Modos de leer la Paz

Difícilmente la paz de para observarle anclada en una sóla deriva como tampoco para advertirla estacionada en una exclusiva y unívoca interpretación, en tal sentido bien sabemos que tan cara y frágil figura ha venido encontrando hospedaje in-tranquilo en aquella gran casa lingüística (y cultural) cuyos hermanos, primos o parientes más inmediatos son del tipo: libertad, civilidad, democracia, ciudadano, justicia, amistad, respeto, solidaridad, etc. Semiosis incómodas que ciertamente tienen mucho talante y temporalidad moderna (y de la modernidad toda) pero que en otros casos su genealogía e historicidad se nos torna casi que faena imposible de lograr, dado sus aparecimientos, usos y traducciones demasiado tempranas y babélicas, lo cual –insisto- le vuelve en muchas oportunidades estampa francamente ininteligible.

Precisamente porque ella no ha sido ni es figura unívoca ni unitaria (nada conceptual) es por lo que sus aprehensiones y traducciones han llegado a alcanzar los más variados tipos, geoculturas y mentalidades. Al tener ella toda una cualidad de espíritu, de fantasmagoría, es de esperar que sus apropiaciones no se hayan hecho de mucho esperar, en consecuencia de ella, con ella y por ella encontramos en la vera del camino (y de la historia) a los más heterogéneos y heteróclitos personajes humanos, demasiado humanos, queriendo hablar de ella y en su nombre para la obtención y/o afirmación de pasiones, medios y fines múltiples, en muchos casos totalmente equidistantes entre sí.

En numerosas ocasiones ciertamente la paz nos aparece, circula, administra y da a consumir como discurso, como mero lingüicismo, como simples paroles y, ni modo, pues por tal vía y gracias a ello es por lo que muchos muchachones y muchachonas hoy muestran y engalanan potentes record académicos, titulaciones y puestos de trabajo, labrados (entre otras cosas) gracias a memorizar, repetir y ser sumamente doctos en los asuntos retóricos de unas ciertas ideas y esquemas de paz. Por lo demás, nuestras agónicas academias ostentan campeonatos en eso de organizar y animar talleres, seminarios, cátedras y hasta cursos completos de paz, aun cuando en sus tantos ambientes, cuerpos y mentalidades priven la más descarnadas violencias, injusticias, maltratos, odios, inequidades, etc. cotidianas.

Fuera de los espacios académicos, tal vez sean aquellos parqueados en las casas de las religiones y lo político (sobremanera de la política) donde su sonoridad y agitación se nos muestren bien recurrentes.

La voz paz ha sido una de las palabras claves portadas tanto por los hombres cultores del diálogo y la relacionalidad dialógica franca como en aquella suerte de monstruos que igual los dioses y nuestro género (en su descuido) ha podido largar al mundo de la vida y de los vivos. Nuestra literatura cristiana es bien espesa en eso de mostrarnos nombres de hombres y mujeres verdaderamente de paz, pero también la política y sus expresiones societarias constituidas ha podido entregarnos aquellos otros (tantos hombres y nombres) trajeados y convictos en las mentalidades y sensibilidades más violentas, terroristas y aberrantes que hayamos podido imaginar y no imaginar.

Quizás otra de las tantas maneras y modos de entender la paz y sus inevitables procesos de apropiación y producción discursiva sea aquella que en nuestros últimos meses ha venido estando sujetada en unos ciertos cuerpos y cogniciones “estudiantiles” de signo opositor, para los cuales la única manera de hablar y producir paz verdadera (aquella que está sólo en sus mientes y no en la de los otros”), es sólo después que el país lo terminemos de vivir en ruinas, en guerra intestina e intervención de los USA, esto es, para tales traductores y productores de paz ésta sólo tendría chance de emerger en la nación hasta que el presidente Maduro se vaya, hasta que queden libres los ahora acusados de violencia, saqueos, apropiación indebida del espacio público y de numerosos asesinatos, no importando si en tal acontecimiento aquellas reglas de juego constitucionales, salidas de procesos y experiencias de paz y no de fuerza que en el año de 1999 nos diéramos unos y otros venezolanos, quedaran en lo inmediato suspendidas de observación y cumplimiento.

Lo que nos quedaría de fondo por subrayar en este ligero espéculo es que la paz no tiene ni adquiere una sóla traducción como tampoco única interpretación, en tal sentido sus propietarios e inquilinos somos en verdad unos y otros, quedándonos por resolver (en adelante) el cómo hacemos para que unos y otros negociemos la condición de existencia que ha de continuar en la patria, pues de otro modo, sin reglas ni climas dialogantes de los comunes y los diferentes, la paz corre el total riesgo de volvernos a todos (o casi todos) en cuerpos, sensibilidades y mentalidades de tenor todo selvático.

¿Está mi querido lector interesado en ser tratado enteramente tal como los lobos tratan a los lobos?

Docente/investigador universitario
edbalaguera@gmail.com






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Edgar Balaguera

Antropólogo, Sociólogo, Magister en Ciencias Políticas, Doctor en Ciencias para el Desarrollo. Docente.

 edbalaguera@gmail.com

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