Sobre el valor único del ser humano en cuanto persona ¿Es la Jueza Afiuni una persona? (I)

"Si identifico un episodio que me distanció del presidente Chávez, sin ninguna duda ese episodio fue la orden de aprehensión de la Jueza Afiuni, sin respeto del debido proceso. El irrespeto flagrante del estado de derecho, la violación deliberada de la separación de poderes, la humillación pública de una mujer que como mínimo debía gozar de un juicio imparcial, las vejaciones de las que fue objeto como consecuencia del desatino enfermizo del presidente, representaron en mi caso, la evidencia material del inmenso error cometido al creer que era posible construir la Venezuela soñada, libre, democrática, desarrollada, bajo su guía y conducción."

Nuris Orihuela Guevara

"El ser humano debe ver salvaguardada su dignidad. Esto exige respetar su libertad; sus Derechos Humanos (vida, integridad psico-física, libertad, igualdad, etc.); y no ser instrumentalizado o manipulado, usado cual un puro útil. Esto, porque la persona es un fin y nunca un medio (Kant); por lo que no puede tratársela como una cosa, un instrumento o herramienta, un número más."

Javier Barraca Mairal

  • PREGUNTAS QUE ORIENTAN(tal vez) ESTE ARTICULO

¿De dónde brota tanto odio? ¿En qué oscuras profundidades de la inhumanidad del ser humano enraizan? ¿De dónde sale esta irreductible frontera del ellos y el nosotros? ¿De dónde nace esa maldad radical? ¿Cómo el hombre no ha sido capaz de desterrarla de su corazón, ni de su vida?

I.Introducción

La noción de "persona" ha adquirido gran relevancia en el lenguaje ético reciente; gran parte del discurso sobre los "derechos humanos" se apoya sobre el valor eminente que se supone tiene el ser humano precisamente por ser personal. Ahora bien, es por otra parte un hecho histórico comprobado que la reflexión explícita sobre el aspecto personal de la existencia humana debe más al cristianismo que a la tradición greco-romana; ha sido antes un tema teológico que filosófico. De entre todos los seres del mundo, sólo el ser humano es capaz de reconocer el bien y el mal, de pensarlos, de hablar y reflexionar sobre ellos e incluso de negar su existencia. Los demás seres reconocen por instinto aquello que les es favorable o desfavorable para su supervivencia o la de su especie; el ser humano califica los actos, los hechos, las palabras, los objetos e incluso los pensamientos como "buenos" o "malos", y el criterio con el que lo hace no es siempre el mismo, ni depende tampoco de la mera supervivencia biológica. Así pues, siendo el ser humano el único ser del mundo para quien tiene sentido la noción de bien y de mal, sería conveniente iniciar un estudio sobre la realidad del mal en la persona explicando en primer lugar qué entendemos por esa persona capaz de pensar y nombrar el mal.

II. La persona; realidad compleja.(Intentos de definición)

El reconocimiento de la dignidad de toda persona humana y su centralidad en la vida social es compartida por creyentes y no creyentes. Es un concepto clave en la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU (1948) y de otros importantes textos internacionales de derechos humanos, al tiempo que está recogido en las ordenaciones constitucionales de muchos países. Sin embargo, no todos los que reconocen la dignidad de la persona coinciden en su fundamento. Algunos lo aceptan, sin más, o les parece evidente. Otros, en cambio, tratan de buscar fundamentos filosóficos o teológicos. Todos los seres humanos tienen la misma dignidad. La dignidad de la persona no viene dada por la plena posesión de sus facultades espirituales o por su acción autónoma en el orden ético. En esc caso, carecerían de dignidad humana el recién nacido, el deficiente, el enfermo terminal, el inmoral…

En el lenguaje habitual designamos como persona a todo individuo humano, varón o mujer. Aunque, de ordinario, no se hagan mayores consideraciones, en el concepto de persona se encierra una enorme riqueza. Persona es un ser único, singular, irrepetible, dotado de dignidad.

El propio lenguaje, sin ser definitivo, pone de manifiesto el valor inconmensurable asociado al concepto de persona. Se oye: «no hay derecho a que nos traten de un modo tan inhumano: ¡somos personas!». Preguntamos si hay «alguien» cuando esperamos respuesta de alguna persona. Y es que las personas son «alguien» y no «algo». Tratar a una persona como «algo» es darle la consideración de una cosa, es «cosificarla». En cierto modo, al hablar de persona ya indicamos dignidad y dignidad denota excelencia, algo valioso en sí mismo.

