Papel del intelectual en la Revolución

En tiempos revolucionarios, la situación objetiva cambia con la misma rapidez y brusquedad que el curso de la vida en general. Y nosotros debemos saber adaptar nuestras tácticas y nuestras tareas inmediatas a las características específicas de cada situación dada.

Lenin

Quien teme al lobo que no se interne en el bosque.

Lenin

Este es un tema tratado en todas las épocas y períodos históricos. La respuesta ha sido hasta hoy, más o menos, la misma: las ciencias sociales no poseen fórmulas que puedan torcer el cauce de las aguas de este caudaloso río cuando se desborda. Y ha sido el proletariado, representado por los obreros y los campesinos, el que finalmente ha izado la bandera de la revolución. Por otra parte, resulta oportuno señalar que a lo largo del tiempo le ha correspondido a la historia de los poderosos —la oficial— contar el pasado con base en sus intereses fundamentales.

Reconocidos teóricos, investigadores especializados en sociología cultural y sociohistoria han sentado cátedra sobre esta materia, como lo hace el escritor uruguayo Mario Benedetti en uno de los párrafos de su libro El escritor latinoamericano y la revolución posible, texto reflexivo que traigo a colación para compartir con usted, amigo lector, en medio de este encierro al que nos ha conminado la covid-19 y su pandemia, cuando somos acosados por tantas interrogantes acerca de nuestro presente y futuro.

En más de 180 páginas del citado libro, el poeta, cuentista y ensayista uruguayo, ampliamente conocido y respetado por su labor intelectual militante, comprometida con los valores más significativos del pueblo, ha legado a la historia de la humanidad significativos aportes literarios, productos de centenares de horas de trabajo convertidas en libros de distintos géneros literarios que se transfieren de mano en mano entre lectores prestos a discusiones de esta naturaleza.

En el libro mencionado, Benedetti hurga sobre el quehacer del escritor en los procesos revolucionarios contemporáneos y comparte ideas del presente con otras del siglo pasado vertidas por Vladimir Ilich (Lenin). Don Mario ratifica que «No hay más que una sola revolución: la que hacen los obreros y campesinos con sus acciones y no los intelectuales con sus "crisis de conciencia"».

Mientras, Lenin define este hecho como: «Un proceso increíblemente complicado y doloroso de agonía de un régimen social caduco y de alumbramiento de un régimen social nuevo». Y remata: «La vanidad o la soberbia solo servirán para hacer más complicado y más doloroso ese proceso».

Lenin aclara que, con tales conceptos, él «no se está refiriendo exclusivamente a la voluntad y soberbia individuales, sino también a la vanidad y soberbia de grupo (o partido)». Y subraya: «Sin situaciones extraordinariamente complicadas no hubieran estallado jamás revoluciones».

Toma, entonces, de la sabiduría popular la siguiente expresión metafórica: «Quien teme a los lobos, que no se interne en el bosque».

Benedetti, por su parte, a manera de contrapunto provocado en esta crónica por el autor, añade: «Y, tampoco se acerque, quien haya puesto vanidad en su mochila». Pues para don Mario «la soberbia de grupo o de partido puede retardar durante largos y trágicos años la asunción colectiva de una revolución».

Los invito, amigos lectores, para que reflexionen —a solas o en grupo de estudio— sobre las siguientes opiniones de Lenin, en pleno vigor, de finales de julio de 1917, las cuales aparecen en un libro editado en Venezuela (cien años después) en octubre de 2017: Compilación de discursos, cartas y artículos sobre la primera revolución socialista de la humanidad en la antigua Rusia, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana.

En la página 187 de este libro se inserta un artículo reseñado como: «Enseñanzas de la Revolución». Es bastante ilustrativo y ofrece materia para la discusión sobre todo de quienes hoy se inician en una militancia ávida de materiales historiográficos para comentar, discutir y formarse en el activismo político que quizá no tuvo otra gente que militó otrora en las filas progresistas revolucionarias. Gente que se formó en la clandestinidad pintando consignas políticas de aquella actualidad en las paredes de las casas de los barrios. Luego desde las cárceles en ligeros círculos de estudios conducidos por los presos de mayor experiencia militante, pero que en su proceso formativo no habían pasado por episodios sociohistóricos relativos al descubrimiento de América y sus abisales, como tampoco por el proceso independentista y el papel de los patriotas independentistas a escala del continente latinoamericano. Aquella era una formación a la carrera que muchas veces terminaba en una célula guerrillera en la montaña, leyendo marxismo sin conocer la historia patria eficientemente. Hablando de un imperialismo yanqui sin conocer el Destino Manifiesto estadounidense ni la doctrina Monroe, la Constitución Nacional de Estados Unidos, su estructura y su forma de aplicación; mucho menos la esencia y desarrollo del capitalismo; y sin haberse leído el idealismo político de Simón Bolívar.

