho a expresarse y a manifestar. Esos jóvenes plásticos y estereotipados desconocen su país, no tienen idea del país en que viven. Su mundo es el mediático, mundo falso distanciado de la realidad, pero que para ellos, como para toda la oposición venezolana, es la única realidad. No leen, no piensan, sólo consumen y ven televisión, creen que se comunican por sus celulares y chateos por internet y no son capaces de entender el país en que viven, porque añoran el pasado en que sus padres ricos eran los dueños, porque no salen de sus urbanizaciones ricas, de sus universidades privadas, de sus centros comerciales ricos, de sus cafés de Las Mercedes, porque están disociados y embrutecidos por esa basura mediática que es Globovisión. Por eso piden libertad en el país en que en los tiempos en que sus padres gobernaban se mataba, se encarcelaba, se torturaba y desaparecía a los opositores, pero que es ahora un país en el que hay libertad plena y en el que todos dicen lo que quieren. Por eso piden derecho a manifestar manifestando, porque en la Venezuela de hoy se puede manifestar en paz y las policías no disparan a los manifestantes como en los tiempos recientes en que sus padres gobernaban. Por eso piden democracia en el país más democrático del mundo. Por eso piden progreso en el país que sus padres hundieron en la ruina y que ahora progresa y crece a diario desde hace años, pese a los intentos de sus padres y mentores para sabotear ese crecimiento beneficioso para todos pero sobre todo para las grandes mayorías. Ellos piden autonomía universitaria, la que era violada a tiros y a cañonazos por los gobiernos de sus padres, y la piden ahora, cuando nadie la amenaza y cuando esta garantizada por la Constitución. Ellos piden dignidad en el país que sus padres arrastraron servilmente ante Estados Unidos y que es hoy país ejemplo de dignidad y de soberanía. Ellos piden un país de oportunidades justamente cuando es un país de oportunidades para todos y no sólo para una minoría el que tenemos desde hace ocho años. Ellos piden un país que incluya a todos, cuando eso es lo que ha hecho este gobierno, incluyendo a la mayoría de pobres, a los que sus padres excluían y a los que ellos y sus padres quieren excluir de nuevo.

Basta verlos actuando para darse cuenta de que no hay allí ninguna espontaneidad, como ellos pretenden. Por el contrario, en ellos y en lo que hacen todo esta organizado, montado y ensayado como un show televisivo, como un espectáculo mediático. Además nada de lo que hacen es original, nada es creación propia. Todo está dirigido y repite los modelos escritos y ensayados de quienes los dirigen y monitorean desde el exterior. Porque su acción está dirigida y financiada por la CIA, por el gobierno de Estados Unidos y por sus organismos dirigidos a derrocar los gobiernos que no se ciñen a sus órdenes y no se someten a sus intereses. Lo he dicho y mostrado en días anteriores, en la radio, en la televisión estatal y en varios actos populares: el libreto de estos jóvenes de derecha es el mismo de Otpor, la organización financiada por la CIA y el NED que sirvió para movilizar a jóvenes y estudiantes en Serbia contra el gobierno de Milosevic. Es el pautado por la Albert Einstein Institution, dirigida por Gene Sharp, conocido profesor universitario, agente de los servicios de inteligencia de Estados Unidos. El libreto elaborado por Sharp se caracteriza por su supuesto pacifismo, por sus consignas, sus gritos, por las manos pintadas de blanco, por los brazos que dicen Liberty, por el símbolo del puño cerrado, por las franelas blancas o negras, por los kits de marcha, por los micrófonos miniatura conectados con el canal que los maneja, en este caso con Globovisión, por las pancartas y sus textos, por las acostadas o sentadas en autopistas, calles y plazas, por los intentos de exasperar a la policía con ataques violentos que se ocultan al levantar en forma inocente las manos agresoras, para hacer que la policía sea mostrada por las cámaras de televisión como atacante, o mejor aun, que la policía termine por agredir a los estudiantes y así dar nuevos aires a sus marchas de protesta dirigidas a conducir a movilizaciones masivas de la población capaces de lograr el derrocamiento del gobierno.

Eso lo vimos ya en Birmania, que fue el primer ensayo exitoso, donde logró forzar al gobierno a hacer varias concesiones. Lo vimos luego en Serbia, donde las movilizaciones lograron el derrocamiento de Milosevic. Luego siguió en Ucrania y en Georgia, donde también funcionó el modelo y logró derrocar a gobiernos que los Estados Unidos necesitaban derrocar. Pero les fracasó en Bielorrusia. Y les fracasará en Venezuela, porque ni Venezuela es Serbia ni Chávez es Milosevic. El gobierno venezolano no es ninguna dictadura. El gobierno venezolano no es un gobierno marcado por el rechazo popular. No, el gobierno venezolano es el gobierno más democrático del mundo, el gobierno venezolano tiene el apoyo decidido de la mayoría aplastante de la población porque es un gobierno popular que se ha traducido en conquistas sociales para el pueblo, para las grandes mayorías, y porque, pese a los sabotajes de la derecha que esos jóvenes y sus padres representan, todos estos últimos años han sido de crecimiento sostenido del ingreso del país. El gobierno venezolano tiene además el apoyo de la Fuerza Armada, y las masas populares venezolanas están decididas a derrotar cualquier conspiración, cualquier ataque de la derecha y cualquier maniobra patrocinada y dirigida desde los Estados Unidos, igual que derrotaron el golpe fascista de abril de 2002 y el criminal paro petrolero que le siguió meses después.