Profundizando un poco más, y siguiendo una clásica definición propuesta por el filósofo Boecio, persona es "una sustancia individual de naturaleza racional" o, dicho más brevemente, persona es "un sujeto racional".Santo Tomás acepta en parte la definición de Boecio, pero la precisa en mayor grado al afirmar la estrecha vinculación entre el concepto de persona y la capacidad de relacionarse.

La condición de sujeto racional, y por tanto de persona, es propia de todo ser humano y no se pierde aunque no se ejercite la racionalidad. También son personas los disminuidos psíquicos, los niños no nacidos, los ancianos o los enfermos que han perdido el uso de razón y, por supuesto, cualquier hombre que no ejercite la razón porque duerme o está inconsciente por cualquier otra causa. Persona es, pues, todo ser humano desde la concepción hasta la muerte.

Dicho de otro modo, se puede ser mejor persona si uno adquiere cualidades morales, pero no se puede ser más persona. Cualquier otra consideración, como grado de desarrollo, estado de salud, inteligencia, nivel cultural, raza, sexo, etnia o religión es accidental con relación a la condición de persona.

Si se analiza etimológicamente el término "persona", se encuentran varios sentidos originarios de los que puede haber derivado; existe el vocablo "persona" que indica en latín la máscara con la que el actor cubre su rostro en el teatro, y también la voz griega prosopon, que designa el que "mira adelante".

La filosofía griega clásica nos presenta ya una noción del hombre como un ser que trasciende al mundo físico del cosmos e incluso al mundo político de la ciudad (polis). Así, en la Grecia clásica encontramos ya el sentido de la dignidad humana; prueba de ello es la actitud del personaje Antígona en Sófocles, que coloca las leyes eternas por encima de las leyes de la ciudad y ejerce su libertad, eligiendo el acto que desea llevar a cabo y prescindiendo de la obediencia ciega a la ley temporal. También encontramos sugerida la noción de persona en el discurso socrático, que adopta la máxima "conócete a ti mismo". Platón reflexiona en sus primeras obras sobre el destino personal del hombre y la inmortalidad; Aristóteles sugiere valores personales en su Etica.

La antropología cristiana posee un particular interés, a la hora de abordar la cuestión del valor de la persona. La razón estriba en que, desde la perspectiva cristiana, la clave fundamental de acercamiento al hombre es la óptica de la persona. Ello, debido a que el cristiano cree en un Dios personal (tri-personal, trinitario), revelado a través de la encarnación de Cristo (segunda persona de la trinidad, que asumió la naturaleza humana). Ahora bien, el hombre es imagen y semejanza de Dios, y, por ello, persona.

El cristianismo aporta una nueva visión sobre la persona, al afirmar la creación a partir de la nada —creación hecha por un Dios que ama a sus criaturas— y el destino eterno de cada persona, así como la existencia de multiplicidad de almas en vez de una gran alma universal propia de pensamientos anteriores. En el cristianismo, por encima de la persona no se encuentran ni el destino ni el azar, sino un Dios personal, el único que puede juzgar a sus criaturas, pues es el único que conoce la intimidad más profunda de cada ser humano. En esta visión antropológica, la libertad forma parte de la existencia humana; el hombre tiene el derecho de pecar, es decir, de rehusar su destino. El que cada persona sea un absoluto —una creación de Dios querida por El— no separa al hombre del mundo ni de los demás hombres, sino que le anima a participar en la construcción de una sociedad más justa y humanitaria (realización del reino de Dios).

El filósofo Emmanuel Mounier (1905-1950) cree que el pensador cristiano posee los medios para proponer la cosmología y la antropología capaces de asegurar la unidad de la concepción del mundo. Ello se debe a la concepción cristiana de la persona, en la que esta última aparece como imagen de Dios, querida individualmente por El y rescatada individualmente por El, lo que dota a la persona de una eminente dignidad. A su vez, toda filosofía cristiana reconoce lúcidamente las limitaciones humanas en cuanto a inteligencia, sensibilidad, acción... Así, la antropología cristiana reconoce tanto la dignidad como las limitaciones de la persona.En la Revolución personalista y comunitaria, Mounier nos da la siguiente definición de persona (aun señalando que toda definición de la persona es únicamente aproximativa):

"La persona es el volumen total del hombre. Es un equilibrio en longitud, anchura y profundidad, una tensión en cada hombre entre estas tres dimensiones espirituales: la que sube desde abajo y la concreta en una carne, la que se dirige hacia lo alto y la eleva a un universal, y la que se extiende en lo ancho y la dirige a una comunión. Vocación, encarnación, comunicación, tres dimensiones de la persona."

