Corrupción y cinismo político

"En Venezuela se roba porque no hay razones para no robar", decía Gonzalo Barrios. El tan maltratado Teodoro afirmaba que el problema de la corrupción en Venezuela es estructural derivado de un Estado que concentra la riqueza económica de la nación y carece de controles administrativos. Un ex-vicepresidente de la República, colega sociólogo, hoy alejado del gobierno nacional aunque con fidelidad a la figura de Chávez, decía en una conocida entrevista que un error de la revolución fue no combatir la corrupción y más bien usarla como mecanismo para controlar a potenciales adversarios políticos. Todos estas afirmaciones se conjugan fácilmente entre sí: hay una estructura corrupta que administra inmensas cantidades de recursos de los venezolanos sin controles ni sanciones. El gobierno suele usar esta estructura para beneficio propio tanto pecuniario como electoral así como para generar adhesiones políticas.

En la buena época del "rentismo" se decía que los preescolares no tenían buenos presupuestos porque no quemaban cauchos. Entonces, en aquella época, al menos los presupuestos de la nación se conocían públicamente. Con este dicho la sabiduría popular ya sabía hace medio siglo que la corrupción era un mal extendido, que si había suficientes cobres y alguien protestaba con fuerza generando malestar político, pues bozal de arepa con él. Por aquellos tiempos se sentenciaba también: los adecos roban y dejan robar, en alusión muchas veces a un COPEI poco democrático en cuanto al robo. O, en términos semejantes: con los adecos se roba mejor. Hay un conocido Diccionario de la Corrupción en Venezuela de aquellos tiempos, creo que en cuatro volúmenes. ¿Cuántos volúmenes tendrá el de la corrupción en lo que va del siglo XXI?

De aquel Diccionario, cuando se podían publicar en Venezuela esos diccionarios, recuerdo desde las compras con sobreprecios de autobuses bajo la administración de Diego Arria del Distrito Federal hasta una barredora de nieve para el aeropuerto de Maracaibo, pasando, por supuesto, por el emblemático buque "Sierra Nevada". Por supuesto, antes hubo corrupción en el país. Conocidas eran las mordidas de la camarilla perezjimenista para el otorgamiento de las obras públicas. Incluso el dictador, aquella ajetreada madrugada del 23 de enero, se le olvidó subir al avión "La Vaca Sagrada" una maletita con unos cuantos miles de miles de dólares. Pero a partir de 1974 la cosa se agravó. Por estas fechas se cumplirán 50 años de la primera Ley habilitante que el entonces presidente Carlos Andrés Pérez solicitó para transformar el país en "La Gran Venezuela". Lo grueso de los volúmenes del Diccionario mencionado se generan a partir de ese momento. Han sido 50 años de un poder legislativo flojo, vago, que ha renunciado, y cada día más, a su función contralora mientras se ha cansado de dar leyes habilitantes a los presis de turno. ¿Qué habrá sido de aquella ley habilitante que a finales de 2013 se le concedió al presidente Maduro para combatir la corrupción? ¿Qué resultados habrá obtenido?

Cuentan que Ernesto "Ché" Guevara, siendo Presidente del Banco Central de Cuba, madrugaba todos los días, iba a cortar caña temprano y luego a partir de las ocho de la mañana despachaba la agenda del día de esa principal entidad financiera. Parece que no le interesaban mucho los Ferrari ni cargar escoltas, tampoco los relojes finos, los anillos de alianza, las grandes comilonas o las corbatas de seda. Más allá de que se esté o no de acuerdo con su práctica revolucionaria, el Ché estaba convencido de lo que predicaba. Podemos decir que era un revolucionario sincero. Otra cosa es lo que cuenta el conocido sociólogo Robert King Merton del falso revolucionario. En el sexto capítulo de su "Teoría y estructura sociales" analiza la rebelión como actitud de transformación social. Allí dice que, generalmente, tras las revoluciones suelen colarse y hasta hacerse con el poder los resentidos disfrazados de rebeldes. Para el autor, a diferencia del revolucionario auténtico, cuyo prototipo bien puede ser el Ché, el resentido se rebela contra una clase o grupo en el poder que siente que le ha quitado lo que le pertenece, los mismos bienes y las mismas prebendas que tiene el que pertenece a esa clase o grupo. Así, cuando el resentido disfrazado llega al poder sacia sus deseos que bien pueden ser relojes costosos, Ferraris, bacanales, mucho dinero y un largo etcétera. Fácilmente puede saquear las riquezas de un país así como el conquistador saqueó las perlas de Cubagua.

