Desafíos de América Latina de cara al cada vez más agitado ajedrez geopolítico mundial

La principal variable geopolítica para la manutención de una supremacía planetaria hoy día no radica ya en qué parte de la geografía de Eurasia constituye el punto de neurálgico.

Para quienes no estén muy familiarizados con este vocablo, Eurasia (o Euroasia) es el apelativo con que se designa a los sub-continentes conformados por las regiones históricas de Europa y Asia.

La variable geopolítica que se ha desplazado desde el espacio regional al global, hace que la preponderancia sobre todo el continente euroasiático constituya hoy día la base medular de y para la superprimacía global de una potencia, cualquiera que esta sea.

EEUU, (una potencia evidentemente no euroasiática), disfruta actualmente de la primacía internacional. Y, como es de pronosticar, su poder se despliega directamente sobre cada una de las periferias del continente euroasiático.

A partir de una acertada gestión de estas periferias, EEUU ejerce una poderosa influencia sobre los Estados que ocupan el entre-espacio euroasiático.

América Latina constituye un espacio geo-estratégico de influjo y aprovisionamiento (energético y de mercado) muy importante para EEUU, pero no constituye una zona geopolíticamente decisiva.

En cambio, Eurasia constituye el campo de juego más importante del planeta.

Alguien bien podría preguntarse ¿por qué?

Básico: Porque únicamente en ese entorno político-geográfico-cultural podría germinar, eventualmente, un potencial rival de EEUU.

Por ello esta superficie del planeta se constituye como el centro de gravedad del equilibrio mundial.

Eurasia constituye así, el punto nodal para la formulación de una geoestrategia efectiva para una correcta y redituable conducción de Europa y de Asia. Pero es el punto de toque clave para establecer la hegemonía sobre estas dos vasta y complejas macro-zonas sino que EEUU allí se juega la continuidad de su hegemonía sobre el resto del globo.

Delinear así una política de flujos de movimiento geopolítico efectivos pasa entonces necesariamente por abarcar (y procurar afectar) el mapa completo de las variables y terrenos sobre los que habría que impactar.

Esto es aplicable para todos los actores. Desde el más grande hasta el más imperceptible.

Una estrategia de política exterior exitosa para América Latina, entonces, debería contemplar la totalidad de actores del planeta, pero debería centrarse en los jugadores clave.

No sopesar y actuar sobre esto equivale a declinar el juego que podría empujar hacia una política de contra-balance.

Basta con echar un vistazo a la historia de nuestra región. U observar la gran prensa de América Latina. La política exterior de la gran mayoría de los países de la región ha girado mayormente sobre los aliados geográficamente naturales. Pero no tanto se ha avanzado en la comprensión y articulación de relaciones y mancomunidades estratégicas, más allá de la tradición de (buenas o no tan buenas) vecindades geográficas.

Una América Latina con vocación soberana debería así identificar a los Estados euroasiáticos geo-estratégicamente dinámicos. Y trazarse una política de intercambio e influjo mutuo con ellos.

Vale decir, esencialmente con aquellos Estados con capacidad de promover un desplazamiento potencialmente importante en la distribución internacional del poder.

Para ello Amerita Latina deberla procurar descifrar los objetivos centrales de sus respectivas elites políticas, así como las consecuencias potenciales (beneficiosos o adversos) de sus intentos para alcanzarlos.

Sólo así parece posible alcanzar una posición relativamente más estable en el nuevo mapa geopolítico que se va delineando ante nuestros ojos, con una vocación de apuesta a largo plazo.

Ubicar a estos Estados euroasiáticos clave (desde el punto de vista geopolítico y militar) y promover (y activar) una política exterior regional de re-mapeo de las relaciones con estos países parece un objetivo de política demás de urgente.

La geoestrategia euroasiática de los EEUU incluye un control de los Estados dinámicos desde el punto de vista geoestratégico.

