Universidad, saber y titulación

Uno se acerca a las instituciones educativas con el propósito de aprender más acerca de la realidad, para comprender más acertadamente el mundo circundante, para entender mejor el entorno sociocultural y natural. Es este el propósito que nos debe mover a la hora de ingresar a las aulas de una escuela, liceo o universidad. Es el deseo de aprender el móvil que nos debe impeler a integrarnos a las instituciones escolares, sobre todo si se trata de la Universidad. Tal cosa es así porque la razón de ser de una institución como ésta última, no es otra que la generación, intercambio y difusión de conocimientos. La universidad es estrictamente un centro de estudios. En su recinto, docentes y alumnos se reúnen alrededor del saber, para aprenderlo, para enseñarlo, para intercambiarlo, para confrontarlo. Todos los espacios universitarios existen en función del saber. Para esto son sus aulas, laboratorios, bibliotecas, jardines, canchas, salas de conferencia, etc., pues en la Universidad se trata de contagiar a cada uno de sus miembros con el espíritu propio de este recinto, aprovechando en tal sentido, siempre y a más no poder, el tiempo de nuestra estadía allí, en ese, el templo de la sabiduría; se trata en verdad de la preocupación de la Universidad por la formación integral de los educandos, pues no es un aspecto de la formación lo que interesa desarrollar, sino la totalidad de ésta. Importa el ser humano en su conjunto, de allí que exista el interés por pulir, además de la razón, el espíritu y el cuerpo. Por eso en la Universidad, tan importante es el aula donde se imparten los contenidos de las asignaturas, como también lo es la cancha deportiva para la educación del cuerpo, y el anfiteatro para la formación de la sensibilidad artística. De allí entonces que no es adornamiento contar con universidades surtidas con todos estos equipamientos; no es adornamiento ni preciosismo, disponer de una Ciudad Universitaria, pues es gracias a las condiciones materiales y espirituales que ésta brinda, que se garantiza la formación integral de la persona; es debido al ambiente sociocultural ofrecido por la Universidad que el estudiante logra pulirse en toda su dimensión y complejidad. Así entonces, luego de pasar varios años en un ambiente constituido de tal forma, en un ambiente pleno de posibilidades para aquilatar con los mejores elementos su espíritu, su razón y su cuerpo, está el estudiante en condiciones de recibir su certificado profesional correspondiente, el título universitario en el área de su especialidad, el documento que lo califica como persona formada integralmente en el área del saber donde ha cursado sus estudios. Tal es la ecuación de la educación universitaria. Primero está el deseo de saber, luego está la experiencia de saber y, finalmente, tenemos la titulación profesional, la obtención del certificado profesional, que no supone por lo demás el fin del proceso educativo, la culminación del proceso de formación, pues lo que en verdad ha ocurrido es que ha concluido la fase escolar de la formación, una etapa más del proceso educativo, una etapa del largo, permanente, infinito e ininterrumpido proceso de nuestra formación.     

Es una anomalía entonces colocar al inicio de la ecuación educativa universitaria el interés por el certificado profesional, el simple interés de titularse. Tal actitud no tiene nada de educativa. Y una institución universitaria respetuosa de sí misma no hace de tal justificativo el motivo para inducir a los estudiantes a ingresar a su interior. De existir una institución así se parecería ésta más bien a una bodega universitaria, a una ferretería educativa, a una pulpería de títulos, a una fábrica de certificados. Esas instituciones educativas privadas, preocupadas más por acrecentar sus ingresos económicos, abundantes en nuestro país, son calco y copia de tales pulperías. En estos casos, tales instituciones se constituyen por un interés estrictamente crematístico, comercial, económico; el saber importa muy poco aquí. Tal condicionante es lo que explica la existencia, en estos casos, de aulas con sesenta y más estudiantes, en edificaciones improvisadas, con bibliotecas poco surtidas o inexistentes, sin ningún centro de investigación, sin política de publicaciones, con muy pocos o ningún espacio deportivo, con docentes improvisados y mal pagados, en fin, toda una serie de anomalías muy propias de tales empresas educativas, por cuyas causas no reúnen éstas las condiciones para que en su interior ocurra la extraordinaria experiencia de la educación, experiencia que sí se presenta en la Ciudad Universitaria. Está demás decir que en esos lugares no ocurre el fenómeno de la educación, ni mucho menos el de la formación integral; en esos lugares el proceso de la educación no aparece por ningún lado, pues, además de lo anterior, se añade que no es el deseo de saber lo que reúne a sus participantes; allí no se produce ningún encuentro con el saber; allí no hay producción, intercambio ni confrontación de saberes; lo que sí hay es transmisión de conocimientos, enseñanza de conocimientos; ahí lo que ocurre es la rutina de la enseñanza, la simple experiencia de dar y recibir clases. Todo el proceso ocurre en las cuatro paredes del aula de clase, toda la experiencia de los participantes se restringe al espacio monótono del salón, a la experiencia de oír, día tras día, la exposición de un profesor, que repite, año tras año, los mismos conocimientos de siempre. Al final, se otorgan títulos profesionales a personas que carecen de formación, a personas escasas de educación. Lo que hacen luego éstas, al salir a la calle, es simplemente negociar con su certificado, conseguir una plaza laboral y ganar dinero. Del saber ni hablar, de la formación integral tampoco, de la educación mucho menos.