Por cierto, estos jóvenes de derecha se mueven con la hipocresía que ha sido norma de conducta de la oposición, con la política del ‘yo no fui, yo no estaba allí’. Sus padres participaron en el golpe de estado de abril de 2002, aclamaron al usurpador Carmona en Miraflores y buena parte de ellos, respaldándolo, firmó el decreto fascista que disolvió todos los poderes y estableció la por suerte efímera dictadura; pero luego, del modo más cobarde lo negaron todo, diciendo que no habían estado allí, que no habían apoyado el golpe, o que no habían firmado el decreto sino una supuesta lista de asistencia. Así, siguiendo el cobarde el ejemplo de sus padres y repitiendo al pie de la letra las normas pautadas en el modelo Otpor, sus hijos atacan a la policía con piedras y botellas, y hasta con armas de fuego, golpean y hieren policías, y luego levantan sus hipócritas manos pintadas de blanco con símbolos de paz para mostrar que no han hecho nada, que ellos no fueron, y para que los medios promotores y cómplices de la conspiración muestren al mundo esas imágenes y puedan acusar así de la violencia a los policías, ocultando de paso que los únicos heridos de esas marchas son éstos y no los agresivos manifestantes, a los que siempre califican de pacíficos.

2. La lucha de los estudiantes de derecha por la herencia del poder.

La segunda y última cuestión es que estos jóvenes de la burguesía no sólo están luchando por derrocar al gobierno bolivariano como parte de un proyecto conspirativo dirigido desde afuera sino que también, dentro de este plan, tienen objetivos propios, objetivos que les tocan de cerca dada su condición su condición de hijos y herederos de la clase dominante; y que los llevan a oponerse al proyecto bolivariano disfrazando sus objetivos de humanismo abstracto y de combate por la libertad de expresión. El éxito y expansión del proyecto bolivariano lo perciben ellos como una amenaza directa para sus intereses. Porque más allá de su rechazo al gobierno bolivariano y a la Venezuela que se ha venido forjando en estos últimos años, si hay algo que empieza a estar claro para ellos es que esa nueva Venezuela, en la que se ha dado acceso al saber y al poder a las grandes mayorías pobres y excluidas, se está convirtiendo y se convertirá a corto plazo en una amenaza concreta contra el monopolio casi absoluto que hasta ahora han tenido sobre los espacios profesionales, sobre la ciencia y la tecnología, sobre la enseñanza, y sobre los cargos públicos y administrativos, es decir, sobre el poder. En efecto, hasta ahora, el control en todos estos decisivos campos se los habían garantizado ellos, los oligarcas, los miembros de las clases ricas y media alta, transmitiéndoselo de padres a hijos y a través de generaciones sucesivas. Al graduarse tenían asegurados, gracias no sólo a sus posibles méritos sino sobre todo al poder e influencia de sus padres, el acceso a los cargos de dirección del país. Pero ahora perciben, ellos y sus padres, que los logros de los más pobres, que su acceso masivo a la salud y sobre todo a la educación los está convirtiendo, a esas nuevas hornadas de estudiantes venidos de clases populares, en competidores serios, en competidores que no sólo tienen tanta calificación como ellos para optar por cargos de dirección sino que además poseen un criterio político del que ellos carecen y un compromiso con la nueva Venezuela del que ellos están ausentes, o al que ellos se resisten.

Esta competencia de capacidades más allá del origen de clase que hasta ahora les ha favorecido, les incomoda y preocupa, a ellos y a sus padres, porque a pesar de que unos y otros defienden en público el mercado y la libre competencia, en realidad son más bien monopolistas y para ejercer su hegemonía siempre se han apoyado en el control del aparato del Estado y en el monopolio del poder. Por eso quieren volver atrás, al pasado en el que sus padres eran los dueños del poder, al pasado en el que el país era una colonia estadounidense y ellos la minoría que compartía con los amos imperialistas el producto del saqueo de nuestras riquezas y de la explotación de las grandes mayorías. Y lo que no aciertan a ver ni a entender, dada la estrecha visión que tienen del país, es que, aunque desde ahora ya no tendrán como antes los cargos profesionales asegurados por su influencia, por su apellido y origen familiar y tendrán que competir por ellos con egresados universitarios, cuadros y técnicos, de origen popular, en una Venezuela como la que se viene construyendo colectivamente en estos años de gobierno bolivariano, caracterizada por un alto nivel de crecimiento y de expansión económica y social, hay espacio para todos aquellos que entiendan que este país cambió, que dejó de ser una colonia del imperialismo norteamericano y que ahora el poder no es de las minorías ricas sino que pertenece y seguirá perteneciendo a las grandes mayorías.

Caracas, 15/18 de junio de 2007



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Vladimir Acosta

Historiador y analista político. Moderador del programa "De Primera Mano" transmitido en RNV. Participa en los foros del colectivo Patria Socialista

 vladac@cantv.net

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