El Zorro, las Uvas y la Oposición Abstencionista

"Es triste ver como tanta gente, pese sus niveles académicos y supuesta formación intelectual, aunque sea de muy buena fe, se confunde, por odio o resentimiento."

Eligio Damas

"No es, pues, el sabio quien está tras la actitud habitual contemporánea de no participación, sino, más bien su viejo antagonista: el idiota"

Aurelio de Prada García

I. Sobre Uvas Amargas

Aunque las etimologías no constituyan en sí una autoridad para el esclarecimiento de un concepto, recurrir a ellas suele ser significativo, al punto de disparar el paso inicial en el camino de la dilucidación anhelada. La voz "decidir" proviene del verbo latino decidere, que significa "cortar, resolver". Ambas raíces nos señalan de entrada la reunión de dos ideas diferentes: la de corte remite a una operación puntual, instantánea y que introduce discontinuidad. La idea de resolución, en cambio, presenta la decisión conectada a un proceso que la antecede y respecto del cual emerge como resultado.

Las nociones de corte y de resolución no son contradictorias: la primera indica simplemente una modalidad de la última; es decir la operación de resolución subsumida en la idea de decisión presenta la forma de un corte. Que este corte sobrevenga como "resolución" indica que lo que en una decisión se corta es un nudo, una dificultad. Esta última aparece típicamente bajo la forma de una alternativa entre términos tales que ninguno logra prima facie imponerse sobre los otros de manera clara y distinta reuniendo razones suficientes para ser elegido.

El corte-resolución, consiguientemente, representa la terminación puntual de una situación que aparece inicialmente oscura y que genera apreciaciones dudosas, contestables y contradictorias. Si el corte creado por la decisión encierra un margen de arbitrariedad, o bien si es un paso fundado en la posesión de una nueva evidencia o de una nueva razón -ausentes al inicio de la confrontación, pero alcanzadas como resultado de un proceso-, es una problemática que la etimología por sí no resuelve, y que plantea de lleno la relación entre decisión y racionalidad.

Ejemplo (J. Elster): Supóngase que X se encuentra confundido entre dos preferencias, α y β, que desea aparentemente con la misma intensidad. En principio hay una incapacidad en X para determinar una jerarquía entre A y B, lo cual sume al agente en la perplejidad. Ahora bien, circunstancias externas (a las cualidades de A y B) hacen aparecer que la satisfacción de alguna de ellas, pongamos de B, produce, para la conservación de la vida de X, un riesgo que no aparece en la consecución de A. Luego X va a decidir A contra B diciéndose probablemente que A es mejor que B, aunque en realidad el factor de su decisión haya sido una circunstancia externa a ambas preferencias. Es más o menos lo que pasa con el zorro que declara a las uvas amargas (verdes) simplemente porque le resulta impracticable alcanzarlas. Esta decisión, que es una decisión entre preferencias, resulta racional, ya que se encuentra mediada por un cálculo de utilidad en función de una preferencia mayor: la conservación de la vida.

La oposición entre un modelo donde la decisión se encuentra marcada por su cuota de arbitrariedad y otro donde la decisión es la terminación normal de un proceso mediado por reglas, por ejemplo la deliberación (decimos "normal" en contraste con las terminaciones "anormales" tales como la interrupción de la deliberación por un acto impulsivo), se encuentra presente entre los usos que el término recibe en el lenguaje ordinario.

Cuando al definir "decisionismo" se dice que se trata de "la tesis según la cual ciertos problemas sólo pueden ser resueltos o, cuando menos afrontados, mediante un acto de decisión a favor de una de dos o más alternativas", el término "decisión" aparece negativamente, como el sucedáneo de la operación lógica que está faltando y, por ende, con un sesgo de irracionalidad. En esta perspectiva, el carácter decisionista o carácter de decisión que posee un asunto parece proporcionado al área de arbitrariedad que entorna su resolución, y el aumento de la información va eliminando la cuota de decisión correspondiente para dejar lugar a un procedimiento meramente analítico.

En contraste con este uso de la decisión existe otro registro, donde el concepto aparece unido a la razón. Al déficit de racionalidad enfatizado en el juego decisionista, se contrapone la idea de una razón múltiple y capaz de abarcar la toma de decisión como una de sus regiones propias. Esta idea ha sido desarrollada en la historia de la filosofía desde diversas concepciones: la teleológica, dada en función de acentuar la orientación al logro de fines; y, dentro de ella, la racionalidad teleológica analítica. A su vez, desde la perspectiva de las normas, la racionalidad deontológica acentúa la orientación a un deber que se pretende fundamentar racionalmente.