Entonces, si en estos lugares no puede ocurrir un proceso educativo formativo, mucho menos puede acontecer éste en lugares menos apropiados para ello, como dejan ver algunos funcionarios del Ministerio de Educación Universitario Venezolano, quienes han afirmado que “puede educarse uno debajo de una mata de mango”; que “uno puede aprender en medio de la sabana, bajo la sombra de un Chaparro”; que “quien quiere estudiar lo hace en cualquier lugar”.  Estoy claro que afirmaciones como estas se pronuncian, entre otras razones, para reivindicar el proceso educativo adelantado por la Misión Sucre, proyecto educativo de noble naturaleza y justo propósito, sin duda, pero que a nuestro entender se ha distanciado de sus objetivos originarios (Ver: Carlos Lanz. La Misión Sucre y la Municipalización de la Universidad. 2004), y que además padece de numerosas carencias. Como sabemos, en esta Misión ocurre un proceso educativo de mínimo costo, cuya evidencia más palpable es que aquí el proceso se centra en la simple experiencia de clase en el aula; clase y más clase resulta ser aquí la actividad de todos los días. Sus insuficiencias son numerosas: las edificaciones que albergan la Misión están en su generalidad muy mal dotadas, no hay bibliotecas, escasean los recursos didácticos, los docentes están muy mal pagados, existe una alta rotación de profesores, las investigaciones brillan por su ausencia, no se publican revistas ni mucho menos libros. En tales condiciones surgen dudas respecto a que aquí se estén formando los nuevos republicanos, los profesionales integrales, los ciudadanos crítico-sensibles formados con los conocimientos, principios y valores propios de esa sociedad superior, cual es la sociedad socialista del siglo XXI.

Se reitera, en el caso de la Misión Sucre, el criterio según el cual uno estudia con el propósito de obtener un título profesional, criterio que induce a los funcionarios del Ministerio de Educación Universitaria Venezolano a presentar como evidencia de gestión exitosa el alto número de estudiantes cursantes en los programas dictados por dicha Misión, además del extraordinario número de sus egresados. Matricular para titular es la consigna que se impone. Importa sobremanera la cantidad de cursantes y egresados, lo que explica la cantaleta reiterada, proferida por los mismos funcionarios, de que en la Misión Sucre, con un presupuesto menudo, cursa una matrícula de estudiantes muy superior a la existente en las universidades autónomas y experimentales. Tal diferencia sirve para corroborar, según ellos, tanto la superioridad educativa de la Misión Sucre, como el dispendio administrativo en que, sostienen, incurren estas últimas, razón suficiente para acometer en su contra una política de asfixia presupuestaria que no distingue entre unas y otras, y por la cual son víctimas universidades con una situación particular, como es el caso de la Universidad Nacional Experimental de Guayana, (UNEG), una universidad cuyo rectorado es ejercido en la actualidad por una docente a todas luces pulcra y transparente, insospechable de ejecutorias reñidas con las leyes y la moral, elegida hace dos años por la comunidad universitaria, misma que es militante del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), además de integrante de la Asociación de Rectores Bolivarianos (ARBOL), es decir, todo un conjunto de condiciones para esperar de parte del gobierno nacional un trato preferencial, un trato privilegiado hacia esta institución, donde, por las circunstancias señaladas, podía el gobierno nacional haber ensayado su específica propuesta en materia de educación superior y demostrar las bondades de la misma. Pero esto no es lo que ha sucedido, y nada indica que en los próximos años se cambiará el trato.

Por todo lo que hemos dicho y por la situación específica de la UNEG le surgen a uno numerosas interrogantes. Algunas son las siguientes: ¿cual es definitivamente la política que, respecto a las universidades venezolanas, defiende el gobierno nacional? ¿Hacia donde las quiere conducir? ¿Qué desea hacer con ellas? ¿Dónde están los dividendos políticos o educativos obtenidos por el gobierno de su trato con las universidades? ¿Creen en verdad los funcionarios del ministerio que la Misión Sucre constituye la opción educativa alternativa ante la universidad? ¿Suponen tales funcionarios que el nuevo ciudadano se formará como tal recibiendo una educación centrada en la simple y pura clase? ¿Dónde queda la formación integral? ¿No se ha percatado el gobierno nacional que el trato dado a las universidades ha provocado un gran malestar entre sus miembros? Y, Finalmente: ¿En que medida los resultados electorales del 26-S fueron afectados por las conflictivas relaciones gobierno-universidad?

siglanz53@yahoo.es



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Sigfrido Lanz Delgado


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