La internacional y la Comuna de París

El período 1869-1870 fue de auge para el movimiento obrero, pero al mismo tiempo de represión, sobre todo en Francia, donde la reacción organizaba toda clase de provocaciones en contra de los internacionalistas y de sus organizaciones con el fin de preparar el terreno para acudir a un plebiscito nacional con el cual Napoleón III esperaba consolidar el Imperio.

El Consejo General de la Internacional, el 3 de mayo de 1870, elevaba una protesta en contra de las acciones policíacas de persecución de las organizaciones francesas y de sus dirigentes.

En efecto, por siete millones de votos contra un millón y medio, el Imperio de Napoleón III aparecía refrendado por el “pueblo”...a través de un plebiscito.

En el mes de julio, las relaciones entre Prusia y Francia eran de una gran tirantez. El rey Guillermo I de Prusia apoyaba la candidatura del príncipe Leopoldo de Hohenzollern, ofrecimiento del general Prin en 1870 para ocupar el trono de España, y Bismark le aconsejó que aceptara el ofrecimiento. Francia, diplomáticamente, quedó aislada, Austria no intervino porque temía la movilización rusa, al igual que Italia, porque los franceses no le permitían ocupar Roma.

Y la guerra estalló. Frente al medio millón de alemanes al mando del general Moltke, Napoleón III sólo podía presentar unos 265.000 hombres.

Con la guerra francoprusiana, la Internacional entró en una etapa decisiva. Las persecuciones de que había sido objeto en Francia y Prusia, como preludio a la guerra, así como las consecuencias de la guerra misma, habrían de influir decisivamente en su presente y en su futuro. Como, en efecto, así fue. Declarada la guerra, El Consejo General de la Internacional lanzó un manifiesto dirigido a los trabajadores de Europa y de los Estados Unidos.

Dos meses más tarde, el Consejo General lanzaba un segundo manifiesto dirigido a todos los miembros de la Asociación en Europa y los Estados Unidos en el que analizaba la marcha de la guerra llamando al proletariado internacional a la solidaridad.

Los prusianos derrotan en Sedán el 3 de septiembre de 1870 a las fuerzas de Napoleón III, haciéndole prisionero. Con la derrota húndese su Imperio, proclamándose la Tercera República; estalla la guerra civil y prodúcense las gloriosas jornadas de la Comuna.

La organización del V Congreso de la Internacional, que debía celebrarse en París en 1870 y no pudo tener efecto hasta 1872, en la Haya, es inseparable de la guerra francoprusiana, de la guerra civil en Francia y de la gloriosa Comuna de París.



El 28 de enero de 1871, París sitiado, con los prusianos a las puertas de Versalles y una gran parte de la Francia ocupada, lleva al Gobierno de la burguesía a capitular. Los obreros parisienses, inflamados de patriotismo, quieren seguir la guerra contra los invasores. El divorcio entre el Gobierno y el pueblo aparece con toda su fuerza, demostrándose, una vez más, que sólo la clase obrera es la clase auténticamente revolucionaria y patriótica. El Gobierno huye a Versalles, y el 18 de marzo París despierta al grito de “¡Viva la Comuna!”

...Los proletarios de París –decía el Comité Central en su manifiesto del 18 de marzo-, en medio de desfallecimientos y traiciones de las clases gobernantes, han comprendido que ha llegado para ellos la hora de salvar la situación tomando en sus manos la dirección de la cosa pública. El proletariado comprende que es un deber imperativo y un derecho absoluto para él tomar en la mano sus destinos y asegurar el triunfo apoderándose del Poder...

El 26 de marzo la Comuna es elegida y el 28 proclamada. La clase obrera, por primera vez en la Historia, era dueña del poder político.

Exaltando la Comuna, Carlos Marx, en su carta dirigida a su amigo Kugelmann, el 17 de abril, le decía:

“Gracias al combate librado por París, la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado ha entrado en una nueva fase. Más, cualquiera que sea la salida, nosotros hemos obtenido un nuevo punto de partida de una importancia histórica universal...”