En el Manifiesto al servicio del personalismo, Mounier define a la persona del siguiente modo:"Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una forma de subsistencia y de independencia en su ser; mantiene esta subsistencia con su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos en un compromiso responsable y en una constante conversión; unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla (...) la singularidad de su vocación".

También existen pensadores como J. P. Sartre (s. XX), filósofo existencialista que considera la persona como un ser fundamentalmente libre, capaz de construirse a sí mismo a través de sus propias decisiones, sin una esencia que le venga dada:"No hay una naturaleza humana" (El existencialismo es un humanismo).

A partir de todos estos intentos de definición, podemos inferir que la persona es una realidad compleja, dinámica -es decir, capaz de cambiar y evolucionar- que contiene múltiples dimensiones. A partir de los textos citados, también podemos inferir que el bien, para la persona, consiste en lograr la plena realización de sus múltiples facultades en una unidad armoniosa. Esta realización plena significa la madurez y el profundo desarrollo de las posibilidades de la persona.

La realización de la persona implica también el desarrollo armonioso de la sociedad, puesto que la dimensión intersubjetiva —es decir, la comunicación entre personas— forma parte necesaria de la realización personal. Así pues, la dimensión intersubjetiva forma parte de esos rasgos que el hombre debe cultivar y perfeccionar si desea alcanzar su realización como persona.

Entre dichos rasgos se cuenta también la opción moral, que se refleja en la adhesión a los valores. Esta persona que cuenta con una dimensión intersubjetiva y con la posibilidad de adherirse a unos valores está compuesta de múltiples facultades y posibilidades, que podemos englobar en dos planos distintos (sin romper por ello la unidad personal): el plano espiritual y el plano temporal.

Basándonos en estos tres rasgos de la noción de persona (dimensión intersubjetiva, adhesión a los valores y bipolaridad espiritual/temporal), y partiendo de la idea según la cual la realización de la persona es el bien perseguido, mantendremos que es un mal todo aquello que impide o dificulta la realización de la persona, a través de la deformación o el empobrecimiento de uno de los ámbitos mencionados.

Partimos de este doble presupuesto —la realización de la persona como bien y la destrucción de la persona como mal— al iniciar nuestro estudio acerca de las diversas vías por las que aparece el mal. Una vez analizadas dichas vías, trataremos de deslindar cuál es la realidad más íntima y profunda de este «mal» que dificulta la realización de la persona, cuáles son sus diferentes aspectos y manifestaciones, y cómo puede ser combatido.

III. Persona e intersubjetividad

El logro de la auténtica relación interpersonal no está siempre presente en la realidad humana, a causa de las limitaciones de esta última. La apertura al otro y la unión con el otro están estrechamente vinculadas al propio ser de la persona, y son necesarias para su constitución; el hombre no logra su realización como persona si no se relaciona con sus semejantes.

La persona es capaz de realizar una serie de actos sociales que, a su vez, la van construyendo: posee, en efecto, las facultades de comprender situándose en el punto de vista del otro, de empatizar con los sentimientos del otro, de dar con generosidad y gratuidad, de mantener su fidelidad...

El "nosotros" es una realidad consecutiva al "yo"; no surge del sacrificio de dicho yo, sino de la realización personal del hombre. Ahora bien, una sociedad armoniosa no nace espontáneamente de la vida en común; una verdadera realización del «nosotros» depende de la realización personal de cada ser humano individual, puesto que sólo entonces el yo se encontrará en condiciones de aportar algo valioso a la comunidad.

Cada persona singular puede y debe desarrollar su individualidad única, enriquecer y explorar todas sus posibilidades, a fin de perfeccionarse a sí misma y al conjunto de la sociedad. La disminución o negación de la propia identidad no perjudica tan sólo al «yo» singular, sino que impide la plena realización de la sociedad.