Stalin, por oposición al Ché o incluso a Lenin y Trotsky, puede servir de prototipo del resentido disfrazado de revolucionario que alcanzó el poder. Sólo que el "hombre de acero", para desgracia del pueblo soviético, más que rodearse de lujos dio rienda suelta a su esquizofrenia paranoide. Pero resentimientos, esquizofrenias y paranoias son objeto de tratamiento del psiquiatra. Eso sí, esperemos que el psiquiatra no esté también resentido, esquizofrénico y paranoico.

En los últimos tiempos Pepe Mujica, el uruguayo, es un personaje interesante en estas cuestiones. Otrora guerrillero, preso político y torturado, hombre de una izquierda auténtica por democrática, parece no guardar resentimientos. Llegó a la Presidencia de Uruguay, cumplió su período constitucional, salió de la misma y sigue habitando en su modesta vivienda, trasladándose en su Volkswagen escarabajo de toda la vida y sosteniendo un discurso inclusivo y francamente ecosocialista. Confieso que me despierta envidia. No es un estúpido burgués encubierto de socialista pendiente de aparentar ante los demás. Parece estar bien lejos de prácticas corruptas.

Señores y señoras del gobierno de Venezuela que aspiran a repetir otra vez en Miraflores, candidatos de la oposición, ¿están dispuestos efectivamente a combatir la corrupción? ¿De verdad verdad? No resulta tan complejo diseñar y poner en práctica políticas públicas para iniciar el camino de su combate. Pongamos un ejemplo en materia de lo que se llama políticas de transparencia, sólo un ejemplo pues se trata de múltiples cambios los requeridos, algunos hasta de mayor calado como transformar los poderes judicial, legislativo y la naturaleza de la Contraloría así como fortalecer mediante empoderamientos a las organizaciones civiles y comunales. Pero ya que estamos ante candidatos que aspiran a la presidencia, al poder ejecutivo, hablemos de algo que pueden hacer, que estaría entre sus competencias. Dicho lo cual señores candidatos, pueden proponer que los presupuestos de la nación se discutan públicamente, participativa y protagónicamente como manda la Constitución. Pueden proponer que una vez que se discutan y acuerden del modo más inclusivo posible sean permanentemente publicados en todos sus detalles. Pueden proponer que, aprovechando las tecnologías informáticas de nuestro tiempo, cualquier ciudadano ingresando desde su dispositivo pueda conocer en detalle el presupuesto, y cómo se va ejecutando, de la escuela de la esquina X o el dispensario de la calle Y de Puerto Ayacucho o cualquier otro, que pueda conocer quien quiera el presupuesto del Ministerio Z y cómo se va ejecutando, a quiénes se le dan las obras, con qué propósito y con cuáles recursos. Que Juan Bimba o Carlota Flores, o su hija Aleida Josefina, puedan informarse si así lo quieren de cuántas empresas licitaron para reconstruir la acera de la calle M en Caucagüita, a quién se le concedió la obra y bajo qué criterios. O cuánto se gasta y se invierte en agua potable o servicio eléctrico. ¿No sería esto la puesta en ejecución de la tan cacareada contraloría social, mandato constitucional nuestro? ¿No sería esto un auténtico paso al "socialismo" o a la "democratización", según se prefiera, de la hacienda pública ? ¿O, por el contrario, el candidato hará silencio en esta materia porque sabe que esto mutilaría significativamente su poder en cuanto forma de dominación? ¿Que es mejor para su voluntad de dominio mantener las cuentas lo más ocultas que se puedan? ¿Que la política consiste en distorsionar demagógicamente la comunicación? ¿Que consiste en mera racionalidad estratégica, en mero cálculo para manipular al electorado con el propósito de sostenerse en los privilegios abusivos del poder o alcanzarlos en el caso del opositor? ¿Que en esa manipulación basta con acusar al adversario de corrupto reduciendo la corrupción a un juicio moral, a una moralina de misa parroquial de mala calidad, sin mencionar los correctivos estructurales del caso y el cumplimiento efectivo de los mandatos constitucionales? Toda esta vaina de combatir la corrupción, ¿no será un acto cínico más a los que nos tienen acostumbrados nuestra clase política?



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Javier B. Seoane C.

Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela, 2009). Magister en Filosofía (Universidad Simón Bolívar, 1998. Graduado con Honores). Sociólogo (Universidad Central de Venezuela, 1992). Profesor e Investigador Titular de la Escuela de Sociología y del Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela.

 99teoria@gmail.com

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