Los siguientes tres puntos resultan oportunos para extrapolarlos a la contemporaneidad y discutir en consecuencia la realidad por la que transitan los países de América Latina:

Toda revolución significa un viraje brusco en la vida de las grandes masas del pueblo. Si este viraje no ha madurado debidamente, no puede tener lugar una verdadera revolución. Y así como todo viraje que sobreviene en la vida de un individuo le enseña y le hace vivir y sentir muchas cosas, la revolución ofrece al pueblo todo, en poco tiempo, las más profundas y preciosas enseñanzas.

En tiempos revolucionarios, millones y millones de hombres aprenden en una semana más que en un año entero de vida rutinaria y soñolienta. Pues en estos virajes bruscos de la vida de un pueblo entero se ve con especial claridad qué fines persiguen las diferentes clases sociales, de qué fuerzas disponen, con qué medios actúan.

Todo obrero, todo soldado, todo campesino consciente debe pensar atentamente en las enseñanzas de la revolución rusa; sobre todo hoy a finales de julio en que se ve ya claramente que la primera fase de nuestra revolución ha terminado con un revés.

Seguidamente, Lenin convoca a la realización de un cuadro comparativo —de un antes y un después— de los aciertos y desaciertos del proceso revolucionario de aquella Rusia.

Dijo: «Veamos cuáles eran las aspiraciones de las masas obreras y campesinas cuando hicieron la revolución. ¿Qué esperaban de la revolución estas masas? Esperaban, como se sabe, libertad, paz, pan y tierra».

¿Y cuál era la realidad?

Lenin aborda cada uno de los puntos que acaba de señalar:

En cuanto al pan, esta era la realidad observada (…) Todo el mundo ve que los capitalistas y los ricos engañan desvergonzadamente al erario con los suministros al ejército (hoy cada día de guerra le cuesta al pueblo 50 millones de rublos); todo el mundo ve que con los altos precios que hoy rigen, los capitalistas se embolsan ganancias fabulosas, sin que se haga ni lo más mínimo para implantar un verdadero control obrero de la producción y distribución de los medios de subsistencia. Los capitalistas se vuelven cada vez más insolentes; arrojan a los obreros a la calle, y lo hacen en momentos en que el pueblo vive en penuria por falta de mercancía.

En vez de la libertad, se comienza a restaurar la vieja arbitrariedad. Se implanta la pena de muerte para los soldados en el frente y los campesinos, que se apoderan por propias iniciativas de las tierras de los terratenientes, son llevados ante los tribunales. Las empresas de los periódicos obreros son asaltadas y los periódicos, suspendidos sin juicio previo. Los bolcheviques son encarcelados, a menudo sin que contra ellos se formule acusación alguna o bajo el peso de acusaciones a todas las luces calumniosas…

Aquí y ahora

Lo cierto es que en todos los procesos revolucionarios ocurridos en el mundo y concretamente en América Latina, que es lo que nos atañe en este momento, ha estado presente —de una u otra forma— la figura del escritor, el poeta, el pintor, el dramaturgo, el actor, etcétera, sin distingos de sexo o credos religiosos. Como muestra podemos citar a los reverendos Camilo Torres, en Colombia, y a Ernesto Cardenal en Nicaragua; amén del recordado padre Wuytak en los barrios del oeste de Caracas y a fray Beto en Brasil (al lado de Luiz Inácio Lula da Silva). Capítulo aparte merece monseñor Arnulfo Romero entre los jesuitas centroamericanos. Esto para hacer referencia de los más conocidos, en el sector religioso, a escala continental. Todos en sus áreas y especificidades tuvieron su impronta en el arte o la literatura y desde sus oficios hicieron sentir su participación activa y de compromiso. Sin retroceder en el tiempo, donde el poeta cubano José Martí ocupa un lugar preponderante al ofrendar su vida en batalla en las luchas independentistas de su país.