Si la unión del "yo" con el "tú" —fundamento indispensable del «nosotros»— se logra más perfectamente si se basa en el amor fraternal, es el amor lo que debe constituir la base de la sociedad, y no las meras conveniencias (económicas, por ejemplo).

Ello no implica ningún colectivismo; una persona singular no puede jamás ser sustituida en el puesto que ocupa dentro del mundo. Este valor de la persona la hace a la vez extremadamente digna y extremadamente humilde, puesto que toda persona la igualará a su vez en dignidad.

Tan sólo esta igualdad ya sería motivo suficiente para propiciar el mutuo respeto entre los hombres y la realización de la sociedad. Dicha realización va unida a la de la persona, puesto que la persona se realiza como tal en las comunidades en las que se integra.

De hecho, en la dimensión intersubjetiva del hombre se dan numerosos rasgos positivos, tales como la comunicación, la libertad entre iguales, el conocimiento de sí mismo y de los demás, el amor, la amistad...

En efecto: la verdadera comunicación entre dos personas se produce desde el mismo instante en que una persona se esfuerza por adoptar el punto de vista de la otra, en el momento en que se pone en el lugar del «otro», en condiciones de libertad e igualdad para ambos. Ello favorece el conocimiento de sí mismo y de los demás y la eclosión de sentimientos tales como el amor y la amistad.

IV. Adhesión a los valores

El amor, la libertad en que se desarrolla dicho sentimiento... son valores, valores propios de la persona, a los que esta puede adherirse libremente. ¿Un valor está constituido por quienes se adhieren a él, o bien posee una existencia aparte? No sólo esta pregunta, sino también la pregunta siguiente es legítima: ¿Cuáles son las pruebas de esta trascendencia, del valor de los valores? Ahora bien, la trascendencia no puede probarse, puesto que no es un objeto material. El sujeto puede negarse a reconocer los valores, o bien reconocerlos con certeza; la trascendencia de los valores se corresponde con la trascendencia del ser humano, que puede cambiar, evolucionar y perfeccionarse.

Así pues, los valores (justicia, libertad, solidaridad, paz...), tal vez no sean realidades absolutas e independientes en sí mismas (aunque pensadores como Scheler y Hartmann así lo creen), pero en cualquier caso, sí son metas ideales a las que la persona se adhiere, y que trata de realizar progresivamente tomándolas como fin; contribuyen así a la realización de la persona, y por ende, a la de la sociedad. Así pues, la realización progresiva de los valores cobra sentido dentro de un marco intersubjetivo.

Siempre es posible una realización de los valores más o menos parecida al ideal que estos últimos implican; por ejemplo, este sería el caso de una realización más o menos perfecta de la libertad humana en los países que reconocen oficialmente la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. Así pues, los valores, encarnados en personas, conocen, lógicamente, realizaciones temporales y, por ende, imperfectas.

Ya hemos mencionado algunos de los valores (libertad, justicia, dignidad humana, amor...). Los valores quizá más reconocidos como tales son los valores morales, en los que la libertad cobra una enorme importancia, pues sin ella no puede llegar a practicarse plenamente ningún otro valor, al desaparecer la libre actuación de la persona. También podemos considerar como valor los valores biológicos (salud, vida), la verdad (meta del conocimiento), la belleza (meta del arte)... puesto que todos ellos contribuyen a la realización de la persona, llevando a cabo la función de valores.

Existen unos valores que son propiamente cristianos (caridad, comunión...), y que implican por parte de la persona, no sólo una opción moral, sino también religiosa. Los valores cobran en el ámbito religioso una trascendencia de tipo sobrenatural, asociándolos con la aspiración humana a la divinidad.

También es cierto que, a causa de la existencia de la limitación y del mal en lo real, se hace necesario un plano intermedio a través del cual tratamos de realizar los valores: un plano sociopolítico y jurídico que permite insertarlos en el plano material.

V. Bipolaridad del plano espiritual y el plano temporal

A fin de poder realizar su vocación y realizar los valores a los que se adhiere, la persona necesita una serie de condiciones que den el soporte necesario a sus diversas vertientes: carnal, espiritual...

