La plusvalía en la historia

De entrada, se produce valores de uso que son los bienes que satisfacen necesidades vitales, al lado de la producción de valores de cambio utilizados en el comercio y que sólo satisfacen al fabricante y sus intermediarios.

Además del trueque, se usa el dinero como mercancía de un valor equivalente al resto de ellas. El trueque es una operación comercial entre personas productoras; la compraventa la realizan los intermediarios al margen de los procesos de producción. Estas transacciones las ha facilitado el dinero.

Los dueños jurídicos del dinero son los banqueros quienes reemplazan el circulante oficial del Estado (BCV billetes y monedas) por diferentes formas de dinero bancario. Hoy, por ejemplo, usan las tarjetas de débito y de crédito, y hasta no hace mucho, las cuentas corrientes.

Mientras los valores de uso son necesitados por los consumidores finales, los valores de cambio sólo sirven al capitalista quien perfectamente y a su conveniencia puede acumularlos, revalorizarlos o depreciarlos mediante el juego inducido de la oferta-demanda.

Digamos que el valor de cambio, a través del dinero, es propio de la circulación capitalista, mientras la circulación simple se reduce a la de los valores de uso. Quienes controlen el dinero, controlan la economía.

Sin ir muy lejos: el patrono paga con salarios y los trabajadores los canjean por valores de uso a los que el patrono, a través del mercado, le pone su caprichoso e interesado margen de ganancia.

Bien, llamemos plusproducto a la plusvalía haciendo referencia a los valores de uso creados gratuitamente por esclavos, y partiendo de sociedades clasistas. Es que mientras no aparezca el dinero, carece de sentido hablar de valor de cambio y las transacciones comerciales giran alrededor del valor de uso; pongamos por caso, tantos panes por tantas gallinas[1].

También durante los patriarcados bíblicos muchos trabajadores operaban en favor del patriarca y en cierto modo la mejor vida de este respondía a esa suerte de explotación primitiva y comunal con una suerte de familia ampliada y cooperadora con una imprescindible dirección laboral y hereditaria.

Establecido el modo esclavista, a la inversión de este por concepto de compra de esclavos y los medios de produccion correspondientes, ese esclavista razonablemente aspiraba una ganancia; y mire que la conseguía porque hasta era dueño de la persona misma del trabajador, del esclavo.

Ese plusproducto obtenido por la diferencia Inversión inicial y Venta de las mercancías del caso, significaba una ganancia derivada, pues, del plusproducto correspondiente.

Sigue evolucionando la plusvalía y caemos en esos 1.000 años medioevales durante los cuales se estableció como más rentable tener siervos y domésticos que esclavos. A estos trabajadores se les permitía vivir de su trabajo en una parte de las tierras del señor feudal. No se hablaba de tiempo necesario de la jornada diaria para reponer el aporte del patrono, sino del tiempo necesario de la semana.

El siervo operaba durante ciertos días de la semana en su parcela asignada, y durante los otros debía trabajarle a dicho señor en sus tierras, por supuesto de mejor calidad productiva. Estos trabajadores formaban parte integral de la tierra asignada. Cuando esos territorios eran vendidos, lo hacían con trabajadores incluidos, a la par con sus correspondientes fauna y flora.

Así arribamos al siglo XVI de esta era cristiana. y las operaciones comerciales desabordan la capacidad productiva cuasi natural de las glebas, del campo. Desde entonces se hizo necesario la máxima movilidad del trabajador a lugares no necesariamente del campo parcelado.

El trueque entre productores resulta ineficiente ante el comercio que se desarrolla desde entonces sin parar hasta ahora.

Las labores artesanales comienzan a cobrar fuerza productiva y desde entonces se trata de manufacturar las materias primas obtenidas en el campo, y llevar mercancías a lugares distantes de los centros productivos.

Este tema lleva más entregas; estamos procesándolas. Recordemos que todo ese enredijo de inflaciones y deflaciones, de acaparamientos y contrabando de extracción, giran alrededor del dinero hecho mercancía. Las transacciones directas mediante truque no sufren esas crisis, aunque los mercados tienen limitaciones que han bloqueado el comercio internacional y nacional.

 


 

[1] Recordemos que para llevarse a cabo las transacciones comerciales las mercancías posen un valor relativo-reflejado sólo en otra mercancía-, y la forma de valor equivalente. Con el dinero, este funge de equivalente respecto del resto de las mercancías.

 

 



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Manuel C. Martínez


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