Esencia y fenómeno

Brasil frente a Venezuela

El Presidente Lula de Brasil, en una acción natural frente a la amenaza que tiene la humanidad por la declaración de guerra unilateral de los EEUU a todos los pueblos del planeta, dentro del concepto de la “guerra preventiva”, ha formado un consejo de planificación de la seguridad para diseñar la estrategia de defensa del Estado, y ha decretado un modesto aumento de 600 millones de dólares para el sector defensa en el próximo presupuesto. Algo insignificante sí lo comparamos con el gasto militar de los EEUU. Ese acto responde a su obligación como Jefe de Estado, y desde el punto de vista internacional, es el ejercicio de la defensa legítima que tienen los pueblos ante la posibilidad de ataques externos. Desde luego que lo deseable es que esos esfuerzos unilaterales para garantizar la seguridad estratégica de los pueblos suramericanos fuesen multilaterales, dentro del espíritu del proceso de integración que se adelanta en la región. Pero en política no es lo anhelado lo que priva en las decisiones. Es lo posible. Y en una realidad como la brasilera, dominada por una burguesía capitalista con vocación imperial, que tiene el control de factores reales de poder (capital, fuerza militar, conocimientos y tecnología) es difícil, si no imposible ahora, buscar una integración de esfuerzos –aun cuando se han hecho algunos tímidos intentos- para marchar en ese camino como esta sucediendo en los ámbitos sociales y culturales. La integración del empeño por la defensa demanda de una integración política que no se visualiza en el corto plazo.

Ese es el fenómeno concreto. Pero las fuerzas conservadoras tienen que distorsionarlo, pues el reforzamiento, aun sea unilateral, de la capacidad de defensa estratégica del Estado es contraria a sus intereses transnacionalizados. Ellos están integrados al movimiento transnacional conocido como trilateralismo que agrupa a los empresarios que dominan el mercado internacional y luchan por igual contra el socialismo y el nacionalismo expresado en el Estado territorial. Y su estrategia de lucha actual es controlar directamente los gobiernos, como sucede en los EEUU, suprimiendo la actividad política para sustituirla con la acción de una tecnocracia “desarrollista” que administraría los países como provincias del Imperio virtual que intenta instaurarse en la realidad mundial Ya lo experimentaron en ese país con los gobiernos militares que dominaron el poder nacional durante casi 30 años, y fueron un fracaso. Brasil sigue siendo el país con la peor distribución del ingreso en Suramérica, lo que incluso ha provocado serias tendencias secesionistas, aparte de la aparición de grupos indómitos que imponen su propia ley en las enormes “favelas” que circundan sus ciudades y en las áreas rurales. El reto para el pueblo brasilero es mantenerse como formación social histórica, y no intentar ampliar sus áreas de influencia, actuando como poder subimperial, tal como se lo asigno Kissinger como tarea al inicio de la era neoliberal de la modernidad en los años 70. Controlen su propio espacio, en su mayor extensión áreas residuales fuera del ecúmene nacional, y su propia población en un franco proceso de desorganización social. Sí no lo hacen, serán inútiles para el Imperio. Esa es la esencia de la cuestión.

Sin embargo, esos neoconservadores no dejan de hacer el ridículo, como lo están haciendo sus colegas yanquis. “La Folha de San Paulo”, un diario al servicio de esa corriente, presenta la decisión legítima de Lula como si se tratase de una reacción frente al “armamentismo” venezolano. Eso es simplemente una payasada. No es posible que Venezuela, aunque contase con una capacidad bélica de punta, use medios militares para imponerle su voluntad política al pueblo brasilero. Un millón de hombres equipados con armas de última generación no serían capaces de controlar una población que se acerca a los 200 millones de habitantes y un espacio de unos 8 millones de kilómetros cuadrados. Las fuerzas militares usamericanas no han podido hacerlo en un país de 40 millones de habitantes y medio millón, más o menos, de kilómetros cuadrados, como es Irak. A menos que el planteamiento sea buscar, como lo hizo Washington con aquel país árabe, una excusa para iniciar una agresión, que en las circunstancias internacionales presentes estaría condenada al fracaso, como ha acabado la aventura yanqui en la antigua Mesopotamia. Esa derecha servil indoamericana, de la cual se burlan los amos del mercado mundial transformado en imperio, sólo ha servido como cancerbera de sus pueblos, para colocarlos como mano de trabajo barata a su servicio. Un papel desechable, pues esa oligarquía mundial los sacrifica cuando su conducta molesta sus intereses de dominación. Allí está el ejemplo de los propios “conductores” de la política “desarrollista” brasilera en los años 60, 70 y principio de los 80, no sólo desplazados en el control del poder público por los políticos que tanto odiaban, sino obligados a convivir con una fuerza de origen popular que hoy domina parte del poder nacional, y hasta amenazados con prisión, como ha ocurrido con sus colegas de Chile, Uruguay y Argentina, que los acompañaron en el Plan Cóndor.


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Alberto Müller Rojas


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