La persona es una realidad encarnada: encarnada en el cuerpo y en unas circunstancias determinadas. Tanto el espíritu como la carne son inseparables del compuesto total humano, que forma una unidad. En la persona no existe tan sólo la unidad de espíritu y materia en la conformación de su yo total, sino que estos dos ámbitos, a la vez que se correlacionan estrechamente, se subdividen en sendas gradaciones de sentimientos, pensamientos... configurando así el amplísimo abanico de vertientes y posibilidades personales.

A la vez que se diversifican hasta el infinito las posibilidades del ser humano, un afán equilibrado de vivir cada una de ellas (vida interior, profesional, familiar, artística...) sin menospreciar ninguna, representa la plena realización de la persona. En este sentido, es necesario tener en cuenta que la persona no posee tan sólo una dimensión racional y una aspiración a la perfección; la vida psíquica posee también zonas confusas, tales como los deseos sexuales reprimidos, las voluntades de poder decepcionadas...

Las muchas posibilidades de la condición humana permiten al hombre renovarse y evolucionar progresiva y continuamente; para ello necesita también de la libertad, que permite a los seres humanos trascender situaciones antiguas y buscar soluciones nuevas sin estancarse en la repetición infinita del pasado.

VII. Plano espiritual, plano sociopolítico y plano temporal. Posibilidad de inferir cuál es la realidad del mal

Hemos señalado ya el equilibrio que debe existir entre el plano espiritual y el plano temporal; ahora bien, creemos necesario precisar que cada plano es a su vez múltiple, y que en el ámbito temporal encontramos un plano racional de legislación y organización, cuya existencia hemos esbozado ya, y que denominaremos plano "sociopolítico".

La existencia de este plano sociopolítico es de suma importancia. En efecto, su mera existencia nos indica que los ideales espirituales, para adaptarse al ámbito práctico, necesitan de un estadio intermedio; este estadio es el que permite adaptar los ideales espirituales a la materialidad, a través del plano intermedio de la legislación y organización sociopolíticas.

La necesidad de que el plano sociopolítico exista, se debe a la limitación existente en la realidad, limitación que impide al hombre actuar colectivamente bajo la inspiración directa e inmediata de los ideales espirituales.Creemos que la necesidad del plano sociopolítico no se debe únicamente a la existencia de la limitación humana; de no existir también el mal en el hombre individual y en el conjunto de la sociedad, el ámbito sociopolítico no tendría por qué incluir organismos destinados a prohibir, investigar y penar los actos malvados (dichos organismos incluyen el aparato penal, el cuerpo policial...).

Ahora bien: el plano sociopolítico, aunque es plenamente racional, participa de los errores e imperfecciones del plano temporal, lo que no significa que dicho plano deba eludirse; como veremos más adelante, si el hombre trata de eludir el estadio sociopolítico de adaptación de lo espiritual a lo temporal, corre el peligro de caer en utopías catastróficas que tratan de actuar directamente bajo la inspiración de la idea pura, forzando absurdamente a la realidad a adaptarse a dicha idea.

Así pues, la necesidad de la existencia del plano sociopolítico obedece, ciertamente, a que el mal y la limitación existen a su vez; ahora bien, pretender eludir este plano de la realidad conlleva un mal mayor. Desarrollaremos más adelante las reflexiones sugeridas por este punto.

VIII. Perspectiva histórica y perspectiva trascendente

Todos los planos de la realidad (realidad que hemos reconocido como múltiple) están estrechamente vinculados entre sí, formando una unidad que integra la multiplicidad. El hombre es un ser en tensión, y ello ocurre porque el ser humano se halla tenso entre el plano espiritual y el plano temporal de la aplicación práctica; parte de una situación real y a la vez tiende hacia el ideal que puede encarnar si logra realizar plenamente sus facultades.

El ser humano es un ser histórico, es decir, se encuentra encarnado en unas circunstancias y una época determinadas, concretas, que lo condicionan; y a la vez, el ser humano es capaz de adoptar una perspectiva trascendente, es decir, de pensar en un más allá que trasciende a las circunstancias históricas temporales.

La idea de una finalidad que atraviesa la perspectiva histórica y se fija en la trascendente nos permite pensar en un desarrollo universal progresivo, que tiende hacia dicha finalidad. Esta meta o idea de desarrollo progresivo, común a las perspectivas histórica y trascendente, es perfectamente compatible con el cristianismo, y no contradice en absoluto la idea de eternidad.

