(VIDEO) Pablo Stefanoni: Izquierda latinoamericana puede ayudar a que haya una transición en Venezuela

Pablo Stefanoni

Pablo Stefanoni

Credito: CP

11-10-22.-Venezuela “fue el único país que se declaró socialista luego de la caída del muro de Berlín, con la promesa de que iba a ser un socialismo distinto del socialismo real, y terminó siendo peor en muchos aspectos”, afirma el jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad. “El caso venezolano es un problema de la izquierda” y del cual la izquierda debe hacerse cargo

¿Dónde está la rebeldía ahora? ¿Quién es el rebelde hoy? Una respuesta sin prejuicios puede dar Pablo Stefanoni, jefe de redacción de la revista Nueva Sociedad. “Creo que hay muchas rebeldías, y sobre todo en el mundo, mucho inconformismo”, explica, en conversación con contrapunto.com, en el contexto de su visita a Caracas para celebrar los 50 años de Nueva Sociedad.

-¿No es lo mismo?

-No es lo mismo, porque la rebeldía implica una acción. Pero el inconformismo es muy grande. En Asia es distinto, creo que hay una imagen de futuro todavía más optimista que en Occidente. Pero en Occidente la imagen de futuro..

-¿Cuál es?

-Está muy quebrada, y es como muchos describieron: lo más parecido a una distopía que a cualquier cosa positiva. Si miramos en términos de trabajo la idea que entre los robot y la precarización el trabajo va a empeorar y la vida va a ser más precaria. El cambio climático tiene la idea de que es algo que casi no podemos enfrentar. Y así. una sumatoria de temas que hace que la imagen de futuro sea muy negativa, distópica incluso, y eso hace que el inconformismo social y la rebeldía no tengan un correlato positivo en términos de transformación. Históricamente había una conexión entre el inconformismo, la crítica y la idea de emancipación, de que era posible otro mundo. Y había muchas corrientes que canalizaban eso. Alguien decía que se quebró ese vínculo entre crítica y emancipación. Hay mucha crítica, mucha inconformidad, pero no hay una idea positiva de transformación social. Eso habilita que una parte de la rebeldía, no toda, se esté canalizando por corrientes de extrema derecha, conspiranoicas; que haya mucho resentimiento, mucha retroutopía (la utopía no está en el futuro sino en el pasado). Algunos leían el “make America great again” como “make America white again”, como volver a Estados Unidos en el que los hombres blancos mandaban. Pero también hay una añoranza, en cierta izquierda, de la clase obrera. El hecho de que la utopía esté en el pasado y no en el futuro, o que el futuro sea distópico, va a cambiar las formas en que la política funciona, y hace que haya muchas más rebeldías pero de nuevas derechas como las que tomaron el Capitolio, protestan contra las vacunas. Hace 10 años la rebeldía era la de quienes ocupan Wall Street, los Indignados de Europa, y hoy está más asociada con las nuevas derechas que están llevando los límites de las cosas hacia cuestiones muy reaccionarias.

-¿Cuál puede ser la utopía emancipatoria para esa inconformidad del siglo XXI?

-Si revisamos cuáles son las utopías hoy quizá las mayores están entre la gente que está trabajando en Silicon Valley, pero que son utopías muy reaccionarias. Hay neorreaccionarios que quieren reemplazar el Estado por un Estado empresarial, la idea de conquistar el espacio como un plan B por si la Tierra se vuelve invivible. Hay otras, de transhumanismo. Hay muchas utopías en Silicon Valley, o distopías; depende de cómo uno lo piense. En la izquierda hay temor a parecer demasiado utópica. La izquierda se está volviendo un poco conservadora. Si el mundo va a hacia algo incontrolable, como Trump, muchas veces la reacción racional es volverse conservador, defender lo que hay, la Unión Europea que hay. Creo que eso es un riesgo, porque se renuncia a ofrecer proyectos de futuro. Tiene razones, porque la última gran utopía, que fue el socialismo real, no funcionó mucho. La nueva, la venezolana, tampoco.

-¿Venezuela acabó con las utopías?

-Es una paradoja. Fue el único país que se declaró socialista luego de la caída del muro de Berlín, con la promesa de que iba a ser un socialismo distinto del socialismo real, y terminó siendo peor en muchos aspectos. El socialismo real era autoritario pero en gran medida ofrecía salud, educación, seguridad pública… ofrecía algo.

