¡Ni un paso atrás! Preparándose para una Venezuela post Chávez

El presente articulo está dirigido a audiencias fuera de Venezuela como contribución a contrarrestar la distorsionadora campaña mediática a nivel internacional en contra del legado de Hugo Chávez.

Fue publicado por CounterPunch y traducido al español por Marvin Najarro.


Hugo Chávez ya no está, sin embargo, la importancia simbólica del presidente venezolano que excedió a su persona física en vida, al ser punto de condensación alrededor del cual se unificaron las luchas populares, continuará viva de forma inevitable por mucho tiempo después de su muerte. No es por nada que las palabras del gran cantor revolucionario Alí Primera están en la punta de la lengua de mucha gente:
 
"Los que mueren por la vida
no pueden llamarse muertos"
Un revolucionario de pies descalzos
 
Hugo Chávez era un muchacho pobre del campo, lo que dice mucho a cerca de lo que debe saberse sobre él. Pies descalzos, casa de bahareque, perpetuamente tostado por el sol, extrayendo duras lecciones y una fuerte dosis de audacia de las experiencias de la vida diaria, en esa parte de los llanos venezolanos que se estrellan abruptamente en la impresionante cordillera de los Andes.
 
Mientras que la política estaba en el suelo bajo sus pies y en las interacciones sociales de su diaria existencia, los primeros contactos con la política revolucionaria de Chávez se dieron a través de su hermano mayor, Adán, miembro de la todavía clandestina organización guerrillera, Partido de la Revolución Venezolana (PRV). Fue el PRV que rehusó intransigentemente bajar de las montañas en las postrimerías de la década de los 60, cuando  el Partido Comunista Venezolano decidió retirarse de la lucha armada, y fue también el PRV, más que ninguna  otra organización, el que resistió la ortodoxia Marxista excavando bajo la sombrilla del “Bolivarianismo” las tradiciones revolucionarias venezolanas y latinoamericanas.  
 
Por medio de su hermano Adán, el joven Chávez fue imbuido con el legado de esta lucha guerrillera venezolana y sus aspiraciones, un portentoso y necesario contrapeso a la doctrina oficial que el aprendería en la academia militar. Pero aun todavía como soldado, Chávez fue siempre un irreverente hasta la medula, y no pasaría mucho tiempo antes que empezara a organizarse con otros oficiales radicales. Eventualmente la agrupación de conspiradores sería llamada el MRB-200, el Movimiento Revolucionario Bolivariano, y no fue un asunto puramente militar, evolucionando en un cercano contacto con la guerrilla revolucionaria comunista del PRV y de otras partes.
 
La vieja Venezuela
 
La vieja Venezuela ya no existe. El antiguo régimen venezolano fue uno de auto-profesada armonía, y cultivó este mito hasta el final. Para los expertos en política, esto se traducía como el “excepcionalísimo venezolano”: en un mar turbulento y de dictaduras, únicamente el permanecía relativamente estable y “democrático”. Pero era una armonía que tenía como premisa la invisibilidad de la mayoría, y una estabilidad manufacturada a través de la incorporación y neutralización de todos y cada uno de los movimientos opositores. Aquellos que se rehusaban, que no cedían eran asesinados o encarcelados en los gulags de esta democracia “excepcional”.
 
Cuando Hugo Chávez intentó en 1992, derrocar por primera vez al gobierno de Carlos Andrés Pérez, él estaba atacando a una democracia en nombre solamente. Décadas de gobiernos dirigidos por dos partidos habían creado un sistema totalmente insensible a las necesidades de las vastas mayorías, y cuando los pobres se revelaron durante la crisis económica, en la “década perdida” de los años 1980, el gobierno los reprimió brutalmente. En tan solo el más espectacular de los muchos momentos de resistencia, la semana de la rebelión de 1989 conocida como El Caracazo, entre 300 y 3,000 personas fueron asesinadas al ordenar, Pérez, a los militares que “restauraran el orden” en los barrios pobres que rodean Caracas y otras ciudades venezolanas.
 
Fue esta rebelión más que ninguna otra, y la represión que desató, lo que condujo, o mejor dicho forzó, a Chávez y otros a intentar un golpe con el respaldo de los movimientos revolucionarios de base, y fue este golpe más que ningún otro evento  lo que condujo a su eventual elección en 1998. Al fin alguien se había alzado, y cuando Chávez prometió en la televisión nacional de que “por ahora”, las conspiradores habían únicamente fracasado, él estaba efectivamente prometiendo, como lo hizo Fidel Castro hacia 40 años, que la historia lo absolvería.
 
La nueva Venezuela
 
En muchas maneras, lo es. Bajo la mirada de Chávez, Venezuela se ha vuelto más igualitaria, de hecho el país más igualitario de América Latina de acuerdo al coeficiente Gini de la distribución del ingreso. La pobreza ha sido reducida significativamente, y la extrema pobreza casi que erradicada. El analfabetismo ha sido eliminado y el acceso a la educación aun para los venezolanos más pobres es gratuito hasta el nivel universitario. El cuidado médico es gratuito y universal. A pesar del catastrófico lenguaje de la oposición venezolana y de la prensa extranjera, la economía esta fuerte, y ha sorteado la crisis económica global mejor que la mayoría (notablemente, los Estados Unidos).
 