II. ¿Es racional el "Frente Amplio"?

El problema de la elección racional estipula condiciones necesarias y suficientes para que un individuo (bien sea una persona física o una persona social) pueda ser considerado un agente racional. Estas condiciones se formulan como sigue:

a. El individuo es consciente de sus preferencias.

b. El conjunto de preferencias del agente es coherente (las mismas son posibles y compatibles entre sí) y está provisto de un orden jerárquico que permite asignar un coeficiente de utilidad a cada preferencia según un orden numérico creciente.

c. El agente conoce —o al menos intenta hacerlo— los medios adecuados para la satisfacción de sus preferencias.

d. El agente pondrá en obra —al menos en la medida en que pueda— los medios adecuados para la satisfacción de sus preferencias según el criterio de optimización, es decir, de manera de obtener con su acción la máxima utilidad de acuerdo con su jerarquía de preferencias.

Luego se estipula que:

X es un agente racional SI Y SOLO SI satisface las condiciones a, b, c, d

De esta manera, la identidad del agente queda asimilada sin resto a la jerarquía de preferencias con su función de utilidad correspondiente:

identidad = jerarquía de preferencias + función de utilidad

Las preferencias individuales son tomadas como datos primitivos que recoge cada modelo de conducta empírica. Los cambios en las preferencias pueden constatarse, mas no explicarse según los criterios de la teoría. En efecto, dar una explicación racional de una revisión de preferencias presupondría el postulado de una tercera jerarquía a partir de la cual explicar la modificación constatada. Pero esto produciría una regresión al infinito, ya que el explanans de la revisión de preferencias sería a su vez una jerarquía de preferencias diferente de la original

Ejemplo: Supóngase que X se encuentra confundido entre dos preferencias, A y B , que desea aparentemente con la misma intensidad. En principio hay una incapacidad en X para determinar una Jerarquía entre A y B, lo cual sume al agente en la perplejidad. Ahora bien, circunstancias externas (a las cualidades de A y B hacen aparecer que la satisfacción de alguna de ellas, pongamos de B, produce, para la conservación de la vida de X, un riesgo que no aparece en la consecución de A. Luego X va a decidir A contra B diciéndose probablemente que A es mejor que B, aunque en realidad el factor de su decisión haya sido una circunstancia externa a ambas preferencias. Es más o menos lo que pasa con el zorro que declara a las uvas amargas simplemente porque le resulta impracticable alcanzarlas. Esta decisión, que es una decisión entre preferencias, resulta racional, ya que se encuentra mediada por un cálculo de utilidad en función de una preferencia mayor: la conservación de la vida.

♣ Formalmente racional es quien elige lo mejor que tiene a su alcance valiéndose de los medios más adecuados para ello. Eso conlleva al menos la existencia de:

  1. una ordenación de los deseos o preferencias del individuo I, (una función de esos deseos, f(u))

  1. un conjunto de creencias, CI , de I , que conectan causalmente sus acciones con los resultados de ellas en el mundo

  1. un conjunto de acciones posibles de I, AI.

Es racional, en el sentido mínimo del término, quien escoge aquel curso de acción aj ∈ AI, que de acuerdo con CI, ha de llevarle del modo más adecuado o económico a lo que considera mejor de acuerdo con sus preferencias (a un máximo de la función f(u), si esas preferencias son describibles con una función continua) y con sus creencias.

Ahora bien; con esto no se dice nada acerca de los deseos y las preferencias de I. Simplemente, se toman como datos; su ordenación, f(u), es un mero dato de partida. ¿Tiene sentido interrogarse por la "racionalidad" de los deseos y las preferencias de I? De acuerdo con la "racionalidad inerte", no lo tiene, para la "racionalidad erótica", en cambio, reflexionar, proporcionar argumentos en favor o en contra de f(u) es absolutamente crucial. Lo mismo que con los deseos, ocurre con las creencias de I. ¿Han de considerarse como meramente dadas, como crudos "hechos", o es su "racionalidad" objeto disputable?

Ejemplo: Supongamos que I es un pescador que dispone en su barca de una sonda radar para detectar bancos de peces, y que en vez de utilizarla antes de echar la red, se encomienda a la virgen del Carmen porque cree que ese es el medio más adecuado para capturar sardinas. Dada esta creencia cJ ∈ CI su conducta es racional, pero ¿lo son sus creencias?



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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