El imperio de Maquiavelo

La elección del Estado sudamericano que representará la región como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, hasta el momento de escribir este artículo no había logrado resultados favorables para ninguno de los aspirantes (Venezuela y Guatemala). Y probablemente el corolario final será la escogencia de un tercero que resolverá la pugna. Un enfrentamiento en el cual antagonizan formalmente dos bloques de poder: el representado por los EEUU y sus aliados en la OCDE (Organización para el Desarrollo Económico) y la coalición en gestación que se esta conformando en la llamada Organización de Cooperación de Shangai conformada alrededor de Rusia y China. En el fondo es un enfrentamiento entre dos visiones políticas: la concepción realista, propia de las fuerzas conservadoras, contra una visión idealista propia del humanismo. De modo que los resultados alcanzados hasta ahora vendrían a representar un triunfo de la última coalición. En toda la era moderna el realismo que subyace en el pensamiento maquiavélico, sustentado en el imperio del poder, logró imponerse sobre la racionalidad apoyada en la semejanza entre los hombres y las comunidades políticas que ellos construyen con el desarrollo de sus culturas. Es la victoria de la diversidad enriquecedora sobre la uniformidad empobrecedora.

Ciertamente, dentro del panorama político internacional actual, lo lógico hubiese sido una victoria avasallante de la candidatura venezolana. La gran mayoría de los pueblos organizados del planeta, ubicados en África e Indoamérica – el feudo del subdesarrollo- son las víctimas del imperio de la fuerza, justamente por su estado de indefensión. Pero en esa situación es difícil la existencia de gobiernos que emanen de la voluntad de sus ciudadanos. La soberanía, dentro del reino del realismo, no es un atributo intrínseco a la existencia de una sociedad culturalmente diferenciada. Es un valor que depende de su poder, que como última razón, descansa en sus capacidades militares, más vinculadas a su voluntad de ejercerlo que a la propia fuerza instrumental que posee para aplicarlo. Y tal brío está en función de la coherencia de su conducta. La fuerza que se deriva de su aspiración a la libertad que permite la realización de sus expectativas comunes, resistida por la energía derivada por el instinto de conservación. Es el dilema entre la seguridad y la libertad.

En ese contexto unos gobiernos débiles, cuya existencia depende de poderes externos, como lo dice Maquiavelo, no obran según sus deseos, actúan según los del poder externo que los sustenta. De modo que era previsible, no estos resultados, sino la consolidación de la hegemonía de la OCDE. La salida con una tercera postulación de consenso, de hecho revela una rebelión de parte importante de los débiles, lo cual implica tanto una vulnerabilidad –ya comprobada en el terreno bélico- de los “poderosos”, como un fortalecimiento de la razón. Un resultado alentador para la búsqueda del ascenso humano, sí no fuese por el riesgo implícito de confrontaciones bélicas que cierren los caminos al imperio de la razón.


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Alberto Müller Rojas


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