Xenofobia y guerra Psico-social

Ahora bajo los conceptos de "guerra prolongada" y de "guerra permanente", Estados Unidos mantiene la estrategia de crear las condiciones sociales, políticas, económicas y simbólicas para el derrocamiento del Presidente Constitucional, Nicolás Maduro, y de esta manera reinsertar a Venezuela dentro de su zona de influencia y dominio geopolítico.

La potencia norteamericana ha mantenido insistentemente la ejecución de un plan de desestabilización económica y socio-emocional prácticamente desde los inicios del gobierno del Comandante Hugo Chávez en 1999.

Podemos contar no menos de 10 tentativas insurreccionales en los últimos 20 años, incluyendo huelga petrolera, huelga general, golpe de estado, violencia callejera y magnicidio.

Solo este año 2019 han sido efectuadas por lo menos 3 intentonas. La primera, con el propósito de establecer un enclave territorial en varios puntos de nuestra frontera con Colombia, con la invocación de una supuesta ayuda humanitaria. La segunda: el sabotaje eléctrico que dejó a oscuras al país por varios días. Y la tercera, la estrambótica escaramuza golpista del pasado 30 de abril desde el distribuidor Altamira en Caracas, con un llamado delirante por tuiter a una sublevación militar y a una movilización de masas que nunca llegaron.

Desde el año 2015, con la decisión de la Casa Blanca de declarar a Venezuela como una amenaza "inusual y extraordinaria" para la seguridad de Estados Unidos, se inicia la implementación de un conjunto de medidas coercitivas unilaterales que establecen un bloqueo total, económico y financiero contra nuestro país, ocasionando pérdidas por cientos de miles de millones de dólares.

En paralelo, se ha ejecutado de manera programada y permanente una intensa campaña mediática global con la finalidad de crear un estado de opinión pública que produzca el descrédito de los dirigentes bolivarianos, la desnaturalización del proceso de cambios sociales, la exacerbación de la crisis y la agudización neurótica colectiva, pero sobre todo para obtener el respaldo internacional que justifique la injerencia descarada y la intervención extranjera.

Las consecuencias están a la vista. No solamente por el amplio expediente montado desde el terreno mediático y diplomático contra Venezuela, como las matrices de "crisis humanitaria", "dictadura" y "narcoestado".

Hoy estamos viendo una avanzada de xenofobia contra los venezolanos que han emigrado, como fórmula individual para evitar las consecuencias del bloqueo económico y financiero.

Ecuador, Chile, Perú y Colombia, la mayoría países liberados por la gesta independentista de Simón Bolívar con la mirada puesta en la unión latinoamericana, son las naciones que encabezan esta ola de discriminación y violencia contra los migrantes venezolanos.

Según el analista José Negrón Valera en un artículo publicado recientemente, esta situación es consecuencia de una estrategia de "rediseño psicológico de todo el espectro de las relaciones en el continente. Una ingeniería social para derrotar a largo plazo cualquier futuro intento de integración latinoamericana".

Mientras tanto, en América Latina, los movimientos progresistas parecen tomar un segundo aire con la presidencia de Andrés Manuel López Obrador en México y de Laurentino Cortizo en Panamá, con la muy probable reelección presidencial de Evo Morales. Y la Fórmula Fernández-Fernández retoma el poder en Argentina para las fuerzas reformistas.

En Perú, Chile, Colombia, Ecuador y Brasil las derechas pierden respaldo popular. Una nueva época progresista parece renacer en la región.



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