Volver a la nada

El alba lanza sus primeras puñaladas y el vientre de las nubes deja el cielo desgarrado de amarillos y naranjas. Las masas aun duermen sueños que oscilan entre el estupor y el errático vuelo de piedras en bandada. Las estatuas se apean de sus cabalgaduras y emprenden una silenciosa retirada. En tiempos de rebelión todo apremia, el pulso se acelera, resbala sobre un lecho de fango. El pensamiento se precipita y los reflejos se aligeran. Se encuentran frente a frente el que huye de sí y el que se busca. Pero muchas de sus discusiones apuntan hacia Bizancio.

El discurso abrevia al borde del instante, se torna impertinente. La ilusión se aviva y se detiene en el suspenso. El terror atropella, empuja al deseo y la sensatez contra el borde de una espada. La muerte se adelanta al domador de relámpagos, al que viene enmascarado, cubierto por la autoridad de las armas.

Se reúnen en una esquina cerca de la plaza las ideas confusas y las claras. Forman un corro, una vanguardia de esas que traen consigo la esperanza. La cordillera se atolondra, se sacude la sordera, resquebraja sus diáfanas fachadas, destroza las vitrinas en donde se exhiben los frutos que atesoran los jugos extraídos a la historia. Las alamedas se envuelven en una niebla taciturna que enceguece de picante la insolente algarabía. Los mercados sucumben bajo el fuego de los granaderos y de los gritos de mil almas. Las bocas de los subterráneos antes oscuras ahora escupen llamaradas, se han tornado en dragones que exhalan las quejas virulentas de andariegos sin montura. Se han podrido los cimientos de la nave, ha bastado un manotazo para echar abajo toda esa presunta grandeza que es catafalco de espuma. No duele la antigua herida, arde esta nueva peladura que escuece el alma y mutila ese delicado sentimiento que llamamos humanidad.

Los cuellos se deslizan por el resplandeciente filo de una guillotina relegada. Las cabezas se apartan, dejan sus cuerpos esparcidos y estos enrollan su desamparo en una larga lista de epitafios.

El tejido social aviva su cicatriz. Ha hecho queloide la antigua dentellada. Es un ramalazo en la cara que abrasa y amenaza con dejar salir a un colérico ejército de pájaros. Los corazones laten acelerados al compás de las cacerolas. La represión da puntadas intentando atajar la ira, pero la fábula ha caído bajo el hacha de su propio delirio. Un fulgor a lo lejos les ha hecho señas, les ha sacado a pasear las ilusiones. Un hombrecillo que escapó hace siglos ya de su lejana tierra, nuevamente emprende viaje desde la esperanza hacia la libertad. Ahora en nosotros intenta una certidumbre, ensaya una confianza.

Aquella certeza perdida, hace siglos extraviada bajo el peso de una cruz se cansó de temblar, de inclinar la frente. No ha sido fácil escoger una palabra. En las soledades del altiplano se enmohecen pronto las pequeñas alegrías. Se desprenden los minutos arrugados después de una larga espera que -con hojas de coca-, la Pachamama enseñó a mitigar.

El caminar zigzagueante de un río que se curva mientras se interna cadencioso en el espesor la selva, va calentando sus aguas rodeado de orquídeas y bromelias, trenzando ondas que las toninas dispersan y lleva consigo los aires congestionados de la sierra. ¡Despierta de la borrachera amazónica, sacude fuertemente la cabeza antes de llegar al Atlántico, oye el cantar de la sangre encarcelada. Un árbol bien plantado sobrevive la sequía detrás de las rejas, emerge firme, dispuesto y enamorado!.

Un caminar de estrellas sin premuras, de agua que corre con las sienes laceradas, sabedoras de certezas, profetas de soberanías, se desvanece entre las ramas. Y de súbito los pájaros callan. Ahora el viento es el que canta, entona un incendio contenido por pilares embriagados. Ahora es el mar quién asedia las murallas. Viste el color de los deseos, en su talle cuelga una franja, un río. Rio, hombre, bosque, montaña. Una falda de maíz ondula, las alas del colibrí en verde estallan. La piel oscura de la noche es el límite ingenuo para una luna de yuca, que oculta la sedición entre su blancura y la nada.

Camina la parca entre nosotros con su fluctuante guadaña, cada oscilación siega una vida, una de aquí una de allá en cada rasurada. Aquí no existen ganadores, aquí no existen contrincantes, sólo hermanos caídos, abatidos en nombre de quién sabe que poderoso, que opulento, que acaudalado. En estos mares picados el pueblo nunca pesca nada.

"La vida paga sus cuentas con tu sangre/ y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor" clamaba Roque Dalton. El magnate cede el paso al entreguista, que sueña también con ser potentado y sus pensamientos confusos permiten que anide la voracidad cejijunta del águila calva. La muralla se estremece. ¿Se seca el árbol de las tres raíces, desfallece el arcoíris de tres barras?. Hoy las víctimas celebran a su asesino, aplauden el choque de la espada contra el muro, vitorean las chispas que incendian la pradera. La revolución dispersa las letras de su nombre, escarba en sus heridas, insiste en sus estragos. Mastica sargazos, escupe profecías. Persiste en ocultar sus manchas. Esconde el gusano que carcome. Insiste en encubrir el cáncer que la daña, el hedor que la delata.

No queda muy lejos la orilla del despertar. Entre rezongos se desmoronan las últimas estrellas. Entra tierra debajo de los párpados, se cuela por un descocido de la ideología. Es un marasmo de tres de la tarde. Parecía que había llegado el momento y el ánimo se nos desgasta prácticamente sin haberlo utilizado. Cada quien saca sus cuentas, algunos con apatía otros con coraje. Cada cual asume su compromiso. En el fondo de la lucha, el fervor el honor y la lealtad deben pesar tanto como la patria.



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Carlos Pérez Mujica


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