-¿Cuál es la utopía que ve?

-Una utopía reformista. La idea de transformación, pero con un sentido reformista. Los proyectos revolucionarios que intentaron transformar las sociedades de manera rápida y radical terminaron generando sistemas autoritarios, con efectos sociales muy negativos. China, con el Gran Salto Adelante, terminó en hambrunas y represiones masivas. Quizá el reformismo social recupera su dimensión reformista. Hoy tenemos la izquierda revolucionaria muy débil en el mundo, sin grandes partidos ni movimientos, marginal casi; y la izquierda reformista que abandonó el reformismo. Quizá es necesario hacer un tipo de síntesis nueva entre la idea de reforma y revolución; algunos lo llaman reformismo radical. Es recuperar la idea de que es posible trascender el sistema que tenemos, pero con reformas institucionales más plurales, con consenso social y manteniendo la idea de que las sociedades son plurales y de que no es posible ni deseable acabar con los que piensa diferente para hacer esas reformas. Reformas que sean más humildes en sus objetivos. Que es necesario luchar por la justicia en una clave más democrática y reformista, pero no menos radical en sus ambiciones. No es tan fácil. Es necesario que la izquierda se rearme teóricamente. Creo que la izquierda nunca hizo un balance del todo del socialismo real, y es necesario hacer un balance, que nadie quiere hacer hoy, de la experiencia venezolana, porque la experiencia venezolana…

-¿Qué sucede cuando se presenta ante el mundo como una experiencia de izquierda?

-Creo que es una experiencia de izquierda en el sentido de que la izquierda debe hacerse caso de esa experiencia. Decir que no es una experiencia de izquierda a veces lleva a un decir “no es nuestro problema”, y yo creo que sí es nuestro problema. El caso venezolano es un problema de la izquierda. Porque en la izquierda, desde diversos niveles, apoyamos esto, solo que algunos apoyamos al comienzo con críticas y con menos confianza, otros apoyaron mucho y durante mucho tiempo, y otros siguen apoyando. La Unión Soviética es una experiencia de izquierda, el estalinismo surgió de la izquierda, el maoismo surgió de la izquierda. La izquierda debe ajustar cuentas con muchas cosas. ES verdad que hubo izquierdas que no apoyaron eso, y hay que reconocerlo; en la Guerra Fría hubo izquierdas que no apoyaron a la Unión Soviética y quedaron en el medio entre dos polos, con mucha dificultad. Pero en el caso venezolano el carisma de Chávez y el volver a hablar de la izquierda fue muy atractivo, el hecho de que Estados Unidos se opusiera a Chávez y una derecha local también fuera muy radical, eso hacía ver una tensión que recuperaba esas tensiones entre pueblo y oligarquía que son muy caras a la izquierda latinoamericana. Pero creo que la izquierda latinoamericana fue muy poco crítica al ver una dimensión incompetente, autoritaria, poco pluralista. También, con la corrupción, que no fue algo anecdótico sino constitutivo de un régimen. La izquierda, con la cuestión del antiimperialismo, de elegir el campo antiimperialista, fue muy poco crítica. Una crítica fuerte y firme sobre derechos humanos y democracia hubiera sido positiva para Venezuela y para sectores del chavismo. Hay una práctica de la izquierda global de apoyar experiencias desde afuera, y el costo de los experimentos nadie los asume porque no lo pagan las izquierdas. La izquierda va a reemplazando: Si Cuba no funciona, apoya a Nicaragua; si Nicaragua no funciona, apoya a Venezuela, pero si Venezuela no funciona, no hay un balance real. Apoya a otro. La izquierda no hace un balance. Podemos, en España, dejó de hablar de Venezuela, peor no hizo un balance real ni dijo “nosotros no apoyamos esto”. También hay que decir por qué no funcionó.

-¿Por qué no funcionó?

-Creo que, al final, el socialismo del siglo XXI repitió muchas de las cosas del socialismo del siglo XX, pero empeoradas. Fue una recuperación superficial del término para los fines de una especie de grupo, que quedó como una casta militar-burocrática. Al final, la idea del socialismo quedó como una forma de encubrir ideológicamente el control del Estado. Le da un barniz, un brillo. Estatizamos, pero a la larga esas estatizaciones terminan siendo manejadas por facciones, como militares o tal o cual ministro, que eran una forma encubierta de privatización. Cuando cayó el socialismo real muchas empresas terminaron en manos de la vieja élite.

