La historia y la cultura de resistencia de nuestros pueblos

A diferencia de la idea general que se podría extraer de la enseñanza tradicional de la historia, la cual ha servido para imponer una división entre pueblos civilizados y pueblos salvajes, que es decir, pueblos superiores y pueblos inferiores (así como, en el plano interno, entre minorías "dominantes" y mayorías dependientes o subalternas) la historia humana no sigue un progreso unilineal, mecanicista e indefinido, al modo como se cree generalmente y lo expusieran los pensadores de la Ilustración europea, cuya cima sería la imposición y el reconocimiento universal de una sola cultura o, lo que muchos suelen identificar, como un pensamiento único.

Gracias a la constante influencia ideológica ejercida por los sectores dominantes (vinculada, por demás, a la lógica capitalista y al eurocentrismo, que es casi decir lo mismo), muchos de los seres humanos, por no afirmar su totalidad, se hallan envueltos (a pesar de sí mismos) en una especie de esclavitud consentida; producto, en gran medida, del tipo de educación bancaria que se imparte a las jóvenes generaciones, sin espacio para el debate ni para la diversidad, la que moldeará su conducta futura. Ésta, además, al no cuestionar el orden establecido, contribuye a propocionarle a cada individuo la convicción que su formación sólo servirá para alcanzar, eventualmente, una mejor posición social y económica, sin que tal cosa signifique que deje de ser un asalariado o abandone del todo su condición proletaria. De este modo, el orden establecido se asegura su vigencia, aceptándose que, fuera de él, no existen más alternativas; lo que ya plantea una confrontación abierta con aquellos paradigmas que lo sostienen y lo legitiman como algo natural y, por ende, como algo irremplazable.

En el presente siglo la tendencia es acentuar la falta de pasado (o, por lo menos, su tergiversación) de los pueblos de nuestra América, al igual que ocurre con los de África y de Asia, llegando a descalificarlo como parte de una prehistoria que, raramente, sólo cobra sentido con los aportes culturales de lo que es Europa (o frente a lo que ésta representa) aunque en su desarrollo no podrán descartarse los aportes diversos de árabes, chinos, africanos, indios y, por supuesto, de nuestros pueblos originarios, víctimas además de la expoliación de sus recursos naturales por parte de las principales potencias europeas y, en el último siglo, por parte de Estados Unidos, el gran imperio esparcido por todo nuestro planeta.

Lo anterior ha servido para reforzar la hegemonía del capitalismo neoliberal, forzando a numerosos países a abrir sus fronteras a las tecnologías e inversiones con que éste asegura su papel preponderante, lo que produce un choque cultural con los pueblos originarios y rurales que ven afectados su idiosincrasia y la armonía que sostienen frente a la naturaleza. Es la repetición de los ciclos históricos que anteriormente vivieran nuestras naciones bajo la conquista y la colonización llevadas a cabo por las potencias, solo que ahora revestidas de progreso o desarrollo económico. Por ello -sin negar del todo la inevitable relación que habría con el llamado mundo moderno- nuestros pueblos deben aferrarse, quizá más que nunca, a la cultura de resistencia con que han podido sobrevivir hasta ahora. En ella se encuentran, no únicamente los rasgos que los diferencian del resto del planeta, sino los elementos esenciales que puedan definir un nuevo tipo de civilización, en donde ya no prive el interés egoísta y destructivo de los grandes capitales sino el interés colectivo, de manera que exista la posibilidad real de acabar con los conflictos, la explotación y las desigualdades que han marcado la historia humana hasta nuestro presente.



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Homar Garcés


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