¿Soy idiota porque me abstengo o me abstengo porque soy idiota?

"No es, pues, el sabio quien está tras la actitud habitual contemporánea de no participación, sino, más bien su viejo antagonista: el idiota"

Aurelio de Prada García

"Para mí el abstencionista se asemeja a aquel integrante del paseo al rio que cuando se le consulta si se debe llevar pollo o lechona, aguardiente o cerveza, se abstiene de opinar. Al no haber opinado, obviamente se tiene que ajustar a lo que decidan los que si opinaron, gústele o no el pollo o la lechona; o el aguardiente o la cerveza. A la hora de la verdad el paseo sigue adelante."

Mauricio Botero Caicedo

I. Introducción

La no participación del ciudadano en un evento electoral, es calificada genéricamente como "abstención". En efecto, la abstención se da cuando el ciudadano cuenta con todas las facilidades y garantías, para ejercer el derecho al voto. En Venezuela existe el derecho al voto pero no hay norma constitucional ni legal que imprima al mismo la calidad de "obligación", es decir, que el ciudadano que vota lo hace voluntariamente y no porque exista una norma que le imponga ejercer esta actividad. En el discurso político, especialmente en el politológico, uno de los desafíos de la democracia que llama mucho la atención es el abstencionismo. El supuesto que subyace es que la democracia se legitima y, al mismo tiempo, se consolida por medio de la participación masiva en los actos electorales, es decir por medio de una alta participación electoral. En este sentido la sola celebración de elecciones no basta, tampoco la garantía del pluralismo político y de la libertad del elector de escoger libremente entre las ofertas electorales; para cumplir con las expectativas que se han generado en torno a la democracia se requiere, además, una alta concurrencia del soberano, el pueblo, al acto electoral. Este exigente criterio lleva, primero, a destacar el abstencionismo y, segundo, a interpretaciones del fenómeno tendentes a cuestionar la calidad de la democracia y a poner el acento en la desafección de la gente frente a ella.

II. ¿Cómo se siente ser un idiota?

Obviamente los Venezolanos nos somos griegos, ni Venezuela es Atenas. Aristóteles afirmaba que el ser humano es por naturaleza un ser político. El ciudadano común de la Atenas clásica -como es bien sabido, varón, adulto y no extranjero- se sentía comprometido con la vida pública de su Ciudad- Estado a un grado tal que podían afirmar que Atenas era tan grande como cada uno de sus ciudadanos. Asumiendo, la idea aristotélica sobre la naturaleza política del hombre, se podría asegurar que al día de hoy cada individuo tiene al menos una postura sobre el acontecer político, inclusive la negativa de tener una argumentando el desinterés ante la Res pública se convierte en una postura. Sólo que en la actualidad y en buena medida gracias al avance en el ejercicio de la tolerancia, como uno de los pilares fundamentales de la democracia, son menos los que se atreven a tildar de inútil -tal como lo hacía Pericles- a aquél que se ocupa exclusivamente de sus negocios privados.

La famosa afirmación de Pericles (495 a. C. - 429 a.C.): "Somos los únicos que consideramos no un despreocupado, sino un idiota, al ciudadano que no toma parte en las cuestiones políticas" puede considerarse fiel reflejo del punto más lejano al que llegó la evolución del régimen democrático ateniense en uno de sus aspectos esenciales: la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Un punto en el que ya no se intenta prevenir la indiferencia ante las cuestiones políticas amenazando con castigos, tal y como Solón había hecho en una etapa anterior. Ahora, llegados al extremo, sólo queda el desprecio o la lástima: el ciudadano que se ocupa exclusivamente de sus asuntos, el que no participa de la cosa pública no es ya un mero despreocupado, responsable quizá de su abstención, sino un inútil, un incapaz, un auténtico idiota. En Atenas, el individuo no político era un ser incompleto.

El tema de la participación electoral no tiene una importancia obvia; dependiendo del contexto puede ser algo deseable, peligroso o irrelevante. Una votación nutrida puede ser un síntoma bienvenido de una democracia consolidada, pero también puede mostrar el poder de un régimen despótico. Como lo señala Sartori, las elecciones no son sinónimo inequívoco de democracia. La participación en el proceso electoral (y en la vida política en general) constituye uno de los elementos esenciales de la vida democrática. Desde un punto de vista normativo, la literatura ha identificado la consecución de una participación política y electoral elevada como uno de los requisitos necesarios para conferir legitimidad y dotar de eficacia al sistema político. Si la abstención se generaliza, se pierde el bien público de la democracia.

Uno de los deberes que se suelen asociar con el rol de ciudadano en los regímenes democráticos es el deber de votar. Hans Kelsen, por ejemplo, sostiene que si la función electoral es considerada como condición esencial de la vida del Estado, lo único consecuente es hacer del sufragio un deber del ciudadano, aunque en la mayoría de las constituciones no aparece como un deber jurídico. Pero ¿qué se quiere decir cuando se afirma que los ciudadanos tienen un deber político (o incluso moral) de votar? ¿Cuál sería la justificación y el alcance de este deber? ¿Se trata de un deber absoluto o, por el contrario, cabe pensar que la abstención esté justificada al menos en algunas ocasiones?

La Constitución (CRBV) en su artículo 63 establece "El sufragio es un derecho. Se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas". El abstencionismo electoral consiste en la no participación en la votación de quienes tienen derecho a ello. Su decisión es la de no votar en un proceso electoral o refrendatario. Es un no hacer que no tiene consecuencias jurídicas para el titular del derecho, con excepción de en aquellos ordenamientos en que el sufragio se configura no como un simple deber cívico o moral sino como un deber jurídico, y por tanto resulta exigible. El no participar en algo a lo que se tiene derecho representa los contravalores del espíritu democrático y de civilidad política que deben reinar en cualquier Estado constitucional democrático. El abstencionismo conduce a una crisis de legitimación real o potencial de los gobernantes, de la clase política e incluso de las mismas estructuras democráticas, debilitando de esta manera a la democracia en general.

III. ¿Es racional el abstencionismo electoral?

Cuando el ciudadano común acude a las urnas, lo hace con la intención de expresarse a favor (o no) de una de las opciones disponibles, de acuerdo a una postura política que asumió, ya sea durante el proceso electoral o antes de él. Sin embargo, la amplia brecha que existe hoy entre las necesidades generales de la población y el actuar de nuestra clase política, hace surgir cierta inconformidad, desencanto y apatía por la política. Desde el punto de vista de la racionalidad (individual) de los ciudadanos, no parece que sea racional concurrir a votar. La probabilidad de que cada voto por separado incida en el resultado final es ínfima, cuando es una elección entre millones de personas. Por eso, el beneficio que cada uno saca yendo a votar (medido por el valor del resultado deseado multiplicado por la probabilidad de incidir en él es insignificante, tanto que no compensa los costes (informarse sobre los candidatos, leer los programas, trasladarse, hacer colas, etc.). Esta situación conforma lo que se ha dado en llamar "paradoja del voto". En relación con la paradoja del voto, hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda. A pesar del carácter racional de la abstención, aquí en Venezuela no existe obligatoriedad jurídica de votar; sin embargo, muchos ciudadanos ejercen su derecho de sufragio. ¿Hay que interpretar entonces que la conducta de todos los votantes es irracional? No parece que esta sea una explicación muy plausible. La mayor parte de los votantes podría justificar su propia conducta dando razones (que seguramente irían en la línea de que mantener el bien que supone la democracia supera los costes individuales) y no simplemente apelando a un acto irreflexivo y puramente emocional.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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