Eje Orinoco Apure (I)

No hay proyecto más provocador en esta época de revolución, en la cual esta inmersa la nación venezolana, que el propuesto desarrollo del eje Orinoco-Apure. Ciertamente no registra la historia la presencia de una formación histórica con trascendencia, cuya génesis no se haya ubicado en las riveras de un gran río que interconecte importantes regiones geográficas y sus poblaciones. La conformación de una comunidad a partir de concentraciones poblacionales en espacios costaneros, la vincula al océano que proporciona los enlaces intercontinentales, maximizando sus transacciones con los pueblos de ultramar. Esa situación produce, entre otros efectos, una dependencia automática de los socios comerciales externos, y una tendencia hacia la acumulación de los excedentes en las clases lucrativas que manejan el comercio y las finanzas. Un hecho que se traduce en minusvalía para los sectores productoras y laborales, conjuntamente con la formación de enclaves aculturizados en los litorales, con amplias zonas deprimidas y residuales al interior del ecumene del Estado. Ambos fenómenos, conocidos en geopolítica como dualismo geográfico y dualismo funcional, sin dudas presentes en la realidad nacional, están en la base de las extremas desigualdades sociales características de la realidad nacional.

En esa dirección, la explotación de los enormes yacimientos petroleros de la faja del Orinoco; el desarrollo de la industria maderera de los bosques de pino de los llanos monagenses; los proyectos agropecuarios de la cuenca del Apure; y, el ya existente complejo metalmecánica e hidroeléctrico de Bolívar, harían de este eje fluvial el corazón de un desarrollo diversificado que no sólo aumentaría la magnitud de los excedentes, sino mejoraría su distribución entre las clases y grupos sociales que configuran la nación. Esto sin considerar el incremento de la seguridad estratégica de la nación, en un espacio hasta ahora vulnerable, dada la escasa presencia del Estado. Faltaría, sin dudas, un proyecto para el fomento de la navegación fluvial, que complementado con la de cabotaje, interconectaría mediante un medio barato de transporte masivo casi todo el país. Empero, aunque el impulso de ese plan produjese transformaciones significativas en lo económico y social, este no sería suficiente para modificar sustancialmente la macrocefalia del Estado, que concentra los excedentes en la población de la región capital, reforzando el poder de nuestra alta burguesía transnacionalizada y la aristocracia tradicional concentrada en Caracas.

El proceso no estaría completo si no se ubica en la región un centro de importancia política, militar, científico y cultural. Cabruta, tal como lo pensó el llamado Julio Verne venezolano, Ramiro Nava, podría ser el sitio ideal para tal propósito. En el centro geográfico del país, ya para 1740 era considerada como polo comunicacional entre Guayana y Caracas, y entre el Atlántico y el Alto Orinoco. Con una rica tradición indígena, sin dudas es un lugar estratégico, escala para el transito fluvial y terrestre. Entre 1756 y 1760 fue sede de la Expedición de Límites que debía trazar los correspondientes que separaban los dominios españoles de los portugueses en Brasil y efectuar prospecciones naturalistas. Su valor militar durante la guerra de independencia fue indiscutible, y lo sería hoy en día, como “puerta étnica” para la región de Guayana y la amazonia venezolana, los espacios insuperables para el desarrollo de una guerra de resistencia frente agresiones imperiales. La instalación en esa “villa” -como fuese llamado ese poblado en la época colonial- de la Sala de Convenciones del Consejo Federal de Gobierno; del Cuarte General de la Reserva Nacional y la Guardia Territorial; y, de sendos Institutos de Investigaciones Científicas de la Universidad Bolivariana, podrían ser medidas para convertir este puerto fluvial abandonado en el corazón del desarrollo endógeno venezolano y base de partida para la integración suramericana.


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Alberto Müller Rojas


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