Venezuela: ¿Un país de idiotas o de sabios? (I/II)

"El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto"

Bertolt Brecht

"La tiranía de un príncipe no pone en mayor peligro a un Estado que el que supone para una república la indiferencia por el bien público"

Montesquieu

I ¿Es de idiotas abstenerse?

La famosa afirmación de Pericles (495 a. C. - 429 a.C.): "Somos los únicos que consideramos no un despreocupado, sino un idiota, al ciudadano que no toma parte en las cuestiones políticas" puede considerarse fiel reflejo del punto más lejano al que llegó la evolución del régimen democrático ateniense en uno de sus aspectos esenciales: la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos. Un punto en el que ya no se intenta prevenir la indiferencia ante las cuestiones políticas amenazando con castigos, tal y como Solón había hecho en una etapa anterior. Ahora, llegados al extremo, sólo queda el desprecio o la lástima: el ciudadano que se ocupa exclusivamente de sus asuntos, el que no participa de la cosa pública no es ya un mero despreocupado, responsable quizá de su abstención, sino un inútil, un incapaz, un auténtico idiota. En Atenas, el individuo no político era un ser incompleto.

Según el artículo 126 de la Ley Orgánica de Procesos Electorales "Ninguna persona puede ser obligada o coaccionada bajo ningún pretexto en el ejercicio de su derecho al sufragio." En consecuencia, constituye un precepto constitucional la "No obligatoriedad del voto". Por lo tanto, la abstención puede ser completa, ya que la participación en la elección de representantes no es obligatoria. Esa mínima participación no es un deber, sino que se configura básicamente como un derecho, del que se puede no usar.

"En el discurso político, especialmente en el politológico, uno de los desafíos de la democracia que llama mucho la atención es el abstencionismo. El supuesto que subyace es que la democracia se legitima y, al mismo tiempo, se consolida por medio de la participación masiva en los actos electorales, es decir por medio de una alta participación electoral. En este sentido la sola celebración de elecciones no basta, tampoco la garantía del pluralismo político y de la libertad del elector de escoger libremente entre las ofertas electorales; para cumplir con las expectativas que se han generado en torno a la democracia se requiere, además, una alta concurrencia del soberano, el pueblo, al acto electoral. Este exigente criterio lleva, primero, a destacar el abstencionismo y, segundo, a interpretaciones del fenómeno tendentes a cuestionar la calidad de la democracia y a poner el acento en la desafección de la gente frente a ella."( Dieter Nohlen)

«♦» ¿Cuánto abstencionismo aguanta la legitimidad democrática?

«♦» ¿Qué pasaría si la participación en las presidenciales del 2018 no pasa del 10%?

«♦» ¿No tendría ninguna consecuencia?

La participación en los procesos electorales (y en la vida política en general) constituye uno de los elementos esenciales de la vida democrática. Afirmaba Aristóteles que los seres humanos somos animales políticos dotados de razón, ya que la sociabilidad forma parte de la naturaleza humana. Sin embargo las virtudes del ciudadano y del buen gobernante están pasando por una crisis aguda donde la democracia se va quedando sin defensores dignos que le hagan frente a las serias amenazas que buscan acabar con la misma. En el discurso político, especialmente en el politológico, uno de los desafíos de la democracia que llama mucho la atención es el abstencionismo. El supuesto que subyace es que la democracia se legitima y, al mismo tiempo, se consolida por medio de la participación masiva en los actos electorales, es decir por medio de una alta participación electoral. El abstencionismo electoral consiste en la no participación en la votación de quienes tienen derecho a ello. Su decisión es la de no votar en un proceso electoral o refrendatario. Es un no hacer que no tiene consecuencias jurídicas para el titular del derecho, con excepción de en aquellos ordenamientos en que el sufragio se configura no como un simple deber cívico o moral sino como un deber jurídico, y por tanto resulta exigible. Uno de los deberes que se suelen asociar con el rol de ciudadano en los regímenes democráticos es el deber de votar. Hans Kelsen, por ejemplo, sostiene que si la función electoral es considerada como condición esencial de la vida del Estado, lo único consecuente es hacer del sufragio un deber del ciudadano, aunque en la mayoría de las constituciones no aparece como un deber jurídico Pero ¿qué se quiere decir cuando se afirma que los ciudadanos tienen un deber político (o incluso moral) de votar? ¿Cuál sería la justificación y el alcance de este deber? ¿Se trata de un deber absoluto o, por el contrario, cabe pensar que la abstención esté justificada al menos en algunas ocasiones? Los constituyentista de 1999 resolvieron el dilema que planteaba al voto como un "derecho" o una "función pública", estableciéndolo entonces como un derecho, eludiendo así la obligatoriedad del mismo.

II. ¿Es de sabios votar?

La Constitución (CRBV) en su artículo 63 establece "El sufragio es un derecho. Se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas". El no participar en algo a lo que se tiene derecho representa los contravalores del espíritu democrático y de civilidad política que deben reinar en cualquier Estado constitucional democrático. Desde un punto de vista normativo, la literatura ha identificado la consecución de una participación política y electoral elevada como uno de los requisitos necesarios para conferir legitimidad y dotar de eficacia al sistema político. Como lo señalan los trabajos de Giovanni Sartori, Robert Dahl y Norberto Bobbio las elecciones no son sinónimo inequívoco de democracia. El tema de la participación electoral no tiene una importancia obvia; dependiendo del contexto puede ser algo deseable, peligroso o irrelevante. Una votación nutrida puede ser un síntoma bienvenido de una democracia .consolidada, pero también puede mostrar el poder de un régimen despótico. En los países totalitarios como Corea del Norte la abstención es solo el 0.0001 por ciento.

En el discurso político, especialmente en el politológico, uno de los desafíos de la democracia que llama mucho la atención es el abstencionismo. El supuesto que subyace es que la democracia se legitima y, al mismo tiempo, se consolida por medio de la participación masiva en los actos electorales, es decir por medio de una alta participación electoral. En este sentido la sola celebración de elecciones no basta, tampoco la garantía del pluralismo político y de la libertad del elector de escoger libremente entre las ofertas electorales; para cumplir con las expectativas que se han generado en torno a la democracia se requiere, además, una alta concurrencia del soberano, el pueblo, al acto electoral. Este exigente criterio lleva, primero, a destacar el abstencionismo y, segundo, a interpretaciones del fenómeno tendentes a cuestionar la calidad de la democracia y a poner el acento en la desafección de la gente frente a ella.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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