La Cuba de los 90 es nuestra Venezuela de hoy

Corría agosto de 1994 y la crisis que vivía Cuba tras la caída de la Unión Soviética, atravesaba su momento más crítico. Producto de un falso anuncio de Radio Martí (emisora de Miami financiada por el gobierno de EE.UU.), sobre embarcaciones que irían a buscar a quienes quisieran trasladarse a territorio estadounidense, cientos de personas se concentraron el día 5 en el malecón de La Habana.

Cuando los barcos no llegaron, el descontento provocado desembocó en desmanes, destrozos de comercios y enfrentamientos con la policía.

La cobertura mediática habló de la dictadura cubana, de la miseria que hacía pasar a su pueblo Fidel Castro. Nunca señaló que Washington otorgaba apenas 3794 visas anuales para cubanos y que el criminal bloqueo que ya llevaba más de tres décadas (y había sido reforzado durante los últimos años) asfixiaba a la economía de la isla.

Ante eso, la respuesta del gobierno revolucionario fue liberar las salidas del país el 12 de agosto. Más de 30 mil cubanos y cubanas, en balsas precarias, encararon hacia la península de Florida. Ante la denominada "crisis de los balseros", la respuesta estadounidense fue hundir y detener a quienes intentaban llegar por mar a sus costas para luego trasladarlos como detenidos a la base de Guantánamo.

Balseros cubanos en 1994

La hipocresía estadounidense quedó de manifiesto cuando finalmente, en septiembre, el presidente Bill Clinton negoció con La Habana un nuevo acuerdo migratorio. Desde entonces la Casa Blanca otorgaría, por lo menos, 20 mil visas anuales a cubanos y cubanas.

Apenas unos meses después, en diciembre, Fidel recibió a Hugo Chávez. El militar golpista venezolano, recientemente liberado, era mirado con recelo por la izquierda y el progresismo latinoamericano. También Cuba estaba cada vez más sola ante el auge de distintas teorías surgidas tras la derrota del campo socialista. El autonomismo y el pragmatismo socialdemócrata se imponían. Ya no era "cool" defender un proceso asociado al comunismo soviético, que había resistido al imperialismo y desarrollado un internacionalismo socialista sin precedentes en la historia.

Sin embargo, la mente más lúcida de nuestro continente vio en Chávez lo que nadie más en ese momento. Y la obstinada persistencia de la revolución cubana fue clave para el inicio del ciclo progresista latinoamericano que comenzó en 1998 con la victoria electoral del bolivarianismo en Venezuela.

Ayer Cuba, hoy Venezuela

En los años ‘90 la isla afrontaba una etapa de su historia conocida como "Período Especial". Es que con la caída del "socialismo real" en Europa del Este, Cuba perdió, de un día para el otro, el 85% de su comercio exterior y entre 1989 y 1993 el PBI cayó un 35% (solo para comparar, en Argentina durante los años de la crisis de 2001 cayó 22%).

Las importaciones cubanas que eran de 8.500 millones de dólares en 1989, en poco tiempo cayeron a 1.500 millones. La ingesta calórica promedio bajó de tres mil a 1900 por día (según la Organización Mundial de la Salud no puede ser menos de 2400). De 800 medicamentos que se utilizaban se dejaron de conseguir 500.

La descripción resulta muy similar a la que vive hoy Venezuela, que desde hace años sufre una guerra (ese es el nombre que corresponde) de baja intensidad por parte de EE.UU. Las restricciones, el bloqueo y las sanciones económicas impuestas desde 2014 y profundizadas por la administración Trump le han hecho perder al país -según datos oficiales- 130 mil millones de dólares.

A esto hay que sumar los repetidos intentos de golpes de Estado financiados por Washington; ataques paramilitares perpetrados desde Colombia; el aislamiento internacional producto de la presión estadounidense que contó con el respaldo de cada vez más gobiernos derechistas (muchos de ellos golpistas o fraudulentos) en América Latina; y finalmente una campaña orquestada por las potencias occidentales y los medios de comunicación privados más importantes del mundo.

Frente a ese escenario, la Revolución Bolivariana persiste. Con errores y deficiencias, sin duda. Pero se sostiene como un modelo alternativo que, en su momento de mayor esplendor, supo dar cuenta de su increíble potencial para construir sociedades más justas, igualitarias y soberanas.

Crédito: Matias Delacroix

Si bien las comparaciones son odiosas, un proceso que tenía el visto bueno de sectores socialdemócratas y hasta algunos liberales, que parecía mucho más sólido en términos sociales, políticos y económicos como la Bolivia de Evo Morales, no resistió tres semanas los embates que Venezuela sufre desde hace, por lo menos, seis años.

Por eso resulta fundamental revalorizar la experiencia revolucionaria venezolana. Asumir y aprender de sus errores, si. Pero sin caer en el discurso "políticamente correcto", tibio y funcional a los intereses de la Casa Blanca de una supuesta falta de democracia y autoritarismo que no se sostiene, ni siquiera, desde los parámetros de la democracia liberal.

La necesidad histórica de la resistencia venezolana

Las razones que explican que hoy la revolución siga en pie son varias y difíciles de resumir. Sin embargo, se destaca la unidad gestada entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y el pueblo. Esta unidad, que además cuenta con el adicional de la existencia de milicias populares de reserva, es lo que ha impedido el éxito de los múltiples intentos de golpe de Estado. Y también ha sido un freno para una invasión extranjera que desembocaría en una cruenta guerra en una de las zonas más pacíficas del planeta.

Por otra parte, existe una faceta subjetiva nada despreciable. El pueblo venezolano -al igual que el cubano- podrá tener muchas críticas al devenir de su propia revolución, pero es suya y los ha dignificado como nunca antes en su historia. Los niveles de consciencia social y rechazo a la injerencia imperialista son los cimientos del núcleo duro del chavismo.

Finalmente, quizás el aspecto más importante que garantiza la continuidad del proceso, es el acelerado y masivo proceso de organización popular. La poco conocida experiencia de las Comunas, en tanto instancias de consolidación del poder popular por fuera de la estructura burocrática del Estado capitalista, ha sido fundamental. Tanto en los momentos de alza de la revolución como ahora, en la resistencia, permitiendo crear lazos de solidaridad y construyendo una economía alternativa que permite afrontar las consecuencias del bloqueo.

Pero además, este proceso de organización es probablemente el aporte más importante de la Revolución Bolivariana a los pueblos del mundo en su búsqueda de un modelo alternativo al saqueo, las violencias -económicas, de género, étnicas- y la destrucción del medioambiente.

En tiempos donde el capital ya no intenta mostrar una cara amable, sino que ha ido consolidando la idea de que "no hay alternativa", resulta fundamental poder construir nuevos horizontes. Correr los márgenes de lo posible, salir del pragmatismo inmediatista. No para restablecer viejos modelos del siglo XX, hoy inviables ante la desintegración de la sociedad fordista de la posguerra. Si no para recuperar para las izquierdas la narrativa del futuro y del deseo. Como sostiene Alain Badiou, "un anticapitalismo efectivo no debe ser una reacción al capitalismo, sino un rival suyo". El proceso venezolano es uno de los puntos de apoyo sobre los que asentarse para hacer nacer ese otro mundo posible.

Tomado de Notas Periodismo Popular



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