Estado y Poder Popular XX. La Universidad que necesitamos en Venezuela

(Exhortamos a los estudiantes y estudiosos de la Ciencia Política, a recopilar estos artículos, escritos con el ánimo de contribuir a la difusión de esta importante temática en una hora tan especial en la encrucijada de la Patria).

¿Se han discutido a fondo los cambios que necesita el país? ¿Lo han hecho en alguna oportunidad los partidos políticos mayoritarios? ¿Lo ha hecho el PSUV, Primero Justicia, AD, Un Nuevo Tiempo, PPT, Podemos, el PCV, MEP, Voluntad Popular? A lo más que han llegado es a producir consignas impactantes para las campañas electorales. Cada propuesta, cada ofrecimiento, es un acto más de demagogia.

En las universidades se filosofa exhaustivamente, se trabaja en el análisis de los estudios que distinguidos intelectuales de todas las áreas producen y han producido, tanto en el mundo de la academia, como en el campo de la investigación experimental. Esos  estudios son objeto de  discusión en eventos nacionales e internacionales: foros, congresos, simposios, seminarios, coloquios y, además, fluyen prolíficamente en libros y revistas científicas que circulan por todo el mundo, especialmente en los medios universitarios. Y también en los cafés, restaurantes, parques, plazas y museos ¡Y hasta allí. Allí quedan para dormir con los insectos!

Es necesario insistir en el tema. Es un denominador común el de la educación necesaria; los cambios que ésta debe sufrir para que los venezolanos de las futuras generaciones, con otra formación, con otros niveles de conciencia, con las herramientas instrumentales adecuadas, sean los protagonistas de esas transformaciones científicas, tecnológicas, estructurales, pero fundamentalmente de conciencia para el trabajo productivo, solidario, cooperativo, internacionalista y profundamente democrático.

Los cambios que necesitamos no son los que se han producido en las sociedades del Norte.

Enrique Dussel, el prolífico intelectual argentino-mexicano, propuso utilizar, para planificar el futuro con sentido racional, el “método analéctico”, término éste que desarrolló y difundió en su obra “Filosofía de la liberación”, y que define como “el hecho real humano por el que todo hombre, todo grupo o pueblo se sitúa siempre más allá (aná-) del horizonte de la totalidad”. Se refiere a la universidad que desarrolle el pensamiento crítico. Esta propuesta fue adoptada más adelante por los investigadores sociales y profesores universitarios continentales: Aníbal Quijano, Rivera Cusicanqui, Walter Mignolo, Edgardo Lander, Atilio Boron, Catherine Walsh, Santiago Castro-Gómez, Pablo González Casanova, entre otros, de cuyos aportes surge el reconocimiento de la diferencia colonial pensada a través de la vigencia de la heterogeneidad estructural y las contradicciones diacrónicas. Porque pensar en Bolivia, Argentina, Perú, Paraguay, Colombia, Venezuela y México, no es lo mismo que pensar en Alemania, Francia, Noruega, Bélgica y Holanda. Los problemas y las urgencias de Maracaibo, de Cali, La Paz, Tijuana, Mendoza, La Asunción, no son las mismas que en Colonia, Lyon, Oslo, Lovaina o Amsterdam.

Es cierto que algunos de nuestros pueblos, y entre ellos Venezuela, Cuba y Nicaragua han logrado superar el analfabetismo, pero el funcional, el tecnológico, el de la creación y el trabajo productivo persiste. Y superar ese analfabetismo nos llevará años, muchos años, pero muchos menos sin las ataduras neocoloniales que aún padecemos. Y es que necesitamos una Universidad donde se desarrolle el Pensamiento Crítico, mucho más allá de la que tuvimos en la década de 1960.

Hace años, en la Universidad Metropolitana de Caracas, asistí a un Seminario donde se exponía el milagro noruego, de cómo en ese país, que inició  la explotación de su petróleo a comienzos de la década de 1970 creó  el Fondo Gubernamental del Petróleo de Noruega en 1990, el Fondo de Pensiones  del Gobierno - Global, que es el instrumento que utiliza el Gobierno noruego para transferir riquezas de las reservas de petróleo y gas a una cartera de valores internacionales de amplia base, que ha tenido un éxito asombroso desde la perspectiva capitalista. Proponían que se hiciera lo mismo en Venezuela, como si nuestros problemas, nuestras urgencias, nuestras necesidades fueran las mismas. En 1990 Noruega tenía 4 millones y medio de habitantes, sus niveles de pobreza no alcanzaban el 10%, tenían una población científica y tecnológicamente suficientemente capacitada, su ingreso per cápita era ya de los más elevados del mundo; era, en fin, un país desarrollado.

No, definitivamente no tenemos por qué seguir su ejemplo. Tenemos que, dentro de nuestras propias realidades, establecer las prioridades que consideremos, sin eufemismos y sin chauvinismos.
A mediados de la década de 1980 se conformó la Comisión Presidencial para la Reforma del Estado, más conocida como la COPRE. Se produjo una serie de voluminosos documentos en las diferentes áreas que se estudiaron. La descentralización fue uno de los temas candentes. Sirvió ese ensayo para alimentar la carga burocrática de las gobernaciones y alcaldías de entonces. Nada sustantivo a lo largo de más de diez años de experiencia. Es curioso, así como interesante, observar que los cambios propuestos en esa oportunidad, de lo cual no hace ni 30 años, hayan producido una severa amnesia entre sus proponentes; parecen haber adquirido (ellos) el mal conocido como Alzheimer.

Por tanto, urgimos a la actual pléyade de parlamentarios, a estudiar la realidad de Venezuela en profundidad y a obrar en consecuencia. Ya he escrito sobre este tema*



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César Eulogio Prieto Oberto

Profesor. Economista. Miembro de Número de la Academia de Ciencias Económicas del Estado Zulia. Candidato a Dr. en Ciencia Política.

 cepo39@gmail.com

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