Mario Benedetti residió un tiempo en Cuba (dos años y medio) en la segunda mitad de los años sesenta, en medio de la turbulencia política de las dictaduras militares que pusieron en práctica la criminal Operación Cóndor en Suramérica, con un saldo de miles de muertos, torturados y desaparecidos. Entre los muchos intelectuales comprometidos con los movimientos políticos de sus países, que en la isla caribeña recibían solidaridad y calor humano, Benedetti se topó con el poeta salvadoreño Roque Dalton.

Allí, en Cuba, don Mario escribió poesía, ensayos y reflexiones políticas comprometidas con su aislamiento y sus convicciones ideológicas, que luego, al retornar a Montevideo, le fueron de mucha utilidad en el ejercicio de su participación en actividades políticas al lado del hombre de la calle, del pasajero de autobús, cosa que él reconoció y valoró como importante en su trayectoria intelectual y activismo político militante en el cuadrante político en primera fila del "Movimiento 26 de Marzo" en la primera década de los años setenta.

En La Habana Benedetti sostiene una larga entrevista con Roque Dalton para un programa de radio, con motivo de haber sido favorecido el poeta centroamericano con el Premio Casa de Las Américas, que obtuvo ante más de doscientos participantes con el libro Taberna y otros lugares (1969). El jurado calificador que por unanimidad concedió el premio estuvo integrado por Efraín Huerta, de México; José Agustín Goytisolo, de España; Antonio Cisneros, de Perú; René Depestre, de Haití; y Roberto Fernández Retamar, de Cuba. La obra de Dalton había sido traducida para aquel entonces a doce idiomas.

Entre las preguntas del también premiado de Casa de Las Américas, en una larga entrevista, surgió la siguiente:

—Hace tiempo —comentó Benedetti— que me vienen preocupando los problemas derivados de las relaciones entre el intelectual y el socialismo, entre el escritor y la Revolución. Muchas veces juzgamos esa relación sobre la base de prejuicios pequeño-burgueses y un concepto liberal de ciertas palabras claves; también en otras épocas fueron propuestos como soluciones, ciertos métodos relacionados con el estalinismo. Personalmente creo que la verdadera solución no está en ninguno de esos planteos. Quizás debamos crear una nueva relación entre el escritor y la Revolución. O acaso inventarla. Me gustaría conocer tu opinión sobre esto.

Roque Dalton contestó:

—Tú partes de realidades concretas que nos ahorran definiciones. Por un lado, prejuicios pequeño-burgueses que se interponen entre el escritor y las instituciones del socialismo, entre el artista y la Revolución en el poder; y por otra parte las metodologías destinadas a resolver este tipo de relaciones que otorgara el estalinismo en el pasado. Creo también que usaste una palabra justa para hacer la proposición: hablaste de inventar nuevos métodos y nuevos contenidos en la relación del escritor con el socialismo institucionalizado. Desde luego, se trata de una labor muy amplia, que debe ser de invención común, en la cual participen los creadores, los hombres de cultura, el Estado, las instituciones del socialismo, pero todos en relación con el pueblo, que en definitiva es el destinatario último y el productor primario de toda la materia cultural, en cuya elaboración no somos sino intermediarios. En las grandes perspectivas de esta invención no deben por lo tanto interponerse proposiciones según las cuales los creadores seamos simples dictadores de viejas opiniones, ni tampoco que se introduzcan por algún requisito de los métodos estalinistas que sentaron jurisprudencia para resolver determinados problemas en este terreno. La cuestión es Revolución. En la actualidad hay que dar particular importancia a este problema; todos estamos obligados a participar en su solución, así como a iniciar su discusión con un nuevo estilo, dispuestos a llamar a los problemas por su nombre y a no perder jamás la objetividad. Debemos hacerlo con un criterio revolucionario marxista, científico, apegado a la experiencia histórica y a las perspectivas concretas del futuro, tal como se trabaja cuando se planifica una zafra, la apertura de una nueva rama industrial, o las relaciones internacionales de un nuevo Estado. Entiendo que podemos ver estas posibilidades con optimismo. En nuestros países, sobre todo en el lugar donde el socialismo se ha encarnado realmente en nuestro hemisferio (me refiero a Cuba), se abren reales posibilidades de una instauración de nuevas relaciones y de inventarlas con audacia (precisamente la audacia ha sido una característica de esta Revolución) con la mirada puesta en América Latina, ya que Cuba es el inicio de la Revolución latinoamericana.

En el contexto de esta conversación que duró más de una hora y acopió materiales para un programa de radio, Mario Benedetti le comentó a Roque Dalton la importancia de su alusión al concepto dimensión histórica, como también a la audacia de la experiencia cubana.