Política que combinan con una gestión cercana del accionar de los Estados catalíticos (de cualquier proyecto de cambio regional) de su visión y praxis geopolítica.

Desde hace ya varias décadas, pero principalmente desde la el pasado quinquenio viene materializándose una exploración mundial (aunque silenciosa) de esquemas de mayor pluripolaridad.

La aspiración de EEUU de preservar a corto plazo su poder global único y transformarlo a la postre en una cooperación global cada vez más institucionalizada, parece estar haciendo aguas.

Al menos desde las sacrosantas doctrinas de la democracia liberal y el imperio preponderante de la diplomacia en la resolución de las diferencias y conflictos.


La geoestrategia imperial hoy primordialmente se plantea alcanzar tres objetivos:



1. Impedir choques innecesarios entre países amigos de EEUU.

2. Mantener y perpetuar la dependencia de éstos hacia EEUU, en áreas básicamente ligadas a la seguridad y defensa, el comercio trasnacional y la tecnología.

3. Mantener a los tributarios obedientes y protegidos mientras impide a toda costa la confederación de los países y regiones etiquetados como anti-Occidentales. Esto es, la alianza de los bárbaros.


TO BE OR NOT TO BE…(O CORRER O ENCARAMARSE)

Como jugadores geoestratégicos activos, América Latina debe orientar su política exterior, preferiblemente como bloque, hacia los Estados (o grupos de Estados) con capacidad (y voluntad nacional) para ejercer influencia más allá de sus fronteras.

Esto para procurar alterar el curso, incluso, de las políticas y el accionar beligerante de los intereses estadounidenses.

Los ejes geopolíticos los constituyen los Estados cuya importancia se deriva no tanto de su poder (y de sus motivaciones) cuanto de lo sensible de su situación geográfica (y de las consecuencias que su potencial vulnerabilidad provoca en el comportamiento de los jugadores geoestratégicos).

También debe tenerse en cuenta desde un principio que, aunque todos los jugadores geoestratégicos tienden a ser países importantes, no todos los países importantes y poderosos son automáticamente jugadores estratégicos.

En la coyuntura global actual, existen al menos cinco jugadores geoestratégicos clave y cinco ejes geopolíticos (de los que dos podrían quizás también considerarse en cierto modo como actores) que deben ser dibujados en el nuevo mapa político de Eurasia.

Entre los actores estratégicos tenemos: Alemania, Francia, China, India y Rusia.

Debido a diversas razones, entre las que cuentan su lealtad histórica a EEUU, y su restringida capacidad nuclear, Gran Bretaña, Japón e Indonesia, no pueden ser considerados actores potenciales a contribuir con un re-balanceamiento del tablero de ajedrez geopolítico vigente.

Irán por su ubicación estratégica (y su poderío religioso-cultural), junto con Ucrania, Azerbaiyán (por su posible papel de actores bisagra entre Europa y Asia); y Corea del Norte (por su previsible accionar nuclear a la hora de un conflicto generalizado) conforman con Turquía y Corea del Sur un cuadro de posibles rearticulaciones geopolíticas, difíciles de sopesar. Pero, justamente por ello, son actores muy difíciles de desestimar a la hora de las grandes definiciones.

Rusia aparece jugando un papel de aliada cada vez más distante de EEUU. Su manto protector sobre los Estados recién independizados la torna un actor cuyas fuerzas no sólo pueden y deberían medirse sobre la base de su poder nacional cuanto por su potencial poder rearticulador regional del antiguo eje soviético.

Una América Latina balcanizada en islotes políticamente irreconciliables, y además escasamente articulada al mar de fondo que hoy atraviesa el zarandeado supercontinente Euroasiático constituye no sólo presa fácil para la continuidad de la dependencia hacia EEUU.

Peor aún.

Corremos el riesgo ser carne fresca de y para otros nuevos polos emergentes de poder planetario.



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Luis Delgado Arria


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