-¿La transición venezolana va hacia allá?

-Y la cubana creo que también. La izquierda renunció a intervenir en el debate, y cuando vio que todo llegó hasta aquí, mucha se alejó silenciosamente. No hay un balance. Cualquier cosa que recupere una dimensión de utopía requiere de balances, experimentaciones más humildes y un foco puesto en la democracia y el pluralismo. Los costos de esas cosas son para la sociedad. Primero, el costo humano, para la gente que lo padece; y el costo político. Cuando cayó la Unión Soviética nadie quería hablar de socialismo y vino un capitalismo salvaje, porque la gente estaba cansada de cualquier cosa que sonara a utopía. Aquí, lo mismo. Hay un costo ideológico. Cualquier cosa que suene a utopía o a socialismo van a decir “déjame en paz”, “no vamos a probar otro”. Vuelve una racionalidad cínica. En los países del socialismo real todo el mundo repetía el librito, y cuando cayó, la gente dijo que lo repetía porque tenía que hacerlo. Ese cinismo se va expandiendo en la sociedad. Luego la gente no quiere saber nada. Es probable que venga un capitalismo salvaje después de estos gobiernos.

Stefanoni toma el caso de Chile, y afirma que, sin ser un modelo ideal, “va canalizando por una vía democrática” las tensiones. “Si uno compara, hay una mejor salud en Chile que en Venezuela, incluso con la Constitución de Pinochet”. En Venezuela, en cambio, “vemos servicios públicos que se degradan, una sociedad que se desmoviliza en un contexto de mucha precariedad de la vida”.

Considera que las izquierdas latinoamericanas pueden hacer mucho por cambiar la situación venezolana. “Sería positivo que haya una crítica de izquierda al modelo venezolano. Que la derecha criticara a Maduro era cómodo para Maduro, era lo que se esperaba y hacía que muchos sectores progresistas que critican a Maduro no tuvieran interlocutores fuera, o los buscaran en la derecha”, enfatiza.

La crítica de la izquierda “puede ayudar a que haya una transición en Venezuela, porque si hay una izquierda que no solo deje de hablar de Venezuela, sino que intervenga, puede ser positivo”. También puede facilitar “que haya una nueva izquierda en Venezuela que intervenga en los debates de la transición democrática, porque en este momento el debate es entre autoritarismo y democracia, pero cuando haya democracia el debate va a ser ideológico: si hay que privatizar o no, tipo de política social”.

La izquierda democrática, destaca, debe intervenir en ese debate. “En un país en el que se deterioraron tanto los servicios públicos la izquierda democrática tiene algo que decir sobre el Estado de bienestar, la igualdad social. Hoy tenemos la paradoja de que un gobierno que se dice socialista está profundizando a niveles enormes la desigualdad social”. Evalúa que la izquierda venezolana, “sin hacer alharaca ideológica, puede hacer aportes para defender el estado de bienestar mucho mejor que otros sectores”.

Stefanoni parte de que la integración regional está debilitada, pero se espera que haya gobiernos progresistas. “Lula podría tener una interlocución con el gobierno y con la oposición, porque además está ganando con mucho apoyo de la élite brasileña. No es un Lula radical el que viene. Un Lula así podría jugar un rol”, augura. “Se podrían armas grupos informales de presidentes, y Brasil podría tener un rol. Grupos que tengan capacidad de interlocución con los dos lados, con gobierno y oposición, y que garanticen lo que necesitan estos acuerdos: que el gobierno tenga algunas garantías de que no va a venir un régimen vengativo, y que la oposición pueda definir algunas cuestiones del proyecto de país”.

En esta dirección, Stefanoni plantea un camino: “Me parece que la izquierda regional puede contribuir con esto, porque va a haber muchos gobiernos progresistas. Petro, Boric e, incluso, el gobierno argentino, no son gobiernos maduristas. Son gobiernos que podrían hablar con la oposición venezolana. Creo que la oposición es muy torpe al ver a sectores que no son maduristas, pero tampoco son pro-oposición, como enemigos. Ese discurso de que cualquier cosa es comunista es muy negativo, porque se pierden los matices y la capacidad de ver cómo interactuar y ver interlocutores. La extrema derecha no va a ser el interlocutor; se necesitan figuras que puedan dialogar con los dos”.





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