—Me parece —dijo Benedetti— que si a esa audacia agregamos una modestia verdadera por parte del creador, tal vez encontremos los elementos para resistir a dos de las más riesgosas tentaciones que padece hoy el intelectual: ser fiscal de la historia, o ser víctima de ella.

—Tocas un problema importante —respondió Roque Dalton—. Los intelectuales tenemos que concurrir a la elaboración del nuevo tipo de relaciones entre el artista y la Revolución con absoluta conciencia de este tipo de peligros. La última experiencia histórica nos demuestra que, precisamente por nuestras debilidades ideológicas, por nuestros prejuicios pequeño-burgueses, por el tipo de sociedad en la que hemos estado inmersos y que tanto nos ha deformado, tratamos de preservar nuestra individualidad hasta territorios que contradicen las raíces mismas de nuestros ideales humanistas. ¿Qué les ha pasado a los grandes poetas que han tratado de convertirse en fiscales intocables de la vida pública, o a los escritores que, en nombre de una supuesta libertad intocable, tratan de convertirse en víctimas de la historia? A pesar de lo conmovedores que puedan parecernos sus avatares, debemos reconoce que, uno a uno, han ido cayendo y han terminado por incorporarse, muchas veces a pesar suyo, en la gran industria del espectáculo editorial, del gran show editorial que, detrás de su apariencia luminosa, tiene intereses concretos que pueden responder al enemigo. Cuando una personalidad que maneja los problemas de la conciencia, de la historia, de la cultura, y que muchas veces ha sido portavoz de grandes inquietudes de nuestras masas populares, por lo tanto pasa a cumplir una labor histórica francamente negativa, reaccionaria. Ninguno de nosotros está libre de caer en ese riesgo, y por eso la vigencia sobre nosotros mismos y sobre nuestros compañeros debe mantenerse, en un sentido revolucionario, a pesar de que los evidentes errores cometidos en el pasado por parte de instituciones de Estados socialistas nos pongan muchas veces en guardia contra ciertas palabras. Estamos entre revolucionarios y dejaríamos de serlo en el momento en que entregásemos las armas de la cultura; pero no simplemente como escritores, sino también como ciudadanos de un país, como revolucionarios de fila. Además, como escritores, tenemos derecho a la crítica, y a plantear los problemas en el nivel que sea, y con la profundidad que nos imponga nuestra conciencia. Sin embargo, debemos estar vigilantes con respecto a la otra situación: seamos responsables ante nosotros mismos de esos peligros que tú has señalado, en la medida en que estemos dispuestos a no ofendernos por llamarnos servidores de nuestros pueblos. Si hay escritores a quienes le parece denigrante servir al pueblo, francamente no vale la pena que hablemos de ellos.

Como dije, esta fue una entrevista larga y no es el objetivo de este trabajo transcribirla en su totalidad. Sin embargo, cabe anexar la siguiente intervención de Benedetti y la respuesta de Dalton:

—En tu caso personal ¿ha habido conflicto entre tu militancia política y tu calidad de escritor?

—En alguna ocasión —recordó Dalton— me han preguntado eso, y muy a la ligera he dicho que no. Lo que he querido decir es que para mí ha sido posible estructurar mi obra poética en el seno de una vida de militancia política; o sea que me acostumbré a escribir en la clandestinidad, en condiciones difíciles. Pero evidentemente existe otro nivel. He tenido problemas ideológicos. Cada vez que he experimentado una desgarradura, ha sido porque se me planteaba una contradicción entre una posición política y una posición ideológica expresada en mi literatura. En la medida en que pude superar mis debilidades en este terreno, di pasos hacia delante; en la medida en que no los pude superar, tengo aún conflictos. Hay una serie de aspectos de la Revolución, muchos de ellos planteados a escala mundial, frente a los cuales yo posiblemente no tengo conceptos muy claros, y por lo tanto siento que me afectarán; pero, como te decía antes, son cuestiones absolutamente resolubles en el plano ideológico.

William Osuna

La lista de poetas, narradores, periodistas, intelectuales en general, artistas plásticos, cineastas, etc., de creadores en los más diversos géneros, de hombres y mujeres que a escala planetaria han aportado sus significativos compromisos militantes a los procesos revolucionarios de sus pueblos y fuera de ellos, por supuesto que resulta grande. Y no es el propósito de este texto mencionarlos a todos. Los tres nombres a los que aludo en este trabajo son altamente representativos en esta cita de hoy.

