Educación no es entrenamiento

Una cosa es entrenar y otra es educar, de manera que no hay que caer en el error de creer que el entrenamiento genera educación. Mientras que el entrenamiento se dirige a la capacitación física de la persona, la educación se orienta a la formación de su espíritu. El entrenamiento se afirma en la capacitación del cuerpo y las manos de los hombres y mujeres, se les capacita para la acción, para la fabricación de cosas, para la producción de objetos, pues de unas manos bien entrenadas salen productos con mejor acabado, igualmente, un cuerpo así bien preparado resiste faenas exigentes, se adecua dócilmente al ritmo de la fabricación y responde enérgicamente a los requerimientos laborales. El entrenamiento, según estamos viendo, tiene un propósito específico, no escapa a la dialéctica conflictuada que caracteriza este orden de cosas en medio del cual existimos. El propósito del entrenamiento es la habilitación de las manos y el robustecimiento del cuerpo, la estricta preparación física a los fines de que la pericia técnica de los hombres y mujeres incida en la mejoría de la producción económica, contribuya al incremento de la productividad laboral, eleve la generación de riquezas materiales. Es por esta razón que los dueños de la economía, los empresarios, prefieren las instituciones educativas centradas en el entrenamiento y no en la educación. A estos lo que les importa es que sus riquezas económicas se eleven siempre, de allí que tengan enorme interés en poner las instituciones educativas de nivel superior al servicio de sus intereses exclusivos y que éstas en vez de educar entrenen a los estudiantes, los capaciten para el trabajo, los preparen como mano de obra, al mismo tiempo que les adormecen su espíritu, le anulan su alma, le aquietan su subjetividad. La consigna educativa de los empresarios es sin duda “cuerpo entrenado y espíritu adocenado”, tal es el tipo de persona que esperan le proporcionen sus universidades. Pero, advertimos, cómo las universidades no son meros espacios físicos, sino fundamentalmente son comunidades constituidas por docentes y estudiantes, en donde a los primeros toca la responsabilidad de la formación de estos últimos, entonces a los docentes compete aclarar qué opción suscriben, en cuál dirección orientan su desempeño pedagógico, con cuáles intereses cognoscitivos se identifican, cuál es la idea de formación que defienden o no defienden ninguna y lo que hacen es practicar la pedagogía del avestruz, que es la misma pedagogía de la indiferencia.

La idea de educar, por su parte, tiene otro sentido. Ésta última, contrario al entrenamiento, lo que procura es la formación del espíritu de la persona, el enriquecimiento de su subjetividad, el perfeccionamiento de su pensamiento. Su interés es el alma de la persona, su condición de sujeto cognoscente, de ser pensante. Se preocupa la educación por la formación de personas que piensen con cabeza propia, que asuman autónomamente el proceso de pensar, que se interesen por elevar su capacidad para comprender la realidad que los circunda. Entonces, el educador que educa no se dedica a la simple enseñanza de conocimientos, tampoco instruye, ni transmite información, sino que deja que el otro aprenda; incita al alumno a aprender por sí mismo, promueve en éste la búsqueda del saber, permite que en él afloren las dudas, las preguntas, las interrogantes y que las responda por sí mismo, después de haber estudiado los asuntos que correspondan. Como se ve, entonces, lo educativo tiene que ver con la formación completa de la personalidad. Es un proceso que toca lo profundo del espíritu humano, que ve a la persona en su totalidad, que la concibe como una unidad cuerpo-mente-existencia; es por tanto un proceso que afecta integralmente al ser humano. Es en esta dirección que deben orientar los docentes universitarios su acción educativa, pues por esto es que se habla de educación superior para referirse a la educación universitaria. Es superior por que la persona, mediante la educación, supera su estado de rusticidad, pule su espíritu, nutre su alma, embellece su subjetividad y se convierte en una persona consciente de sus actos, responsable de su desempeño, de buen juicio, éticamente correcto y de pensamiento crítico.

A los docentes universitarios los convocamos entonces a educar realmente, a que dejen de ser instrumentos ciegos y dóciles de los intereses empresariales, de los dueños de las unidades de producción económicas, los cuales únicamente defienden la acumulación privada de la riqueza y la explotación de los trabajadores; que dejen de estar practicando acriticamente una docencia que simplemente instruye, que únicamente adiestra el cuerpo de los estudiantes para que así se pongan estos a disposición del trabajo enajenado y de la producción de unas riquezas que benefician a un mínimo sector del país; los convocamos a educar subjetividades cuyo pensamiento y acción esté en aras del interés común, de la nación libre, soberana, justa y democrática. Los convocamos a educar el alma libre, el espíritu emancipado. Los convocamos a educar en función del interés nacional, en función del pueblo mayoritario, lo cual supone superar el pensamiento pragmático, utilitarista, instrumental, que no ve más allá de lo inmediato y circunstancial, esto es, del pensamiento innoble, egoísta, agiotista. En fin, los convocamos a superar la educación que se practica en la universidad experimental venezolana, pues ésta corresponde a un modelo ideado por los gobernantes políticos y grupos económicos que se apoderaron de las riendas de nuestra nación, a partir del año 1958, y cuya educación apunta de suyo casi exclusivamente al entrenamiento de los estudiantes.


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Sigfrido Lanz Delgado


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