En una carta anterior ya había expresado a su amigo su entusiasmo y su admiración por los heroicos combatientes de París:

“... ¡Qué flexibilidad, cuanta iniciativa histórica y cuanto espíritu y capacidad de sacrificio en estos parisinos! Después de seis meses de hambre, minados por la traición interior más que por el enemigo de fuera, se alzan bajo las bayonetas prusianas, como si jamás hubiese existido tal guerra entre Francia y Prusia y el enemigo no estuviese a las puertas de París. La Historia no registra ejemplo semejante, de tamaña grandeza...”

El Comité Central de la Guardia Nacional, que hasta entonces había ejercido transitoriamente el poder, dimite y entrega sus poderes a la Comuna. El 30, la Comuna suprime el servicio militar obligatorio y reconoce a la Guardia Nacional como única fuerza armada a la que todos los ciudadanos útiles deben pertenecer; dispone una moratoria en el pago de los alquileres de octubre de 1870 a abril de 1871; suspende todas las operaciones de venta de los Montes de Piedad; el mismo día confirma la designación de extranjeros para funciones del gobierno porque “la bandera de la Comuna es la República mundial...” El 1º de abril establece que los emolumentos de un empleado o miembro de la Comuna no podrán ser superiores a seis mil francos. El 2 de abril decreta la separación de la Iglesia y del Estado y la supresión de toda clase de subvenciones a la Iglesia, así como la nacionalización de sus bienes.

Para contrarrestar la acción de sabotaje de las fuerzas reaccionarias patronales que paralizaban el trabajo, el 16 de abril ordena establecer un censo estadístico de las fábricas inmovilizadas por los fabricantes y la elaboración de planes para la puesta en marcha de estas fábricas bajo la dirección de los obreros que trabajan en ellas, reunidos en asociaciones cooperativas, y también para la organización de estas asociaciones en una gran federación de industria. El 20 de abril suprime el trabajo nocturno en las panaderías y el 30 ordena la supresión de los Montes de Piedad.

El poder de la Comuna fue breve. El 21 de mayo ábrese la puerta de la traición, y la Comuna, la primera revolución proletaria triunfante, gracias a la confabulación de la burguesía nacional con el invasor, es aplastada y ahogada en sangre. En la sangrienta represión de Thiers caen centenares de internacionalistas. Sus vidas y su sangre vivificaron el movimiento obrero y la revolución para todos los siglos.

En la reunión del Consejo General de la Internacional del 25 de abril, Marx decía: “...Los principios de la Comuna son eternos y no podrán ser destruidos; ellos serán siempre puestos de nuevo a la orden del día mientras que la clase obrera no haya conquistado su liberación.”

Derrotada la Comuna, el Consejo General de la Internacional, el 30 de mayo 1871, elabora el famoso informe La guerra civil en Francia, que dirige a todas las secciones, en el que hacía una exposición histórica de los acontecimientos desarrollados en torno a la guerra francoprusiana, que terminaba con los siguientes párrafos:

El espíritu burgués, todo empapado de policía, se imagina, naturalmente, que la Asociación Internacional de los Trabajadores funciona como una conjuración secreta, y que su órgano central manda, de vez en cuando, explosiones en diferentes países. Nuestra Asociación, en realidad, no es más que el lazo internacional entre los obreros más avanzados de los países del mundo civilizado. En cualquier lugar, bajo cualquier forma y en cualesquiera condiciones que la lucha de clases tome alguna consistencia, es muy natural que los miembros de nuestra Asociación se coloquen en el primer plano. El suelo en el cual que ésta se desarrolla es la sociedad moderna misma. De este suelo no podrá ser extirpada por ningún abuso de carnicería. Para ello, los gobiernos tendrán que extirpar el despotismo del capital sobre el trabajo, condición de su propia existencia parasitaría.

El País obrero, con su Comuna, será celebrado por siempre como el glorioso furriel de una sociedad nueva. Sus mártires permanecen vivos en el gran corazón de la clase obrera. A sus exterminadores, la Historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la cual todas las oraciones de sus sacerdotes no llegaran a liberarles.

