Ruralidades

La otra mejilla

Es a la iglesia, fundada por el redentor de los desposeídos de la tierra, a quien corresponde aclarar la sarta de mentiras escritas por los mismos que mataron al hombre, al humanista, quien se percató en su tiempo, a sabiendas de que le costaría la vida, que había que luchar por La Palabra, tergiversada por el imperio de entonces establecido en Galilea.

Pero no, esta jerarquía eclesiástica encabezada por los que mandan en el templo mayor donde sacrificaron al anciano Pedro, quien guardó muchos secretos contra los fariseos, excepción publica de Juan Pablo II, en lugar de honrar a Jesucristo varón feminista y fundador de la primera iglesia en Cesaréa (ojo: Cesaréa) tierras de Filipo donde descansan sus restos, se dan a la tarea de tergiversar los hechos. Si los asesinos del hombre anotaron que a Jesucristo lo mataron los romanos para nuestra iglesia, que en teoría es la del hijo de José y María, para su jerarquía pues, es “santa palabra”. Que si El Hombre, para complacer a los verdugos cuando ya le habían destrozado la mejilla derecha “puso la otra mejilla”, los jerarcas se vanaglorian cuando contribuyen a propalar tan increíble estupidez.

No nos consta, por cuanto cuando resistíamos (hasta cierto punto) al placer del chapuzón en las aguas cristalinas de nuestro río, por mandato de los curas emisarios de la jerarquía, esta nos hablaba en latín y solo entendíamos que si nos bañábamos en Semana Santa, nos convertiríamos en peces, igualito que la amenaza a Eva y Adán si comían del árbol “prohibido”, comieron de aquellas suculentas manzanas y no murieron, como tampoco nosotros nos volvimos cachama.

Es decir, que de las pequeñas mentiras eclesiásticas, nos hemos encargado nosotros con unos cuantos sacerdotes que sí están con la verdad de nuestro Jesucristo, pero todavía queda pendiente lo de la resurrección que es muy largo de explicar por tan arraigada en el conciente de gran parte de la humanidad. Mientras tanto hablemos de “La otra mejilla”. Veamos

Antes, como soporte, debemos “resucitar” algunos personajes que, como el Caifás del sanedrín, existieron alrededor del palacio de los herodes, saduceos estos en que mutaron hebreos y judíos para simular las sectas y sus tropelías. Y coetáneo con Juan el Bautista, vivía de las canonjías de Palacio, un sirviente llamado Braulio quien, con su mujer, procreó a la “vivaracha” llamada Braulita. Casadera ésta, el padre se apresuró en comprometerla con Felipe, hijo natural del viejo Herodes, anotado en la lista de sucesores al trono. De los legítimos, Agripa era un gafo y Antipas un niño de 8 años.

Muerto el viejo (por fin), el sanedrín secuestró al beodo mientras adiestraba al jovencito. Una vez cumplida la edad, Antipas subió al trono. Ya la vivaracha Braulita se había decepcionado de Felipe, a pesar de Salomé. Se empató con el joven rey, quien le concedió la testa de Juan el Bautista porque este le criticó el nuevo empate. Y Jesús, rebautizado por Juan el Bautista, su maestro bien querido, fue anotado en la lista de los mal queridos de la trepadora Herodías, quien desde el graderío, abucheaba con los fariseos la desnudez del hombre y del chorro de sangre de la mejilla derecha. Ya moribundo el valiente, la vivaracha, alias Herodías grito: “Dale por la otra mejilla”. Fue obedecida. Jesús no pudo con la cruz camino al Gólgota, si apenas reconoció a su querida progenitora, a quien sólo pudo decir ¡Madre, me muero!.

Patria, Socialismo o barbarie

*pedromendez_bna@yahoo.es


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Pedro Méndez (*)


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