Sin embargo, más importante que la mejora en las condiciones sociales de la mayoría  de venezolanos, son las transformaciones políticas que el Estado venezolano y el pueblo han experimentado, transformaciones que todavía están lejos de ser completas. Este no fue un simple gobierno populista que buscó la compra de votos a través de las dádivas, sino un gobierno radicalmente democrático que buscó a menudo, a pesar de sus propias tendencias autocráticas, darle poder al pueblo para intervenir desde abajo como verdadero “protagonista” de la historia. A través de los consejos comunales, cooperativas, comunas, y milicias populares, el gobierno venezolano radicalmente le ha dado poder a las organizaciones de base radicales, aunque no sin la resistencia de sus propios burócratas.
 
Pero estos logros no pertenecen solamente a Chávez, y de hecho, no pertenecen a Chávez en absoluto. Mucho antes que Chávez, estuvieron los movimientos revolucionarios que trataron, fracasaron, y trataron mejor, generando las experiencias, organizaciones, y perspectivas que eventualmente propulsarían a Chávez al timón de un Estado que había perdido toda credibilidad. Cualquier celebración que presente a Chávez como un salvador es un insulto al pueblo que él tuvo siempre en alta estima y cuyas órdenes él siguió.
 
Inversamente, algunos mal informados izquierdistas lo acusaban de no haber sido lo suficientemente revolucionario, por no moverse con suficiente rapidez hacia el socialismo: la revolución de una vez y por todas o nada. Otros, tomando aquí una página de los liberales, lo atacaban por ser autoritario, autocrático, y antidemocrático. Pero todo esto erra en el punto más fundamental: Que Chávez no es la revolución venezolana. Si fallamos en entender el por qué millones de venezolanos están hoy de duelo, entonces voluntariamente hemos abandonado cualquier esfuerzo serio en entender lo que está pasando en Venezuela.
 
Un demócrata combativo
 
Aún como presidente, siempre afloró a través de la apariencias de urbanidad del liderazgo político el lado campestre de Chávez: como cuando el espontáneamente irrumpía entonado un canto llanerohablaba en parábolas y refranes del campo, o cuando durante las transmisores televisivas en directo atacaba brutalmente a oponentes y aliados por igual. También podría decirse que su paradójico autoritarismo democrático era un legado del campo: profundamente respetuoso del pueblo y fervientemente igualitario, el no aceptaba el no como respuesta cuando se trataba de revolucionar al país. Mientras que Chávez había soñado por mucho tiempo con ser un pitcher de grandes ligas su apodo de niñez, El Látigo, describía su actitud hacia la política al menos como describía también su bola rápida. 
 
Pero esta contradicción no era propia de él: democracia directa y democracia representativa son raras veces los compasivos aliados que sus nombres podrían sugerir, y una de las aparentes paradojas de la Revolución Bolivariana es que  ha recibido un firme empujón desde arriba para aclarar la senda a una participación radicalmente democrática desde abajo. Esto es lo que los críticos de Chávez y de la Revolución Bolivariana quieren decir cuando sugieren que él se ha llevado por delante el mecanismo de “controles democráticos”, fallando en notar que tales impedimentos institucionales, por muy justificables que sean, están muchas veces lejos de ser democráticos. 
 
Como resultado, parece que los dos bandos hablan diferentes lenguajes: por un lado, el que parece incluye al congresista Republicano Ed Royce  despidió a Chávez con un pronto “hasta nunca”, el líder fue un dictador autoritario. Sin embargo, tales aseveraciones vienen como sorpresa a los Chavistas, quienes lo han elegido muchas veces, repetidamente escogiendo el camino de un proceso revolucionario cada vez más radical, y quienes están prontos a señalar la contradicción entre su voluntad y los límites de plazo. A muchos venezolanos pobres, también, les causó sorpresa la indignación suscitada cuando Chávez se refirió  a George W. Bush como el “diablo” o “burro”. Los pobres raramente captan el papel de la cortesía en política, viéndola en su lugar intuitivamente pero correctamente como el ámbito de fuerzas opositoras poderosas, “ustedes están con nosotros o ustedes están en contra de nosotros” del propio Bush.  
 
La naturaleza maniqueista de la política venezolana en los años recientes es innegable, pero sería muy aconsejable que reconociéramos, con Frantz Fanon, que esta división entre ellos y nosotros, Chavistas y escuálidos (o más recientemente, majunches), fue más una reflexión de una realidad estructural que una falta de Chávez o de la Revolución. Cuando los venezolanos de la elite empezaron a lamentar la desaparición de la “armonía” venezolana, lo que ellos realmente querían decir era que, de repente, venezolanos pobres y de piel oscura habían aparecido, haciendo sentir su presencia, e inclusive habían asumido el manto del gobierno como un mecanismo de presión para sus demandas. 
 