Londres, el 30 de mayo de 1871

Este informe determinó más tarde una polémica en el seno del Consejo General en virtud de la cual se apartaron del mismo Odger y Lacraft, que no se solidarizaron con la Comuna.


Ahogada en sangre la Comuna, algunos internacionalistas lograron refugiarse en Suiza, Bélgica, Inglaterra y España. La reacción francesa aprovechábase de aquella situación para intentar una acción internacional de represión en contra del movimiento obrero organizado. El ministro francés, Jules Favre, enviaba una circular a las cancillerías incitando a la persecución de los comunalistas y a la represión de las secciones de la Internacional, declaradas fuera de la ley en varios países, entre ellos España y Francia. Un poco más tarde, es el Gobierno español el que se dirige igualmente a las cancillerías europeas pidiendo una acción conjunta contra la Internacional.


En España se refugiaron Pablo Lafarge, yerno de Carlos Marx y uno de los más fieles discípulos de su pensamiento político; Carlos Alerini, amigo y colaborador de Bakunin; Paul Brousse, “posibilista”, y José Marquet. La llegada de Lafarge a España tuvo una importancia de primer orden para la Sección de la Internacional y para el socialismo español. “La presencia de este hombre fue decisiva para el movimiento y la organización –dice José Morato en su libro El Partido Socialista-, él fue el verdadero creador del Partido Socialista, porque de él partió el esfuerzo inicial...”


Eugenio Pottier escribía el himno “La Internacional” a los cinco años de haberse constituido la Asociación Internacional de los Trabajadores, al grito de “¡Proletarios de todos los países, uníos!” El himno era ya un canto de victoria.


L’INTERNACIONALE


C’est la lutte finale.

Groupons-nous, et demain

L’Internationale

Sera la gente humain.


Debout, les damnés de la terre!

Debout, les forcast de la faim!

La raison tourne en son cratère,

C’est l’éruption de la fin.

Du passé faisons table rase.

Foule esclave, debout! Debout!

Le monde va changer de base;

Nous ne sommes rien, sayons tout!


Il n’est pas de sauveurs suprèmes!

Ni Dieu, ni César, ni tribun.

Producteurs, sauvons-nous nous-mémes.

Décrétons le salut commun!

Pour que le voleur rende gorge,

Pour tirer l’esprit du cachot,

Soufflons nous-mèmes notre forge;

Battons le fer quand il est chaud!


L’Etat comprime et la loi triche,

L’impòt saigne le malheureux;

Nul devoir ne s’impose au riche;

Le droit du pauvre est un mot creux.

C’est assez languir en tutelle,

L’égalité veut d’autres lois!

“Pas de droits sans devoirs, dit-elle;

Egaux, pas de devoirs sans droits!”


Hideux dans leur apothéose

Les rois de la mine et du rail

Ont-ils jamais fait autre chose

Que dévaliser le travail?

Dans les coffres-forts de la bande

Ce qu’il a créé s’est fondu.

En décrétant qu’on le lui rende

Le peuple ne veut que son dù.


Les rois nous soulaient de fumées;

Paix entre nous, guerre aux tyrans!

Appliquons la gréve aux armes,

Crosse en l’air et rompons les rangs!

S’ils s’obstinent, ces caníbales,

A faire de nous des héros,

Ils sauront bientòt que nos balles

Sont pour nos propres généraux.


Ouvriers, paysans, nous sommes

Le grand parti des travailleurs.

La terre n’appartient qu’aux hommes,

L’oisif ira loger ailleurs.

Combien de nos chairs se repaissent!

Mais si les corbeaux, les vautours,

Un de ces matins, disparaissent,

Le soleil brillera toujours!


C’est la lutte finale!

Groupons-nous, et demain

L’Internationale

Sera le genre humain!


Salud Camaradas Revolucionarios.

Hasta la Victoria Siempre.

Patria. Socialismo o Muerte.

¡Venceremos!


manueltaibo@cantv.net


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Manuel Taibo


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