La unidad de todos los planos de la realidad es muy estrecha; en las etapas del progreso espiritual resultan de igual importancia las condiciones espirituales de realización y las condiciones temporales (económicas, sociales...), puesto que ambas contribuyen a asegurar en el hombre las condiciones necesarias para que este último pueda asimilar el mensaje divino.

El cristiano se propone metas temporales, iluminadas a veces por el ideal sobrenatural; y a la vez tiene siempre presente su meta ultraterrena. Ambas metas y sus respectivos ámbitos deben configurar un equilibrio armónico en la vida y el pensamiento del hombre cristiano.

¿Cuál es la meta histórica del cristiano? La instauración del Reino de Dios en la tierra, es decir, la instauración de la paz y la justicia. ¿Cuál es la meta trascendente del cristiano? La victoria final del bien en la gloria. Ahora bien, ¿cuál es la responsabilidad concreta del hombre cristiano común ante la historia temporal? Puesto que la esperanza en el más allá despierta -o debe despertar— la voluntad de mejorar la sociedad, un cristiano consecuente debería situarse en la vanguardia en cuanto a justicia social se refiere.

El ser humano vive en tensión su participación de los planos espiritual y temporal y la doble perspectiva de lo histórico y lo trascendente; esto significa la tensión entre los ideales de perfecta realización de la persona y de la sociedad (ideales a los que se tiende) y la realidad, con sus errores e imperfecciones.

Este desfase entre los ideales y lo real permite comprender que se hace necesaria la existencia de un plano racional que, aun estando situado en el ámbito temporal, trate de adaptar los ideales a la realidad: será el plano sociopolítico de la regulación, la organización, la legislación...

¿Cómo obtener el equilibrio entre los distintos planos de todas estas bipolaridades? ¿Cómo podemos lograr la armonía entre los múltiples aspectos de la realidad y de la propia persona? Este equilibrio es sumamente difícil: la persona debe estar en el mundo, pero a la vez lo trasciende. Este difícil y tenso equilibrio a menudo aeaba deslizándose en exceso hacia un polo (la evasión de todo lo real) o hacia el otro (la atención excesiva al propio medio).

El ideal es la meta a la que el hombre tiende sin cesar, a la vez que trata de integrar en un equilibrio armónico su propia bipolaridad entre lo temporal y lo espiritual. La acción práctica es siempre imperfecta, y por esta razón, siempre conlleva un riesgo; siempre se producirá tensión entre unas exigencias ideales que el plano temporal nunca podrá satisfacer, y las necesidades ineludibles de dicho plano.

Para el cristiano, la tensión entre bipolaridades se hace más aguda, puesto que cree en la existencia de un plano sobrenatural y tiene presente una perspectiva trascendente. En efecto, para el cristiano, Cristo vino al mundo y dio sentido a la historia; el mundo ya está salvado, y ello ha sido revelado al hombre.Para el cristiano, Dios está tan íntimamente mezclado con la historia humana, que al final de dicha historia, el hombre es llevado a la gloria de Dios. Ello implica, ciertamente, un sobrenaturalismo histórico, pero no implica una evasión de la realidad histórica; el verdadero cristiano es alguien que vive tenso entre los distintos planos de la realidad, pero se esfuerza por integrarlos en una globalidad armónica.

IX .A MANERA DE SINTESIS PROVICIONAL

Dado que el ser humano es persona, posee un valor incomparable. Este valor arranca de su ser único e irrepetible, de su inimitable ser propio. Debido a esto, no es reemplazable, como una cosa por otra. Todo ello, en su más hondo sentido, procede del hecho de que en el origen de la persona, en su raíz última, se halla un amor incondicional. Además, el ser humano participa de la naturaleza racional, que alberga la potencia de la inteligencia personal, del sentimiento, de la voluntad. Tiene libre albedrío o arbitrio, capacidad para amar. Posee, en suma, una dignidad especial; la más alta del universo temporal creado, del que debe cuidar con gran celo. El fundamento último de esta dignidad radica en lo que la transciende y en su llamada a un amor infinito. El ser humano ha de ver respetada su dignidad y así, su libertad, sus Derechos Humanos. No debe ser instrumentalizado o manipulado. Pero esto va mucho más allá, y comporta el que se le otorgue un trato personalizado.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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