Víctimas del hambre

Recientemente los medios de comunicación social venezolanos y extranjeros, han publicitado el fallecimiento de niños y niñas en Venezuela a causa de la deshidratación y falta de nutrientes, o, mejor dicho, “víctimas del hambre”. Algunos casos son aterradores en sus historias; otros, menos creíbles, pero en esencia, por el hecho de que exista una sola víctima del hambre ya es un asunto muy grave y necesita nuestra atención. Ni en un proceso capitalista salvaje, ni en un gobierno con espíritu nacionalista revolucionario, puede aceptarse que infantes fallezcan por desnutrición o por negligencia manifiesta del Estado ante una situación que destella síntomas de mala praxis familiar o médica.

Es importante destacar que la “no existencia”, la muerte, no es un asunto fuera de los contornos de la vida; es parte intrínseca de la vida misma, pero llegar a ella debe ser un proceso evolutivo, consecuente con la actitud de cada persona ante su vida, y no el producto de insensatez, decidía, o intereses políticos bastardos. ¿Quiero Patria para lo bueno, pero también quiero Patria para lo malo? Es una buena pregunta ante realidades que conmueven la fibra humana de los venezolanos y, sobre todo, que hoy condena a buena parte de la población a vivir en la zozobra de unas relaciones humanas desgaznatadas, confrontadas y en plenitud de desencuentros. El diálogo ha llegado al punto máximo del no-retorno y al filo peligroso de la espada de la violencia. No es un asunto de “matarnos” los unos con los otros, porque siempre perderemos todos; es un asunto de revisar la agenda oculta y la agenda real, de una política electoral, como salida, que se presenta fraccionada, maniatada y enclaustrada, bajo el interés de unos pocos y el anhelo de unos cuantos que no entienden de política, sino de voluntad y legitimidad.

En el año 2000, José María Bengoa, publicó su libro “Hambre cuando hay pan para todos” (Caracas, Editorial Ex Libris), y en ese texto el autor expresaba que en América Latina no se contaba con datos fehacientes sobre la mortalidad y otros índices en diversas clases sociales producto del hambre, pero que las diferencias entre las diversas capas de la sociedad eran notables;  hay cifras e índices relativamente elevados en el promedio nacional, estimándose que las “…clases marginales tiene índices dos, tres y más veces mayores que las clases de más altos recursos...” Destaca el autor que en América Latina, para aquellos días del 2000, los índices de mortalidad infantil se estimaban entre 10 y 70 por mil nacidos vivos; en dichos promedios hay grupos sociales con índices de 5 a 10 por mil, y grupos marginales con índices de 150 a 200 por mil que constituyen diferencias extremamente grandes. Bengoa cita el estudio de Evans Meza, que encontró que la mortalidad infantil era tres veces mayor en Petare, barrio popular de Caracas, que en una zona residencial y altos ingresos por vía de tributo como Chacao.

La realidad descrita por Bengoa ha sido trastocada por programas asistencialistas que han venido a minimizar esas condiciones desfavorables en que se venía anidando el hambre en el contexto de la vida en Venezuela, bajo condición de pobreza. Sin duda, la causa mayor del hambre es la pobreza, aunque no se deben descartar datos de clases sociales pudientes que, por enfermedad, maltrato o situaciones inducidas, hayan llevado a fallecimientos producto del no consumo adecuado de alimentos.

En esa lucha de números, en este primer semestre del 2016, María Gabriela Ponce, del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, en un foro organizado en Caracas, por el Observatorio de Gasto Público el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (Cedice), instancia que ha mostrado una postura contraria al Gobierno Bolivariano, expresa que de “…acuerdo con trabajos sobre condiciones de vida llevadas adelante por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y UCAB, la pobreza de ingreso – últimos resultados de la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi) – está arrojando cifras de 72 % en hogares y 76 %, un poco más, en población, aclarando que siempre el número en este parámetro es más alto porque los hogares pobres son más numerosos…”

Ahora bien, el Instituto Nacional de Estadística (INE), ha reflejado, a través de su Encuesta de Hogares por Muestreo, que, en Venezuela, hasta el 2011, hubo una clara tendencia a la disminución de la pobreza. la pobreza ha venido descendiendo del 49% en el primer semestre de 1998 al 27,4 % de hogares venezolanos en el 2011; porcentaje de hogares en pobreza extrema también ha disminuido de 21 a 7,3%, entre los primeros semestres de 1998 y 2011. En un plano actual, el INE, haciendo alusión a su estudio del primer trimestre de 2015, confirma un progresivo aumento del 3,1 % de la pobreza, con respecto al primer trimestre de 2013; es decir, 526 mil venezolanos se incorporaron a la pobreza en este período. En lo que respecta a la pobreza extrema, aumentó 6, 3 puntos con respecto a ese mismo período de 2013.

Es decir, las condiciones para el deterioro de la capacidad adquisitiva de los venezolanos están mostrando un incremento en cantidad de bolívares, pero no en cantidad de productos y servicios; eso es lo que hace la inflación y sobre todo un proceso inflacionario inducido por grupos económicos que apuestan al desgaste de la calidad de vida para generar una implosión social que les dé el vacío de poder que quieren para ocuparlo e instaurar un modelo de derecha reaccionario o neoliberal que ya está haciendo lo suyo en Argentina y Brasil, difuminándose en los intereses oscuros del capitalismo global.

¿Hay víctimas del hambre o se quiere victimizar el hambre? Los números, propios y extraños, dan un repunte significativo de la pobreza y la pobreza crea condiciones adecuadas para el hambre; el hambre genera incertidumbre y delincuencia; el hambre genera desinterés por lo ideológico y lo nacionalista, deja vulnerable los valores y es fácil manipular la consciencia. Que haya un solo fallecido por hambre, es ya grave, estruendosamente grave y debe reaccionar el Estado, porque su silencio y la excusa de que se hace bulla sobre casos aislados para adjudicar al Gobierno la causa de ese fallecimiento, es más preocupante. No debe haber excusa alguna, sino información y acción, que la gente sienta compañía en tan duros momentos y no desamparo, como es el interés de quienes desequilibran la barca en su tránsito a imponer voluntades a un pueblo.

En el estudio que se ha citado de Bengoa, éste describe: “…Junto a la pobreza económica subyace un problema educacional de enorme magnitud. El promedio de años de educación es en América Latina de 5,2. El 50% de los niños repiten el primer grado, y hay una tasa de repetidores de 30% en los grados siguientes. Un niño latinoamericano, según B. Klisberg, permanece siete años en la escuela, con los que concluye sólo cuatro grados. Por ello, la prioridad en esta lucha contra el subdesarrollo en América Latina, pasa por la necesidad de mejorar el nivel educativo de la población en especial una educación para el trabajo. La ausencia o la escasez de cuadros medios calificados en América Latina,  es uno de los factores que explican la situación actual…”.



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Ramón Eduardo Azócar Añez

Doctor en Ciencias de la Educación/Politólogo/ Planificador. Docente Universitario, Conferencista y Asesor en Políticas Públicas y Planificación (Consejo Legislativo del Estado Portuguesa, Alcaldías de Guanare, Ospino y San Genaro de Boconoito).

 azocarramon1968@gmail.com

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