La agricultura y la intermediación despiadada

Algunos personajes revolucionarios pero advenedizos en materia agrícola se enfurecen cuando se plantea que la visión de cadenas agroalimentarias y circuitos agroalimentarios es un enfoque que tiene sentido en este tránsito o cohabitación revolucionaria con toda una cultura de división del trabajo, que no es riesgosa, si solo si, el Estado corrige las grandes diferencias en los procesos de acumulación de capital y de bienestar.

Hace varios años, la propia FEDEAGRO disponía en su página un excelente trabajo en el cual una gráfica denotaba la evolución de los precios al productor contra los precios de algunos productos de maíz, en este caso de la harina precocida. En la medida que el tiempo fue transcurriendo desde la aparición en el mercado interno de este producto, el precio de la harina precocida al consumidor llegó a significar hasta diez veces el precio del maíz que recibe el productor. El final es una brecha que fagocita al productor y al consumidor. En un sano y socialista enfoque de cadenas, esta es una distorsión absolutamente controlable por los órganos reguladores del Estado. No hacerlo es desidia y complicidad. Otro ejemplo muy importante son las hortalizas, en este caso, desde la cosecha hasta llegar a las manos del consumidor pueden haber dos o tres intermediarios, que pueden multiplicar el precio que recibe el productor entre 4 a 6 veces.

Veamos ejemplos positivos para la emulación. El precio de un kilogramo de aguacate en un distribuidor que viene de Trujillo, asociado a pequeños agricultores, como primer intermediador y que coloca el producto en Maracay junto a una diversidad de hortalizas y frutas, es apenas un tercio del precio del aguacate en los supermercados locales. Loable este esfuerzo, como también es magnífico el caso de los famosos bicicleteros de Cumaná que tienen más de sesenta años distribuyendo pescado a puerta de casa, a domicilio, luchando contra los intermediarios capitalistas que concurren al amanecer a hacer negocios cargados de dinero, de capacidades de almacenamiento, y llenos de influencias políticas para quedarse con la mayor parte de los frutos del mar obtenidos por los pescadores artesanales. Los bicicleteros son una cultura organizacional a ser estudiada por su constancia y sentido de la solidaridad social. Actualmente, en el Gobierno de Calle, consignaron un proyecto para potenciar sus capacidades, y hasta diversificar sus productos de distribución a domicilio. Los bicicleteros provienen de los cientos de consejos comunales y actúan en consecuencia con sus comunidades. Esa idea de potenciar la distribución de pescado a domicilio hay que financiarla y sacar de allí la experiencia para organizaciones comunales de distribución de alimentos. Habría de mejorarse la interacción social pescadores artesanales y bicicleteros.

Hay muchos ejemplos que denotan que las distorsiones postcosecha son tan importantes que finalmente son parte de un proceso especulativo que presiona la inflación y da la sensación que las cadenas y los circuitos agroalimentarios no tienen gobierno. Esto es un hecho consumado desde hace más de cincuenta años, herencia de la cuarta para la quinta República. Pero no es una distorsión exclusiva de Venezuela; en otros países latinoamericanos, el flagelo de la apropiación del trabajo del agricultor por los intermediarios especuladores capitalistas ocurre y de cuando en cuando destapa crisis severas como la recientemente ocurrida en Colombia. Hay explicaciones adicionales pero que respaldan la tesis de la falta de autoridad del Estado. La fragmentación del gobierno de la agricultura es una de ellas, su alto interés por la importación descuida las cadenas nacionales, también elude la creación de verdaderos mecanismos de comercio solidario entre productores y consumidores. Una dimensión poco tratada es la importancia del comercio local. En algunos casos, los intermediarios especuladores dejan a las comunidades de productores sin alimentos para ellos. Acaparan hasta los productos de baja calidad, que en momento de crisis son una salida a la alimentación familiar. También es evidente que camiones con similar carga se cruzan en las carreteras, en un desorden de la distribución de alimentos que causa hilaridad, pero también rabietas.

La revolución en la agricultura debe revalorizar socialmente a este sector venido a menos en la economía nacional. Los campesinos deben ser parte de un esfuerzo productivo más allá de la subsistencia, pero librándolos de los intermediarios expoliadores. Toda la poderosa burocracia del gobierno debe generar mejores resultados; hora es para la destrucción de las mafias, de las redes de intermediarios agiotistas y especuladores… ¿Somos o no somos un gobierno que se debe a los más débiles, a los campesinos en la primera línea y en parejo a la gran masa asalariada que transfiere sus pingües ingresos al capital despiadado?

Esa defensa es parte de la soberanía alimentaria.

mmora170@yahoo.com


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Miguel Mora Alviárez

Profesor Titular Jubilado de la UNESR, Asesor Agrícola, ex-asesor de la UBV. Durante más de 15 años estuvo encargado de la Cátedra de Geopolítica Alimentaria, en la UNESR.

 mmora170@yahoo.com

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