Chávez ciertamente flirteo con el maniqueísmo para movilizar al pueblo en la lucha, pero este maniqueísmo también llegó a él, por razones fenotípicas  como también por razones políticas: piel oscura, con una nariz ancha y orejas largas, “con su misma imagen” Chávez había alborotado la colmena de la armonía social … Su imagen incomoda a las mujeres ricas de Cuaratimare.” Chávez y sus partidarios han sido por mucho tiempo racializados en términos que serían un escándalo en cualquier otra parte: mono, negro, chusma, horda, turba. El racismo abierto explotó durante el golpe de Estado que depuso a Chávez por menos de dos días, forzándolo en muchas maneras a recocerlo públicamente, en un país que ha celebrado a menudo el mestizaje he insistido de que en Venezuela no existe el racismo. Al final, este maniqueísmo se ha convertido en el motor más importante del proceso revolucionario, unificando a la gente contra el enemigo común y preparándolos para las luchas que se avecinan.
 
Yo estaba supuesto a reunirme con Chávez, pero él canceló la reunión a el último minuto. Su carácter impredecible se originaba de una combinación de asuntos de seguridad y un deseo irreprimible de hacerlo todo él mismo. A diez pies de distancia fue lo más cerca que estuve de él, inundado en un torrente sin parar de Chavistas vestidos de rojo en la Avenida Bolívar en el 2007, cuando el ahora fallecido presidente pasó subido sobre un camión. Cuando él pasaba, me acerqué y ejecute mi expresión Chavista favorita: golpeando la palma de mi mano con el puño para simbolizar la brutal aporreada de la oposición. Como si confirmando la centralidad del combate en una Revolución que lo sobrevivirá a él, él me miró e hizo lo mismo.
 
La revolución no dará marcha atrás
 
¿Qué es lo que viene? Dentro de 30 días habrá elecciones, en la cuales el sucesor de Chávez, Nicolás Maduro con toda certeza prevalecerá contra una oposición que parece únicamente aglutinarse con el propósito de luego venirse abajo. Pero en el largo plazo el futuro todavía no está escrito. Mientras que nada es inevitable, sin embargo, una gran mayoría de venezolanos pobres y radicalizados les dirán a ustedes que ellos no darán ni un paso atrás, un simple paso atrás, no volverán. Y ellos lo dicen con una profunda convicción.
 
Esta es una garantía revolucionaria que nunca ha dependido solamente en la figura de Chávez. Como lo escribo en la introducción de mi próximo libro We Created Chávez
 
"La Revolución Bolivariana no es a cerca de Chávez. Él no es el centro, la fuerza motora, tampoco el genio revolucionario individual sobre quien depende todo el proceso o en quien encuentra una inspiración cuasi divina. Parafraseando al gran teorico e historiador trinitario C.L.R. James: Chávez al igual que el revolucionario haitiano, Toussaint L’Ouverture, “no hizo la revolución. Fue la revolución la que hizo a Chávez. O, como me dijo un organizador venezolano, Chávez no creo el movimiento, nosotros lo creamos a él”.
 
En 1959, Frantz Fanon declaró irreversible a la Revolución de Argelia, a pesar del hecho de que el país no ganaría la independencia formal por otros tres años. Estudiando de muy de cerca la transformación de la cultura argelina durante el curso de la lucha y la creación de lo que el llamó una “nueva humanidad”, Fanon tenía la certeza de que se había alcanzado un punto de no retorno, escribiendo que:
 
“Un ejército puede en cualquier momento reconquistar el terreno perdido, pero ¿cómo puede ser reimplantado el complejo de inferioridad, el temor, la desesperanza del pasado en la consciencia de la gente?
 
En una revolución, no hay garantías, y no existe algo que diga que la dialéctica histórica no pueda ser doblegada hacia atrás, golpeada y ensangrentada. El punto es simplemente que para las fuerzas de la reacción no será una tarea sencilla hacerlo así. Hace mucho tiempo, el pueblo venezolano se puso de pie, y es difícil sino imposible decirle a un pueblo que se ha levantado que se doblegue y se arrodille de nuevo.
 

George Cicariello-Maher, es profesor teoría política en Drexel University en Pensilvania. 
 
Él es el autor del libro We Created Chávez: A People’s History of the Venezuelan Revolution (Duke University Press, May 2013), y puede ser contactado a gjcm(arroba)drexel.edu.
 
Sígalo en Twitter: @ciccmaher


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George Ciccariello-Maher

Escritor y teórico radical. Entusiasta defensor de la revolución venezolana en EEUU. Profesor de Ciencias Políticas en la Drexel University, EEUU. Autor del libro We Created Chavez: A People's History of the Venezuelan Revolution (Nosotros Creamos a Chávez: Una Historia Popular de la Revolución Venezolana).

 gjc43@drexel.edu      @ciccmaher

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