¡Tamaño compromiso para el poeta Osuna! Único sobreviviente de todos los seleccionados para este trabajo.

Ya nos estamos acostumbrando a leer cada domingo en el suplemento Artillería del Pensamiento del diario Correo del Orinoco, eje ideológico informativo de la Revolución Bolivariana, un creativo y reflexivo texto de su autoría titulado «Diccionario del séptimo mundo», creación poética y literaria, con un argumento novedoso —crítico— sobre el tema político de la semana, donde quiera que este acontezca. Osuna es presidente de la Casa de las Letras Andrés Bello, bajo la égida del Ministerio del Poder Popular para la Educación.

En una de sus recientes publicaciones, este bardo caraqueño le escribe al presidente de los Estados Unidos de América, para decirle por su intermedio a los estadounidenses unas cuantas verdades; entre ellas muchos de los crímenes que la nación imperial comete en nombre de la libertad.

En el libro Carta al presidente de los Estados Unidos de América, William Osuna corre la cortina del proscenio y descarga su incisivo verbo artillero. Le expresa al inquilino de la Casa Blanca: Los muchachos de mi cuadra llaman a la nación del viejo Whitman, Criminolandia.

Guantánamo surge como concurrencia de un botín de pirata y garfio, arrancada a Cuba en 1902 mediante la Enmienda Platt, capítulo contemplado en la Constitución de su país. En la actualidad Guantánamo es una cabina de torturas, criadero de huesos, documento de horror.

El poeta Osuna se pregunta: «¿Quién me dice que respecto a Colombia no sucederá lo mismo?».

A manera premonitoria le comenta:

Le obsequio este dato: antes de usted asumir la presidencia (año 2019) planificaban asesinar al presidente de mi país, no sé si ratifica esa demencial agenda.

Hablo de sus antecedentes, Doctor Murder y su secta de skull and bones, es claro.

Si le digo señor es por principio de familia, costumbres parroquiales heredadas de mis padres.

Espero merezca el trato epistolar: ningún señor va por el mundo arrojando bombas, destruyendo ciudades, mutilando niños, quemando arrozales, el trigo y la sed de la gente.

Escuche testimonios, la polvareda de Gaza, la destrucción de Bagdad.

En medio de tantas interrogantes, Osuna inquiere: «¿Quién gobierna a su país? ¿En un supermercado se abonaron a Colombia? ¿Cuánto les cuesta como instrumento de la guerra?».

Así va Osuna rebanando las torpezas imperiales a lo largo de las noventa y ocho páginas que van capítulo a capítulo arrancándole la máscara al dueño de nadie, al heredero ejecutor del Destino Manifiesto.

Como posdata, a manera de índice, estos son los temas confidenciales de la misiva: «Querido pájaro, «Soy un paisaje», «Amor a Norteamérica», «Tengo una culebra contigo», «Venezolanito que vienes», «Querido arañero», «Octubre», «Manos blancas, «Balada para el hijo de María y el carpintero».

Señor presidente:

En la sombra recogían luces molidas de acero, cifras en la espesura del viento, lamentos en el ocre de la tarde.

Nada se oía, solo palabras proféticas.

Testimonios de audacia: el más anciano arrojó el bastón al fuego y dijo:
entre ellos vinieron creyentes; pero, en su mayoría son perversos.

La razón del exterminio es dinero, avisos luminosos, las ciudades convertidas
en sarcófagos de oro y clavos de diamantes.

El poeta retrotrae ese presente que la televisión trata de ocultar. Osuna le recuerda a su Majestad:

Señor Presidente de los Estados Unidos, están vendidos los anillos de la guerra,

Aleja tu máquina infernal,
llévala detrás de los molinos de hierro,
colócala en un baño del cementerio de Arlington o en los galpones
de la General Motors,
tan bonita, todo ese cachivache con ruedas de goma, luces intermitentes,
un infierno de belleza,
esmeralda brillante contra el sol.

El doctor Williams te compararía con el Asfódelo, esa flor verdosa
que brota en el infierno,

Nunca se vio cosa igual en el cielo de Panamá:

Aquello bramaba como una vaca gozosa, derramando fuego
sobre la carne inocente,

todo lo convertía en polvo y cenizas,
comiendo vidrio,

dando alaridos contra la tierra, boca rota.


 



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Nelson A. Rodríguez A.

Periodista y diplomático. Autor de ensayos, cuentos y poesía.

 nelsonrodrigueza@gmail.com

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